¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 20
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Capítulo 20

Libertad

Aquellos días lejos de todo me habían venido muy bien. Había ordenado mis ideas y ahora sabía lo que quería, lo que necesitaba, sin tener que darle más vueltas.

Avisé a mis padres para que vinieran, pues los necesitaba, y les pedí que trajeran también a Alegría. De ese modo, podría contarles a todos lo que me ocurría y lo que había decidido hacer.

Sabía que no se lo tomarían demasiado bien, sobre todo cuando descubrieran que estaba embarazada, pues querrían permanecer a mi lado durante todo el proceso, hasta que naciera mi bebé. Sin embargo, no podía quedarme en Sevilla solo para tenerlos cerca.

La ciudad era muy grande, pero solo pensar que podía salir a tomar algo con los chicos y sus parejas y encontrarme allí a Rodrigo acompañado de aquella mujer hacía que el vello se me pusiera de punta.

Estaba sentada en el porche, esperando a que llegaran. Por la hora que era y el tiempo que había transcurrido desde que me avisaron de que salían de Sevilla, no debían de tardar demasiado.

—Ya estamos aquí, hermanita —dijo Alegría al bajar del coche.

—¡No sabéis las ganas que tenía de veros!

Corrí hacia ellos y me abracé a mi familia, esa que tanta falta me hacía en aquellos momentos y de la que tendría un apoyo incondicional, hiciera lo que hiciera.

—¿Cómo estás, mi niña? —preguntó mi madre.

—Bueno, no tan bien como quisiera, pero tampoco tan mal como algunos desearían verme.

—No digas eso, cariño. Todo el mundo te adora y nadie quiere verte mal.

—Ay, mamá, si tú supieras…

—Pues cuéntamelo y así lo sabré.

—No merece la pena. Lo que tengo que contaros es mucho más importante que todo lo que ha sucedido y necesito que estéis de mi lado, sobre todo tú, Ale.

—A mí me tendrás siempre, hasta para hacer puenting, si es eso en lo que estás pensando, aun sabiendo que me dan pánico las alturas.

—No es nada de eso, aunque un poquito de vértigo sí te va a dar lo que estoy pensando hacer.

—Hija, por lo que tú más quieras, habla ya de una vez, que me estás asustando —dijo mi padre, y yo solté una carcajada.

Entramos en la casa, pues el calor era especialmente agobiante aquel día, y saqué refrescos para todos, excepto para mi padre, que prefería tomarse una cerveza bien fría. También preparé algo de picar, ya que era la hora del aperitivo.

Nos sentamos alrededor de la mesa del salón y, cuando comprobé que tenía toda su atención y que los tres esperaban impacientes aquello que debía contarles, empecé a hablar.

—Familia, lo primero que tengo que deciros es que estoy embarazada…

—Mi vida, enhorabuena —dijo mi padre.

—Gracias, papá. Sabía que podría contar con vuestro apoyo.

—¿Se lo vas a contar? Tiene derecho a saberlo —me dijo mi hermana.

—¿A quién tiene que decírselo? —preguntó mi madre.

—A nadie, porque este bebé será solo mío. Si alguien pregunta, diré que me he sometido a un tratamiento de inseminación artificial. Nada más.

—No me parece justo, porque ese bebé es cosa de dos, no solo tuya —dijo mi hermana, enfadada.

—Tu hermana tiene todo el derecho del mundo a hacer lo que le dé la gana, sobre todo si sabe que ese hombre no es bueno ni para el bebé ni para ella —replicó mi padre.

—Pero es que eso no es así. Ese hombre está locamente enamorado de ella, es abogado y tiene una buena posición económica. No entiendo qué puede tener de malo.

—Eso de que está enamorado de mí es mentira. Además, él ya tiene a otra persona en su vida y no pienso obligar a nadie a tenerme presente por cojones. ¿Ha quedado claro?

Sí, estaba muy enfadada, porque había pensado que mi hermana me apoyaría. Sin embargo, por lo visto, prefería ponerse de parte de su novio antes que de la mía y, si me daba la razón, estaba claro que terminaría discutiendo con él por culpa de su amiguito.

Mi madre se sentó a mi lado y me cogió de las manos para tranquilizarme. En cierto modo, lo consiguió, así que decidí continuar hablando y terminar de contarles mis planes.

—Lo siguiente que tengo que deciros es que me marcho de la ciudad.

—¿De qué estás hablando? —preguntó mi madre, pensando que me refería a unos días.

—Quiero expandir el negocio. Como mi hermana y Diego son perfectamente capaces de sacar adelante la oficina de Sevilla, yo quiero intentarlo en una ciudad como Málaga.

—¿Estás segura de que quieres hacer eso?

—Más segura que nunca. Papá, no puedo quedarme allí y arriesgarme a cruzarme con ese hombre y su novia cada vez que salga o vaya a tomar algo con mi hermana y mi cuñado. No hasta que haya aprendido a vivir sin él.

—Mi niña, si eso es lo que necesitas, tu familia estará ahí para apoyarte, aunque tengamos que ir todos los fines de semana a verte —dijo mi madre, abrazándome como solo una madre sabe hacerlo.

Mi hermana, después de recapacitar un poco, también se acercó para abrazarme. Luego se puso de rodillas delante de mi vientre y comenzó a hablarle al bebé con una ternura que parecía demostrar que ya le costaba separarse de nosotros.

—Enano, o enana, porque todavía no sabemos qué eres, te habla tu tía la loca. Te aseguro que serás el bebé más querido del mundo, tanto por tu madre como por todos nosotros, y que nunca te faltará de nada.

Las palabras de mi hermana me emocionaron de tal manera que no pude evitar que unas lágrimas resbalaran por mi rostro. Sin embargo, por primera vez en mucho tiempo, no eran de pena, sino de felicidad.

Aquel día no me importó salir a comer al bar. El dueño era amigo de mi padre desde que eran niños y salió a recibirlo para darle el abrazo que llevaban tanto tiempo sin poder darse, pues hacía mucho que mi padre no visitaba el pueblo.

Cuando le contó que iba a ser abuelo, porque solo le faltó anunciarlo en la valla de entrada al pueblo de lo orgulloso que estaba, el hombre nos invitó a una ronda de chupitos. El mío sin alcohol, por supuesto.

Pasamos el resto del día en el pueblo y, al atardecer, volvimos a Sevilla. Yo no permanecería allí demasiado tiempo, solo el necesario para prepararlo todo y acudir al ginecólogo, ya que mi madre quería quedarse tranquila sabiendo que el embarazo iba bien.

Me instalé en casa de mis padres, pues no quería volver a la mía más de lo imprescindible, y mi hermana se encargó de recoger todo lo que le había pedido, dejando el resto tal y como estaba.

No sabía cuánto tiempo permanecería fuera, por lo que le dije que se quedara con las llaves por si surgía algún problema o por si Víctor y Diego querían dormir allí después de alguna barbacoa y evitar así tener que coger el coche.

Aquella mañana fui con mi madre al ginecólogo.

Me repitió la prueba, que volvió a dar positivo, como no podía ser de otra manera, y, por la fecha de mi última regla, calculó que estaba de unas seis semanas.

Después me tomó la tensión, me pesó y solicitó una analítica completa para comprobar que todo estuviera bien.

—Vamos a pasar a la sala de diagnóstico para hacerte una ecografía. Como todavía estás de pocas semanas, tendrá que ser vaginal, pero así podremos comprobar que el embarazo está bien ubicado —nos explicó el doctor.

—La abuela está como loca por verlo, doctor.

—Hija, es que es mi primer nieto. No puedo estar de otra manera —respondió mi madre mientras el médico negaba con una sonrisa.

Me recosté en la camilla y seguí las indicaciones que me dio. Durante unos instantes, permaneció en silencio mientras observaba la pantalla. No pude evitar fijarme en su expresión, sobre todo cuando frunció ligeramente el ceño y movió el ecógrafo.

—Doctor, ¿ocurre algo?

—No te preocupes, no es nada malo.

—¿A qué se refiere? Porque nos está asustando —dijo mi madre.

El ginecólogo volvió a mirar la pantalla antes de sonreír.

—Libertad, aquí no hay un saco gestacional.

—¿Cómo que no hay ninguno? Si las pruebas han dado positivo…

—No he dicho que no haya ninguno. He dicho que no hay uno. Hay dos.

—¡No me joda!

—Veo que la noticia te ha sorprendido —comentó, conteniendo la risa—. Es un embarazo gemelar. Se observan dos sacos gestacionales, aunque tendremos que ir controlando su evolución durante las próximas semanas.

Os prometo que casi me caí de la camilla mientras mi madre lloraba de alegría. Por lo visto, como si no tuviera suficiente con la posibilidad de traer al mundo a un clon de Rodrigo, ahora tendría dos.

—Libertad, ¿estás segura de que quieres marcharte lejos? —preguntó mi madre.

—Ahora más que nunca, mamá. Tendré que ser fuerte por ellos. Aunque no tengan a su padre, tendrán una madre que hará todo lo posible para que no les falte nada.