¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 19
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Capítulo 19

Rodrigo

Desde que Libertad se marchó a aquel crucero que me traía por la calle de la amargura hasta el día de la boda, miré sus redes sociales todos y cada uno de los días, esperando encontrar algo que me indicara lo que podía esperar.

La respuesta llegó dos días antes de la boda, cuando subió una foto con un hombre que, a primera vista, podía hacer pensar que eran tan solo amigos. Sin embargo, después leí el pie de foto y me dolió como si me hubieran apuñalado el corazón.

«Cuando piensas que estás en tu peor momento, la vida te demuestra que sí hay personas que merecen la pena, que te apoyan y te hacen reír como nadie. No me dejes nunca, Dary, porque me moriría de pena».

Eso era lo que ponía. Me lo había aprendido de memoria de tantas veces como lo había leído y, por eso, no me lo pensé más. Si ella había pasado página, yo tenía que cambiar de libro.

Cogí el móvil y llamé a Reyes. Sabía que me diría que sí, pues, desde la noche en la que nos acostamos, me había llamado varias veces y tenía claro que yo le gustaba mucho.

Si alguien podía ayudarme a quitarme a Libertad de la cabeza, era ella, porque en la cama era dinamita pura y, como persona, también era encantadora. Todo el mundo a su alrededor la adoraba y no encontraba a nadie mejor para que me acompañara a la boda de mi hermano.

Entré en mi habitación, me duché y me vestí para dirigirme al restaurante donde habíamos quedado, el mismo al que íbamos siempre y donde podíamos hablar con total intimidad, sin que nada ni nadie nos molestara.

—Hola, preciosa.

—Hola, corazón, ya había perdido la esperanza de que volvieras a llamarme.

—¿No sabes eso que dicen de que la esperanza es lo último que se pierde?

—Muy gracioso. ¿Dónde has estado metido durante todo este tiempo?

—Digamos que he estado muy ocupado, además de con el corazón roto.

—¿Quién ha osado partirle el corazón al soltero de oro de Sevilla?

—Hombre, tanto como el soltero de oro… Más bien el soltero de bronce, porque no he alcanzado el primer puesto del podio.

—¿Para qué me has llamado, Rodrigo? Quiero que seas completamente sincero conmigo, sin mentiras.

—Te he llamado para que me ayudes a olvidar a una mujer que me ha hecho mucho daño. Para que seas tú quien ocupe su lugar. Sé que puede sonar muy mal, pero, como me has pedido, quiero ser sincero.

—No suena mal, te lo aseguro. Suena perfecto y no dudes de que voy a conseguirlo. Eso sí, si logro ocupar su lugar, quiero un anillo en el dedo y una boda, contigo, por supuesto.

—No adelantemos acontecimientos, Reyes, por favor.

—Está bien, cenemos y veamos qué nos depara la noche…

—El sábado quiero que seas mi acompañante en la boda de mi hermano.

—Entonces tendré que ir de compras. No puedo presentarme en una boda con un vestido que ya he usado…

—Toma, ahí tienes quinientos euros para que te compres lo que quieras. Ahora sí, vamos a cenar y el sábado te recojo a las seis para ir a la boda.

—¿No vas a pasar la noche conmigo? Ya me había imaginado entre tus brazos, haciéndote gemir como siempre que estamos juntos.

—Me vas a perdonar, preciosa, pero esta noche no me apetece. Quizá con el tiempo…

—Está bien, me dejas en casa cuando cenemos y nos vemos pasado mañana para la boda.

La cena transcurrió como recordaba que solían hacerlo mis encuentros con Reyes, entre risas y anécdotas. Me sentí muy bien a su lado, como hacía tiempo que no me sentía, y aquello me reconfortó muchísimo.

Me despedí de ella en la puerta de su casa con un breve beso en los labios, que aprovechó para profundizar y llevarme al límite. ¿La detuve? Para nada. Dejé la mente en blanco y permití que me arrastrara hasta el interior.

Aquella noche no hicimos el amor, simplemente follamos como animales, todo hay que decirlo, porque dejé salir toda la furia y la rabia que me corrían por las venas por lo sucedido con Libertad en forma de embestidas y besos salvajes.

Sin embargo, no me sirvió de nada porque, en el momento en el que alcancé el clímax, me sentí vacío y sucio. Ni siquiera pensé en si ella había llegado o no, algo que nunca me había ocurrido.

Me levanté de la cama, me vestí y me marché, diciéndole a Reyes que nos veríamos el día de la boda y que fuera de compras para lucir todavía más bonita, porque tenía que resaltar por encima de todas las mujeres.

No sabía el motivo. Era como si quisiera que Alegría se lo contara, como si necesitara que Libertad supiera lo que había dejado escapar: un hombre completamente enamorado de ella, al que había cambiado por un polvo improvisado.

Pero la vida me tenía preparada una sorpresa, una que no me gustaría y que sentiría en lo más profundo del corazón, provocándome una herida que no sabía cuándo dejaría de sangrar.

Todo sucedió en el jardín del hotel durante el cóctel de la boda. Miré hacia donde se encontraban mi hermano y mi cuñada y allí estaba ella, con aquel tipo del crucero.

No podía decir que no estuviera preciosa, porque no habría sido cierto. Llevaba un vestido que resaltaba su silueta y parecía flotar por el césped, como si los zapatos de tacón se adaptaran a ella y no al contrario. No pude contenerme y me acerqué.

En cuanto la tuve delante y se dio cuenta de que no era yo quien se había casado, su rostro pasó de la incredulidad a la pena, como si se arrepintiera de todo lo que había hecho, pero ya era demasiado tarde.

Reyes se acercó y le di un beso en los labios para que Libertad comprendiera que ya no significaba nada para mí, aunque no fuera cierto, aunque me estuviera muriendo por dentro. Y terminó de quedarle claro cuando mi hermano se dirigió a mí.

—Rodrigo, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte —me dijo mi hermano.

—No me arrepentiré de nada. Ella ha decidido rehacer su vida y yo pienso hacer lo mismo —le contesté, acercando todavía más a Reyes contra mi cuerpo.

La vi marcharse y agradecí al cielo que no me hubiera dicho nada más, porque no habría sabido qué hacer y, probablemente, habría corrido detrás de ella y me la habría cargado al hombro como un cavernícola.

Justo cuando la observaba alejarse con aquel hombre, llegó Alegría, su hermana, que, al verme agarrado a Reyes, volvió a mirarme con la misma cara de desprecio que había puesto aquel día.

—¿Vas a seguir haciéndole daño? Lo digo para solicitar una orden de alejamiento contra ti.

—No te preocupes, pierde cuidado por eso, porque no volveré a acercarme a ella. Que siga con el tipo que conoció en ese crucero.

—No seas ridículo, de verdad. ¿Sabes una cosa? Mi hermana está enamorada de ti. Yo la conozco mejor que nadie y sería incapaz de estar con alguien que no fueras tú.

—Más vale que entres en sus redes sociales y mires la fotografía de los dos en el camarote. Eso sin contar que solo han reservado una habitación en este hotel.

Alegría se marchó, dejándome allí como si yo fuera el culpable de todo, cuando había sido su hermana quien me había cambiado por una versión barata y cutre de mí.

Me giré para tomarme una copa en la barra cuando noté que alguien se sentaba a mi lado. Pensé que sería mi hermano para volver a darme la chapa, pero no era él, sino el tipo con el que Libertad había venido a la boda.

—¿Qué te pasa? ¿Necesitas mis consejos para hacerla gemir como yo lo hacía?

—Pues mira, si tuviera alguna intención de acostarme con ella, lo mismo sí que me harían falta. Entre otras cosas, porque no tengo ni puta idea de cómo tratar a una mujer en la cama.

—¿Perdona? ¿Qué quieres decirme con eso?

—Bueno, veo que hoy te has dejado el cerebro olvidado en casa, porque creo que es bastante obvio lo que te estoy diciendo.

—¿Eres gay? ¿No te has acostado con Libertad?

—Sí y no. Sí, soy gay y no me he acostado con ella. Tan solo somos buenos amigos, nada más.

—Pero… esa foto, lo que puso en el pie de foto…

—¿La del camarote del crucero? Pues la has malinterpretado, porque ni hay un beso ni nada en esas palabras que indique que tenemos una relación más allá de la amistad.

Aquel tipo se marchó tal y como había llegado, dejándome con una cara de gilipollas que debió de notarse a leguas, porque mi hermano se acercó hasta donde yo estaba nada más mirarme.

—¿Qué te ha pasado, Rodri?

—Que soy gilipollas y he vuelto a cagarla.

—Te lo dije. Estoy seguro de que es con Libertad con quien la has jodido otra vez.

—Pues sí. Ese tipo con el que ha venido…

—Dary, así se llama.

—Bueno, pues Dary es gay y tan solo son amigos.

—Así nos lo presentó a Marta y a mí, pero, como siempre, tú vas por libre, piensas lo que te da la gana y actúas en consecuencia.

—Joder, se ha vuelto a marchar, pero ahora no puedo ir detrás de ella. Tengo que hablar con Reyes y decirle que lo nuestro se ha terminado.

—¿Te has acostado con ella? Como si lo estuviera viendo. Y ahora te remuerde la conciencia.

—Me siento como el culo, Alonso. ¿Cómo he podido ser tan gilipollas?

—Yo no he parido a un hombre cobarde. Y desde ya te digo que, si no es Libertad, no quiero a ninguna otra mujer como nuera —dijo mi madre.

—Mamá, por favor, que ya tengo suficiente presión encima.

—Como tú mismo dices, me importa un cojón de pato la presión que tengas. Tú la has cagado y tú lo solucionas, así de sencillo.

—Y pensar que casi se carga mi boda… Menos mal que tuvo la integridad de no contarle nada a Marta o habría perdido a mi mujer y a mi bebé.

—Claro, y tú también te callaste que ella era la organizadora de la boda. Con lo sencillo que habría sido que me dijeras su nombre para que pudiera hablar con ella antes de llegar a esto.

—No, verás tú si al final voy a ser yo el culpable. O, mejor todavía, la culpa la tiene mamá por parir gemelos idénticos.

—Yo, cuando estabas empezando con Marta y ella intentó besarme, la frené y le expliqué que éramos gemelos. Tú podrías haber hecho lo mismo cuando Libertad te dijo que se había acostado contigo.

—No le des la vuelta al asunto, Rodri. El único culpable de todo este embrollo has sido tú. Si te hubieras quedado quietecito y hubieras hablado con ella en cuanto descubrió que éramos dos, ahora no estarías lamentándote.

No quise seguir hablando con nadie, así que me quedé sentado en la barra y las copas fueron cayendo una detrás de otra. Me las bebía como si fueran vasos de agua hasta que mi padre, al verme, se sentó a mi lado.

—¿Piensas dejar a todo el bar sin existencias?

—Si eso consigue que olvide lo idiota que soy, estoy dispuesto a hacerlo.

—Lo único que vas a conseguir es un fuerte dolor de cabeza y un malestar general que no te dejará ni levantar la cabeza de la almohada. Así que para ya, porque tendrás que estar a pleno rendimiento si quieres ir mañana a buscarla.