Capítulo 18
Libertad
Esa noche apenas pegué ojo y, aunque Dary tuvo que aguantarme para impedir que bajara a supervisarlo todo, pasé el día más o menos bien. Eso sí, no veía pasar las horas; el tiempo se me hacía eterno.
Dary, que había pedido la comida a la habitación, me tenía preparada una sorpresa, pues había contratado a una peluquera y a una maquilladora para que se ocuparan de mí y me convirtieran en la reina de la fiesta, como él decía.
Esperamos a que la celebración hubiera comenzado para bajar y, cuando terminaron de arreglarme y me miré en el espejo, os prometo que no me reconocía.
Estaba absolutamente arrolladora y elegante. En mi vida me había visto tan guapa ni con tanto glamur. Dary tampoco se quedaba atrás, pues llevaba un esmoquin con las solapas brillantes, una pajarita del mismo tono y un fajín a juego.
—Parecemos Ken y Barbie.
—Sí, solo que ellos son rubios y nosotros, morenos.
—Ya quisieran esos dos tener el pelazo y el estilo que tenemos nosotros. No es por nada, pero pocos invitados van a ir como tú y yo.
—Entre otras cosas, porque ni siquiera somos invitados. Somos unos colados de manual.
—Bueno, pues con irnos a cenar al restaurante del hotel tenemos bastante. Eso sí, invitas tú, que yo ya tengo la tarjeta temblando.
—No hay problema. Cenamos en el restaurante y les decimos que lo sumen a la cuenta de la boda.
Salimos de la habitación riendo, pero detrás de toda aquella fachada estaban mis nervios, unos que hacían que me temblaran hasta las pestañas. Dary, que se había dado cuenta de mi estado, me pasó un brazo por la cintura, intentando evitar que me cayera porque me fallaban hasta las piernas.
Entramos en el jardín, donde estaban sirviendo un cóctel que yo conocía muy bien, pues había sido la encargada de concretarlo todo. Cuando Gala me vio, se llevó las manos a la boca, completamente sorprendida, aunque su reacción no tuvo ni punto de comparación con la de Marta.
—¡Has venido! Lo sabía, sabía que no me dejarías sola en un día así.
—Hola, Marta. Estás preciosa. ¿Todo bien?
—Todo genial. Alegría se ha ocupado de todo a la perfección.
—Buenas tardes —dijo el novio, acercándose, y os prometo que me tembló todo el cuerpo.
No podía estar más guapo con aquel esmoquin, el fajín azul oscuro y el pelo peinado hacia atrás con gomina, pero no era mío, nunca lo había sido y jamás lo sería. Cuanto antes lo aceptara, mucho mejor.
—Os presento a Dary, un amigo —les dije, tragando saliva.
—Encantado, Dary. Espero que lo pases bien en la boda.
—No, no nos quedaremos. Nos marchamos. Solo he venido para comprobar cómo iba todo…
—Hermano, buenas tardes. Todavía no había tenido la oportunidad de felicitaros.
Cuando giré la cabeza, me quise morir. ¡No podía ser! ¿O sí? Dios mío, me estaba volviendo loca. ¡Eran completamente iguales! Me quedé con la boca abierta, incapaz de cerrarla.
—Hola, Libertad. Te veo muy bien acompañada.
—Rodrigo, yo…
—Tú sacaste tus propias conclusiones demasiado pronto, no hiciste caso a tu hermana, no confiaste en ella ni volviste cuando te lo pidió. Ahora ya es demasiado tarde.
No pude articular una sola palabra, sobre todo cuando una morena de piernas infinitas se acercó a él; Rodrigo la cogió por la cintura y le plantó un beso en los labios. Os juro que me quise morir allí mismo.
—Rodrigo, no hagas nada de lo que puedas arrepentirte —le dijo Alonso.
—No me arrepentiré de nada. Ella ha decidido rehacer su vida y yo pienso hacer lo mismo —le contestó.
Mi primer impulso fue salir corriendo, darle una bofetada y contarle muchas cosas que él no sabía, que nadie conocía excepto yo, pero no tuve fuerzas para hacerlo.
Armándome con toda la elegancia de la que fui capaz, me despedí de los novios y salí del jardín. Subí a la habitación para recoger mi ropa y mi maleta y marcharme a casa.
—No seas tonta. Baja y habla con él, no permitas que el orgullo se interponga en tu felicidad.
—Ya lo has oído. No pienso rebajarme más. He venido para abrirle los ojos y he terminado abriendo los míos.
—Esa mujer no te llega ni a la suela del zapato.
—No me llegará, pero es con ella con quien ha decidido pasar página. Ya me había hecho a la idea de que nunca sería mío, así que me costará menos que antes olvidarlo.
—Eres tonta, de verdad. Antes pensabas que te había engañado y ahora ya sabes que no. No te niegues la oportunidad de ser feliz, por favor.
No quise seguir escuchándolo. Le agradecía todo lo que había dejado para ayudarme y las veces que me había hecho reír, pero, en aquel momento, lo único que quería era estar en casa y, a ser posible, sola.
Dary no insistió más y me dijo que volvería a Málaga, donde pasaría unos días antes de ir a ver a sus padres al pueblo. Me ofreció marcharme con él, pero no podía. Le pedí que me diera tiempo y le prometí que lo llamaría en cuanto me encontrara mejor.
Como llevaba la maleta y no necesitaba recoger nada más, en el último momento cambié de planes. Me bajé del taxi, entré en casa, comprobé que todo estaba en orden y cogí las llaves del coche.
Mi abuelo había tenido una casita en un pueblo de Huelva y todos conservábamos las llaves para ir cuando nos apeteciera, pues, desde que murió, mi padre había pasado a ser el propietario.
Le envié un mensaje a mi madre para que no se preocupara:
Libertad: Mamá, estoy de vuelta, pero no puedo quedarme aquí. Necesito poner mis ideas en orden, así que me marcho unos días a la casa de la playa. Cuando vuelva, pasaré por vuestra casa, porque tengo que contaros algo. Os quiero con toda mi alma.
Mamá: Tómate el tiempo que necesites, mi vida. Sabes que tu padre y yo siempre estaremos aquí para todo lo que te haga falta. Te queremos.
También le conté a Dary lo que había decidido, pero le pedí, por favor y encarecidamente, que no viniera, al menos de momento. Necesitaba tiempo para mí, para recuperarme y pensar qué hacer con mi futuro. En vez de responder al mensaje, me llamó por teléfono.
—Mi niña, no tienes ni que pedírmelo. Cuando quieras y te encuentres con fuerzas, no dudes en llamarme, que iré al fin del mundo si hace falta.
—Gracias, Dary. No sé qué haría sin ti.
—Cariño, pues lo mismo, pero de una manera mucho más aburrida, te lo aseguro.
—Te quiero, amigo.
—Yo te amo, amiga.
Corté la llamada y apagué el móvil. Ahora sí podía marcharme tranquila, porque mis padres ya sabían dónde estaba y no se preocuparían por mí. Me habría gustado hablar con mi hermana antes de irme, pero no quise interrumpirla mientras trabajaba. Ya lo haría a la vuelta.
Puse rumbo al pueblo, donde permanecería, al menos, una semana más. Tenía plena confianza en mi hermana y en Diego para sacar adelante el negocio, y yo necesitaba parar, respirar y volver a coger impulso.
Nadie sabía que estaba embarazada. Me había enterado dos días antes, cuando, después de varios días de retraso y de encontrarme indispuesta, acudí a la enfermería del barco mientras Dary estaba en el gimnasio. La prueba confirmó todas y cada una de mis sospechas.
Preferí no decir nada, ni siquiera a Dary. Primero, porque pensaba que Marta estaba embarazada y no se merecía un disgusto de aquel calibre y, segundo, porque no iba a admitir ni muerta que esperaba un hijo de un hombre casado.
Ahora que tenía claro que Rodrigo no me había mentido, que no era él quien iba a casarse, debía decidir si se lo contaría, trastocando sus nuevos planes, o si seguiría adelante yo sola.
Porque sí, lo siento mucho, pero esa decisión ya la tenía tomada: continuaría con el embarazo. No pensaba renunciar también a mi hijo, sobre todo cuando siempre había querido ser madre.
Con aquellos pensamientos llegué a la casa del pueblo, que seguía tan bonita como la recordaba, a pesar de que hacía más de tres años que no iba por allí. Mi madre contaba con una chica que se encargaba de limpiarla y mantenerla así de estupenda.
Eran casi las once de la noche cuando llegué y no tenía nada para comer, pues aquella vez no habían podido llenar la nevera, como solían hacer cuando sabían que íbamos a pasar unos días allí.
Llevaba ropa cómoda porque, nada más entrar en la habitación del hotel, me había quitado el vestido de la boda, deshecho el peinado y lavado la cara. Dejé la maleta en la entrada y me dirigí al bar más cercano.
Allí, la gente reía y charlaba. Había varios grupos de amigos cenando y unos niños correteaban por la arena como si el verano fuera eterno y las horas no pasaran para ellos. Aquella imagen me parecía maravillosa.
En el pueblo siempre sucedía lo mismo: dejabas las obligaciones y las preocupaciones en la ciudad donde vivías. Todos lo conseguían menos yo, que había ido hasta allí precisamente para intentarlo, aunque dudaba mucho que fuera capaz.
No quedaba ninguna mesa libre y el bullicio empezaba a agobiarme. Antes de que me diera una nueva crisis de ansiedad, que no sería ni la primera ni la última, me acerqué a la barra y pedí una ración de pescado variado para llevar y unos pimientos fritos.
El olor de los pimientos me llegó con una intensidad fascinante cuando, en realidad, nunca me habían llamado demasiado la atención, pero debía de ser cosa del embarazo.
Recogí todo lo que había pedido, además de dos latas de refresco de cola, pagué y regresé a la casa, donde cenaría en el jardín, disfrutando de una noche que invitaba a ello.
La propiedad tenía una pequeña playa privada a la que solo se podía acceder desde el interior del jardín. Por eso, en cuanto terminé de cenar, me quité la ropa y me metí en el mar.
Lo hice solo con las braguitas puestas y fue una de las mejores sensaciones del mundo. Allí, mientras nadaba y me acariciaba el vientre, tomé una de las decisiones importantes que tenía pendientes.
Aquel bebé sería solo mío. No le diría a nadie quién era su padre, ni siquiera a mi hermana o a mis padres, y lo criaría como madre soltera. De aquel modo, no obligaría a nadie a tenerme presente en su vida ni a ejercer como padre de una criatura que no había buscado.
Salí del agua y volví a la casa, donde lo recogí todo, me di una ducha y me metí en la cama. Mañana sería otro día y, en cuanto me levantara, iría al supermercado para comprar de todo, pues no quería tener que volver a comer en los bares.
No es que no me gustara hacerlo, no me malinterpretéis. Lo que no soportaba era hacerlo sola mientras estaba rodeada de gente feliz que reía y charlaba.
Sí, sé que lo que estoy diciendo es un poquito contradictorio, sobre todo teniendo en cuenta que podía llamar a Dary y que, en menos que canta un gallo, vendría a pasar aquella semana conmigo.
Con esos pensamientos me quedé dormida, abrazando y acariciando mi vientre, porque todavía no había visto a mi bebé y ya lo quería con toda mi alma.