Capítulo 17
Libertad
No pude reírme más con aquel hombre, que me contó que había roto con su pareja un mes antes porque, después de una relación de siete años, este había decidido que quería probar con una mujer, ya que no estaba del todo convencido de que fuera gay.
No fue la historia en sí, sino la manera que tuvo de contármela, con aquellos aspavientos y esa forma suya de hablar que hacía que tuvieras que doblarte de la risa. Tenía claro que me esperaba una semana de lo más divertida.
—Imagínate mi cara cuando me dice eso… Maricón, pero si tú te las has comido dobladas, ¿ahora me vas a decir que te van las almejas?
—Para, por favor, que ya me duele la mandíbula de reírme.
—No puedo, chica, si es que eso es para mear y no echar gota.
—¿Qué hiciste? Me refiero al momento en el que te lo dijo.
—¿Qué iba a hacer? Primero me reí, pues pensaba que estaba de broma. ¡Si lo habíamos hecho un rato antes! Después me levanté, le dije que cogiera sus cosas y se marchara.
—Hombre, era lo lógico.
—Lo lógico para ti y para mí, porque para él no. ¿Pues no me dijo el muy desgraciado que podíamos seguir viviendo juntos y teniendo lo mismo mientras él conocía a esa mujer que le había llamado la atención?
—¿De verdad te dijo eso? No me lo puedo creer. Los hombres tienen una visión de la vida un tanto peculiar.
—¿Peculiar? Son unos cabrones, con todas las letras. Y a ti… ¿Qué te ha pasado para que hayas terminado en un crucero «de solteros»?
—No seas cabrito, por favor, que los culpables de que yo esté aquí son mis padres. Seguro que lo hicieron con toda la intención de que me quitara a Rodrigo, Alonso o como coño se llame de la cabeza.
—Explícame eso, porque no lo entiendo.
Le conté mi historia, cómo había conocido a aquel hombre, porque ya no sabía ni de qué manera llamarlo, y cómo había descubierto que la boda que estaba organizando era la suya, además de que su prometida estaba embarazada.
También le expliqué cómo me había hablado y la manera en la que había intentado escurrir el bulto y echarme a mí la culpa, diciendo que había bebido demasiado y me había equivocado de hombre.
—¡No me jodas! Ese tío no conoce la vergüenza, vamos.
—Por eso, antes de subirme al barco, hablé con mi hermana y me dijo que había un problema con la boda. Le colgué porque no quiero saber nada. Que se las apañen como puedan.
—¿Cuándo es la boda?
—El sábado a las siete de la tarde, en Sevilla.
—Pues se me ha ocurrido algo. Vamos a estar viajando hasta el viernes. Ese día cogeremos un vuelo a Sevilla, pero no pasarás por tu casa, sino que nos quedaremos en el hotel donde se celebrará la boda y haremos una entrada triunfal.
—¿Sabes que estás loco?
—Uy, lo tengo claro desde que tengo uso de razón, pero eso no impide que me haya convertido en tu loco favorito.
—En uno de ellos, porque mi hermana y mi amigo Diego también están ahí, luchando contigo.
—Yo no lucho con nadie. Si me quieren, bien, y, si no, que se vayan a tomar viento fresco, que en mi tierra hay mucho de eso.
Dary era de un pueblecito de Cádiz, uno muy turístico, con unas vistas y unas playas impresionantes. Era el lugar preferido de muchos famosos nacionales para veranear y el atún era su plato estrella.
Sí, sí, me refiero a Zahara de los Atunes, como su propio nombre indica, y le prometí que iríamos en cuanto estuviera más tranquila. Él no vivía allí, aunque se estaba planteando volver, pues podía trabajar desde cualquier parte del mundo siempre que tuviera su portátil y conexión a internet.
—Lo haré, al menos durante una temporada, porque ya estoy harto de vivir en la ciudad.
—¿Dónde vives ahora?
—Vivo en Málaga, en la calle Larios, pero echo de menos mi pueblo, mi gente, salir a la calle y que todo el mundo me salude. Aunque sé que, cuando lleve allí unos días, terminaré agobiándome con tanta atención, pues ya no estoy acostumbrado.
—Siempre puedes venirte a Sevilla. En mi casa tienes sitio.
—Esa no es mala idea, lo de irme a Sevilla, digo, pero en invierno, que el calor no lo soporto. Aunque me buscaré algo para vivir, que no quiero retroceder en el tiempo y volver a estar como cuando vivía con mis padres.
Estuvimos un buen rato charlando de todo mientras él buscaba un par de billetes para volar desde Florencia hasta Sevilla el mismo día que llegáramos.
Cuando los encontró, y como el vuelo salía por la tarde, hicimos planes para ver un poco la ciudad, aunque tuviéramos que ir con las maletas a cuestas.
—Creo que será mejor que dejemos la visita para otra ocasión. Ya volveremos cuando podamos y cogeremos un taxi desde el puerto hasta el aeropuerto.
—Sí, amiga, tienes razón, o vamos a parecernos a Paco Martínez Soria en esa película en la que iba por Madrid con la maleta, el cuadro y las dos gallinas.
Solté una carcajada que se escuchó por toda la cubierta, porque aquel hombre no podía tener más gracia contando las cosas. Ya me había imaginado a los dos con la boina calada hasta las orejas, la maleta y las dos gallinas, y terminé hasta llorando de la risa.
Nos hicimos miles de fotos que pensaba ir subiendo poco a poco, aunque no en aquel momento, sino cuando volviéramos. Durante el crucero solo publicaría una, la de la cena de gala, con un pie de foto que tenía clarísimo.
Los días fueron pasando y llegó aquella cena tan esperada, en la que todo el mundo se vestía con sus mejores atuendos, como si fuera a una gala de entrega de premios, y nosotros no íbamos a ser menos.
Yo me había llevado un vestido rojo, largo, que me marcaba la figura de una manera muy elegante, aunque también muy sensual. Tenía una abertura en el lado derecho que mostraba mi pierna al caminar.
El escote era de pico, bastante pronunciado, pero para nada chabacano ni ordinario, y dejaba la espalda al descubierto, donde solo se veían dos tirantes muy finos. Lo combiné con complementos dorados y unas sandalias del mismo color, de tacón alto y sujetas al tobillo con una cadenita.
Cuando Dary me vio, se quedó con la boca abierta. Me cogió de la mano, me hizo girar sobre mí misma y no dudó en llevarme hasta la terraza del camarote para hacernos una foto con la luna y el mar de fondo.
—Te juro que, si no tuviera tan claro que soy gay, te pediría matrimonio ahora mismo, porque no podríamos hacer mejor pareja.
—No seas loco, anda. Y sí, la foto ha quedado preciosa y pienso subirla ahora mismo.
—Eso, que se le atragante la noche de antes de la boda, para que aprenda y se entere de lo que ha perdido.
—Tampoco es eso, porque Marta, la novia, es encantadora. Ya lo verás, no puede ser una chica más amable y simpática.
—No, si al final mi abuela va a tener razón en eso que decía de que todos los hijos de la gran puta tenían suerte.
Volví a reírme porque con Dary todo era así, una cadena de disparates que hacía que, al terminar el día, te doliera hasta la barriga. Cogí el móvil, pues me había enviado la foto por WhatsApp, y la subí a las redes sociales.
«Cuando piensas que estás en tu peor momento, la vida te demuestra que sí hay personas que merecen la pena, que te apoyan y te hacen reír como nadie. No me dejes nunca, Dary, porque me moriría de pena».
No teníamos nada sentimental y estaba claro que nunca lo tendríamos, pero eso el otro no tenía por qué saberlo. Aquel texto dejaba muchas cosas en el aire, así que podía sacar las conclusiones que quisiera.
Salimos del camarote y nos marchamos hasta la cubierta donde se celebraría la cena. No fueron pocas las mujeres que se acercaron a mí con intención de tener algo conmigo, pero las rechacé a todas de la manera más elegante que pude.
—Estás triunfando como la Coca-Cola.
—Anda que tú… Aquel moreno no te quita los ojos de encima.
—Sí, pero no me interesa. Estoy saturado y necesito estar un tiempo a solas, porque, como me acueste con alguien, ya pienso que va a pedirme matrimonio y empiezo a montarme mis películas.
—Entonces, no te separes de mi lado esta noche. Total, mañana ya nos marchamos del barco.
—Sí, ya he avisado en recepción de que desembarcábamos aquí porque teníamos que volver de manera urgente. Me han dicho que nos devolverán el importe de lo no consumido, pero no en dinero, sino mediante descuentos para otros cruceros.
—Me parece bien, pero, por lo que más quieras, la próxima vez que sea en un crucero normal, que ya no sé cómo ponerme para no sentirme incómoda.
—Uy, amiga, para conseguir eso tendrías que haberte puesto un burka, por lo menos.
Aquella noche no fuimos a ninguna de las zonas de ocio que había en el barco, pues, al día siguiente, teníamos que coger el tren desde Livorno hasta Florencia y, una vez allí, un taxi que nos llevara al aeropuerto. No queríamos perder el avión y, mucho menos, la boda.
Mi amigo bromeaba con el momento en el que el cura dijera aquello de «si alguien tiene algo que decir, que hable ahora o calle para siempre».
—Te prometo que, si fuéramos a la iglesia, me levantaría y le diría que no se casara, que era un cabrón y un adúltero.
—Por eso no vamos a ir, porque Marta no se merece algo así.
—Ni tú tampoco, chica, que te la ha dado con queso.
—Ya, pero fue culpa mía por no preguntarle si tenía pareja.
—¿De qué estás hablando, chavala? Toda la culpa es de él, que no debería meter su pajarito en ninguna cueva que no fuera la de su novia.
—No sé, a veces pienso que yo también tengo parte de culpa por acostarme con él sin conocerlo, sin saber nada de su vida.
—No, verás, si a partir de ahora todo hombre que te guste va a tener que presentarte hasta su árbol genealógico para que te eche un polvo… Ya me los imagino con un dosier debajo del brazo.
—Idiota eres, hijo mío.
Negué con la cabeza, aunque por dentro me estaba riendo lo más grande. ¿Por qué tenía que ser gay? Era todo lo que yo buscaba en un hombre: guapo, atento y capaz de hacerme reír… Definitivamente, estaba gafada.
El trayecto hasta Sevilla fue toda una odisea. El tren se averió a mitad de camino y tuvieron que llevarnos en autobús, con un calor que parecía sacado del mismísimo infierno. Para rematar, nuestro avión se retrasó. Vamos, una alegría de viaje.
Aun así, por fin estábamos en el hotel donde se celebraría la boda. En Roma, Dary me había convencido para que me comprara un vestido que, según él, lo dejaría sin aliento. Os prometo que no quería eclipsar a la novia, pero, por otro lado, también quería demostrar mi valía, no sé si me explico.
Cuando llegamos al hotel, vi a mi hermana desde lejos y corrí hasta el ascensor, diciéndole a Dary que se diera prisa. No quería que Alegría me viera porque podía avisar a Rodrigo.
Entramos en la habitación entre risas y casi cayéndonos por las carreras. Desde luego, si queríamos pasar desapercibidos, estábamos haciendo todo lo contrario.