Capítulo 15
Libertad
Mis padres me habían traído una sorpresa, que no era otra cosa que un crucero para solteros que salía de Valencia dos días después y para el que me habían sacado un pasaje.
No me lo pensé. Ya estaba todo listo, incluso Marta tenía el vestido en su casa, así que preparé la maleta y me marché aquella misma mañana. Cogí un vuelo hacia Valencia, donde pasaría el tiempo que faltaba antes de embarcar en el crucero.
Me daba igual que fuera para solteros o para casados, porque no pretendía buscar pareja. Ya había elegido una y me había salido mal, por lo que primero tendría que sanar mi corazón.
El día que pasé en Valencia antes de embarcar me lo dediqué por completo a mí misma. Contraté una sesión de spa con masaje, de la que salí como nueva, y después me fui a un salón de belleza, donde pedí que me cortaran el pelo y me hicieran la manicura y la pedicura.
Me merecía aquello, pensar, por una vez, solo en mí, desconectar de todo y disfrutar de la experiencia. Les dije a mis padres que tendría el móvil apagado y que solo los llamaría al llegar a Valencia, como ya había hecho, y cuando desembarcara, antes de coger el vuelo de vuelta a Sevilla.
No les gustó demasiado la idea, pero es que no me apetecía nada tener a todo el mundo colgado del teléfono, preguntándome cómo estaba y contándome cosas de la boda, esa que quería olvidar. Aun así, terminaron aceptándolo.
Iba a subirme a aquel barco con toda la tranquilidad del mundo y con la ilusión de poder desconectar y pasarlo bien, pero, justo cuando estaba a punto de salir del hotel, la chica de recepción me detuvo.
—Señorita Santana, un momento, por favor.
—¿Ocurre algo?
—Ha llegado un correo electrónico para usted a la dirección del hotel, con su número de habitación.
—Muchísimas gracias.
La chica me tendió un documento que acababa de imprimir y no podía creerme lo que estaba leyendo. ¿Se podía tener más mala suerte que yo? Justo en aquel momento, cuando estaba dispuesta a conocer gente nueva y pasarlo bien, me encontraba con aquello.
Os estaréis preguntando qué decía aquel correo electrónico que me había cabreado tanto. Pues no era otra cosa que había surgido un problema urgente y tenía que volver en ese mismo momento. Os lo voy a leer para que sepáis las palabras exactas:
«Libertad, sé que es tu momento de desconectar de todo, pero hay un problema importante con la boda de Alonso y Marta y no sé cómo solucionarlo.
Como tienes el móvil apagado, no me queda otra que intentar contactar contigo a través de la recepción del hotel. Espero que no te suponga demasiada molestia.
Si no fuera importante, no me atrevería a interrumpir tu semana de vacaciones, mucho menos sabiendo cuánto la necesitas. Te adjunto el billete de vuelta».
Así, con su santo chichi. Ni me contaba lo que sucedía ni me daba la más mínima pista de para qué me necesitaba. Llamadme desconfiada, pero algo me olía mal, así que, antes de marcharme a ninguna parte, encendí el teléfono y llamé a mi hermana.
—¿Se puede saber qué ha sucedido para que me envíes ese correo electrónico?
—No te lo puedo decir, pero necesito que vengas. No pierdas el vuelo, por favor, o no llegarás a tiempo.
—¿A tiempo de qué, Ale?
—De ver lo que va a suceder. Por favor, Libertad, confía en mí.
—Mira, ¿sabes lo que te digo? Que no existe tal problema y que, por eso, sintiéndolo mucho, no pienso romper mis planes. Nos vemos dentro de una semana.
—Libertad, por favor…
No seguí escuchándola. Corté la llamada y apagué el móvil. No iba a permitir que nada ni nadie perturbara mi descanso, así que encaminé mis pasos hacia la parada de taxis más cercana y tomé uno para que me llevara hasta el puerto, desde donde embarcaría rumbo a mi felicidad.
Nada más subir al barco, mientras recorría el pasillo que llevaba hasta mi camarote, me tropecé con un chico guapísimo, aunque no era mi tipo. Sí, podéis pensar que ninguno lo era porque mi corazón estaba ocupado, y así era, pero eso no significaba que no pudiéramos ser amigos.
—Perdona, no te he visto.
—Chica, pues espalda tengo como para que me vieras.
—Bueno, quizás no era la expresión correcta. Estaba distraída, pensando en mis cosas, y no me he dado cuenta.
—Nada, la próxima vez que salga al pasillo lo haré con un chaleco reflectante y me pondré una baliza en la cabeza para que me veas y me escuches.
—Creo que ni aunque te pusieras el faro de Chipiona. Cuando me sumerjo en mí misma, me aíslo de todo y de todos.
—Pues deberías tener cuidado, porque lo mismo que te ha pasado en el pasillo te ocurre en la cubierta y nos vemos con una pasajera menos.
Solté una carcajada porque me hizo muchísima gracia la manera en la que lo dijo. Al final iba a hacerme amiga de aquel chico, del que todavía no sabía ni el nombre, pero pensaba remediarlo en ese mismo momento.
—Por cierto, me llamo Libertad.
—Bonito nombre para un crucero como este. Yo soy Dary.
—Hombre, teniendo en cuenta que todos somos solteros y que la mayoría viene buscando pareja…
—Me parece que no te fijaste bien al reservar el billete de este crucero.
—¿En qué tenía que fijarme? Porque, la verdad, no te entiendo.
—No, si aquí entender, entendemos todos, no sé si me explico.
—Chico, pues como un libro cerrado.
—Anda, deja la maleta en tu camarote y vámonos a cubierta. Nos tomamos algo y, si después de observar a todo el mundo sigues sin saber de qué te hablo, te lo cuento.
Eso hice. Dejé la maleta y salí con él hasta la cubierta, donde nos sentamos en una de las mesas y pedimos dos cócteles. El mío, sin alcohol, porque no quería tener que lamentar más cosas de las que ya estaba lamentando.
Me fijé en la gente que iba llegando, pero no aprecié nada que me llamara especialmente la atención. Si acaso, algún que otro pasajero un tanto exagerado en su manera de vestir, aunque tampoco era algo que pudiera asustarme.
—Veo que sigues sin darte cuenta de nada…
—Dary, por lo que tú más quieras, dime ya a qué te estás refiriendo, porque voy a volverme loca mirando a todo el mundo y no quiero que nadie se me enfrente para preguntarme qué coño observo.
—Uy, chica, te aseguro que eso es precisamente lo que más van a mirar la mayoría de las pasajeras.
—¡No!
—¡Bingo! Te has embarcado en un crucero gay. Da igual que estén solteros o casados.
—La madre que parió a mis padres…
—¿Qué te ocurre con ellos? Ni que los pobres tuvieran la culpa de que estés subida en este barco. Porque… deduzco que no eres gay.
—Pues no, no soy gay, pero tampoco me importa hacer un crucero así. Es más, voy a pasármelo de lujo, eso lo tengo claro. Y mis padres tienen toda la culpa, que fueron ellos quienes me regalaron el pasaje.
Nos reímos muchísimo durante aquel rato mientras nos contábamos nuestras vidas. Lo mismo mi hermana quería que volviera para evitar que me encontrara con aquello, pero no podía estar más contenta de haberme quedado y de haber seguido adelante con mis planes.
Nos quedamos a comer en aquella misma cubierta, donde se encontraba uno de los restaurantes de bufé libre más solicitados de todo el barco, tanto por su ubicación como por el tipo de comida.
—Primero ve tú. Yo te espero aquí y así no nos quitan la mesa, que para eso la hemos cogido antes que nadie.
—Está bien, pero no sé si podré traer la comida de los dos.
—Anda, bonita, mejor quédate tú, que ya voy yo.
—¿Por qué me dices eso?
—Porque las Navidades pasadas tuvo que haber una oferta de polvorones y te los comiste tú todos.
Solté una carcajada que no pude contener. Aquel hombre tenía una manera de decir las cosas que hacía que te partieras de risa y, lo mejor de todo, era que no necesitaba pensarlas, le salían solas.
Lo primero que hice fue encender el móvil para hacernos una foto mientras comíamos, pues se había dedicado a coger un poquito de todo, sin dejarse casi nada por probar, y la imagen nos quedó de lo más graciosa.
Lo había encendido, sí, pero lo puse en modo avión para no recibir llamadas ni mensajes de nadie. No me apetecía en aquellos momentos.