¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 14
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Capítulo 14

Rodrigo

Las reuniones estaban siendo de lo más tediosas; se me estaban haciendo eternas. No sabía si era por las ganas que tenía de terminar ya con todo, porque me moría por volver a ver a Libertad o porque tenía las vacaciones muy cerca, pero ya no aguantaba más.

Entre una reunión y otra, mientras me tomaba una cerveza sin alcohol bien fría, porque de las otras no podía beber mientras estuviera trabajando, saqué el móvil y le envié un mensaje a Libertad. Porque sí, antes de marcharme habíamos intercambiado los números.

Rodrigo: No veo el momento de poder tenerte entre mis brazos. No me quito de la cabeza la última noche que pasamos juntos.

Esperé un buen rato a que me respondiera, pero, al ver que no lo hacía, pensé que estaría ocupada con el trabajo. La llamaría más tarde, cuando estuviera de vuelta en el hotel.

Volví a entrar en la última reunión antes de marcharme a Valencia, donde tan solo tenía otra al día siguiente por la tarde, después de la cual podría volver a casa. Llevaba ya tres días en Barcelona y estaba como loco por terminar para poder invitar a Libertad a cenar y a tomar una copa.

Salí de allí casi tres horas después y, como había silenciado el teléfono antes de entrar, en cuanto puse un pie fuera del edificio, lo saqué para comprobar si Libertad me había respondido o me había llamado alguien.

Me encontré tres llamadas perdidas de mi hermano y me asusté, porque no solía insistir tanto. Si me llamaba y veía que no contestaba, esperaba a que yo le devolviera la llamada, así que marqué su número de inmediato.

—Menos mal que das señales de vida, hermanito.

—Estaba en una reunión. Sabes que este mes es muy complicado para mí, pero, por suerte, solo me queda terminar con las de esta semana.

—Mejor, porque tanto Marta como yo tenemos que decirte algo.

—Me estás asustando. ¿Qué ha ocurrido?

—Pues que tenemos que darte dos noticias…

—No me vayas a decir eso de «una buena y una mala».

—No, no, pierde cuidado, que las dos son fantásticas.

—Entonces, dímelas ya y déjate de tonterías.

Mi hermano soltó una carcajada, algo nada habitual en él, y supe que Alonso estaba más feliz que nunca. Me alegré mucho por él, pero todavía más por Marta, que se merecía a un hombre que la hiciera reír.

—La primera noticia es que vas a ser tío. ¡Marta y yo estamos embarazados!

—Chicos, enhorabuena. Estoy completamente seguro de que ese bebé vendrá para terminar de colmaros de felicidad.

—Y eso no es todo, cuñado.

—Ah, ¿no?

—No, porque la siguiente noticia es que nos casamos…

—Pero eso ya lo sabía. Menudo fiestorro montó tu madre. Con lo agria que es, no entiendo cómo se le dan tan bien estas cosas.

Mi cuñada soltó una carcajada mientras mi hermano me reñía por lo que había dicho. Pero era cierto, no había contado ninguna mentira ni era la primera vez que Marta escuchaba algo así de mi boca, pues entre nosotros no había secretos ni medias tintas.

—Ya lo sé, la pedida fue digna de un programa de televisión.

—Sí, sí, digna de los Gipsy Kings , por lo menos.

—No seas más cabrón y deja hablar a mi prometida.

—Uy, «mi prometida», qué solemne ha sonado eso. Alonso, te tengo dicho que no te juntes tanto con tu suegra, que estás a menos de un mes de poner la misma cara de estar oliendo mierda.

—¿Quieres callarte de una puta vez y dejarnos hablar?

—Vale, vale, ya me callo. ¿Qué pasa con la boda?

—Pues que será el doce de agosto, justo para que hayas vuelto y antes de que te marches de viaje de placer.

—¿Cómo coño vais a organizar una boda en una semana y media?

—Ya está todo organizado. Nuestra organizadora se ha encargado de todo y no podía haber salido mejor.

—Espero que hayáis decidido casaros en la playa, porque un doce de agosto en Sevilla y con un traje de chaqueta va a ser la muerte a pellizcos.

—Pues no, lo siento por ti, porque nos casamos en la capilla de los Marineros, en el barrio de Triana —me dijo mi cuñada.

—Tócate los huevos. Ya solo me falta que me digas que os casáis a la hora de los toros y entonces sí que me corto las venas.

—No será a las cinco de la tarde, sino a las siete, y esperamos contar con tu presencia. Después, si quieres, puedes quitarte la chaqueta en el hotel donde lo vamos a celebrar.

—Qué remedio, no voy a dejar a mi cuñada sola ante el peligro.

—Serás cabronazo. Y a tu hermano que le parta un rayo, ¿no?

—Mira, a mi hermano voy a darle una alegría porque, si todo sale como espero, iré acompañado a esa boda.

—No me vayas a meter en las fotos a una tía con la que te acuestas, que el día de mañana, si tienes una pareja seria, a ver cómo le explico quién es esa mujer —dijo mi hermano.

Solté una carcajada por la manera en que lo dijo, pero no le aclaré absolutamente nada. Tan solo les aseguré que nos veríamos pronto y corté la llamada, pues me moría de ganas de hablar con Libertad.

Marqué su número, pero la llamada no daba tono. Además, el siguiente mensaje que le envié se quedó con una sola marca, no con las dos que aparecían cuando llegaba al destinatario, y se me pasó por la cabeza que pudiera haberme bloqueado.

Ahora bien, si eso era así, ¿por qué lo había hecho? ¿Qué le había hecho yo para que reaccionara de aquella manera? No pude aguantar más y llamé a Jaime, que era quien podía enterarse de lo que estaba sucediendo.

Os prometo que estuve a punto de llamar a la empresa de Valencia para decirles que debíamos aplazar la reunión hasta después de las vacaciones y regresar a Sevilla. Sin embargo, pensé que aquel era mi trabajo y que me había costado mucho llegar hasta allí como para tirarlo todo por la borda.

—Jaime, ¿sabes si ha pasado algo con Libertad?

—Hola a ti también, amigo mío.

—Por favor, no tengo tiempo para ironías ni sandeces. Contéstame.

—Pues, que yo sepa, no ha pasado nada. Hoy no ha ido a trabajar porque se encontraba mal, o eso me ha dicho Ale, y por eso no hemos podido quedar, ya que ella se ha puesto al frente de la oficina.

—Algo tiene que haber ocurrido. Me ha bloqueado.

—¿Pero qué podrías haberle hecho tú? Vimos cómo os despedíais y parecíais una pareja de verdad.

—Eso mismo he pensado yo, pero no sé… Lo mismo se ha enterado de algo que le ha molestado.

—Libertad no es de las que bloquean sin enterarse antes de lo sucedido, así que debe de haber sido algo mucho peor.

—Eso mismo he pensado. Antes de hacer algo así, me habría llamado para preguntarme lo que fuera.

—Si quieres, puedo pasarme por casa de Ale e intentar que me cuente algo. En cuanto lo sepa, me pongo en contacto contigo.

—Sí, por favor, te lo agradecería eternamente.

Corté la llamada y me sentí perdido, sin saber qué hacer ni a quién acudir. Estaba claro que, aunque hablara con su hermana, ella no me contaría lo que ocurría, porque su lealtad hacia Libertad estaba por encima de todo.

Justo cuando estaba pensando qué hacer, recibí una llamada que me vino como caída del cielo. Era de la empresa de Valencia, con la que tenía programada la reunión para el día siguiente.

—Buenas tardes, señor Dávila. Soy Rocío, la encargada de la empresa valenciana.

—Dígame, Rocío, ¿puedo ayudarla en algo?

—Pues sí. Si no es mucha molestia para usted, me gustaría pedirle que aplazáramos la reunión de mañana, ya que no tenemos ningún asunto importante que tratar.

—Por mí no hay ningún problema. Eso sí, tendría que ser ya en septiembre, puesto que me voy de vacaciones y, además, tengo que asistir a la boda de mi hermano.

—Me parece perfecto. Si le viene bien, podemos fijarla para el primer lunes de septiembre.

—Lo anoto. Nos vemos ese día.

Me faltó ponerme a gritar y a bailar cuando corté la llamada, porque Rocío había hecho justo lo que yo pretendía y eso me daba vía libre para regresar a casa antes de tiempo.

Lo primero que hice fue cambiar el vuelo que tenía a Valencia por uno a Sevilla y anular la reserva del hotel. Perdí el dinero, pero me daba exactamente lo mismo si con aquello conseguía no perderla a ella.