Capítulo 13
Libertad
En cuanto llegué a casa y abrí el portón de la calle para meter el coche, vi cómo mi hermana abría la puerta de la suya y me esperaba con los brazos abiertos.
No me hizo falta articular una sola palabra, pues entre sus brazos me sentí tan en paz que dejé salir todo lo que llevaba aguantando durante el día.
—Y yo que pensaba que ya había llorado suficiente cuando me paré en la carretera…
—Nunca se llora suficiente cuando una está dolida, Liber.
—Ale, tengo que contarte algo, pero debes prometerme una cosa.
—¿Qué tengo que prometerte? Porque lo mismo me dices que debo ofrecerte en sacrificio a mi primer hijo y eso no me conviene.
—No, tu primer hijo será para ti, yo solo actuaré como su tía.
—Venga, no le des más vueltas y dime ya lo que sea.
—Quiero que me prometas que no les dirás nada a Jaime y Víctor y, mucho menos, permitirás que esto afecte a la relación con tu chico.
—Me estás asustando, Liber.
—No es para menos. Hoy he descubierto quién es el novio de Marta.
—¿Y? ¿Qué tiene eso que ver contigo? ¿Acaso lo conocemos?
—Por supuesto que lo conocemos. Yo mejor que nadie. No te puedes imaginar la cara que se me quedó cuando Marta me contó que él no había aparecido por su casa en toda la noche.
—Sigo sin entenderte. Por favor, háblame como si fuera tontita, porque no me estoy enterando de nada.
Le conté a mi hermana todo lo sucedido aquella mañana y cómo había llegado a la conclusión de que Alonso y Rodrigo eran la misma persona.
—Por supuesto que no había estado en su casa durante toda la noche; se estaba acostando conmigo.
—No se puede ser más cabrón, pero sus amigos también lo son por permitirlo.
—Nadie tiene que responder por los actos de los demás, Ale.
—Pero, si sabían lo que estaba haciendo su amigo, lo lógico es que me lo hubieran contado. Joder, eres mi hermana.
—Precisamente por eso. Cada uno desempeña un papel diferente en tu vida y no quiero que esto que me ha sucedido afecte a lo vuestro.
—No es justo para ti.
—Mira, mi niña, esto que te he contado va a quedar entre tú y yo. Nadie más lo sabrá. Voy a llevar esa boda como si fuera otra cualquiera y, cuando todo termine, ese hombre pasará a la historia.
—Pero es que no es una boda cualquiera, es la del hombre del que estás enamorada…
—Y que me ha engañado como a una tonta. Si hasta me dijo que tenía toda esta semana llena de compromisos y que, en la segunda quincena de agosto, se marchaba de vacaciones al extranjero.
—Claro, de luna de miel. No se me va de la cabeza lo cabrón que ha sido.
—Eso no es todo. ¿Sabes lo que me dijo en la barra del hotel?
—Me puedo esperar cualquier cosa, hermana.
Le conté cómo había intentado cargar sobre mis hombros con todo el peso de lo que había sucedido entre nosotros, llegando a insinuar que había sido un error provocado por haber bebido demasiado, cuando yo no pasaba de tomarme una o dos cervezas.
Mi hermana estaba como una leona enjaulada y quiso coger el móvil para llamar a Jaime y ponerlo como los trapos, pero no se lo permití. Lo único que le dije fue que tuviera muchísimo cuidado con él, pues no quería que le ocurriera lo mismo que a Marta.
Después de aquello, subí a casa, me cambié de ropa y me puse un bañador, porque lo que más me apetecía en el mundo era sumergirme en la piscina y dejar que el agua y el ejercicio me agotaran lo suficiente como para poder dormir toda la noche.
Ale, que conocía mi manera de actuar en esos casos, ya había preparado la jarra de sangría de la que habíamos hablado y pedido una pizza en mi pizzería preferida, mientras yo hacía un largo tras otro en la piscina.
Cuando salí, tenía hasta las extremidades entumecidas, pero me sentía más relajada que nunca y había tomado una decisión para la que necesitaría la colaboración y el apoyo de mi hermana.
—¿Qué te está rondando por la cabeza, Libertad?
—Tengo que pedirte un favor.
—Dime, hermanita. Si está en mi mano, puedes contar con ello.
—Yo llevaré todo el tema de la boda hasta el día de la ceremonia. En ese momento, serás tú quien se haga cargo mientras yo me marcho lejos durante unos días.
—¿Estás segura de querer hacer eso?
—Tan segura como de que verlo en ese altar terminaría de partirme el corazón, mucho más de lo que ya lo tengo.
—Entonces, cuenta conmigo. Yo me encargaré de todo ese día. Ahora vamos a cenar, que la pizza todavía está caliente.
Nos sentamos en el porche trasero. Ella también llevaba puesto el bañador porque, en cuanto termináramos de cenar, volveríamos al agua para paliar un poquito el calor sofocante que hacía.
No sabía dónde iba a marcharme, pero tenía que hacerlo. Necesitaba estar lejos de aquella boda para no echarme atrás en el último momento y presentarme allí para verlo vestido de novio. Prefería alejarme antes que contemplarlo en el altar y pensar que podría haber sido yo quien estuviera a su lado.
Aquella noche me costó conciliar el sueño a pesar de todo el cansancio.
A la mañana siguiente, mi hermana, que había estado pendiente de mí, me escuchó en la cocina y subió para hablar conmigo.
—Liber, quédate hoy en casa, relájate en la piscina. Nosotros nos ocupamos de todo.
—No hace falta, de verdad. Vosotros ya tenéis trabajo de sobra.
—Lo de la boda de Marta, que es lo más importante, está prácticamente resuelto, y lo que falta puedes hacerlo desde aquí.
—Está bien, porque no he podido pegar ojo en toda la noche y me vendrá de lujo. Ahora mismo voy a darme un baño y después intentaré dormir un poquito.
—Eso es lo que tienes que hacer. Y, si necesitas algo, me llamas, que vengo enseguida.
—Eso tendría que decírtelo yo a ti, capulla, que soy la que se queda aquí sin trabajar.
Alegría soltó una carcajada, me dio un beso en la mejilla y salió de casa, dispuesta a irse al trabajo mientras yo me quedaba allí descansando y desconectando.
Estaba tumbada en la hamaca cuando sonó mi móvil. Era un mensaje de quien menos me lo esperaba, a juzgar por lo que me había dicho el día anterior.
Rodrigo: No veo el momento de volver a tenerte entre mis brazos. No me quito de la cabeza la última noche que pasamos juntos.
Os prometo que me entraron ganas de contestarle y ponerlo como los mismos trapos, pero, en vez de eso, lo bloqueé de inmediato. No quería saber nada más de él, mucho menos cuando iba a casarse en menos de tres semanas y su prometida estaba esperando un bebé.
De nuevo me vino a la cabeza la manera en la que me había hablado el día anterior y pensé que aquel hombre debía de tener algún trastorno mental, porque su comportamiento no era ni medio normal.
Estaba pensando en ello cuando noté que se abría el portón de fuera. Miré el reloj, porque mi hermana todavía tenía que estar trabajando, así que solo podía ser una persona. Bueno, en realidad, eran dos.
—Mamá, papá, ¿se puede saber qué hacéis aquí?
—Venir a verte y traerte una cosa que seguro que te va a gustar —me dijo mi madre.
—Mi hermana ya se ha ido de la lengua, estoy completamente segura.
—Pues no ha sido tu hermana, lista —respondió mi padre.
—Entonces, ¿quién ha sido?
—Hemos pasado por la oficina y, al no verte allí, hemos preguntado. Cuando Diego nos ha dicho que hoy no habías ido porque te encontrabas mal, nos hemos venido directamente para acá —me contó mi padre.
Mi madre se plantó delante de mí con las manos en la cintura, como si esperara que le explicara qué me ocurría. Sabía que no iba a moverse de allí mientras yo no hablara, así que empecé a contárselo todo, con mi padre escuchando a su lado.
—Ese tío no se merece ni que una mujer como tú esté enamorada de él, mucho menos que otra vaya a casarse y esté esperando un hijo suyo —dijo mi madre.
—Yo no quiero ser el abogado del diablo, pero quizás deberíamos escuchar la otra versión, la de él, porque todo debe tener una explicación —dijo mi padre.
—Pues, si no quieres ser el abogado del diablo, más vale que mantengas la boca cerrada —le dijo mi madre.