Capítulo 12
Libertad
Las reacciones de las dos familias fueron completamente opuestas. Mientras Gala y Gonzalo los felicitaban por su futura paternidad, Amalia y Jesús empezaron a increparlos y a llamarlos de inconscientes para arriba.
—Sé que a mí esto ni me va ni me viene, pero me parece que esa no debería ser la actitud de unos padres con su hija —les dije a ambos, aunque en especial a Amalia.
—¿Qué se supone que debemos hacer? ¿Aplaudirles y decirles que lo han hecho de maravilla? —me contestó ella.
—Pues sí, porque ninguno de los dos es un niño ni acaban de conocerse. Aunque, por otro lado, incluso si fuera así, no tendrían por qué reprocharles nada.
—Eso mismo, este tema ni le va ni le viene. Por eso, le pediría que se marchara en este preciso instante y nos dejara hablar en familia —me dijo el idiota de Jesús.
Me repateaba el estómago la gente que se creía por encima de los demás, aquellos que pensaban que, por tener más dinero que otros, podían pisotear a cualquiera.
No es que yo estuviera nadando en la abundancia, ni mucho menos, pero, gracias a mi trabajo, tenía las espaldas bien cubiertas si algún día decidía parar durante un tiempo. Aunque eso ellos no tenían por qué saberlo.
—No se preocupe, que ya me marcho. Marta, cuando termines de comer, te espero en la recepción. A mí se me ha quitado el hambre —le dije.
Me levanté de la mesa y puse rumbo a la barra, donde pediría una copa mientras esperaba a que quedara libre alguna mesa, cuando noté a Alonso detrás de mí. Era lo que menos esperaba, la verdad.
—Libertad, te ruego que disculpes a mis suegros. Digamos que tienen una forma muy peculiar de ver la vida y la relación entre padres e hijos…
—No tienes que disculparte por algo que no has hecho tú. En todo caso, tendrían que venir ellos a hacerlo. Además, vuelve con tu prometida; no quiero que piense que entre nosotros hay algo más que una relación comercial.
—Es que es lo que hay.
—Por favor, no seas más cínico. No actúes como si no nos hubiéramos conocido antes y de una manera muy íntima, además.
—Te repito que nos hemos conocido esta mañana. Debes de estar confundiéndome con otra persona. No soy de esos hombres que buscan fuera lo que no tienen en casa, porque con Marta no me falta nada.
—¿Estás intentando hacerme pasar por loca? Porque eso es lo último que me faltaba en el día de hoy.
—No intento hacerte pasar por nada. Tan solo digo que muchas mujeres beben más de la cuenta cuando están de fiesta y, a la mañana siguiente, no recuerdan bien la cara del hombre con el que se han acostado.
Os prometo que me dejó fuera de juego. Primero me llamaba loca y después borracha. Cualquier cosa con tal de quitarse de encima su parte de culpa que, además, era casi toda, porque yo desconocía por completo sus circunstancias.
—De verdad, si no te necesitáramos para organizar la boda, ya habría buscado a otra persona que te sustituyera.
—No te equivoques. Si sigo aquí, no es ni por ti ni por el dinero. Si continúo organizando esta boda es por Marta, que no se merece a las personas de las que está rodeada.
Me bebí la copa de un trago y me dirigí a la mesa que el camarero me había indicado. Por suerte, estaba en la otra punta del restaurante, donde no tendría que verle la cara a ninguno de ellos.
Los únicos por quienes lo sentía eran Gala y Gonzalo, que me habían caído genial y no tenían la culpa de que su hijo fuera un sinvergüenza de ese calibre. Aun así, era mejor de aquella manera, pues la comida no me sentaría mal por tener que escuchar comentarios de lo más desagradables.
Me senté a comer tranquilamente cuando recibí una llamada de mi hermana, que se habría asustado al no verme en el local, ya que nunca lo dejábamos sin nadie y mucho menos cerrado sin ser festivo o fin de semana.
—Dime, Alegría.
—Uy, chica, eso es lo que te falta a ti, porque tienes una voz de ultratumba que da miedo escucharla.
—Ya te contaré. Ahora estoy comiendo y no me apetece hablar.
—¿Todo bien con la boda de Marta?
—Con respecto a eso, lo único malo es el novio.
—¿Tan desagradable es?
—Ahora no puedo, Ale. Te llamo cuando termine o nos vemos en casa y nos damos un baño. Eso sí, por favor, que venga como mucho Diego. No tengo ganas de ver a nadie más.
—Por supuesto, cariño. Te espero en casa con una buena jarra de sangría fría y una pizza de esas que tanto te gustan.
—Te quiero, hermanita.
—No más que yo a ti.
Cortamos la llamada y me dediqué a comer. Tenía la suerte de contar con unos padres como los míos, además de con mi hermana, a la que quería con toda mi alma y con quien siempre podía contar, me sucediera lo que me sucediera.
Estaba terminándome el postre cuando recibí un mensaje de Marta en el que me decía que ya estaban listas y me esperaban en la recepción. Pedí la cuenta para bajar lo antes posible, pero el camarero me informó de que ya estaba todo pagado, pues lo había abonado la familia Dávila.
Mira, tampoco me había mentido sobre su apellido, pero no quería darle más vueltas a todo aquello. Mi relación, o lo que fuera que hubiera tenido con Rodrigo, Alonso o como coño se llamara, había terminado para siempre.
Ahora tenía que centrarme en la boda y en conseguir que todo saliera a pedir de boca. Con suerte, en un par de semanas dejaría de verlo y podría pasar página, o al menos eso intentaría.
Cuando llegué a la recepción, allí estaban doña Cacatúa y la señora Gala. La primera, como si tuviera un mojón debajo de la nariz; la segunda, con una sonrisa de lo más amable en el rostro.
Marta se encontraba entre ambas, sin saber cómo actuar ni qué decir, completamente avergonzada por la manera en la que sus padres se habían dirigido a mí.
—Marta, ¿todo bien?
—Sí, Libertad, todo perfecto.
—Entonces, vayamos a elegir la mantelería, los cubiertos y la tarta que quieres que se sirva en tu boda.
Con aquellas palabras les dejé claro a todos que la única opinión que escucharía sería la de Marta. Mientras Gala me miró satisfecha, como si estuviera completamente de acuerdo conmigo, la otra lo hizo con cara de asco.
—Espero que dejemos lo de las tartas para el final porque, si lo hacemos ahora, con el estómago lleno, todas nos provocarán asco —me dijo Amalia.
—El orden de las cosas lo decidirá Marta. Ni usted, ni su suegra, ni siquiera yo, sino ella, que es la única que tiene algo que decir.
Su madre fue a replicarme, pero Gala no se lo permitió. Habló a continuación, dejando muy clara su postura, que, por cierto, no era diferente de la mía.
La chica encargada de todo aquello nos condujo hasta uno de los salones inferiores, en concreto, aquel en el que se celebraría el ágape de la boda y que era absolutamente precioso.
Tenía unas puertas que daban al jardín, unas lámparas preciosas en el techo y las mesas distribuidas de tal manera que todos pudieran verse sin sentir el agobio de tener a tantas personas en un mismo lugar.
—Este es el salón presidencial, donde celebraremos la boda, ya que es el único de todo el hotel en el que caben todos los invitados —nos explicó la chica.
—Es precioso, me encanta —dijo Marta, ilusionada.
—Y, aunque no te gustara, tendrías que aguantarte, porque no tienes otra opción —replicó su madre.
Decidí ignorarla porque, como le hiciera caso, íbamos a estar allí hasta el día del juicio final. Nadie podía imaginarse las ganas que tenía de terminar con todo aquello, que se dieran el «sí, quiero» de una vez y no tener que volver a cruzarme con ninguno de ellos.
La chica del hotel nos fue mostrando cómo quedarían vestidas las mesas, con las diferentes opciones de manteles y servilletas, así como los centros de mesa y las fundas de las sillas.
Marta las fue mirando una tras otra y, al final, decidió combinar tres estilos diferentes que, en conjunto, quedaban preciosos. Eligió los manteles en color blanco roto, con las puntas de croché, que les daban un toque de lo más elegante y bohemio.
Las servilletas eran de color azul marino, aunque del mismo estilo, y contrastaban con los manteles una barbaridad. Asimismo, los centros que escogió eran pequeños, de esos que permitían mirar a los ojos a quien tenías enfrente sin tener que hacer juegos con la cabeza.
Las flores que eligió fueron en tonos blancos y azules, al igual que las fundas de las sillas, aunque las pidió, al contrario que los manteles y las servilletas, creando una combinación muy original.
—No veo yo esos tonos, cuando lo bonito es que esté todo en rosa pastel y dorado —dijo su madre.
—Claro que sí, como si en vez de una boda estuviéramos en la presentación de las actividades de Navidad que organiza el ayuntamiento.
Cuando solté aquello, Gala se echó a reír, al igual que la chica del hotel, mientras Marta no sabía dónde meterse y Amalia me miraba como quien contempla un insecto.
Ya había aguantado demasiado a aquella mujer. No pude callarme, os lo prometo, y, cuando supe que contaba con el apoyo de Marta y de su suegra, menos iba a hacerlo. Se había abierto la veda.
Salimos de allí con todo concretado y me dirigí hacia el coche para volver a casa, cuando Gala se acercó con intención de hablar conmigo. No llegué a subir y esperé a que me dijera qué necesitaba.
—Libertad, quería darte las gracias por lo que has hecho por Marta y por mi hijo.
—Si le soy sincera, lo he hecho por su futura nuera, por nadie más.
—Sea como sea, no has permitido que esa mujer se salga con la suya. Dicen que las suegras somos las que nos metemos en todo, pero te aseguro que, en mi caso, es todo lo contrario.
—Lo sé, no hay más que verlo. Parecía que fueras tú su madre, pero sé que Marta podrá contar siempre contigo y eso, en estos tiempos, es de agradecer.
—Me estás hablando como si supieras algo que yo no sé y que pudiera afectar a mi nuera.
—No puedo decirle nada más. Quizás solo sean impresiones mías. Ahora tengo que marcharme, nos vemos el día de la boda.
—Gracias de nuevo, Libertad.
Me monté en el coche y salí de allí cagando leches, antes de que aquella mujer consiguiera hacerme cantar todo lo que llevaba dentro como si fuera una famosa cantante de ópera.
Puse rumbo a casa, a mi refugio, al único lugar donde me sentía en paz y a salvo, sabiendo que todavía quedaba lo peor: verlo dar el «sí, quiero» y terminar de partirme el corazón.
Todo lo que había estado conteniendo durante el día se desbordó en cuanto me lo imaginé en el altar, junto a Marta, casándose con ella.
Me aparté a un lado de la carretera antes de que el llanto provocara un accidente y permanecí allí hasta que logré calmarme un poco y pude retomar el camino.