Capítulo 11
Libertad
Me pareció un gesto muy bonito por parte de su novio, pues no todos son capaces de aceptar de buen grado un embarazo inesperado y no programado, y una sonrisa se dibujó en mi cara.
Ya habíamos elegido el menú y el fotógrafo, y solo nos faltaba decidir la mesa de dulces que quería poner y el tipo de recena, pero, para eso, me dijo que prefería esperar a que llegara su prometido.
Estábamos las dos solas en la oficina, pues mi hermana y Diego habían salido, cada uno con un cliente, para mostrarles algunas de las cosas que habían pedido, por lo que nos pusimos a hablar de temas más íntimos.
—¿Tienes novio o pareja, Libertad?
—Bueno, estoy conociendo a alguien, pero todavía no nos hemos atrevido a hablar de nada relacionado con el futuro.
—Vamos, que os estáis limitando a disfrutar del momento.
—Más o menos, sí. Aunque tengo que reconocer que me gusta, y mucho, pero hay algo que me frena, como si no me lo contara todo.
—Uy, los hombres son así. Mi prometido lo hace muy a menudo, pero he aprendido a ignorarlo. Cuando se siente preparado, me lo cuenta.
—¿Y si no te lo cuenta nunca?
—Pues es su problema, no el mío. Por ejemplo, ayer me dijo que no podíamos vernos porque tenía mucho trabajo y había quedado con unos amigos para comer. Sé que no llegó a su casa en toda la noche, pero no me lo ha dicho.
—¿Y te quedas tan tranquila? ¿Sin que te haya dado ninguna explicación?
—Por supuesto. La confianza es primordial en una pareja. Si no fuera así, no podría vivir, presa de los celos, porque mi prometido es de los que llaman la atención por la calle.
—Tienes razón, pero, como yo he tenido tan mala suerte con los hombres, no termino de confiar ni de relajarme.
—Pues tendrás que aprender a hacerlo o, te lo aseguro, la única que lo pasará mal serás tú.
Estábamos hablando de todo aquello cuando lo vi aparecer al otro lado del escaparate y una sonrisa se dibujó en mis labios, pensando que aquel compromiso del que me había hablado había terminado antes de la cuenta. Entonces Marta habló.
—¿Lo ves? Esa es la reacción que tienen las mujeres al verlo.
—¿Perdona?
No entendí lo que quería decirme hasta que abrió la puerta, se acercó a Marta y le dio un beso en los labios. Os prometo que me quise morir. Agaché la cabeza para recomponerme y evitar que ella se diera cuenta de lo que me ocurría.
—Libertad, él es Alonso, mi prometido.
—Encantada, Alonso. Siéntate, por favor. Yo soy Libertad, la organizadora de la boda.
—Un placer, Libertad, y tutéame, si eres tan amable, ya que vamos a pasar muchas horas juntos durante estas semanas.
¿Se podía tener tan poca vergüenza? ¡Si hasta en el nombre me había mentido! Y ahora actuaba como si no me conociera. Claro que no había aparecido por su casa en toda la noche, como que había estado conmigo.
Tuve que tragar quina para no saltar y decirle cuatro cosas bien dichas, pero Marta no se lo merecía. Otra le habría puesto ahí mismo los puntos sobre las íes, pero yo no. Lo nuestro había sido tan solo sexo y entre ellos había amor.
Si hubieran estado allí mi hermana o Diego, estoy completamente segura de que le habrían dicho cuatro cosas, pero su prometida estaba embarazada y no sería yo quien se metiera en medio.
Es más, si hubiera sabido que tenía pareja, ni siquiera me habría acercado a él. Le habría dicho que lo que estaba buscando fuera se lo pidiera a su prometida, pero no había sido así, pues me había engañado tanto a mí como a Marta.
Hice lo mismo que él y actué como si no lo conociera, aunque por dentro me estuviera muriendo de pena. No podía tener más mala suerte porque, para una vez que un hombre me tocaba el corazón, tenía que ser un cabronazo que jugaba con las mujeres.
Estuvo de acuerdo con todo lo que habíamos elegido para la celebración, a excepción del envío de las invitaciones de manera digital; aunque, después de explicarle el motivo por el que había que hacerlo, pudimos convencerlo.
—Libertad, ¿puedo pasar al baño, por favor?
—Por supuesto. Sube esa escalera y es la primera puerta a la derecha.
—Gracias. Es que, desde que estoy embarazada, no aguanto mucho. Y eso que estoy de poco tiempo, no quiero ni imaginarme cómo será cuando llegue al último trimestre.
—Eso no tiene nada que ver, lo mismo se te pasa dentro de poco.
Vimos cómo Marta subía hasta el baño y, cuando estuvimos a solas, no pude callarme. Era como si aquello me estuviera arañando por dentro, así que se lo dije en voz baja para que su prometida no se enterara.
—Hay que tener muy poca vergüenza para comportarte así teniendo a tu prometida embarazada.
—¿Cómo te atreves a hablarme de esa manera? Ella es mi prioridad, pero de vez en cuando necesito apartarme de su lado. Su intensidad me sobrepasa.
—Claro, y por eso te crees con derecho a acostarte con otras mujeres.
—Eso es mentira, y espero que ni siquiera lo insinúes delante de Marta.
—¿Tienes la poca vergüenza de decirme que es mentira? ¿En mi cara?
No pudo contestarme, ya que escuchamos a Marta bajar por la escalera y ninguno quería que tuviera que pasar por un momento así. Como he dicho mil veces, no se merecía tener a un hombre de aquella calaña a su lado, pero tampoco que alguien destruyera su sueño.
Se marcharon después de decirme que, a lo largo de la semana, me confirmarían el número de habitaciones que necesitarían, así como el tipo de música que querían que sonara durante las copas y el baile, pues no se ponían de acuerdo.
Eso era lo de menos, porque el hotel contaba con su propio grupo, que se adaptaba a los deseos de los clientes y tenía un amplio repertorio. Aun así, quería agobiarlo un poquito, porque parecía que la boda no iba con él.
A las tres y media de la tarde decidí que ya había tenido suficiente de oficina por aquel día. Además, debía ir al hotel para elegir el tipo de manteles y los centros de mesa y, para eso, había quedado con Marta a las siete y media, cuando el calor aflojara un poco.
Salí y cerré con llave, dispuesta a comer en el primer lugar que encontrara y donde se estuviera fresquito, pero me lo pensé mejor y decidí ir al mismo hotel en el que había quedado con ella.
Nada más llegar me llevé una sorpresa, pues los encontré en el restaurante, comiendo como si fueran la pareja perfecta. Por parte de ella, no dudaba de que lo fueran, pero él dejaba mucho que desear.
—Libertad, ven y siéntate a comer con nosotros. Es lo menos que podemos hacer con todo lo que estás trabajando —me dijo Marta.
—No quisiera que os sintierais incómodos, de verdad.
—No nos sentiremos de ese modo, te lo aseguro. Además, así podéis elegir todo lo que tenéis pendiente y Marta no tendrá que volver hasta aquí con el calor que hace —me dijo Alonso.
—Bueno, está bien.
Me senté con ellos, más por compromiso que por otra cosa, porque, además, estaban esperando a que llegaran los padres de ambos para contarles que habían adelantado la boda y les venía muy bien contar con mi presencia.
No, si aquel cabrón no daba puntada sin hilo. Quería tener todos los frentes cubiertos y que nadie se diera cuenta de que estaba mintiéndoles a todos, empezando por su prometida.
Quise apretarle las tuercas un poquito más para comprobar si algo de lo que me había contado sobre su vida era cierto o si todo había sido una mentira, así que le pregunté:
—¿A qué te dedicas, Alonso?
—Soy abogado.
—Uno de los mejores de la ciudad, por no decir del país. Trabaja en un despacho junto a mi padre, del que es socio —lo aduló Marta.
—Tampoco es para tanto, cariño. Tu padre me ha ayudado mucho a llegar donde estoy y le estaré siempre agradecido por todo lo que ha hecho por mí.
Mira, en su profesión no me había mentido, aunque sí me había dicho que había montado su propio despacho y que le había costado mucho llegar hasta donde estaba.
Claro, no podía contarme que lo había conseguido gracias a su suegro, ya que eso habría implicado decirme que tenía pareja. Ahora entendía el motivo por el que se casaba con Marta, aun teniendo miles de escarceos amorosos por ahí.
No quería decir con aquello que no la quisiera, porque el tiempo y el roce hacen el cariño, pero sí tenía claro que no estaba enamorado de ella. Cuando una persona ama de verdad a otra, no necesita acostarse con alguien que no sea su pareja.
Minutos después llegaron los padres de ambos. Los de Alonso entraron con una sonrisa y completamente relajados. Los otros dos parecían tener un palo metido por el culo y cara de no haber visitado al señor Roca en, al menos, una semana.
Estuve a punto de pedirle al camarero que les trajera un buen plato de laxante, a ver si así cambiaban de expresión, pero era mejor que me callara, pues no tenía ganas de cargar con más jaleo del que ya llevaba encima.
—Libertad, qué placer volver a verte —me dijo la madre de Alonso.
—Gala, el placer es mío, sin duda.
—Mira, él es Gonzalo, mi marido y el padre del novio.
—Encantado, Libertad. Mi mujer tenía razón y, sin desmerecer a mi futura nuera, eres más bonita de lo que me había dicho.
—¿Qué hace esta mujer aquí? Pensé que era una comida familiar —dijo Amalia, la madre de Marta.
—Amalia, no vayas a empezar. Si la chica está aquí, será porque su presencia es necesaria —dijo su marido.
—Amalia, si ella está aquí es porque tenemos que contaros algo y puede explicaros todos los detalles —dijo Alonso, echándome a mí el muerto encima.
—Bueno, yo podré explicaros los detalles de los cambios, pero el resto no es de mi competencia.
—¿De qué demonios está hablando? Espero que no haya habido ningún cambio significativo en la boda, porque no pienso consentirlo. Si no sabe hacer bien su trabajo, que se lo deje a otra —dijo Amalia, volviendo a atacarme.
No me dio tiempo a contestarle porque Marta se me adelantó, pero os juro que me entraron ganas de mandar aquella boda a la mierda y dejar que se las apañaran como pudieran.
Por si no tenía ya suficiente presión con organizarle la boda al hombre del que me había enamorado, encima tenía que aguantar las tonterías de su futura suegra, que parecía tener cogido a Dios por los cojones.
Alonso resoplaba, aunque no daba un paso adelante para frenarla, como debería haber hecho. Todo el arrojo y el descaro que había mostrado conmigo eran tan solo una fachada, porque allí bien que se quedaba callado.
—Mamá, Libertad ha hecho su trabajo mejor que nadie, porque otra organizadora, al ver lo que le hemos planteado, habría tirado la toalla y me habría dicho que me buscara la vida. Ella ha hecho todo lo contrario.
—No entiendo nada. ¿Alguien me lo explica?
Marta le contó a su madre que estaba embarazada y que no se casarían en primavera, sino dentro de tres semanas.