¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 10
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Capítulo 10

Libertad

En cuanto Rodrigo se marchó de mi casa, me metí en la ducha y me preparé un café y unas tostadas. Cogí el portátil y lo encendí, pues tenía que buscar un lugar donde celebrar la boda de Marta, que estuviera disponible para esa fecha y tuviera capacidad para unas cuatrocientas personas.

Sabía que aquella boda iba a darme más de un dolor de cabeza por lo precipitado de todo, porque la querida mamá no me lo iba a poner fácil y porque algo me decía que aquello traería alguna sorpresa.

En cuanto dieron las ocho de la mañana, ya estaba entrando en el local, con un montón de cosas anotadas que tenía pendientes de confirmar y otras que ya había tramitado, como lo del vestido.

Antes de salir de casa, había llamado a Susana, una antigua compañera del colegio. Bueno, en realidad, la propietaria de la tienda era su madre, pero ella estaba al frente del negocio desde que cayó enferma.

—Susana, te necesito.

—Uy, eso significa problemas y tengo el cupo lleno. Pero dime, ¿qué te ocurre?

—Una de mis novias fue a probarse un vestido que, en principio, no necesita ningún arreglo, pero hemos tenido que adelantar la boda y necesito tenerlo listo dentro de tres semanas.

—Bueno, eso de que no necesita arreglos será en el momento de elegirlo. Sabes que después siempre hay que hacerle alguno, sí o sí.

—Por favor, o va a tener que presentarse en su propia ceremonia con una sábana liada al cuerpo, como si llevara una túnica griega.

—Pues mira, lo mismo marca tendencia en las bodas del año que viene.

—No seas más cabrona, por favor, que la pobre no se lo merece. Tiene una madre que es una bruja y, si se entera de esto, es capaz de ponerle el vestido de su abuela.

—Tenías que haber empezado por ahí. Sabes que no soporto a las madres controladoras, pero no puedo enviártelo así y arriesgarme a que después le quede pequeño o grande.

—Entonces, ¿qué hacemos?

—Dime el nombre de la chica, aunque supongo que estará anotado entre los datos de tus clientas. Voy a localizar el vestido y pedirle que venga a probárselo la misma semana de la boda. Se lo entregaremos dos días antes, ya completamente arreglado.

—Te saco a hombros como a los toreros en la Maestranza.

—Mejor quedamos y me invitas a cenar.

—Eso está hecho. Gracias, Susana, no sé qué habría hecho sin ti.

—Pues yo sí, que me has despertado a las siete de la mañana cuando no tengo que estar en la tienda hasta las nueve y media.

—Mejor, así te da tiempo a tomarte un café y arreglarte tranquila.

—Adiós, cabrona.

Colgué el teléfono riendo, porque Susana era así. Te hacía el favor, eso era indudable, pero antes tenía que ponerte todas las pegas habidas y por haber y, al final, terminabas haciendo lo que a ella le daba la gana, como habéis podido comprobar.

Nada más entrar, contacté con dos hoteles de la ciudad que tenían capacidad para unos quinientos invitados y crucé los dedos para que alguno estuviera disponible ese día.

A unas malas, si me decían que no, siempre podía plantearle a Marta la posibilidad de contratar un catering y celebrarlo en el cortijo, aunque no era eso lo que quería.

Tuvimos suerte y el primero con el que hablé, que además tenía unos jardines preciosos, tenía libre ese fin de semana porque habían cancelado una convención.

No sabía si necesitarían también habitaciones, por lo que, de momento, reservé el salón y los jardines y dejé pendiente el tema del alojamiento hasta que pudiera hablar con Marta.

La chica, muy amable, me envió por correo electrónico los diferentes menús que habían confeccionado para las celebraciones, para que la novia pudiera elegir entre ellos.

La única condición que me puso fue que tenía que hacer un primer ingreso de dos mil euros para formalizar la reserva y enviarle el menú elegido a lo largo del día, pues, para tanta gente, necesitaban contar con provisiones suficientes y aquello llevaba tiempo.

Terminé la llamada con la tranquilidad de tener otra cosa resuelta.

Ahora venía lo peor: la iglesia. Marta me había dicho que quería casarse sí o sí en la capilla de los Marineros y, si la primera vez habíamos tenido la suerte de que se anulara una boda, encontrar un hueco con tan poquísimo tiempo me parecía casi imposible.

La única solución que se me ocurría, en el caso de que no pudiera celebrarse allí, era buscar a un sacerdote que oficiara la ceremonia en el mismo hotel, pero intentaría por todos los medios hacer realidad su sueño.

—Buenos días, soy Libertad, la organizadora de bodas.

—Buenos días, Libertad, ¿en qué puedo ayudarte?

—Verá, tengo una novia que había reservado la fecha para el veintiocho de mayo del año que viene, pero, por motivos personales, necesita adelantar la boda al doce de agosto de este año. Vamos dentro de menos de tres semanas.

—Uf, es muy precipitado, por no decir imposible, pero déjame mirar la agenda para ver si hay algo libre.

—Su sueño es casarse ahí desde pequeña, pues le tiene mucha fe a la Esperanza. Además, sus suegros se casaron allí y quería honrarlos con ese detalle.

Sí, me estaba inventando casi todo, porque no tenía ni la más remota idea del motivo por el que Marta quería casarse allí. Lo mismo no tenía nada que ver con eso y lo hacía por la estética de la capilla o porque quedaba bien, pero tenía que jugar todas mis bazas para conseguirlo.

—Ese día está todo completo, pero, como me has dicho que es su sueño y a mí me gusta que las personas cumplan los suyos, podría casarlos a las siete de la tarde, después del bautizo que tengo a las seis.

—¿De verdad me lo dice?

—Por supuesto. Eso sí, no podrá cambiar la decoración floral que esté puesta, porque la familia del bautizo lo tiene muy claro.

—Como si quieren poner un centro de flores en cada banco. Eso no es ningún problema, se lo aseguro.

Ya me encargaría yo de que no lo fuera, porque todo lo que estábamos consiguiendo era un milagro. Los astros se habían alineado a nuestro favor y eso ya era mucho.

Había quedado con Marta a la hora de comer, pero la necesitaba allí conmigo para terminar de concretar los detalles que nos faltaban, ya que íbamos a contrarreloj y, si quería que no faltara nada en su boda, teníamos que hacerlo cuanto antes.

—Marta, soy Libertad.

—Hola, preciosa. Dime que la cosa va bien o me dará un infarto.

—Va mucho mejor de lo que podía imaginar, pero te necesito aquí conmigo lo antes posible. Tengo mucho que mostrarte y muchas decisiones que tomar.

—Está bien, llamaré a mi prometido para que vaya en cuanto pueda y yo estaré ahí en media hora.

—Perfecto, te espero.

Terminé la llamada justo cuando mi hermana y Diego entraban por la puerta del local. Ellos tendrían que encargarse de todas las visitas programadas para aquel día y de casi todas las de esa semana, pues todavía tenía mucho que organizar para la boda de Marta.

Apenas me dio tiempo a hablar con ellos cuando entró la primera cita y, después, llegó Marta casi corriendo, pero con una sonrisa en los labios que me empujaba a hacer todo lo que estuviera en mi mano por ella.

Le conté todo lo que había conseguido, desde la iglesia hasta el hotel en el que se celebraría la boda, donde tendríamos que elegir el menú y calcular cuántas habitaciones necesitarían los invitados.

—Tendría que enviar las invitaciones ahora mismo para saber cuáles de las personas que vienen de fuera necesitan alojamiento.

—Podríamos enviarlas de manera digital, aunque después las entregaras también en papel, y así sabríamos cuántos invitados confirman su asistencia.

—Me parece una idea fantástica. ¿Quién se encargaría de eso?

—Pues, si quieres, puedo hacerlo yo misma. Utilizaríamos el mismo diseño que elegiste para las invitaciones en papel, pero necesito las direcciones de correo electrónico de todos los invitados.

—Espera, voy a llamar a mi prometido para pedirle que traiga la lista cuando venga. Ahora te cuento.

Marta sacó el teléfono y se lo pidió a su novio, que no dudó en decirle que imprimiría la lista y se la llevaría. Estaría allí en unos quince o veinte minutos.

Marta me contó que, la noche anterior, al verla tan preocupada, su prometido le había preguntado qué le ocurría. Ella terminó explicándole, llorando a moco tendido, el motivo por el que se encontraba así.

No vivían juntos, aunque él tenía una casa propia en la que llevaba mucho tiempo viviendo y donde fijarían su residencia después de casarse.

—Me dijo que no había ningún problema, que, si quería adelantar la boda, lo hiciera y que él estaba completamente de acuerdo.

—Eso es buenísimo, porque cuentas con su apoyo y no todos los hombres son así.