Capítulo 9
Rodrigo
Estaba sentada junto a nosotros, pero su cabeza seguía en el trabajo, intentando encontrar una solución para aquella chica a la que su madre tenía presionada y que, según ellas, no merecía pasar por todo aquello.
Por eso me acerqué a ella para susurrarle al oído y ver su reacción, porque me moría por tenerla para mí solo, recrearme en su cuerpo y conseguir que se olvidara del trabajo de una puñetera vez.
—Te veo muy tensa y tengo la manera perfecta de hacer que te olvides del trabajo por un buen rato.
—No sé si será una buena idea…
—Yo tampoco, pero, después del beso que nos hemos dado en la piscina, es algo que deseamos los dos y en la misma medida.
—¿Sabes qué? Tienes razón y, por una vez en mi vida, voy a hacer lo que quiero, no lo que se espera que haga.
Libertad se levantó de la silla y me tendió la mano para que la siguiera. No dudé en tomarla y hacer lo mismo que ella, y nos detuvimos al pie de la escalera que llevaba hasta su casa.
—Chicos, que paséis buena noche. Nos vemos mañana —les dijo a todos nuestros amigos.
—Creo que vamos a pasarlo igual que tú, ni más ni menos —le respondió Diego.
—Pues procura dormir un poquito, porque mañana nos espera un día frenético. Entre otras cosas, vas a tener que ocuparte, junto a mi hermana, de todo lo que hay agendado para ese día.
—¿No piensas salir de esa habitación en todo el día? ¿Tan cansada te va a dejar tu hombre?
—En primer lugar, no es mi hombre y, en segundo, por muy cansada que esté, no tendré más remedio que levantarme. Tengo mucho que organizar.
La conversación continuó mientras subíamos las escaleras y, en cuanto abrió la puerta y entramos en su casa, mi principal misión fue hacerle entender que sí era su hombre, al igual que ella era mi mujer, sin discusión.
La pegué contra la puerta y la besé, pero no lo hice de manera dulce ni la traté como si fuera una muñequita que pudiera partirse por la mitad. Lo hice de manera hambrienta, como si entre sus labios estuviera el secreto de la eterna juventud y quisiera bebérmelo entero.
Iba solo con el bikini puesto, así que lo tuve fácil. Solté los lazos del cuello y de la espalda, haciendo que la parte superior cayera al suelo y dejara sus pechos al descubierto, con los que me di un festín.
—Dios, Libertad, eres perfecta. Me gustas tanto…
—No digas mentiras, por favor. No te hacen falta; ya me tienes donde querías.
—Donde ambos queríamos estar, no te confundas.
—Está bien, tienes razón, pero deja la charla para más tarde. Ahora ve a lo que tienes que ir.
Solté una carcajada, la cogí en brazos y le pedí que me dijera dónde estaba su habitación, porque no pensaba perder más tiempo con tonterías cuando lo que realmente quería era estar dentro de ella y hacerla gritar de placer.
La dejé de pie delante de la cama, me arrodillé ante ella y me deshice de la braguita del bikini, dejándola completamente desnuda frente a mí. Me relamí los labios porque me encantaba ver lo mojada que estaba y pensaba bebérmelo absolutamente todo.
Levanté una de sus piernas y la apoyé sobre la cama, dándome pleno acceso a su sexo. Lo lamí de arriba abajo, haciendo que soltara un grito por el placer que estaba sintiendo, para después succionar su botón del placer y hacer círculos con la lengua sobre él hasta que alcanzó el primer orgasmo.
Las piernas le temblaban y, menos mal que la tenía sujeta por la cintura porque, de no ser así, tenía claro que habría terminado en el suelo y no me lo habría perdonado nunca.
Se sentó en la cama porque ya no podía aguantar un minuto más de pie después de lo intenso que había sido aquel orgasmo. Aun así, no dejé que se recuperara demasiado, pues me quité el bañador y quedé desnudo frente a ella.
Se había recostado un poco y, al verme así, se incorporó. Me miró a los ojos y cogió mi miembro con una mano, acariciándolo de arriba abajo, hasta que se acercó y recorrió toda su longitud con la punta de la lengua.
Sentir aquel contacto desde la base hasta el glande fue una de las mejores sensaciones que había experimentado en mi vida. Eso sin contar cómo se lo metió en la boca, jugueteó con la punta y succionó hasta casi conseguir que me corriera, aunque no era allí donde quería terminar.
—Para, preciosa, o terminaré antes de empezar. Eso lo dejaremos para más tarde, cuando ya me haya saciado de penetrarte.
—Hazlo ya, no aguanto más.
Y eso hice. La recosté sobre la cama, le levanté las piernas hasta ponerlas sobre mis hombros y la penetré con una estocada dura y profunda, moviéndome dentro de ella hasta que el placer volvió a atravesarla.
Después fui yo quien se sentó en la cama y la coloqué a horcajadas sobre mi regazo, con los pies apoyados en el suelo y mi miembro a la entrada de su vagina.
Fue ella quien lo guio hasta la entrada de su sexo y después se dejó caer sobre él, recibiéndome hasta el fondo. Impulsándose con las piernas, empezó a subir y bajar sobre mí, buscando su propio placer y, por consiguiente, provocando también el mío.
Alcanzamos el siguiente orgasmo al unísono: ella, con un grito que me excitó muchísimo; yo, con un gruñido que nació de lo más profundo de mi interior.
Tengo que reconocer que acostarme con ella había sido la mejor experiencia sexual de mi vida, y eso era motivo suficiente para querer más de aquello que teníamos.
No se lo dije. Me contuve, pues prefería hacerlo cuando estuviera de vacaciones y pudiéramos pasar más tiempo juntos, conocernos mejor y no solo en el plano íntimo.
Estuvimos casi toda la noche entregándonos el uno al otro, en la cama, contra la pared y en la ducha, hasta que el reloj marcó las seis de la mañana, hora a la que tuve que abandonar su casa, su cama y su cuerpo.
—Libertad, me tengo que marchar.
—Está bien, te acompaño a la puerta. Yo también voy a darme una ducha y a empezar a trabajar.
—Descansa un poco, que no has dormido nada.
—Ni tú, y tampoco vas a hacerlo. Ahora, con una ducha y dos buenos cafés, soy capaz de organizar diez bodas a la vez.
—Pues qué suerte, porque yo, después de una reunión, termino completamente agotado.
Nos despedimos en la puerta de su casa y no pude evitar darle un beso en los labios, como si quisiera decirle que aquello no terminaba allí, aunque no sabía si ella estaba de acuerdo.
Cogí el coche, pues tenía que pasar por casa para cambiarme de ropa antes de dirigirme al aeropuerto. Mi avión salía a las ocho de la mañana y llevaba el tiempo justo.
Solo esperaba poder dejarlo todo resuelto antes del fin de semana, cuando tendría que viajar a Valencia para cerrar el asunto y, después, cogerme las vacaciones.
Durante el vuelo pensé en ella, en la expresión de su cara mientras practicábamos sexo, en cómo se entregaba y en la manera en que gemía, y no pude evitar volver a ponerme duro.
En el asiento de al lado iba una chica que no paraba de mirarme mientras se relamía los labios, como si estuviera insinuándose. En otra ocasión no habría dudado en decirle que me esperara en el baño para saciar mis ganas, pero ahora no me salía.
En cuanto el avión aterrizó y nos permitieron bajar, fui uno de los primeros en salir. Por suerte, no tenía que esperar el equipaje, puesto que solo llevaba una maleta de mano en la cabina, así que pude dirigirme directamente a la parada de taxis para ir al hotel.
La reunión sería durante un almuerzo de trabajo y, como apenas eran las diez y media de la mañana, me daba tiempo a descansar un rato antes de reunirme con ellos.
Sin cambiarme siquiera y después de quitarme únicamente los zapatos, me dejé caer sobre la cama y puse la alarma a la una. Habíamos quedado a las dos y media en un restaurante cercano al hotel en el que me hospedaba, así que tendría tiempo de ducharme y vestirme para presentarme en condiciones.