Capítulo 8
Libertad
Estaba de lo más tranquila en mi hamaca, pues mi hermana y Diego se encontraban dentro, preparando comida como si fuera a venir toda la urbanización a comer a casa.
No dije nada porque no era la primera vez que ocurría y, después, no quedaban ni las migas. Era cierto que nos encantaba comer y no éramos de los que contaban las calorías, porque nuestra constitución nos lo permitía.
Pero la comida no era lo único que esos dos estaban tramando, y lo supe en el momento en el que noté que alguien se sentaba en la hamaca en la que yo descansaba, porque la tarde anterior había tenido una boda de esas que dejan muchos dolores de cabeza.
—Me cago en la leche —murmuré.
—Yo también me alegro de verte.
Sí, tal y como pensáis, era Rodrigo, que había venido con sus amigos, cosa que mi hermana me había ocultado y por la que se llevaría un rapapolvo de los buenos en cuanto nos quedáramos a solas.
Estamos de acuerdo en que el jardín era tan suyo como mío y que podía invitar a quien le saliera de las narices, pero no hacerme una encerrona como aquella, porque así era como me sentía.
Verlo allí, en bañador, pidiéndome que no me marchara y que le diera la oportunidad de disculparse, hizo que la sangre me hirviera de tal manera que ni siquiera pude articular palabra. Asentí con la cabeza y me lancé a la piscina.
Lejos de quedarse con sus amigos y darme un poquito de espacio para recomponerme, se lanzó detrás de mí y salió justo delante de mi cuerpo, dejando muy poco espacio entre los dos.
El agua cayéndole por el pecho, el pelo mojado y completamente despeinado y esas pestañas que, si fuera mujer, le ahorrarían una fortuna en máscara, hicieron que me entraran unas ganas enormes de besarlo.
No sé si supo leerme a la perfección o si deseaba lo mismo que yo, pero, antes de que pudiéramos darnos cuenta, estábamos comiéndonos la boca como si no hubiera un mañana.
—Joder, Libertad, me vuelves loco.
—No digas cosas que no sientes.
—Tú sí que vas a sentir todo lo que pienso hacerte esta misma noche, si es que me dejas.
Posó las manos en mi trasero, amasándolo y haciendo que rodeara su cintura con las piernas, mientras no dejábamos de besarnos. Os prometo que, si no hubiera sido porque estaban nuestros amigos allí, habría dejado que me hiciera el amor en ese mismo momento.
—Estos dos no han perdido el tiempo —dijo Diego.
—Ni que lo digas. Lo que no entiendo es por qué no se han visto antes —dijo mi hermana.
—Por sus ocupaciones, si casi ni nosotros lo hemos visto —respondió Jaime.
Escuchábamos todos esos comentarios de fondo, pero era como si nada de aquello fuera con nosotros, como si estuvieran hablando de otras personas. Nos dio exactamente lo mismo, pues seguimos a lo nuestro.
—En cuanto terminemos de cenar, te prometo que te secuestro y no voy a dejarte tranquila hasta que tenga que marcharme.
—¿También te vas a ir sin despedirte?
—Si estás dormida, por supuesto que lo haré.
—Pues nada, procuraré estar despierta cuando lo hagas.
—Yo te mantendré despierta, no te preocupes.
Me contó que tenía varios asuntos que tratar y estaría fuera de la ciudad hasta la semana siguiente, cuando cogería vacaciones y volvería a casa, aunque a mediados de mes se marcharía de viaje a algún destino de playa.
Estaba hablando con él, ya fuera de la piscina, cuando sonó mi teléfono. Supe que debía de ser algo importante, porque nadie se atrevería a llamarme al móvil del trabajo durante el fin de semana si no fuera necesario.
—Disculpadme, me llaman del trabajo.
—¿No puedes dejar de trabajar ni siquiera en fin de semana?
—Sí que lo hago, pero tiene que ser algo importante o no me llamarían.
Me aparté de donde estaban todos para hablar con tranquilidad y conseguir que la persona que me llamaba se sintiera atendida y respetada, algo que para mí era muy importante.
—Libertad, perdona que te moleste un domingo a estas horas, pero necesito hablar contigo.
—Hola, Marta. Tú dirás, ¿en qué puedo ayudarte?
—Necesito adelantar la boda a la segunda semana de agosto, por favor.
—¿Perdona? Creo que no te he oído bien.
—Sí, me has oído perfectamente, pero es una cuestión de vida o muerte.
—Marta, para eso tan solo quedan tres semanas. Es técnicamente imposible.
—Por favor, te lo ruego. Me he enterado esta mañana de que estoy embarazada y no quiero que el bebé nazca fuera del matrimonio.
—Eso, hoy en día, no tiene ninguna importancia, Marta. No estamos en el siglo XIX.
—Lo dices porque no eres la hija de mis padres. Son capaces de no dejarme salir de casa o de obligarme a casarme de cualquier manera.
—Está bien, te espero mañana a primera hora en mi oficina. Haremos las llamadas necesarias y veremos qué podemos hacer. ¿Hay algún motivo por el que tenga que ser el segundo fin de semana de agosto y no el primero o el tercero?
—Porque quiero que esté mi cuñado y seguro que ese fin de semana ya estará de vacaciones. Además, mi prometido podría tomarse libre la semana siguiente para nuestra luna de miel.
—No te prometo nada, pero haré todo lo posible para que así sea.
—Gracias, Libertad. Si consigues que esté todo listo para esa fecha, te prometo que te pagaré el doble.
—No voy a cobrarte el doble, Marta. Te cobraré exactamente lo mismo. Lo bueno es que el vestido no necesitaba ningún arreglo y podríamos ir a recogerlo mañana mismo.
—Por favor, no sabes lo que esto significa para mí. Ni siquiera se lo he dicho todavía a mi novio, no hasta que todo esté listo para ese día.
—Está bien, lo intentaré. Mejor te veo mañana a última hora de la mañana y así ya podré darte las diferentes opciones, si es que tenemos algo donde elegir.
Corté la llamada y volví hasta donde estaban todos, con la cabeza hirviendo y dándole vueltas a la conversación que acababa de tener con Marta y a la manera de conseguir que se cumplieran sus sueños, porque se lo merecía.
Mi hermana, que ya me conocía, vino a preguntarme qué había pasado para que me llamaran un domingo y a esas horas. Por la cara que llevaba, sabía que tenía que ser algo complicado.
—Era la novia a la que acompañamos el otro día a elegir el vestido.
—¿La que tenía la madre tan sumamente desagradable?
—Esa misma…
—Como si lo viera, quiere anular el contrato por culpa de esa mujer.
—No, todo lo contrario. Quiere adelantar la boda a dentro de tres semanas. Al parecer, está embarazada y, sabiendo cómo es su querida madre, no quiere que el bebé nazca fuera del matrimonio.
—Si yo tuviera esa madre, tampoco querría, que es capaz de hacerle un exorcismo al niño o de darlo en adopción para que nadie hablara.
—Joder, la estáis pintando como si esa mujer fuera un ogro —dijo Rodrigo.
—No, es mucho peor que eso. Es controladora, maleducada y quiere imponer su santa voluntad en todo momento —le contesté.
—Uf, esa es la definición de suegra en toda regla. Pobrecito el hombre al que le haya tocado —dijo Jaime, riendo.
—No, pobrecita de la novia, porque dice que su prometido es igual de recto que su madre.
—Vamos, que va a salir de Guatemala y se va a meter en Guatepeor —dijo Diego.
—Espero que no, porque esa chica es encantadora, además de preciosa y muy amable —contesté.
—Era una muñequita vestida de novia y tenía una ilusión enorme —añadió mi hermana.
—¿No conoces todavía al novio? —preguntó Víctor.
—Pues no. El trabajo le ha impedido tomar ninguna decisión sobre la boda y las poquitas en las que ha participado se han limitado a elegir entre las distintas opciones que ella le ha llevado.
—Yo pienso que eso es cosa de dos y que, si has decidido casarte con una mujer, es para implicarte igual que ella. Si no, da la sensación de que no te hace ilusión —dijo Rodrigo.
—Os sorprenderíais de la cantidad de bodas en las que todo lo decide la novia y, cuando llega el momento, ellos se dedican a poner pegas por todo —dije.
Les conté lo que había pasado en la última boda que había organizado, donde todo había sido supervisado por la novia hasta que el novio llegó a la iglesia y empezó a decir que aquellas flores no le gustaban, que la música elegida no iba con él…
—Hasta que lo corté y le dije que, como siguiera actuando así, yo misma me encargaría de quitarlo todo y se iba a tener que casar poniendo Spotify en el móvil.