Capítulo 7
Rodrigo
No podía sacarme a esa mujer de la cabeza, pero tampoco quería preguntar por ella ni a su hermana ni a su amigo, que estaba liado con Víctor, cada vez que coincidíamos con ellos.
Entre otras cosas, porque estaba viajando casi todas las semanas, como solía ocurrir cada año por esas fechas, ya que el despacho cerraba en agosto por vacaciones. Lo había tenido claro desde que lo abrí.
Yo no quería vivir para trabajar, sino todo lo contrario: quería trabajar para vivir, como creo que ya os he contado. Mi hermano y su futuro suegro eran todo lo contrario.
Como mucho, se cogían una semana de vacaciones cada uno; el resto del tiempo, tan solo iban de un caso a otro. Eso no era vivir, sino sobrevivir, y yo no quería eso ni para mí ni para ninguno de los míos.
Ese día había quedado para comer con ellos porque había llegado la noche anterior desde Madrid y salía al día siguiente hacia Barcelona; desde allí, iría a Valencia. Tenía que dejar cerrados todos los asuntos pendientes de ese mes para poder descansar en agosto.
—Menos mal que te vemos el pelo, chico —me dijo Jaime, dándome un abrazo.
—Eso digo yo, que casi tenemos que hacer un holograma para tenerte cerca —dijo Víctor.
—Ya sabéis cómo va este mes. Ando como pollo sin cabeza, por eso os he dicho de quedar para comer, porque, si no, me pasaría todo el mes sin veros.
—¿El fin de semana que viene tampoco estarás aquí? —preguntó Jaime.
—No, pero, bueno, ya solo me quedan estas tres visitas y cojo vacaciones. ¿Por qué me lo dices?
—Porque Alegría dijo de hacer una barbacoa y pasar el día en la piscina de su casa para que te apuntaras.
—Pues tendrá que ser otro día, aunque tampoco creo que a su hermana le guste que yo acuda a ese evento.
—¿Por qué? Libertad no es un ogro. Además, es de lo más agradable.
—¿La habéis visto?
—Yo no, pero Jaime sí que la ha visto un par de veces, cuando ha ido a buscar a Alegría al trabajo —dijo Víctor.
—¿Es cierto eso? ¿Cómo se encuentra?
—Pues sí, es cierto. Me parece una persona encantadora, simpática y divertida, y está volcada en el trabajo.
—Otra como mi hermano, que no encuentra el momento para divertirse.
—Claro que lo encuentra, pero, si sale con su hermana y su amigo y vamos nosotros, la pobre se queda sola. Por eso prefiere quedarse en casa.
—Trabajando, como si lo viera.
—No, disfrutando de baños nocturnos en su piscina.
Dios mío, me la imaginé allí, en bikini, con el agua chorreando por su cuerpo, y no pude evitar ponerme duro como el cemento armado, hasta el punto de sentirme incómodo en la silla.
—Rodri, ¿por qué no la llamas y cenas con ella antes de marcharte de nuevo?
—Pues porque me marcho mañana, entre otras cosas.
—Si no te atreves a hacerlo tú, puedo llamar a Alegría y podemos quedar todos en su casa. Así tendrás la oportunidad de verla y aclarar tus sentimientos.
—No tengo nada que aclarar, Jaime, pero me parece una buena idea para charlar un rato con ella.
Jaime se levantó de la mesa en la que estábamos comiendo y llamó a su chica, que le dijo que podíamos ir cuando quisiéramos, puesto que ya estaban en casa y no iban a moverse de allí.
Le pidió, por favor, que no le dijera a su hermana que yo iba a ir, para que no tuviera la oportunidad de marcharse y dejarme allí plantado. Ella le respondió que no había ningún problema y que llamáramos primero a la puerta de su casa.
—Tendré que ir primero a mi casa a cambiarme. No quiero ir así, como si fuera a una reunión.
—Me parece perfecto. Así yo también cojo algo de ropa, que acabo de salir de trabajar.
—Venga, yo pago, que hace mucho que no lo hago, y nos marchamos a mi casa.
Pagué la cuenta y nos encaminamos hacia mi casa, que no estaba demasiado lejos de donde habíamos comido, a pesar de que no se encontraba en el centro. Vivía en un ático en el paseo de Colón, con unas vistas preciosas al río y una terraza con jacuzzi .
Jaime no necesitaba nada, puesto que vivía en el mismo edificio que yo, una planta más abajo. Por eso, mientras nosotros subíamos a mi ático, él se quedó en el suyo, esperando a que bajáramos a buscarlo.
Me di una ducha rápida porque, con el calor que hacía, no es que hubiera sudado: es que, en vez de dos axilas, tenía dos fuentes, y no me gustaba nada eso.
Fui hasta mi vestidor mientras Víctor se daba una ducha en el baño del pasillo. Elegí un bañador, una camiseta y unas zapatillas de esparto, porque con chanclas no se podía conducir. En ese momento entró mi amigo.
—Coge lo que te dé la gana, ahí tienes de todo.
—Me pondría un bañador «marcapaquetes» para poner a tono a Diego, pero, como no quiero dar el espectáculo, me pondré este, que es muy bonito.
Terminamos de vestirnos y bajamos a buscar a Jaime, que ya nos esperaba en el rellano. Había salido al oír cerrarse la puerta de mi casa y había elegido el mismo atuendo que nosotros.
Bajamos hasta el garaje, pues habíamos decidido que iríamos en mi coche porque era mucho más probable que ellos dos acabaran quedándose con sus parejas. Así, yo no tendría que volverme en taxi.
La urbanización en la que vivían las chicas era preciosa. Nunca había estado allí, pero no esperaba que las dos vivieran en la misma parcela y que hubieran convertido un chalé unifamiliar en dos casas completamente independientes.
Jaime avisó a su chica de que estábamos llegando y ella nos esperaba en la puerta exterior, junto a la verja. Nos abrió para que entrara con el coche y me indicó dónde debía aparcar.
El jardín era precioso y mucho más bonito por dentro de lo que se podía apreciar desde fuera. Alegría nos pidió que guardáramos silencio porque su hermana estaba en las hamacas de la parte trasera y quería que mi llegada fuera una sorpresa.
Os prometo que me puse nervioso, como si tuviera quince años y fuera a hacerme el encontradizo con la chica que me gustaba, sin saber si le sentaría bien o mal que hubiera ido a buscarla.
Rodeamos la casa y la vi. Llevaba un bikini blanco que hacía resaltar el tono de su piel, tenía el pelo recogido en un moño deshecho y estaba tumbada en la hamaca, a la sombra, como si estuviera descansando.
Llegué hasta ella, tomé una gran bocanada de aire y me senté a su lado, esperando a que asimilara mi presencia antes de hablar para no darle un susto, pero no me salió bien la jugada.
—Me cago en la leche —murmuró.
—Yo también me alegro de verte.
—Hombre, si hubieras querido verme, creo yo que lo habrías tenido fácil.
—Sí, podría haberte buscado en cualquier ocasión, pero también te digo que he estado muy ocupado con asuntos que requerían mi atención.
—Sí, claro. Ni que fueras ministro ahora.
—Si fuera ministro, te aseguro que estaría rascándome los huevos mucho más de lo que lo hago ahora.
—Si tú lo dices… Bueno, creo que voy a irme a mi casa y así estaréis más a gusto.
—No te vayas, por favor. Tengo que pedirte disculpas por la manera en que me marché y por no haber vuelto a dar señales de vida.
—Disculpas aceptadas, aunque, antes de pasar aquella noche juntos, ambos habíamos acordado que sería solo sexo, así que no tenías por qué despedirte.
Que hubiera dicho aquello del sexo me dolió como si me hubieran arrancado el corazón y hubieran jugado al fútbol con él, a pesar de que había sido yo quien había dicho aquello; sin embargo, ya no era lo que pensaba.
Se me quedó mirando, como si no supiera qué hacer: quedarse y pasar el día conmigo o marcharse a su casa y matar a su hermana por la encerrona.
Finalmente, asintió con la cabeza, pero no permaneció a mi lado, sino que se tiró a la piscina, literalmente, como si también ella hubiera sentido el calor que se había apoderado de mí en cuanto la vi. Yo tampoco me quedé allí: me quité la camiseta e hice lo mismo que ella, saltar al agua.