Capítulo 6
Libertad
Los últimos días habían pasado entre trabajo y más trabajo. El sábado, además, había tenido la boda en el Salvador, donde todo salió a pedir de boca. La novia fue como ella quiso, con los hombros al aire, y pudo utilizar un segundo vestido para el baile.
Al terminar la celebración, cuando me despedí de ellos, me dieron las gracias porque todo había ido como la seda, de principio a fin, con su mesa de dulces, su recena y cada detalle que habían planeado.
Sabía que mis honorarios no eran baratos, pero detrás había muchas horas de trabajo. Desde que contrataban mis servicios hasta el día de la boda, teníamos que invertir muchísimo tiempo para que todo saliera bien.
Ahora me tocaba ir hasta la tienda de novias con Marta, que ya me había avisado de que estaba de camino. Para ello, tenía que volver a coger el coche, porque se encontraba en uno de los parques empresariales de las afueras de la ciudad.
—¿Ya te marchas?
—Sí, he quedado con Marta en la nave de los vestidos de novia.
—¿Quieres que te acompañe?
—¿No tienes nada que hacer?
—No, porque el cumpleaños ya está más que listo y, del otro, estoy esperando a que me diga la temática que quiere.
—Entonces, como Diego se queda aquí, vente y así me echas una mano con las fieras de las acompañantes.
Procurábamos que siempre hubiera alguien en la oficina y, cuando no era posible, desviábamos las llamadas del fijo a mi móvil de empresa para poder concertar las citas cuando les viniera bien a los clientes.
—El mártir de Diego, el que se tiene que quedar al frente de todo esto… —dijo nuestro amigo de manera dramática.
—No dudes de que, si pudiera, me cambiaba contigo, te lo aseguro, porque esa carretera tiene que estar echando fuego.
—Y menos mal que arreglaste el aire acondicionado, porque, si no, iba a ir contigo Rita la Cantaora —puntualizó mi hermana.
—Venga, que no quiero llegar tarde. Diego, si necesitas algo, ya sabes que estoy a golpe de teléfono.
—Un golpe sí que te daba yo, y no con el teléfono, precisamente.
—No vayas a empezar otra vez, Diego, por favor, te lo pido.
Diego hizo un gesto como si se pusiera una cremallera en la boca y nos sacó una sonrisa a las dos, porque mi amigo era así de dramático y de cualquier cosa hacía una telenovela.
Os explico a qué venía ese comentario. Había vuelto a tener contacto con Víctor y mantenían una especie de relación de amigos con derecho a roce. Además, había coincidido con Rodrigo y Jaime en alguna que otra salida que habían hecho juntos.
La primera vez que salió con ellos, vino corriendo a casa para decirnos que, en la siguiente, teníamos que ir los tres, pero yo me negué.
Mi hermana sí había acudido a varios de esos encuentros en grupo y había intimado un poquito más con Jaime, aunque no habían llegado a tener nada más que un par de besos.
Entre los dos me habían vuelto loca para que fuera con ellos, pero no había accedido por una sencilla razón: ni una sola vez había preguntado por mí. Así que no tenía sentido que apareciera por allí como si estuviera desesperada por pasar otra noche con él.
También me arriesgaba a que me diera un corte, ya fuera diciéndome algo o marchándose con otra chica delante de mis narices, y eso sí que me iba a doler, y mucho. Por eso, mejor me quedaba en casita disfrutando de un baño nocturno en la piscina, que eran los mejores.
Sabía que, si mi hermana había accedido a venir conmigo, solo podía deberse a una de estas dos razones: o tenía que contarme algo que no quería que Diego supiera al mismo tiempo que yo, o estaban tramando algo entre los dos.
Por eso, en el momento en el que me subí al coche, antes incluso de arrancar, la miré esperando a que soltara lo que tenía que decirme.
—¿Me vas a decir ya lo que estás pensando o tengo que sacar la bola de cristal para saberlo?
—¿Qué dices de bola de cristal, loca? Ni que fueras tú una pitonisa ahora.
—Para adivinarlo, me refería.
—Liber, me gusta mucho Jaime.
—¿Cuál es el problema? ¿Acaso te ha dicho que no le gustas?
—No, más bien todo lo contrario, la verdad.
—¿Entonces? No entiendo cuál es el inconveniente que te tiene así.
—Que me da miedo apostarlo todo por él y que me rompa el corazón.
—Ay, chica, eso es inevitable, pero no puedes negarte a querer por miedo. ¿Y si sale bien?
—Entonces… ¿Crees que debo darle una oportunidad?
—Por supuesto que sí. No te niegues la oportunidad de ser feliz con un hombre.
—¿Y por qué no lo haces tú también?
—Porque no me ha llegado el hombre adecuado.
—Sabes que sí, que Rodrigo ha roto todas tus barreras…
—Pero no ha querido saber nada más de mí, por lo que no pienso perder el tiempo con él.
—Eso no es cierto, porque a mí me preguntó el primer día si tú ibas a aparecer en algún momento por donde estábamos nosotros.
—Claro, para salir corriendo antes de que llegara.
Solté una carcajada, no porque eso me hiciera ni pizca de gracia, que no me la hacía, sino porque mi hermana, como siempre, vivía en una comedia romántica cuando se trataba de hombres.
Aparqué delante de la nave al mismo tiempo que Marta, que venía acompañada por una mujer mayor, que supuse que sería su madre, y por otra algo más joven, que parecía un poco más amable y menos estirada.
—Buenas tardes, Marta. Ella es Alegría, mi hermana y socia en la empresa.
—Hola, Alegría, qué nombre más bonito, por favor. Ellas son mi madre, Amalia, y mi suegra, Gala. Ella es Libertad, mi organizadora de bodas.
—Vaya dos nombres más bonitos eligieron para vosotras. Bueno, os hacen justicia, porque sois preciosas —dijo Gala, dándonos dos besos.
—El suyo también es precioso —le dijo mi hermana.
—Bueno, vamos a dejarnos de halagos y tonterías, que, entre que esto está en el culo del mundo y que hace un calor del demonio, no vamos a perder más el tiempo —dijo Amalia.
No quise contestarle porque, si lo hacía, le iba a soltar una bordería y no tenía ganas de señalarme tan pronto, como diría mi madre. Por eso, miré a mi hermana y respiré hondo, contando hasta diez.
—Disculpa a mi madre, Libertad, está un tanto nerviosa con todo esto de la boda.
—No, cariño, no justifiques el comportamiento de los demás, sobre todo cuando no tiene justificación. Pero ya sabes lo que te he dicho, tan solo tendré en cuenta tu opinión.
—Y te lo agradezco, porque me hará falta. Tengo claro que mi suegra verá bien todo lo que haga, pero mi madre no me lo pondrá tan fácil.
—Entonces, ya sabes lo que tienes que hacer: ignorarla y tomar tus propias decisiones.
Entramos en la nave, que estaba repleta de vestidos de novia, y nos dirigimos a la chica de la recepción, que era la encargada de las citas y de asignarnos una comercial.
—Hola, Libe. ¿Una nueva novia?
—Hola, Julia, sí, aquí venimos a elegir vestido —le dije.
—Eso será si encontramos algo, porque no han podido elegir un lugar menos elegante para hacerlo —dijo Amalia con cara de asco.
Ahí sí que no pude callarme, porque no podía ni quería permitir que nadie tirara por tierra el trabajo de los demás.
—Señora Amalia, me va a perdonar, pero llevo muchos años trabajando con esta empresa. Han vestido a muchas de mis novias y ninguna ha tenido una sola queja.
—Mamá, por favor, no me avergüences. Aquí podemos encontrar todo tipo de vestidos.
—Vergüenza te dará decir que has comprado el vestido en una nave a las afueras, en vez de encargarle uno a un diseñador de renombre, como todos los que hay en el centro.
—Amalia, estás hablando del trabajo de estas chicas, que tienen muchos años de experiencia a sus espaldas. Déjalas trabajar —dijo Gala.
—Señora, yo no tengo ningún problema en romper el contrato de organización si usted cree que no estoy a la altura, pero, si continúo encargándome de la boda, no voy a consentir que se menosprecie mi trabajo ni una sola vez más.
—Mamá, por favor, no me hagas esto. Si no estás conforme, ahora mismo te llamo un taxi para que vuelvas a casa, pero no me boicotees más los preparativos, te lo ruego.
La señora agachó la cabeza, como si supiera que se había pasado con sus comentarios, y entró con nosotras y con la chica que iba a atendernos en la zona donde estaban todos los vestidos colgados.
—Lo primero que me tienes que decir es si tienes un diseñador o un diseño favorito —le dijo la chica a Marta.
—A mí me encantaría que fuera de Wedding —dijo su madre.
La chica, que estaba igual de acostumbrada que yo a que las madres metieran las narices en todo, no le hizo caso y esperó a que Marta dijera algo para saber a qué perchero dirigirla.
—La firma me da igual. Lo que tengo claro es que no quiero un vestido pomposo con el que parezca una mesa camilla ni tener que ir al gimnasio durante seis meses para poder con su peso.
—Entonces, vamos a ver este perchero, donde están los de corte sirena. Echa un vistazo. Vosotras también podéis elegir un vestido cada una con el que os gustaría verla, pero os aconsejo que sigáis sus indicaciones —dijo la chica.
Vi cómo Gala se dirigía a la misma zona en la que estaba mirando Marta, mientras que su madre se fue a elegir uno que, precisamente, llevaba todo lo que su hija no quería.
Marta la miró con pena, pues se veía que quería imponer su santa voluntad en todo, como si fuera ella la que se casaba. Por primera vez en mi vida, me imaginé eligiendo mi propio vestido de novia.
Rodrigo no salía de mi cabeza, pero no podía caer tan bajo como para ir a buscarlo, no cuando él no había demostrado que quisiera volver a tener contacto conmigo.
La cosa era muy sencilla: si hubiera querido, podría haberles pedido mi número tanto a mi hermana como a Diego. Y, si no quería hacerlo por el motivo que fuera, sabía el nombre de mi empresa. Con buscarla en internet habría dado conmigo a la primera.
Al final, Marta eligió dos vestidos que le llamaron la atención y que le iban a quedar perfectos, porque era muy pequeñita y delgadita. Gala escogió otro que era precioso y Amalia, por su parte, uno con el que parecería la muñeca de la tarta, pero con el pastel debajo, de lo pomposo que era.
Marta la miró como diciendo: «¿Qué parte de lo que he dicho que no quiero no has escuchado?». Pero le asentí con la cabeza, porque mi experiencia me decía que, cuanto más le rebatieras a una persona así, más insistiría.
Pasó al probador y el primero que se puso fue el que había elegido su madre. Cuando salió hasta donde estábamos nosotras y Amalia la vio, negó con la cabeza, pues parecía que el vestido la llevaba a ella en lugar de al contrario.
Al final, se quedó con el que había elegido Gala y que le quedaba precioso. Cuando se miró en el espejo, después de que la chica le improvisara un recogido y le colocara una tiara y el velo, empezó a llorar de la emoción.