Capítulo 5
Libertad
Vuelta al lunes y vuelta a la rutina, una que ya empezaba a pesarme un poquito. Y no porque no me gustara mi trabajo, sino porque hacía ya tanto calor que no era capaz de pensar con claridad.
Por suerte, el aire acondicionado de la oficina estaba a tope y allí se estaba de maravilla. El problema era el trayecto desde mi casa hasta el trabajo, pues el aire de mi coche no funcionaba y conducir así era asfixiante.
En cualquier otra ocasión, habría dejado mi coche en el taller y me habría llevado el de mi hermana, pero aquel día no podía hacerlo. Ella tenía que ir a un pueblo cercano para concretar los detalles de un cumpleaños y Diego estaba en otro punto de la ciudad organizando una cena de empresa.
Tenía una cita con una futura novia, Marta, y estaba esperando a que llegara, ya que me había avisado de que se retrasaría un poquito porque tenía una consulta de última hora.
Cuando hablamos por teléfono, me contó que era psicóloga, que llevaba cuatro años con su novio y que ya era hora de dar el siguiente paso. La pedida había sido en el cortijo familiar, pero ella no quería celebrar allí la boda para no repetir lugar.
Estaba repasando los datos que me había dado cuando entró en la oficina y supe que era ella por la sonrisa y el anillaco que llevaba en el dedo. Para mí era demasiado ostentoso, pero no sería yo quien cuestionara los gustos de nadie.
—Buenas tardes. ¿Eres Libertad?
—Buenas tardes, la misma. Y tú debes de ser Marta. ¿Me equivoco?
—Para nada. Buena observadora.
—Más que observadora, será mejor decir que soy organizada, porque todo me lo chiva la agenda. Pero, bueno, siéntate y explícame qué es lo que quieres para tu boda.
—Uy, es algo complicado, porque ni yo misma lo sé. Lo que sí tengo claro es que quiero casarme la próxima primavera y hacerlo en la capilla de los Marineros. De lo demás no tengo ni idea.
—Bueno, entonces vamos a empezar por llamar a la capilla para que nos digan qué días tienen libres, a ver si alguno se ajusta más o menos a la fecha que quieres.
—Eso sería perfecto —respondió con una sonrisa.
Cogí la agenda y busqué el teléfono de la capilla en cuestión. La teníamos a dos pasos, como quien dice, pero hacía tanto calor que preferí llamar, porque me derretiría por el camino.
Tuvo suerte, porque las listas de espera en iglesias de este tipo, con tanto tirón no solo entre los sevillanos, sino también entre mucha gente de fuera, solían ser interminables.
Sin embargo, una novia había anulado su reserva por los problemas de salud de un familiar y había quedado libre el sábado veintiocho de mayo.
—No tenemos mucho donde elegir. Si quieres casarte la próxima primavera, solo nos dan la opción de ese día. Si no te gusta, podemos cambiar de año o de iglesia, porque todo lo demás está cogido.
—No, no, ese día es precioso. Haz la reserva, por favor.
Como todavía tenía al chico de la capilla al teléfono, hicimos la reserva inmediatamente y dejamos el asunto cerrado. Marta sabía que, una vez que empezara con los trámites, tenía que dejarme un depósito y no tuvo ningún problema en hacerme una transferencia en ese mismo momento.
—Vale, ya tenemos el día y la iglesia. Ahora nos toca pensar en el tipo de boda que quieres.
—Una cosa es el tipo de boda que quiero y otra muy diferente la que tengo que hacer.
—¿Perdona? Eres tú la que se casa y debes ser quien elija todos los detalles para no sentirte incómoda en el que se supone que será el mejor día de tu vida.
—Y lo haré, pero, si fuera por mí, me casaría con nuestras familias y poco más como invitados. Por desgracia, será una de esas bodas multitudinarias.
—¿Cuántos invitados, aproximadamente? Lo digo para mostrarte las diferentes opciones que tenemos para celebrar el banquete.
—Pues supongo que en torno a unas quinientas personas, más o menos.
—Chica, ¿vas a invitar a todo Sevilla?
—Menos a dos o tres que tienen un compromiso ese día.
Ambas soltamos una carcajada por la manera en la que lo había dicho. Esa mujer me caía estupendamente y solo esperaba que su futuro marido estuviera a su altura.
Anoté el número de invitados en la libreta que había cogido para los preparativos. Llamadme maniática, pero, cuando me contrataban para organizar una boda, elegía una personalizada para cada una. Así no me equivocaba nunca.
En la que había escogido para Marta aparecía una novia agarrando al novio por la corbata mientras él intentaba marcharse en dirección contraria, y a ella le hizo mucha gracia.
—Creo que, en mi caso, sería al revés. Alonso está como loco por casarse.
—¿Y tú no?
—Claro que sí, pero yo no necesito tanta ostentación para hacerlo. Si nos hubiéramos ido a cualquier ermita pequeña, en vaqueros y con tan solo dos testigos, me habría valido igual.
—Bueno, mujer, tendrás tu boda soñada y eso también es muy bonito.
—Pues sí, y contigo organizándolo todo, estoy segura de que será mucho más bonito todavía.
Era adorable, de verdad. Le enseñé los tipos de invitación entre los que podía elegir, aunque, si tenía otra cosa en mente, también podíamos mandarlas hacer.
—¿Tu prometido no quiere elegir nada?
—Mi prometido confía plenamente en mí. Además, con el trabajo, podrá acompañarme poco. Como mucho, vendré con mi cuñado, pero tampoco lo veo yo con muchas ganas, la verdad.
—Bueno, si sabes que podrás elegir lo que quieras sin que él se moleste, no hay problema.
—También vendrá mi madre, que coincide completamente con los gustos de mi prometido.
Eso no terminó de gustarme, porque estaba segura de que intentaría anular la opinión de la novia, pero, para conseguirlo, tendría que pasar por encima de mi cadáver.
No era la primera vez que alguien de la familia pretendía tumbar todas las decisiones de una novia, pero yo no lo permitía. Primero le preguntaba a ella y no dejaba que los demás dijeran nada hasta que hubiera expresado lo que quería.
Reducimos las opciones a tres, pero no quiso decidirse por ninguna hasta consultarlas con su pareja, y me pareció lo más lógico. Por eso, le envié un correo electrónico con las imágenes de las tres que habíamos seleccionado.
Le concerté una cita con la tienda de novias con la que trabajábamos, donde podía encontrar diseños de casi todas las firmas, y le dije que la iría informando sobre los diferentes espacios en los que podríamos celebrar el banquete.
—Libertad, ha sido un placer trabajar contigo. Te aseguro que me lo has puesto todo demasiado fácil.
—Tú sí que me lo has hecho muy sencillo, pero, antes de irte, déjame que te dé un consejo basado en mi experiencia.
—Por supuesto. Siempre será bueno escucharte; tú entiendes de esto más que yo.
—No dejes que nadie te apague la voz durante la organización de la boda. Siempre, en todas las ocasiones, te preguntaré primero a ti y no escucharé ninguna opinión antes de conocer la tuya. Si crees que esto puede suponer un problema, te aconsejo que lo hables con tus acompañantes.
—No habrá ningún problema, te lo aseguro.
—Entonces, nos vemos la semana que viene para mirar los lugares donde podríamos celebrar la boda. ¿Te viene bien quedar a la misma hora que hoy?
—A mí sí, pero entiendo que es la hora de comer y que igual a quien le viene mal es a ti.
—Por mí no te preocupes, porque no sería la primera vez que termino comiendo aquí.
—Entonces, nos vemos a la una. Gracias, Libertad.
—No hay de qué. Si tienes alguna duda, llámame y pregúntame lo que quieras, de verdad. En el correo electrónico que te he enviado tienes mi número de móvil.
Nos despedimos en la puerta y, cuando estaba a punto de cerrar para pedirme algo de comer, llegó mi madre con un táper y todo lo necesario para que comiera.
—Sabía que estabas aquí. Tu hermana me ha dicho que tenías una visita.
—Pues sí, acaba de marcharse y, viendo la hora que era, no iba a ir a casa para tener que volver enseguida. Habría pasado más tiempo en el camino que allí.
—Libertad, entiendo que tienes mucho trabajo, pero deberías ponerte un horario o terminarás enfermando.
—Ay, mamá, no seas dramática. Sabes que muchos de mis clientes no pueden venir en un horario normal por sus trabajos.
—Bueno, venga, ¿dónde comemos?
—Vamos al despacho, allí estaremos mejor.
Cerré la puerta con llave para que no nos molestara nadie y entramos en el despacho, ese que solo utilizábamos para comer o para llamar a alguien cuando había mucha gente en la oficina.
Comimos hablando de la última boda para la que me habían contratado, la de Marta, y mi madre, que me conocía mejor que nadie, me miró muy seria antes de hablar.
—Liber, no hagas lo de siempre, por favor. Esa chica, si es tal y como me has contado, no se merece pasarlo mal.
—Ya sabes cómo soy, mamá, y se lo he advertido. Tan solo escucharé su opinión. La de los demás me trae sin cuidado.
—Lo sabía, pero no puedes decirle eso y ponerla en un compromiso.
—No, mamá, no la estoy poniendo en ningún compromiso. Si sabe que las personas que la acompañan no están de acuerdo con sus decisiones, tendrá que encargarse de ponerlos a todos de acuerdo.
Mi madre soltó una carcajada por la manera en la que lo dije. Sabía que lo llevaría a cabo. No era de esas personas que hoy decían una cosa y mañana otra. Yo era consecuente con mis actos y eso era lo que había.
Cuando mi madre se marchó, ya tenía allí esperándome a otra de mis novias. Esta se casaba ese mismo fin de semana y estaba un poquito atacada de los nervios.
Teníamos que ir a su última prueba del vestido y concretar las flores que lucirían en el salón donde se celebraría el banquete, en pleno centro de Sevilla.
La boda tendría lugar en la iglesia del Salvador a las ocho de la tarde del sábado siguiente, y el banquete se celebraría en uno de los hoteles más bonitos de toda la ciudad.
Primero se serviría el cóctel de bienvenida en los jardines y, después, pasaríamos a una carpa con aire acondicionado que habíamos instalado junto a la piscina, donde tendría lugar la cena.
Tal y como había sucedido durante toda la organización, la suegra parecía ser la que se casaba y quería llevar la voz cantante en todo, intentando anular la opinión de la novia. Y yo no pude quedarme callada.
—Señora, ¿quién es la persona que se va a casar?
—Mi hijo, por supuesto.
—Ya, pero también su nuera. Supongo que, cuando usted se casó, nadie le dijo cómo tenía que ir vestida o qué era lo que le quedaba bien.
—Eran otros tiempos. Yo me casé con un vestido prestado que me quedaba grande porque mis padres no podían comprarme uno…
—Y, por eso, quiere que su nuera vaya vestida a su gusto, pero esto no funciona así. El vestido le queda precioso y, si ella quiere ir con los hombros al aire y no llevar velo, tiene que respetarla.
La mujer miró a su nuera y le pidió disculpas. Ella las aceptó y después me miró agradecida por mi intervención.