Capítulo 4
Libertad
Todavía no había terminado de cerrar la cancela de nuestra propiedad cuando vi a esos dos esperándome en el porche delantero de la casa de mi hermana.
Mientras mi hermana me miraba con una ceja levantada, a modo de interrogante, Diego lo hacía con una sonrisa en los labios. Ambos estaban deseando saber qué había sucedido unas horas antes.
—¿Me puedes explicar qué tenía ese hombre para que te hayas saltado tu primera norma? —me preguntó mi hermana.
—Hija, ¿qué va a tener? Una alegría entre las piernas, que pareces tonta —le dijo Diego, negando con la cabeza.
—Si solo fuera entre las piernas… —murmuré.
Se enteraron los dos y empezaron a reír.
Me cogieron cada uno por un brazo y me metieron a la fuerza en casa de mi hermana. Yo me reía a carcajadas y no podía dar ni un paso porque la risa no me dejaba, pero ellos seguían tirando de mí hacia el salón.
—¿Me podéis dejar un poquito en paz? —les pregunté.
—No, por lo menos hasta que nos cuentes todo lo que has hecho con ese adonis —dijo mi amigo.
—Lo siento, pero mis intimidades no las cuento.
—Hija, ni que te estuviéramos pidiendo detalles. Esos te los guardas para ti, que no queremos saberlos… —dijo mi hermana.
—Habla por ti, que yo sí quiero saberlo todo. Vamos, con el morbo que me da.
—Claro, claro, para que te metas en la ducha y te des cariño a mi costa.
—A tu costa no, guapa. En todo caso, a costa de tu adonis.
—No es mi adonis. Ni siquiera se ha despedido.
—No me digas que se ha marchado aprovechando que tú dormías —me dijo Diego.
—No tiene pinta de hacer eso, Dieguito.
—Pues eso mismo es lo que hizo, Ale, te lo aseguro. Cuando he abierto los ojos, ya no estaba. Fue como un espejismo.
—Liber, lo mismo tuvo que marcharse por alguna razón de peso —me dijo mi hermana.
La miré como si no me lo creyera mientras negaba con la cabeza. Mi hermana tenía unas ideas demasiado románticas y muy poco realistas, así que se lo expliqué todo para que lo entendiera.
—No, cariño, no ha sido por una razón de peso. Ha sido por algo de lo que hablamos antes de marcharnos.
—¿Perdona? No entiendo lo que quieres decir.
—Pues que, antes de decidirme a pasar la noche con él, hablamos de que tan solo sería eso: una noche de sexo sin más pretensiones.
—Entonces, todavía entiendo menos que te hayas acostado con él, mucho más en la primera cita.
—No ha sido una primera cita, Ale, sino un primer encuentro, porque ni siquiera la ha llevado a cenar —le explicó Diego, asintiendo con la cabeza.
—Exacto. Nos hemos conocido, me ha gustado y me he acostado con él. ¿Qué hay de malo en eso?
—Nada, cariño. Si es lo que querías y que se marchara de esa manera no te ha hecho daño, no hay nada de malo.
—Bueno, me voy a casa a ducharme y a cambiarme de ropa, que hoy nos toca comer con papá y mamá. Diego, ¿te vienes con nosotras?
—Pues sí, porque sé que a vuestros padres no les molesta y no me apetece comer solo. Además, yo también tengo que contaros lo que viví con Víctor en el baño.
—¿Te acostaste con él en el baño del restaurante? —pregunté, completamente asombrada.
—Bueno, acostarme no pude, pero digamos que hicimos trabajos manuales, además de comernos la boca como si no hubiera un mañana.
—Joder, y parecíais tontos cuando os compré. Al final, la única que no ha hecho nada he sido yo, que solo he hablado con Jaime y me he tomado una copa —dijo mi hermana.
Puso una carita que nosotros llamábamos la del gato con botas de la película Shrek , porque abría los ojos como si estuviera muerta de pena, y ambos soltamos una carcajada.
Diego nos contó que había entrado en el baño para hacer pis y que, cuando estaba a punto de salir, apareció Víctor. Este lo miró de arriba abajo y, sin mediar palabra, se lanzó a su boca, besándolo como si no hubiera un mañana.
Se metieron en uno de los cubículos con toda la intención de mantener relaciones sexuales, pero, justo cuando estaban a punto de hacerlo, alguien entró en el baño y les cortó el rollo.
—Hemos quedado para terminar lo que dejamos a medias, pero todavía no hemos concretado cuándo.
—Hijo, eso es como tener un tío en Jerez, que tiene uno, pero no lo ve —le dijo mi hermana.
—Chica, peor es lo tuyo. Con lo echada para delante que eres, te has pasado toda la noche como si estuvieras en ese programa de televisión en el que solo hay debates.
Mi hermana giró la cabeza como la niña del exorcista y se quedó con la boca abierta. Yo, en cambio, me doblaba de la risa en el sofá, con las lágrimas cayéndome por las mejillas.
Diego siempre tenía ropa de recambio tanto en mi casa como en la de mi hermana. Por eso, cogió sus cosas y subió conmigo para ducharse y cambiarse, dejando a Alegría con la boca abierta y sin poder articular palabra.
—Si mi hermana no se ha acostado con Jaime, ni siquiera lo ha intentado, es porque ese hombre le gusta mucho.
—Entonces, lo lógico sería que hubiera hecho lo contrario, ¿no?
—Para nada. Es así de difícil de entender, pero, después de tantos años a su lado, ya sé cómo funciona…
Le conté a Diego que, cuando un chico le gustaba mucho, no daba ni un paso. Era como si se quedara bloqueada y esperara a que él tomara la iniciativa.
Otra cosa era que solo quisiera pasar una noche con alguien. Entonces se convertía en la descarada de siempre y no paraba hasta conseguir lo que quería. Sí, sé que era difícil de entender, pero así era ella.
Salimos de mi casa ya duchados y cambiados de ropa y, por difícil que fuera de creer, Alegría también estaba lista y esperándonos para ir al restaurante en el que habíamos quedado con nuestros padres.
—¡Una raya en el agua y que no se borre! —dijo Diego.
—No siempre llego tarde. En el trabajo soy la primera en llegar, siempre.
—Ahí te tengo que dar la razón, pero, cuando no se trata de trabajo, siempre hay que esperarte.
—Eso no es cierto, y aquí está la prueba: llevo diez minutos esperándoos.
—Venga, dejad la charla, que mamá ya me ha llamado para decirme que están en el restaurante —les dije para que dejaran de discutir por una tontería como aquella.
Nos montamos en mi coche, pues mi hermana se negaba a conducir siempre que pudiera ir conmigo o con Diego, ya que no le gustaba nada. Solo lo cogía cuando tenía que hacer alguna visita relacionada con un evento y los demás estábamos ocupados.
Aparqué en la misma puerta porque, justo cuando llegamos, alguien sacaba su vehículo de allí. Eso era suerte y lo demás, un cuento, porque aparcar en Triana era más complicado que aprobar unas oposiciones a notaría, os lo prometo.
Entramos riendo y vimos que mis padres estaban sentados en la mesa de siempre. Ya habían colocado una silla más para Diego, como si supieran de antemano que vendría con nosotras.
—Hola, preciosa —le dijo Diego a mi madre.
—¿Cómo que preciosa? ¿Y a mí no me dices nada? —preguntó mi padre.
—Espera, joder, no seas impaciente. Que, si ella es preciosa, tú estás para mojar pan, pero, como ya estás casado y quiero mucho a tu mujer, no voy a intentar cambiarte de acera.
Mi madre soltó una carcajada mientras mi padre negaba con la cabeza, porque ya conocía a Diego y sabía que todo lo decía de broma. Los dos lo querían como a un hijo, sobre todo desde que su familia lo repudió por ser gay.
La comida transcurrió entre risas y bromas, especialmente por parte de mi madre, que le decía que cualquier día se liaba la manta a la cabeza y lo invitaba a hacer un trío con ella y con mi padre.
—Ese día lo marco en el calendario con fosforito, Macarena, te lo juro.
—Eso, eso, yo también lo voy a marcar, pero para poner una reunión ese día en el trabajo —le contestó mi padre.
—Te esperamos, no te preocupes —respondió Diego, convencido, y todos reímos a carcajadas.