¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 3
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Capítulo 3

Rodrigo

Desde que la había visto cenando en aquel restaurante, no había podido apartar los ojos de ella. Era como si un imán me atrajera hacia aquella mujer y no pensaba desaprovechar la oportunidad.

El resto de mis acompañantes decidió continuar la fiesta en otro lugar, pero mis inseparables amigos, Víctor y Jaime, se quedaron conmigo, pues hacía tiempo que no me veían interesado en una mujer.

La invité a una copa junto con sus acompañantes, la saqué a bailar y terminamos bailando en la cama de una de las habitaciones del mismo hotel en el que habíamos cenado.

Había pasado una noche estupenda, la mejor que recordaba en mucho tiempo, pues Libertad tenía una capacidad de entrega que rozaba lo increíble. Apenas tuve que esforzarme para que alcanzara los múltiples orgasmos que tuvo.

A las seis y media de la mañana, mientras ella continuaba completamente dormida, salí de la habitación. Era cierto que le había advertido que no esperara nada más que una noche de sexo, pero también me habría gustado despedirme de ella.

Sí, sé que podría haberla despertado, pero también me daba un poco de apuro hacerlo. ¿Qué iba a decirle? ¿Ha sido un placer? ¿Encantado de haber follado contigo? Era mejor marcharme sin decir nada.

Otro de los motivos por los que lo hice era que aquel día se celebraba la fiesta de compromiso de mi hermano Alonso en un cortijo que pertenecía a la familia de mi cuñada, donde ofrecerían una comida para todos los invitados.

No quería ni imaginarme la cantidad de personas que habría allí, porque los futuros suegros de mi hermano eran de esos que vivían pendientes del qué dirán y a los que el dinero, al igual que la altanería, les salía por los poros.

Todo lo contrario que mi cuñada, que era un encanto de mujer: sencilla, amable y a la que todo aquello le resultaba excesivo. Sin embargo, sus padres, apoyados por su prometido, la habían convencido de que era lo mejor.

Alonso también era abogado, aunque se ocupaba de asuntos distintos a los míos y trabajaba como socio en el despacho de su suegro.

Marta, por su parte, era psicóloga. Tenía su propia consulta y le iba muy bien, pese a que sus padres aseguraban que solo trabajaba para no aburrirse y que, a la larga, no obtendría grandes beneficios.

Como el dinero no era un problema, consideraban que podía seguir ejerciendo hasta que fuera madre.

Llegué a casa, me di una ducha rápida y me arreglé. Después, cogí el coche para ir hasta el cortijo, que estaba a unas dos horas de Sevilla, para no llegar tarde.

Calculaba que estaría allí sobre las doce de la mañana y podría pasar un rato con la familia antes de que llegaran todos los invitados, además de tranquilizar un poquito a Marta, que estaría atacada de los nervios.

Nada más llegar, vi que habían contratado personal para servir la comida y hasta un hombre encargado de aparcar los coches. Bajo mi punto de vista, aquello era un derroche de dinero, cuando todos podíamos aparcar nuestros propios vehículos.

—Rodri, menos mal que llegas a tiempo, porque tu hermano necesita que lo ayudes —me dijo mi madre.

—¿Qué le ocurre?

—Pues que están grabando el vídeo y necesita que alguien vaya a ayudarlo a vestirse.

—¿Tiene ahora cinco años y no sabe atarse los cordones de los zapatos?

—No seas desagradable, Rodrigo, por favor. Es el vídeo que luego verá todo el mundo.

—¿Eso no se hace en las bodas? Digo, mientras se visten los novios y todo eso. Igual me estoy equivocando.

—La familia de Marta ha querido que la pedida también quede registrada en vídeo y, por eso, van a grabarlo todo, incluido el momento en el que se visten.

—Pues valiente chorrada…

Negué con la cabeza, pero me acerqué hasta donde estaba mi hermano vistiéndose. Aquello parecía la gala de los Oscar, la madre que los parió. No había más que fotógrafos y cámaras por todos lados.

—Chico, por un momento pensé que me había equivocado y que estaba aquí alojado Brad Pitt o alguien por el estilo.

—Me parece que soy algo más guapo que ese tipo.

—En eso te doy la razón. A guapo no te gana nadie.

—Serás cabronazo…

¿Sabéis el motivo por el que le dije eso? Pues muy sencillo. No es que yo sintiera una especial devoción por mi hermano, ni mucho menos, sino que éramos gemelos idénticos, así que, al llamarlo guapo a él, también me lo estaba diciendo a mí mismo.

Pero tan solo éramos idénticos físicamente, porque, en nuestra manera de ser y actuar, resultábamos completamente diferentes. Vamos, como si no fuéramos ni primos, mucho menos hermanos.

Yo me tomaba la vida con más ligereza, por decirlo de alguna manera. No, no era que me lo tomara todo a cachondeo, nada más lejos de mi forma de actuar, pero, cuando salía del trabajo, sabía desconectar.

Para que me entendáis, yo era de los que trabajaban para vivir, mientras que mi hermano vivía para trabajar. Además, Alonso era mucho más serio que yo y, para conseguir que se riera, tenía que suceder algo extraordinario.

Muchas veces me preguntaba qué había visto mi cuñada en él, hasta que un día se lo pregunté. Me respondió que con ella era completamente diferente: amable, romántico y detallista.

Nunca quise discutírselo, pues yo no estaba allí, entre ellos, para saber cómo era su relación, ni ganas tenía tampoco. Aparte de estar enamorado de ella, cosa de la que no dudaba, creo que también se había enamorado de su estatus.

Lo ayudé a vestirse mientras le hacían miles de fotos. Como ya sabía cómo funcionaba todo en aquella familia, me había puesto un traje azul marino, camisa blanca y corbata azul claro, con los complementos en marrón.

La pedida tuvo lugar antes de la comida, pues no tenía sentido empezar a celebrar antes de que se produjera. Mi hermano, como era habitual en él, había escogido un anillo que iba a provocarle a mi cuñada un esguince en el dedo, de lo ostentoso que era.

Pero vamos, yo calladito. Si a ella le gustaba, quién era yo para decir que era una horterada, mucho menos cuando me enteré de que había pertenecido a la abuela de Marta, por el valor sentimental que debía de tener para ella.

Cuando me acerqué a felicitarlos, mi cuñada me dio un abrazo tremendo que me sacó una sonrisa, aunque no pude quedarme callado.

—Martita, que te has confundido de persona. Tu prometido es el otro, el serio.

—Jamás podría confundirme, te lo aseguro.

—Ya, mujer, era una broma. Lleváis tanto tiempo juntos que debes de conocer hasta el último lunar de su cuerpo.

—Ay, no empieces, que sabes que me da vergüenza hablar de estas cosas.

—Vale, vale, me callo. Por cierto, ¿cómo vais a organizar la boda? ¿Ya tenéis fecha?

—Pues sí, queremos casarnos en la primavera del año que viene, pero todo depende de que haya disponibilidad en la capilla de los Marineros, que es donde queremos hacerlo.

—¿Vais a encargaros vosotros de todos los preparativos?

—¡Ni loca! Seguro que tu hermano, con el trabajo, acabaría dejándomelo todo a mí, y lidiar con los caprichos de mi madre vuelve majareta a cualquiera.

—Entonces, ¿contrataréis a alguien para que se encargue de todo?

—Contrataremos a una empresa. Es más, ya tenemos cita el próximo lunes. Bueno, tengo cita yo, porque tu hermano tiene una reunión y no podrá acompañarme.

—Lo siento, cuñada, pero mañana me marcho a Madrid para tratar un asunto con uno de mis clientes. Si no fuera por eso, te acompañaría yo mismo.

—Lo sé, Rodri, pero no te preocupes. Además, la empresa está cerca de mi consulta, así que no tardaré mucho en llegar.

No sé por qué, pero, de repente, la imagen de Libertad me vino a la mente. Recordé cómo se había sentido entre mis brazos y sus besos, pero tenía que quitármela de la cabeza, pues habíamos acordado que aquella noche no tendría más pretensiones que pasarlo bien.

Me obligué a volver al presente y nos sentamos a comer con Marta y sus padres. Mi madre estaba loca de contenta. Aunque no solía mostrar tanto entusiasmo, ver así a mi hermano bastaba para contagiarle su alegría.

Menos mal que la sobremesa dio paso pronto a las copas y al baile, porque ya me estaban volviendo loco con eso de que el próximo sería yo. En cuanto cada uno se entretuvo por su lado, aproveché para despedirme y largarme a casa con la excusa de que tenía que descansar para el viaje.