Capítulo 2
Libertad
Después de terminar de cenar, nos trasladamos a otra zona de la misma azotea, ya que también contaba con un espacio donde tomar una copa y escuchar música de manera relajada, algunas veces en directo. Era un lugar que permitía disfrutar de la noche sin demasiados agobios.
Me encontraba en la barra pidiendo una copa cuando aquel hombre, el mismo que había cenado en la mesa del fondo, se situó a mi lado y volvió a mirarme de la misma manera.
—Hola, preciosa, ¿te puedo invitar a algo?
—Hola. No hace falta, gracias. Ya he pedido para mis amigos y para mí.
—No es que haga falta, es que a mí me apetece invitarte y, por extensión, también a tus amigos.
—Pues muchas gracias, entonces.
No permitió que pagara nada y me ayudó a llevar las copas. Después, se sentó con nosotros junto a un par de amigos que habían cenado con él.
—Por cierto, yo soy Rodrigo y ellos son mis amigos Víctor y Jaime —nos dijo, presentándose.
—Hola, guapos. Nosotros somos Alegría y Diego, y ella es mi hermana Libertad —le respondió mi hermana, con toda la poca vergüenza que tenía.
Nos levantamos para darnos dos besos. Bueno, yo no tuve necesidad de hacerlo porque, cuando iba a levantarme, los chicos se acercaron a mí y Rodrigo ya estaba sentado a mi lado.
—Vaya originalidad la de vuestra madre al poneros esos nombres —dijo Jaime, que era igual de descarado que mi hermana, quien no se quedó callada, ni mucho menos.
—Yo le pregunté cómo lo hizo y, aunque nunca me lo dijo, he sacado mis propias conclusiones.
—¿Y cuáles son esas conclusiones?
—Pues que cogió el libro de nombres que nunca le pondrías a tu hija y, según la página que le salió, eligió los nuestros.
—Y da gracias a la vida de que le salieran esos dos, porque, si le llegan a salir Eustaquia o Atanasia, más os habría valido que os pusieran un mote —dijo Víctor, que tampoco se quedaba atrás.
—Si a estas dos les ponen esos nombres viviendo en Sevilla, te puedo asegurar que serían Marichochi y Mariculi , porque no veas para pronunciar esos dos que has dicho —respondió Diego, haciéndonos reír a todos a carcajadas.
En un momento dado, Rodrigo me invitó a salir a bailar, pues estaban tocando una balada muy bonita y el grupo que actuaba aquella noche la estaba interpretando de una manera muy especial.
—Eres preciosa, Libertad. ¿Tienes pareja?
—Pues no, y tiene gracia, teniendo en cuenta a qué me dedico.
—¿Y a qué te dedicas?
—No vale reírse, ¿de acuerdo?
—Te lo prometo, aunque no debe de ser una profesión muy común, por lo que me dices.
—Bueno, tampoco es una profesión extraña. Lo curioso es que me llame Libertad, no tenga pareja y me dedique a organizar bodas.
Rodrigo soltó una carcajada que resonó por toda la terraza y me provocó una amplia sonrisa, algo que él agradeció, sobre todo después de haberme prometido que no lo haría. Pero es que era inevitable.
—Lo siento, lo siento. No tendría que haberme reído, pero es que es muy paradójico.
—Ni que lo digas. Si yo soy la primera persona que lo admite, sobre todo lo del nombre. Y tú, ¿a qué te dedicas, Rodrigo?
—Pues yo tengo un despacho de abogados y me va muy bien, dicho sea de paso.
—Eso es como que te toque la lotería, porque, tal y como está el trabajo… Yo también he tenido suerte y mi empresa va muy bien.
—¿Tan solo organizáis bodas?
—No, qué va. Mi empresa se dedica a la organización de todo tipo de eventos, pero yo, en concreto, he encontrado en las bodas mi forma de ganarme la vida.
—Es bueno saberlo. ¿Cómo se llama la empresa?
—«Libertad y Alegría», y nuestro lema es: «Con Libertad y Alegría, cualquier evento se puede organizar hoy en día».
Sí, lo sé, no podía ser más cutre ni más hortera, pero, cuando empezamos hace ya cuatro años, nos pareció lo más de lo más y, como nos había ido genial, ninguna de las dos quería cambiarlo. Era como nuestro amuleto de la suerte.
A Rodrigo no debió de parecerle nada de eso o, al menos, lo disimuló muchísimo, porque no dijo nada al respecto. Y eso, aunque acababa de conocerlo, me dijo mucho de su manera de ser: no era de los que juzgaban a los demás.
Ese hombre me gustaba, y mucho, pero no quería demostrarlo porque me daba una vergüenza horrible, como siempre me pasaba. No era yo de las que se acostaban con un chico la primera noche, pero, si me decía algo, me parecía que iba a hacer una excepción.
Terminamos de bailar aquella canción, pero nos resistíamos a volver a la mesa, donde estaban esos cuatro partidos de la risa. Tan solo ellos sabían de qué estaban hablando, pero debía de ser de lo más divertido.
Empezaron a tocar otra balada y, esta vez, dejamos la charla para otro momento. Rodrigo me puso la mano en la parte baja de la espalda y me pegó más a él. Yo lo permití, pues me apetecía muchísimo.
A mitad de la canción, viendo la tensión que se estaba formando entre nosotros, nos miramos a los ojos y empezamos a besarnos. No sé quién fue el que dio el primer paso hacia el otro, pero terminamos de esa guisa.
Cuando nos separamos, mi hermana me miraba como si me hubiera abducido un extraterrestre, como si no fuera yo y me hubieran cambiado por otra. Eso me hizo sonreír, porque no podía cerrar la boca.
—Libertad, me gustaría que pasaras la noche conmigo, sin más pretensiones que pasarlo bien.
—A mí también me gusta esa idea, entre otras cosas porque no nos conocemos lo suficiente como para aspirar a más.
—Claro, eso solo lo dirá el tiempo. Pero vayamos despacito.
—Bueno, tampoco hace falta ir tan despacio, teniendo en cuenta que vamos a empezar la casa por el tejado. No suelo acostarme con un hombre al que acabo de conocer, pero…
—Pues me alegro de que hayas decidido hacer una excepción conmigo.
—Eso mismo. Tú eres la excepción que confirma la regla.
Me acerqué a mi hermana y le dije que me marchaba, que ya nos veríamos al día siguiente para comer con nuestros padres, aunque nunca lo hacíamos en su casa, la verdad.
Los domingos eran día de reunión familiar a la hora de comer, pero mi madre, que decía que su cocina era muy pequeña —y no que detestaba cocinar—, siempre reservaba mesa en alguno de los restaurantes de la calle en la que vivían.
Salimos de allí con las manos entrelazadas y nos dirigimos a la recepción del hotel en el que estábamos. Por un momento pensé que nos marcharíamos a su casa, pero entendí por qué había elegido el hotel.
Si yo no estaba dispuesta a meter a un desconocido en mi casa, ¿por qué iba él a meter a una mujer que acababa de conocer en la suya? Sería aplicar la ley del embudo: la parte ancha, la permisiva, para mí y la estrecha, la restrictiva, para él. Y no sería justo.
Nada más atravesar la puerta de aquella habitación, se lanzó a mi boca como si no hubiera un mañana, haciendo que se me pusiera la piel de gallina al anticipar lo que me esperaba, que no iba a ser algo usual, ni mucho menos.
Sus manos recorrieron mi cuerpo en un instante, sin dejar un solo rincón por explorar, y me hicieron estremecer. Yo tampoco me corté, pues abrí su camisa con las manos, deseando ver aquel torso que se marcaba bajo la ropa.
En menos de cinco minutos, ambos estábamos en ropa interior, recorriéndonos con la mirada mientras avanzábamos hacia la cama entre besos y caricias.
Rodrigo me tumbó con mucha delicadeza y comenzó a besarme despacio, desde el cuello hasta el pecho, descendiendo poco a poco hasta mi monte de Venus.
Durante el recorrido se deshizo de mi sujetador y después hizo lo mismo con mis braguitas, sin prisa, pero sin pausa, provocando que el deseo aumentara poco a poco hasta hacerme estremecer al sentir su boca entre mis pliegues.
Después de llevarme al primer orgasmo, se puso un preservativo y me penetró con una intensidad que provocó que de mi boca escapara un gemido como nunca antes.
Tener sexo con Rodrigo fue una de las mejores experiencias de mi vida, os lo juro. Ningún otro hombre había conseguido hacerme temblar de aquella manera en la cama.
Lo hicimos varias veces, pues aquel hombre se recuperaba con una facilidad sorprendente, hasta que terminamos quedándonos dormidos. Al despertar, ya no estaba a mi lado y comprendí que aquello había acabado igual que empezó: demasiado deprisa.