¡Vámonos de boda, cariño mío! Capítulo 1
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¡Vámonos de boda, cariño mío!

¡Vámonos de boda, cariño mío!

Por Martina Leiva

© inepub.com

Capítulo 1

Libertad

Me encontraba en mi casa. Había tenido una semana cargada de trabajo y estaba terminando de arreglarme para salir de fiesta con mi hermana, que, además, era mi mejor amiga.

Mi nombre es Libertad. Sí, un nombre muy apropiado para ser organizadora de bodas, que era a lo que me dedicaba. Mi madre había elegido para nosotras dos nombres nada comunes, porque mi hermana se llama Alegría.

Entre el nacimiento de mi hermana y el mío tan solo había diez meses de diferencia y, como ambas nacimos en el mismo año —yo a principios y ella a finales—, siempre habíamos estado en la misma clase desde que empezamos el colegio.

Ahora me ayudaba en mi agencia de organización de eventos, pues yo me encargaba de las bodas y ella, de casi todo lo demás. También teníamos a Diego, al que apodábamos el comodín del público, ya que recurríamos a él para todo.

Hasta para ir de marcha, como era el caso de hoy. Ya estaba en mi casa esperándonos e impaciente, para no perder la costumbre, porque mi hermana siempre tardaba más de la cuenta, y no por coqueta, sino por lenta.

—No vuelvo a quedar nunca más con vosotras, que estamos perdiendo un tiempo precioso —dijo Diego, señalando el reloj.

—Chiquillo, ni que se fuera a mover el restaurante de sitio, si tan solo son las diez —le contestó mi hermana, mientras terminaba de pintarse los labios y cogía su bolso.

—La señora lo dice como si fueran las siete de la tarde, si es que… —respondí yo, negando con la cabeza.

—Eso mismo… A esta hora ya debería haber terminado de cenar y estar con una copa en mi sofá, como hago casi todos los sábados.

—¡Vamos! ¡Un planazo, señores, el que el muchacho tenía! —exclamó mi hermana, levantando los brazos.

Nosotras dos compramos una vivienda unifamiliar de dos plantas, pero la transformamos en dos viviendas completamente independientes.

Ni siquiera entrábamos por la misma puerta, pues la mía estaba en la primera planta, subiendo por unas escaleras laterales, y la de ella se encontraba en la planta baja.

Por dentro eran absolutamente idénticas y contaban con dos habitaciones. La principal tenía baño en suite ; en la segunda, mi hermana había puesto una habitación de invitados y, en mi casa, ese habitáculo estaba destinado a un despacho.

La cocina estaba abierta al salón y separada de este por una península en la que solía desayunar. Además, había un cuarto para la colada y otro baño completo al final del pasillo. Lo único que las diferenciaba era que, desde el salón de mi hermana, se podía salir directamente al jardín.

Si elegí la planta de arriba fue precisamente para evitar esto, porque a mí me daba pánico que cualquier desconocido pudiera entrar en casa por ahí. Ella era más valiente que yo.

En el jardín teníamos una zona de barbacoa, con una barra y neveras, donde pasábamos los fines de semana de verano y también los domingos de invierno en los que no llovía, porque el frío se podía soportar.

Además, había una piscina en la que refrescarnos cuando llegaba el calor, que, por regla general, aparecía en cuanto pasaba la Feria.

Vivíamos en Sevilla, a las afueras, porque en el centro no podíamos tener nada más que un piso y a nosotras no nos gustaba nada esa idea. A mis padres, sin embargo, sí que les encantaba estar en todo el bullicio y, por eso, vivían en Triana, en la calle San Jacinto, para más detalles.

Ellos decían que era un lujo bajar de casa y encontrarse todo lo que necesitaban a un paso, desde tiendas de ropa y supermercados hasta un bar en el que tomarse una cervecita con una tapita, que era lo que más les gustaba del mundo a los dos.

Mi padre, Manuel, era empleado de banca. Llevaba allí desde que terminó de estudiar Contabilidad y trabajaba en una sucursal de un banco nacional que estaba justo frente al puente. Vamos, ni a dos minutos de su casa.

Mi madre, por el contrario, era profesora de primaria en un colegio del centro de Sevilla. Ella sí que tenía que coger el autobús para llegar a su trabajo, pero tampoco le importaba, porque decía que así salía de Triana.

Yo, para buscarles la lengua, siempre les decía que vivían en la República Independiente de Triana porque, aun siendo un barrio de Sevilla, se sentían como si vivieran en otra ciudad, y a mí eso siempre me había hecho mucha gracia.

Bueno, a lo que iba, que siempre me voy por los cerros de Úbeda. Salimos de mi casa y nos dirigimos a la parada de taxis que había en la esquina de nuestra urbanización, pues cuando salíamos no nos gustaba coger el coche por si nos tomábamos una copita.

Tomamos el primero de la fila y nos dirigimos hacia el centro porque, aunque queríamos vivir tranquilas a las afueras, tanto la oficina como los lugares a los que solíamos salir estaban en las zonas más concurridas de la ciudad.

Habíamos reservado en un restaurante situado en la azotea de un hotel junto a la catedral, desde donde teníamos unas vistas preciosas de Sevilla. Allí, al aire libre, cenaríamos de categoría, tanto por las viandas que servían como por el ambiente.

Nos sentamos en la mesa de siempre y pedimos un vinito blanco para abrir boca antes de que nos trajeran la comida que habíamos encargado.

—Tenemos que pensar en cogernos unos días de vacaciones para ir a la playa o algo —me dijo Diego.

—Sabes que yo no puedo, amigo. En esta época es cuando más trabajo tengo, pero podéis cogerlos vosotros, que, además, os corresponden.

—Si no vamos todos, no va ninguno, hermana. Tú lo sabes.

—Ya, pero es que vosotros tenéis derecho a ir a la playa, aunque yo no pueda.

—Esa manía que tiene todo el mundo de casarse en verano, con lo bonitas que son las bodas en enero…

—O en Navidad, y te ahorras una celebración.

—Claro, sería algo así como: «Cómase las uvas con nosotros en nuestra boda y así tendrá cotillón gratis».

Mi hermana, cuando dije eso, soltó el sorbo de vino que tenía en la boca como si fuera un aspersor, haciendo que cayera por toda la mesa, incluida la bandeja de almejas a la marinera que nos acababan de servir.

—No pasa nada. Un poquito más de vino para las almejas. Pensemos que estos marineros vienen contentos —dijo ella, mientras yo negaba con la cabeza.

—Amiga, eso que has dicho antes del cotillón gratis tampoco es así, porque no veas cómo se están poniendo ahora las bodas: que si el precio del cubierto, que si la ropa y, encima, el regalo —me aseguró Diego.

—Sí, pero la mayoría no pide el precio del cubierto. Eso ya depende de lo que cada persona quiera regalar —respondí.

Mientras nosotros estábamos hablando, mi hermana se estaba hartando de comer almejas. Tanto que, cuando nos dimos cuenta, tuvimos que pedir otra ración, ante las quejas de Diego, por supuesto.

—Es que ella no mira por nadie. Como tenga hambre, es mortalita —le dijo Diego.

—¿Qué quieres que haga? ¿Me espero hasta que terminéis el debate? Hijo, se pide otra ración y listo. Desde luego, no se puede ser más miseria que este tío —dijo mi hermana.

Yo ya no me sorprendía por ninguna de estas cosas, porque siempre era lo mismo: ella comía, él protestaba y, al final, daba igual, porque siempre era yo la que pagaba la cuenta. Así que avisé al camarero para que trajera otra ración y pasé de los dos.

Justo estábamos comiendo cuando mi hermana se fijó en un grupo de personas que había en una mesa al fondo de la terraza y me dio un codazo para que me fijara yo también.

—No veas cómo está ese del fondo, el de la chaqueta azul marino —me dijo.

—Sí que es guapo, pero mucho más guapo es el que se acaba de quitar la corbata —respondí.

—Ni que lo digas. Aunque están todos para darles un repasito, yo no le hacía ascos a ninguno, la verdad —dijo Diego.

Sí, nuestro amigo era gay y no sería la primera vez que nos levantaba a un hombre que nos gustaba. Tenía un carisma y una habilidad para ligar que ya quisiéramos para nosotras, aparte de que era guapísimo.

En un momento determinado, mi mirada se cruzó con la de ese hombre, que me regaló una sonrisa que me sonrojó por completo, porque no era una de esas inofensivas, sino de las que te calan el alma y te hacen pensar más de la cuenta.

Mi hermana se fijó y soltó una carcajada porque, aunque fuéramos las mejores amigas y las dos del mismo padre y la misma madre, éramos completamente diferentes en nuestra manera de ser.