Vallekas 2084 Capítulo 44 Síndrome Konrad A. Nietzche
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Capítulo 44 Síndrome Konrad A. Nietzche

Síndrome Konrad A. Nietzche

—Me dicen que fue usted el último en hablar con él —dijo el doctor, dirigiéndose al teniente coronel.

—Efectivamente.

—Es extraño. Todo suicida suele dejar una nota en la que explica su proceder. En este caso no ha dejado nada.

McRae apretó con fuerza en el bolsillo el sobre que le había entregado el capitán.

—Yo no me preocuparía por eso. Para mí es un claro ejemplo de síndrome de Konrad A. Nietzche. Lo he visto en los campos de batalla.

—Es la primera vez que oigo hablar de ese síndrome. ¿De qué se trata?

McRae tragó saliva.

—En la II Guerra Mundial del Old Wold, hace ciento cuarenta años, una columna de la Wehrmacht compuesta por mil soldados perfectamente preparados, con piezas de artillería y vehículos pesados, al mando del coronel Konrad A.

Nietzche avanzaba rápido por los estrechos senderos de La Madeleine, al norte de Montpelier.

Su objetivo era llegar a las puertas de París para ayudar a las tropas alemanas que habían quedado sitiadas por los aliados.

Desde una quebrada, perfecta para la mejor emboscada, comenzaron a llover disparos.

Una voz que se identificó como la del teniente coronel Cristino García, de las FFI , les exhortó a deponer las armas y entregarse.

El coronel Konrad rindió la fuerza antes de emprender un enfrentamiento contra un enemigo al que no veían, por estar oculto entre los arbustos de las laderas.

Konrad descubrió después el engaño: se había rendido ante treinta y tres maquis de la II República española.

Al saberlo, extrajo la Luger 09 de su cinturón y se pegó un tiro en la sien, incapaz de soportar la vergüenza y deshonor por haber rendido una columna de la invencible Wehrmacht a unos desarrapados y apátridas.

A usted le dejo que adivine el sentido de la moraleja.

—¿Usted cree que es eso lo que ha ocurrido con el capitán Stone?

—No tengo duda. El capitán Stone salió a una operación de castigo con una compañía de Hellfire.

Solo regresó intacto su helicóptero. Los otros cuatro quedaron destrozados y su tripulación muerta o herida de gravedad.

Lo ridículo es que les vencieron bolas de acero o estrellas ninjas.

Solo tenía que haber ordenado a esos pilotos que volasen más alto o a más distancia de los edificios y no hubiese ocurrido nada de eso.

—Está claro, el remordimiento lo mató.

—El honor y la culpa, mejor dicho.

Poco después, al llegar a las dependencias de la Brigada, McRae sacó el sobre que le había entregado el capitán. Se sentó y comenzó a leer:

… el comisario Torres elaboró un informe en el que consideraba que la organización Vallekas Resistente se encontraba detrás del robo del millón de antivirales y del asalto a las dependencias de la Dirección General de la Policía en Utopía 20AB con veinte muertos, el robo de armas y la liberación de una terrorista…

El general Clint M. Roslaw aceptó el informe como bueno y ordenó una operación de castigo sobre Vallekas…

Se me asignaron cinco Hellfire con setenta soldados.

Lo que debía repetir por los altavoces se me pasó por escrito…

He fracasado en la misión. A lo que se une que no tuve valor para rematar lo ordenado.

Si algo salía mal, debía lanzar los cuatro misiles del Hellfire de mando cargados con covid-84… Soy un cobarde….

El teniente coronel se sobresaltó. Se violentó y sacó un Lucky Strike. Aquello confirmaba sus sospechas: el covid-84 era un elemento de la guerra bacteriológica.

—No fuiste un cobarde por no lanzar esos misiles, Stone —exclamó McRae para sí—. Fuiste un héroe.

De pie, con el cigarrillo en una mano y los dos folios en la otra, continuó leyendo:

En cuanto se enteren en la Dirección General de que esos misiles no fueron lanzados vendrán de inmediato a por ellos y a encerrarme en cualquier inmunda prisión.

No se pueden permitir el lujo de que caigan en manos de la Red Force.

Si eso ocurriese, Mundo Utópico podría tambalearse, pues demostrarían que todo ha sido una gran mentira.

Red Force solo necesita esos misiles como prueba indiscutible y un líder fuerte para derrotar a la Dirección de Mundo Utópico…

Nadia y Ronald entraron en la sala con la información que les había pedido McRae sobre Da Costa.

Antes de que le transmitieran lo averiguado, el teniente coronel les ordenó que lo siguieran hasta los hangares de la Unidad de Protocolo.

También les habló de la mención realizada por el capitán Stone sobre Red Force.

—Es la primera vez que oigo hablar de esa unidad —dijo Nadia.

—Pues en este caso yo no puedo decir lo mismo —añadió Ronald.

Las miradas de la capitana y del teniente coronel se clavaron en el sargento mayor.

—Explíquese, Ronald.

—Era un movimiento entre los suboficiales que se oponían a ciertas exigencias de la Dirección General. Actualmente, defienden que la pandemia del covid-84 es parte de una guerra química provocada como un elemento de control social.

—¿Está legalizado como movimiento o grupo opositor? —Mi teniente coronel, ya sabe cuál es la política de Mundo Utópico: no prohibir nada y subsumir toda oposición en el sistema.

—¿Sabe algo más de ellos?

—Que son mayoritarios entre los suboficiales de las Fuerzas Armadas y han extendido su influencia a ciertos círculos de la oficialidad. Lo curioso es que sus proclamas han adquirido mucho predicamento entre la población civil.

—Intente retomar el contacto con ellos, sargento.

Entraron en el hangar y se dirigieron al Hellfire con la cara de Donald Trump pintada en sus laterales.

Aún conservaba los cuatro misiles. Nadia desconectó las cámaras de grabación del interior de aquellas dependencias.

Ronald entró en la cabina de la aeronave y la encendió, desbloqueando los misiles de sus anclajes, mientras la capitana grababa la operación con la cámara de su exoesqueleto.

Recogieron los obuses, los colocaron en un carrito metálico y salieron del hangar.

Ocultaron los misiles en las dependencias de la Brigada.

—Si llega a conectar con Red Force, Ronald, trasládeles que tenemos esos misiles. No les diga el número exacto, por si acaso. Haga todo con cautela. Se nos puede acusar de alta traición.

—Así lo haré.

Ya en las dependencias de la Brigada, Nadia conectó el Hologram 3D y pulsó una serie de iconos hasta que las imágenes sobre la avenida de la Albufera se detuvieron.

—Este es el momento en el que Stone sobrevuela Vallekas pavoneándose. Les lanza el ultimátum de que tienen media hora para entregar a la detenida fugada o comenzará una operación de castigo. La gente sale a las ventanas como divertida. Quizá creían que era una broma.

—Debieron suponer que un nuevo tipo de circo llegaba a la ciudad —dijo McRae—. ¿Qué se puede esperar ante un helicóptero en vanguardia que lleva pintada la cara de Donald Trump con una corona dorada en la cabeza?

—Atentos ahora —exclamó Nadia.

En el Hologram 3D aparecieron las puertas del Rayo Arena. Un grupo de gente había salido para contemplar lo que estaba pasando. La capitana Nadia congeló la imagen y le aplicó un fuerte zoom , hasta distinguir las facciones de cada individuo.

—¡Da Costa! —exclamó McRae—. ¡Está ahí!

—Sí, observad. Tanto él como los jóvenes que salen a la avenida de la Albufera para ver qué ocurre van en ropa deportiva. Recordad que no son aún las siete de la mañana.

—Lo que quiere decir —aventuró Ronald— que estaban entrenando desde primera hora de la mañana.

—Los Hellfire sobrevolaron la avenida de la Albufera y se alejaron en dirección a Villa de Vallekas.

Al cabo de veinte minutos regresaron con la misma cantinela en los altavoces, pero ahora la cosa cambió.

Mirad a esos jóvenes escalando los edificios y tomando posiciones.

Cuando el capitán Stone ordenó disparar el primer misil, comenzó su mina y la de la compañía de helicópteros.

—Son errores de principiante —intervino McRae—. Tenía que haber sobrevolado más alto, muy alejando de los edificios y, desde esa posición, enviar drones a comprobar el terrero.

—Bueno, yo ya os enseñé lo que quería —dijo Nadia, alejándose del Hologram 3D—. Entrenan, como habéis visto, a primera hora en el Rayo Arena. Ahí podemos cazar a Da Costa.

—Perfecto —sentenció McRae—. Mañana es 29, de modo que nos quedan dos días de plazo para apresarlo. Que nuestra gente haga un seguimiento exhaustivo de todos sus movimientos. Iremos a detenerlo de un momento a otro.

—¿Y por dónde entraremos en Vallekas? —preguntó Ronald.

—Por el cielo.