Vallekas 2084 Capítulo 45 Hetty recuperada
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Capítulo 45 Hetty recuperada

Hetty recuperada

—Todo ese trayecto lo enlazaremos con la historia de nuestro insigne Juan Malasaña… —concluyó Hetty, mostrando en una pantalla gigante el plano de la nueva ruta propuesta para las guías turísticas como «Vallekas Invicta».

—A Hetty se la ve con mucha energía —dijo Sara, removiendo el té matcha—. No parece que estuviese al borde la muerte hace unos días.

—Sí, la vi recuperarse ante mis ojos día a día —añadió Carla, que no llevaba la gorra de los Yankees. Le había comenzado a crecer el cabello.

Aquella mañana apareció una nueva clienta.

Se trataba de una señora mayor que caminaba apoyada en un bastón.

Hablaba un buen castellano, pero su acento la delataba como extranjera.

Había pedido un café con leche y una copita de ponche para desayunar.

También había preguntado a Lolo si se podía fumar marihuana en el local.

Después de que el camarero le contestara que no había inconveniente, la mujer había encendido la cachimba.

—¡Qué placer! —exclamó, tras una larga calada—. Parece que la hierba aquí sabe mejor.

—Usted no es de aquí… —dijo Carla.

—No, nací en Queens, hace hoy ochenta años. Estuve aquí hace mucho tiempo. Y he vuelto porque no quería morirme sin volver a ver sus calles…

Aquella mujer entabló conversación con Sara y Carla y terminaron las tres sentadas a la misma mesa. En la conversación, Sara no podía evitar soltar algún improperio contra la vida en Utopía, que la anciana ratificaba entre risas.

Da Costa miró el reloj: faltaba apenas media hora para incorporarse a los trabajos comunitarios de reparación y desescombro.

Ya quedaba poca tarea. Sospechaba que sería el último día antes de incorporarse de nuevo a las actividades diarias.

Desayunó con tranquilidad y al terminar se despidió de Lolo y de las chicas.

Sus primeros pasos fueron hacia el hospital de Vallekas, para hablar con Luna.

—No te preocupes. Por el bien de toda la familia he destruido toda prueba de que has estado aquí. Y, por supuesto, no queda rastro documentado de que Hetty lleva tu sangre.

—El doctor Tirso…

—Carece de importancia. Tirso, sin plasma, no tiene nada, solo especulaciones. Se cuidará de hablar sobre el tema para que no lo tachen de lunático.

—Me alegro.

—¿Cuándo te vas? Porque te vas a ir…

—No me queda otra. Tenéis a los mejores jóvenes preparados para defender Vallekas y os he conocido. Me quedaré un par de días más.

—¿Algún destino en especial?

—Es mejor que no lo sepáis. Es una garantía de vida.

Durante el resto del día Da Costa acompañó a los Ases de Picas en las labores de desescombro que quedaban y, a la hora del almuerzo, la señorita Hetty se acercó a buscarle para comer juntos.

—Va te vi en las noticias. Esa idea de «Vallekas Invicta» sospecho que será muy comercial.

—No lo dudes —dijo entusiasmada—. Hace apenas dos días que hemos publicitado esa excusión y ya tenemos overbooking de Medem Trash para varias semanas.

—¿Cuándo tendrán su escultura los Ases de Picas?

—Ya está en marcha. A ellos no se les ha dicho nada, pero, en apenas unos días, posiblemente el día de Reyes, tendrán un hueco en la avenida de la Albufera e ingresarán en el Panteón de los Héroes de Vallekas.

Hetty insistió en que le dijese adónde se iría, pero Da Costa mantuvo el silencio. Solo le dejó la vaga promesa de que volvería, si lo necesitaban.

Al anochecer, concluidas las labores de desescombro, Da Costa se dirigió de nuevo a El Rincón de Madrid a escuchar las últimas noticias y comer algo antes de irse a dormir. Lolo limpiaba el mostrador y rellenaba las cámaras.

—¿Un tinto con olivas?

Da Costa asintió.

—Es una noche rara…

—¿A qué te refieres?

—Que es extraño. Desde el atardecer, todos los clientes aseguran que «llueven soldados».

—¿Qué quieren decir?

—No tengo ni idea. Las noticias no han dicho nada. Vallekas sigue alterada, por todo lo que ha pasado…

Después de tomar la copa de vino, las olivas y una ración de queso, Da Costa se despidió. En la calle hacía frío y comenzaban a caer copos de nieve. Subió las solapas de su abrigo y emprendió el ascenso por la avenida Rafael Alberti.

Tres figuras vestidas de negro le salieron al encuentro. Comprobó que se trataba de mandos militares: un teniente coronel, una capitana y un sargento mayor. En cada una de las boinas negras lucían una calavera blanca. Parecían tranquilos.

El teniente coronel encendió un cigarro. La luz le permitió ver a Da Costa una profunda cicatriz en el lado derecho de la cara.

—Soy el teniente coronel Robert McRae. He venido a detenerlo por orden de la Dirección General…

Da Costa miró de reojo hacia los lados. Un grupo de soldados armados formaban un círculo a su alrededor, al que cerraba otro círculo y a su vez otro más amplio. Lo habían cercado.

—Sé que está pensando en escapar. No lo intente. Es posible que matase a una docena de soldados, pero, como puede ver, no mató a todos.

—Puedo convertirle a usted en mi rehén, usándolo de escudo humano.

—No se lo aconsejo —rio McRae, mientras daba otra calada al Lucky Strike—. Además, le conviene venir conmigo.

—¿Por qué?

—Debe confiar en mí. Tengo las pruebas que demuestran que usted no mató al senador Matt Coumenn. Será cuestión de días que archiven los cargos contra usted y lo pongan en libertad.

—¿Y qué pasaría si eso no fuese así?

McRae sonrió.

—¿Qué necesitaría entonces para escaparse de cualquier prisión?

—Me bastaría con un clip.