Capítulo 42 La deriva
La deriva
E L JETSTAR-FRIST de los comandos Alfa, tras el vuelo transoceánico de McRae, aterrizó en la cúpula de la Esfera una hora después del alba.
El teniente coronel descendió y se detuvo a contemplar el horizonte.
Le hechizaba el color morado, entreverado de pinceladas rojizas semiocultas entre nubes.
Aún se distinguían a lo lejos las llamas y el humo negro del bombardeo y los Hellfire-Tigre caídos en la incursión aérea a Vallekas.
McRae movió la cabeza y escupió al aire.
—¿Quién cojones autorizó esa mierda de operación?
Nadia carraspeó y dijo:
—Creemos que después del asalto a la Dirección General de la Policía en Utopía 20AB, el comisario Torres solicitó a las autoridades que se infligiera un castigo a los ciudadanos de Vallekas para que entregasen o, como mínimo, delatasen a los asaltantes.
—¿Quién firmó la autorización para el despliegue de medios militares?
—Alguien al que le son indiferentes los muertos inocentes que se produzcan —apostilló Ronald.
—¿El general Roslaw?
—El mismo.
—Qué asco. Y por lo que veo no se les ocurrió otra cosa que utilizar los antiguos Hellfire-Tigre, como en un desfile militar. ¿A quién pusieron al mando?
—Al capitán Stone.
McRae se dejó caer en un sillón y repitió:
—Qué desastre… Qué desastre…
—¿Quieres analizar ahora lo que hemos averiguado o prefieres esperar a…? —preguntó Nadia.
—No podemos perder más tiempo. Ponedme al día.
—Imágenes de Salt-2A —ordenó Nadia a New Olga-09—, desde las 6:30 a las 8:30 de hoy.
Las espirales azules comenzaron a fluctuar en el Hologram 3D y al rato desaparecieron, dejando paso a una vista aérea de Vallekas. En la oscuridad se distinguieron las luces de los cinco Hellfire en punta de lanza, penetrando en el espacio aéreo del Estado independiente.
Nadia aceleró la velocidad de la grabación mientras los helicópteros recorrían dos veces el trayecto desde Puente de Vallekas a Villa de Vallekas y viceversa.
—Esto carece de importancia. Es el momento en el que Stone avisa por los altavoces de que los asaltantes a la Dirección General de Policía y la detenida fugada han de entregarse en un plazo máximo de media hora o emprenderá una acción de castigo a la población. Lo importante viene ahora…
Nadia paralizó la imagen y realizó un zoom sobre la fachada de un edificio de unas treinta plantas.
—¿Qué es eso? —preguntó McRae—. Parece que alguien vestido de negro escala la fachada.
—Hay más….
La capitana marcó varios iconos. Fueron apareciendo las figuras de otros escaladores en diferentes edificios de Vallekas.
—Veo que todos —dijo McRae—, además de ese uniforme, llevan mochilas pequeñas y negras.
Nadia sonrió y le mostró dos imágenes más.
—Joder, escalan con los ME-16 al hombro.
—Esos sí los tenemos controlados: son diez —apuntó Ronald—. Sospechamos que son los que robaron en la DGP de Utopía.
—Ahora viene la guinda —dijo Nadia, pulsando otro icono.
La imagen efectuó un zoom hasta la parte derecha del pecho de uno de los sujetos escaladores.
—Un as de picas —murmuró McRae, que se levantó y se acercó a las imágenes tridimensionales del Hologram 3D. Sacó una cajetilla de Lucky Strike y encendió un cigarro.
—Aquí no dejan fumar —informó Ronald.
—Que se vayan a la mierda —exclamó el teniente coronel, con el cigarrillo ya en la comisura de los labios.
—Es curioso, pero cada día te pareces más a tu Tata —apuntó Nadia.
—Es la única que tiene razón en toda esta mierda.
—¿Qué piensas?
—Vamos a ver si lo entiendo. Da Costa sale de Shaolin, después de sesenta años encerrado, y se dirige a Vallekas.
¿Por qué vino hasta aquí? Un misterio. Pero ya sabemos dos cosas.
Primera, está donando su sangre a los ciudadanos que la necesitan.
Segunda, ha creado un grupo de élite que se hace llamar los Ases de Picas y que ya llevan dos acciones destacadas: el robo de un millón de vacunas y el asalto a la DGP con diez muertos, diez fusiles ME-16 robados y una detenida liberada que supuestamente es miembro de la organización terrorista Vallekas Resistente.
—No se olvide de esto, señor —apuntó Ronald.
La imagen de cuatro helicópteros humeantes, estampados contra el suelo y convertidos en un amasijo de hierros fundidos se proyectaba junto a los tripulantes muertos.
—¿No enviaron antes drones de reconocimiento?
Ronald negó con la cabeza.
—¿Por qué desplegaron esas antiguallas de Hellfire para una misión así?
—Al parecer no tienen otros. Los de última generación están en la Frontera.
—¿Qué creía el imbécil de Stone? ¿Que lo iban a recibir con los brazos abiertos?
—No tiene prácticamente experiencia en combate —apostilló Ronald—. Fue todo un despropósito.
—Un despropósito que ha costado vidas —remató McRae, que estampó la colilla del cigarrillo en el suelo, antes de pisarla furiosamente.
En la grabación se sucedieron varios edificios con las fachadas derrumbadas, incendios por doquier y civiles en las calles con los bomberos achicando agua y recogiendo cadáveres sobre el asfalto.
—¿Sabemos cuántas víctimas ha provocado esta estupidez?
—De momento los cincuenta tripulantes de los Hellfire. Todos llevaban un pelotón de marines —contestó Ronald.
—Hace un momento —añadió Nadia—, por el Canal TV-Vallekas, las autoridades del Estado independiente han comunicado que el número de víctimas civiles asciende a sesenta y dos, pero no descartan que aparezcan más debajo de los escombros.
—Voy a hablar con Stone —dijo McRae.
Los otros dos se miraron, se encogieron de hombros y siguieron a McRae hasta las dependencias de la Unidad de Protocolo. La sala de recreo estaba vacía, salvo por Stone, sentado en un sofá con el uniforme de combate. Su mirada se perdía en la pantalla de TV-Vallekas sin volumen.
—Ha conectado TV-Vallekas porque Canal Utopía —susurró Nadia al oído de McRae—, fiel a su línea de que es imposible que ocurran sucesos malos en Mundo Utópico, no ha retransmitido nada sobre el bombardeo en Vallekas.
McRae, con gesto adusto, se dirigió a Stone. Se percató de las pastillas rojas esparcidas sobre la mesa y la media botella de whisky en la mano izquierda. En la derecha, relucía el antiguo Colt Cobra dos pulgadas con el tambor abierto y una sola bala en su interior.
—¿Cómo se encuentra, capitán?
Stone no respondió. Se limitó a dar un trago a la botella, cerrar el tambor del revolver y girarlo, sin apartar la mirada de la pantalla.
—¿Quién le ordenó esa operación de castigo?
—El general Roslaw —dijo por fin, como si masticara cada sílaba—. El hijo de puta de Roslaw.
Las pantallas de la sala cambiaron de imágenes y de canal. Todas emitían la toma de posesión del doctor James Sprenger como nuevo CEO de la Coumenn Corporation.
—Mi teniente coronel —masculló Stone, dando otra vuelta al tambor del revólver.
McRae lo miró fijamente.
—Tenga —dijo Stone, entregándole un sobre—. Muchos de esos soldados que han muerto en las calles de Vallekas estuvieron conmigo en La Valeta y le debían también la vida a usted. Seguro que opinarían como yo. Usted es la persona adecuada para liderar la liberación.
—¿De qué liberación me habla?
—Lea el contenido del sobre.
La mirada de Stone se perdió de nuevo en el monitor, donde el doctor Sprenger se disponía a dar su discurso de investidura. McRae suspiró y emprendió el camino de salida de aquella sala.
Cuando el teniente coronel cerró la puerta, escuchó un disparo.