Vallekas 2084 Capítulo 41 Vallekas bombardeada
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Capítulo 41 Vallekas bombardeada

Vallekas bombardeada

—¡Qué frío! Hacía tiempo que no veía estas heladas.

—¿Qué tal se encuentra Carla?

—La he acompañado toda la noche en el hospital y ha dormido bien. Los doctores nos dijeron que, entre los efectos de la quimio y los días encerrada allí, con poca comida, golpes con toallas mojadas y luz encendida las veinticuatro horas, necesitará una semana como mínimo para recuperarse.

—¿Y Hetty?

—Esa mujer nos entierra a todos. ¡Qué vitalidad tiene! Se pasea de sala en sala dando ánimos a los pacientes. Parece mentira que hace poco estuviese al borde de la muerte.

Da Costa sonrió y se despidió de Sara, dirigiéndose hacia el gimnasio.

Cuando entró, los jóvenes estaban ya formados. Por las caras de felicidad de los cinco jefes de grupo, se notaba que habían estado hablando sobre el asalto a la Dirección General de la Policía y el rescate de Carla.

En ese momento, comenzaron a oír los motores de helicópteros sobrevolando los cielos de Vallekas. Volaban a pocos metros de los tejados de los edificios. Resonó un altavoz.

—Les habla el capitán Stone, jefe de la compañía 21ª de Hellfire-Tigre.

Me han encargado que les transmita que tienen media hora para que se entreguen los seis asaltantes de la Dirección General de la Policía.

Al mismo tiempo, deben venir acompañados de la detenida que liberaron.

Si no cumplen mis órdenes, efectuaremos un bombardeo de castigo sobre Vallekas.

Da Costa, acompañado de los jóvenes, salió rápidamente a la avenida de la Albufera.

Cinco helicópteros, cargados cada uno con cuatro misiles, surcaban los cielos en formación de punta de lanza.

La voz se emitía desde la primera aeronave, que llevaba pintada la cara de Donald Trump con una corona de oro sobre su cabeza.

—Cojan sus mochilas y vístanse rápidamente con el Shinobi Shozoku negro. Nos reunimos de inmediato en el gimnasio —ordenó Da Costa, que agregó, dirigiéndose a Gitano—: Saca también los fusiles ME-16.

Tardaron medio minuto en regresar al gimnasio con las mochilas cargadas de utensilios de ataque, como las shurikens , además de ashikos , los pinchos que se enganchaban al calzado para escalar por las paredes.

Gitano apareció con los diez fusiles robados y Eladio se presentó con una caja llena de tirachinas de hierro con bandas elásticas y varias decenas de bolas de acero.

—¿Podemos utilizar gomeros?

—¿Cuántos saben usarlos?

—Quince.

—¿Qué alcance tienen?

—Entre quince y veinte metros.

—Entrégalos entonces a los que saben manejarlos. ¿Por qué les has llamado gomeros?

—Así los llamaba mi abuelo. Me mostró uno que había utilizado en las huelgas de la naval y el metal en su juventud.

Da Costa sonrió la iniciativa del muchacho y se dirigió al grupo:

—El elemento sorpresa es nuestro. No se esperan lo que va a ocurrir.

Suban a los tejados. El traje negro es nuestro mejor camuflaje hasta que amanezca por completo, es decir, hasta dentro de dos horas aproximadamente.

Lancen sus shurikens a los ejes de rotación de las hélices, al rotor de cola y escóndanse de inmediato.

Esos vehículos irán equipados con visores de infrarrojos, así que, si no estamos ocultos detrás de un objeto opaco, nos van a localizar.

Deben atacar y replegarse de inmediato. Somos guerrilleros.

Da Costa cogió uno de los fusiles y se lo colgó a la espalda.

Otro lo llevaba Gitano. El tercero fue para Leticia, que en el arte de la guerra parecía ya una amazona perfectamente adiestrada y armada.

Los otros siete los distribuyeron entre aquellos que ya habían realizado alguna practica, procurando que cada sección tuviera dos.

—Segundo aviso —se oyó de nuevo la voz metálica del capitán Stone—. Les quedan quince minutos para entregarse o comenzaremos a disparar.

Da Costa situó las secciones de Gitano y Leticia en Puente de Vallekas, una en los números pares y otra en los impares de la avenida de la Albufera.

Las de Eladio y Héctor las envió a Villa de Vallekas con la misma distribución.

Él se quedó en medio, junto a la sección de Hanna.

Cada uno de ellos llevaba un plane-wave que les había construido Héctor para la comunicación interna.

Los Ases de Picas comenzaron a escalar por las paredes de los edificios, en cuyas fachadas ya habían colocado durante los entrenamientos cuerdas y slopers , convirtiéndolas en rocódromos. Con una velocidad endiablada fueron asentándose en las azoteas.

—Les queda un minuto antes de que comenzamos a disparar.

La respuesta a aquel requerimiento fue el silencio sepulcral. Los vecinos miraban desconcertados desde las ventanas.

Por fin, los dos helicópteros Hellfire-Tigre situados a la derecha e izquierda del de Stone encendieron unos focos.

Cada uno lanzó un misil, dirigido a la avenida de la Albufera e impactando a la altura del número 102.

Eran disparos de advertencia. Con todo, produjeron unos grandes boquetes en el asfalto, provocando dos incendios y reventando una cañería.

—Los próximos proyectiles serán dirigidos a los edificios —amenazó el capitán Stone—. Les doy un ultimátum de diez minutos.

Las sirenas de los vehículos de los bomberos que acudían a sofocar el incendio provocado por los misiles y a detener la fuga de agua se oían cada vez más cerca.

Héctor había conseguido localizar las frecuencias internas por las que se comunicaba la tripulación de los helicópteros.

Escucharon un mensaje que repetía: «Mayday.

Mayday. Nos han alcanzado. Mayday». Ignoraban de dónde provenía, pero enseguida oyeron un gran estruendo seguido de dos explosiones y sonidos de cristales y gritos.

Una gran humareda provenía del bulevar de Peña Corvera, la zona encargada a Gitano.

Una ráfaga trajo un olor a metal de fragua, que se expandió en el aire de la noche.

El Hellfire-Tigre con la cara de Trump en los laterales se giró.

Lo mismo hizo el que estaba a su lado. Da Costa aprovechó el momento para salir de su escondite en la azotea y apuntar el rifle ME-16 contra el segundo helicóptero.

Disparó. La aeronave recibió el impacto en el rotor de la hélice grande, por lo que se lanzó a un vuelo errático.

El rotor de cola pareció volverse loco y alzó la parte trasera del aparato.

La hélice se detuvo y el helicóptero comenzó a descender velozmente hasta estamparse en medio de la avenida de la Albufera, a la altura del número 130, provocando una enorme explosión.

Del helicóptero de Stone salieron dos misiles en dirección al área cubierta por Da Costa. Los dos últimos pisos del edificio fueron destruidos. Antes de que el inmueble comenzase a arder, parte de la fachada principal se resquebrajó.

Los tres Hellfire intactos bajaron el morro para localizar, desde la cabina de mando, el lugar exacto desde donde les estaban disparando.

El capitán John Stone debió percatarse del error, pues su helicóptero se elevó rápidamente. Sin embargo, los otros dos se detuvieron unos instantes en el aire para lanzar con más precisión sus misiles, que destrozaron varias fachadas.

Pero en ese momento decenas de precisas bolas de acero, shurikens y granadas de carga hueca acertaron en sus rotores de cola, en las barras estabilizadoras y atravesaron los cristales de las cabinas de mando.

Las dos aeronaves quedaron sin control. Una, tras navegar erráticamente, cayó contra el asfalto en plena boca del metro de Villa de Vallekas y explotó.

La otra aún voló a la deriva varios kilómetros, seguida de una larga cola de humo, para desplomarse en una de las lomas del Ceno del Tío Pío.

El helicóptero de Stone inició la retirada.

El sol del alba llegó a Vallekas con la silueta de un Hellfire-Tigre recortada en el horizonte, alejándose de allí.