Vallekas 2084 Capítulo 39 En busca de Carla
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Capítulo 39 En busca de Carla

En busca de Carla

E L RINCÓN de Madrid acababa de abrir sus puertas.

La antigua cafetera Berlume apenas se había calentado lo suficiente para elaborar unos buenos cafés.

Cuando Da Costa entró, vestido con ropa deportiva y una pequeña mochila a su espalda, al momento Gitano, Héctor y Hanna se levantaron de una de las mesas y se acercaron hasta él.

El local se hallaba vacío. Solo Lolo permanecía tras la barra, preparando cafés.

Las noticias y los anuncios en las televisiones del Canal Utópico continuaban con su machacona letanía de mentiras y felicidad.

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—¿Quién falta? —preguntó Da Costa a Gitano.

—Solo Eladio y Leticia, que han ido a recoger material al gimnasio. No tardarán mucho.

—¿Tenemos localizado el lugar exacto dónde la tienen, Héctor?

El chico sacó de una mochila su plane-wave y lo encendió. En la pantalla, sobre un plano aéreo de Utopía 20AB, se veía un punto rojo intermitente, situado en un lugar céntrico.

—Enlacé con el chidint de Carla y la ha localizado.

—¿Y dónde se supone que la tienen?

—Son las instalaciones de la Dirección General de la Policía de Utopía 20AB. Sospecho que la tendrán en una celda.

—Confío en que ese aparato nos lleve hasta allí.

—Puede estar seguro, senséi .

Hanna se acercó a Da Costa y le susurró:

—Estuve con mi abuela y mi madre en el hospital. Ya me dijeron quién es usted. O sea, quién eres. No me lo podía creer. No he podido dormir desde entonces. ¿Puedo abrazarte?

—Mejor no —manifestó un rotundo Da Costa—. Dejemos las muestras de afecto para después de la misión y mantengamos las formas ante la tropa. ¿Lo sabe tu hermano?

—Creo que no.

—No le digas nada, de momento.

Lolo comenzó a servir los cafés, sin ser interrumpido por los comentarios de Sara, que esa mañana no estaba en su sitio habitual.

La tarde anterior ella le había contado a Da Costa todo lo que sabía acerca de la incursión de la Policía en la vivienda franca.

Al parecer, todo había comenzado con el vuelo de dos drones alrededor del edificio, cuyo interior debían de estar registrando con cámaras de infrarrojos o de energía corporal.

En cuanto comprobaron que dentro solo había dos personas, una fuerza compuesta por seis policías pertrechados tras escudos antirráfagas eléctricas y armados con fusiles M.

E.-16, irrumpió en la vivienda. Carla y Sara corrieron hacia la ventana del lado opuesto, pero un policía apresó a la primera por las muñecas.

Un vehículo policial suspendido en el aire a cuatro metros estaba grabando la operación.

Sara creyó ver dentro a un individuo que solía salir en el Canal Utopía como portavoz policial, a quien presentaban como comisario Torres. Uno con cara de hijo de perra.

En ese momento Eladio y Leticia se presentaron en la cafetería, portando varias mochilas pequeñas que fueron entregando a los otros.

—Comprobad que todas contienen lo previsto, ya sabéis. Un par de guantes, seis fukibari , doce shuriken , un kunai y tres metsubushis —dijo Eladio.

—Que nadie toque sin guantes los fukibari ni el filo del kunai ni el de las shuriken —advirtió Leticia—. Van muy cargados de veneno.

—Damos por hecho que lleváis sai y fukiya pegados con cinta de tejido a la espalda —dijo Eladio.

—¿Habéis preparado las shizunes ? —preguntó Da Costa.

—Sí —afirmó Eladio, mientras abría un estuche de madera—. Hay una bomba de esa niebla venenosa para cada uno.

—Que todo el mundo revise su equipo y se coloque los guantes de inmediato —dijo Da Costa—. Recordad que al enemigo basta con hacerle una pequeña herida. El resto lo hará el veneno.

Tras comprobar el armamento, salieron en dirección a la boca del metro de Miguel Hernández.

Antes de entrar en el suburbano, se bajaron las capuchas y se pusieron mascarillas de color negro, de forma que solo les veían los ojos, maquillados de khol .

Al rato salieron en la estación de Nueva Numancia y se dirigieron al inmueble por el que conectaban con los túneles de acceso a Utopía 20AB.

Sara les abrió la puerta. Llevaba una gorra de los Yankees. Da Costa sonrió.

—Al no disponer de la vivienda, ya no tenemos ropas de colores para dejaros.

—No te preocupes —dijo Da Costa—. Los anoraks que llevamos son reversibles y cada uno lo lleva de un color.

Nadie hablaba. Se limitaron a seguir a Sara por los estrechos túneles cuyo interior iluminaba con el amplio foco de luz blanquecina de una linterna. Al llegar a la boca de salida, la mujer les deseó suerte. Los seis dieron la vuelta a sus anoraks, cada uno de un color diferente.

Por las calles de Utopía 20AB iba en vanguardia Héctor con su plane-wave .

El resto del grupo le seguía, separados entre sí por una distancia de diez yardas.

Al cabo de media hora de caminata, lo que suponía una milla y media de trayecto, llegaron a una plaza más sobria que el resto de las avenidas.

Su centro lo ocupaba un edificio de color blanco, con columnas y esquinas de piedra grisácea.

A Da Costa le recordó la estampa de la iglesia barroca de Santa María da Graça en el Setúbal de antaño, que visitaba de niño con su madre.

En la puerta, de cristales blindados, dos soldados hacían guardia con fusiles ME-16.

—La tienen ahí dentro —afirmó Héctor, mirando las señales que emitía el artefacto—. Por la posición, yo diría que en la esquina derecha del sótano.

Se ajustaron la capucha, la mascarilla y los guantes, menos Da Costa que exhibió sus enormes manos con las uñas largas, afiladas y duras como cuchillas.

—¿Llevas veneno en las uñas? —preguntó Hanna.

Da Costa asintió y se encaminó con paso decidido hacia los dos soldados.

Al llegar a su altura, sus manos, con un gesto tan rápido como preciso, se dirigieron al cuello de los custodios, que no pudieron reaccionar.

Sus uñas cortaron ambas yugulares a la vez.

Cuando los dos cuerpos comenzaron a derrumbarse, Eladio aprovechó para apoderarse de los fusiles.

Entraron a las dependencias, con Da Costa en vanguardia y seguido de Héctor y su plane-wave .

Todos sabían qué debían hacer. Las instrucciones del senséi habían sido muy precisas.

A cada policía o soldado que aparecía ante ellos le clavaban en décimas de segundo una shuriken en alguna parte del cuerpo, con el veneno desplazándose imparablemente por su torrente sanguíneo.

En cuestión de tres minutos, seis policías y dos soldados yacían en el suelo del vestíbulo, retorciéndose de dolor y agonizando. Eladio seguía recogiendo los fusiles.

Da Coste le pidió uno, comprobó que la carga era la correcta y disparó sobre una puerta metálica cerrada que, según el artefacto inventado por Héctor, les separaba de la zona en la que se hallaba custodiada Carla.

El hierro de la cerradura se fundió poco a poco.

Bastó con una patada de Da Costa para abrirla.

Dos ráfagas de fusiles les recibieron al acceder al sótano, pero los silenciaron de inmediato. Las shuriken envenenadas se clavaron de inmediato en los cuellos de aquellos soldados. Descendieron a la zona de las celdas y enseguida encontraron la que ocupaba Carla.

—Aléjate de la puerta —le indicó Da Costa.

Carla se retiró para acurrucarse debajo del camastro y Da Costa disparó otro proyectil de carga hueca contra la cerradura. Abrió la puerta de otra patada.

—¡Ayudad a Carla!

Antes de salir, cubrieron a su amiga con ropajes de color verde salpicado de motas amarillas y ocultaron su cara con una pamela.

Mientras los demás se desperdigaban por la calle, Gitano lanzó un naipe del as de picas al suelo del vestíbulo.

La operación completa les había llevado cuatro minutos, insuficientes para que se hubiese trasladado una señal de emergencia a otras dependencias solicitando refuerzos.

Los que hubieran podido solicitar refuerzos yacían en el suelo de aquel edificio.