Vallekas 2084 Capítulo 37 Nadie os salvará
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Capítulo 37 Nadie os salvará

Nadie os salvará

T IRSO, EL HEMATÓLOGO , y otro médico, desconocido para Da Costa, le explicaron que todo había salido a la perfección y que podía abandonar la habitación.

Se levantó de la camilla y se dirigió al exterior, donde comprobó que Luna no había perdido detalle desde la pantalla de observación.

Suspiró aliviado. Su sangre ya circulaba por el interior de las venas de Hetty.

—¿Cómo van sus variables, doctora?

—Es muy pronto para sacar conclusiones. Solo han pasado diez minutos desde la transfusión.

—¿Qué han dicho los otros doctores?

—No lo sé. Se han limitado a hablar entre ellos y a tomar notas.

Tirso entró en la sala seguido del otro médico, que era bajito y delgado, con barba de unos días y mirada achinada. Ignorando la presencia de Luna, ambos se dirigieron hacia Da Costa.

—Mi colega —dijo Tirso—, el doctor Peláez, considera que usted, antes de irse del hospital, nos debería dejar una muestra generosa de sangre.

—¿Con qué objeto?

—Para tener material de estudio —intervino Peláez—. No hay otro fin. Nos resulta verdaderamente interesante cómo se comportan en su cuerpo todos los elementos.

Da Costa no pudo contestar, pues irrumpieron en la sala los nietos de Hetty, Héctor y Hanna, que se dirigieron a su madre.

—¿Cómo se encuentra la abuela?

Luna se puso en pie y los abrazó sin pronunciar palabra. Los doctores se acercaron a Da Costa.

—No abandone el hospital sin pasar a vernos —masculló el doctor Tirso.

Cuando se quedaron a solas, Luna, sin entrar en detalles demasiado complicados de explicar, les contó a sus hijos el ofrecimiento de Da Costa, la transfusión del plasma y la espera desde hacía unos minutos para comprobar la evolución de la abuela.

Sus miradas se dirigieron a la pantalla en la que se podía ver a Hetty enganchada a aquella máquina que medía todas las variables de su organismo.

Algo llamó la atención de Luna. Se puso las gafas y observó fijamente la pantalla.

—Debe de ser mi imaginación…

—¿Qué ocurre? —preguntó Hanna.

—Creí ver moverse a vuestra abuela, pero las variables siguen igual… No, esperad… La oxigenación…

Todas las miradas convergieron en el monitor, cuyos dígitos estaban cambiando.

—No es mi imaginación. La abuela casi ha duplicado su nivel de oxigenación durante este cuarto de hora.

—¿Eso significa que se va a recuperar? —preguntó Héctor.

—Hijo, es muy pronto para responder a eso.

La puerta de la habitación se abrió. Era Gitano.

—¿Está el senséi con vosotros? —preguntó, dirigiéndose a Héctor y Hanna.

Da Costa se movió para hacerse visible.

—¿Qué ocurre, Gitano?

—La Policía de Utopía ha encontrado el piso franco de Vallekas Resistente.

Dentro se encontraban Sara y Carla, que emprendieron la huida por las ventanas del patio trasero.

Sara pudo escapar y es quien ha dado la voz de alarma.

Sin embargo, Carla, como estaba muy débil por la quimio de hoy, se quedó rezagada. Parece que la han detenido.

—¿Sabemos dónde la tienen?

—No, la única información es esa, la que nos ha transmitido Sara.

—Hasta dentro de un rato no puedo abandonar el hospital —dijo Da Costa—. Averigua mientras tanto dónde la tienen encerrada.

—Le acompaño —intervino Héctor—. Seguro que han dejado algún rastro que se pueda seguir en las redes.

—Sospecho que habrán sido sigilosos en la operación —añadió Da Costa.

—Por muy sigilosos que hayan sido —dijo Héctor—, siempre se deja un rastro. Solo hay que localizarlo.

—Vete tú también —ordenó Luna a Hanna—. Aquí sois de poca utilidad. Si hay algún cambio en el estado de la abuela, ya os avisaré.

—Gitano, prepara un grupo de media docena de voluntarios —ordenó Da Costa.

El joven le miró desconcertado.

—Si he de pedir voluntarios, querrán saber para qué misión se apuntan.

—No lo necesitan. Que les baste saber que nos vamos al infierno.

—El infierno… —repitió Gitano—. Eso me gusta. Senséi , ya tiene su primer voluntario.

—Cuente también conmigo para lo que sea —intervino Héctor.

—A mí no me dejáis aquí, ya somos tres —apuntó Hanna.

—De acuerdo, pero, recordad, antes de actuar debemos saber dónde tienen a Carla.

Los tres jóvenes se apresuraron a abandonar la sala. Cuando quedaron a solas, Luna miró a Da Costa y sonrió:

—Si no lo viera con mis propios ojos, no lo creería. Tienen una fe ciega en usted.

—No es eso. Es que quieren una estatua de los Ases de Picas en la avenida de la Albufera para enseñársela orgullosos a sus descendientes.

—No me mienta —apuntó Luna ensanchando aún más su sonrisa, lo que emocionó ligeramente a Da Costa—. Usted sabe que no es por eso. Solo les ha dicho que necesita voluntarios para ir al infierno y se han apuntado sin dudarlo.

—Son jóvenes y fácilmente impresionables. Voy a por un café. ¿Quiere que le traiga uno?

La mujer negó con la cabeza. Da Costa salió de la sala, pero, en lugar de caminar hacia la máquina de café, se acercó a Hematología, en busca del despacho de Tirso. No tuvo que preguntar por él, pues se lo encontró en medio del pasillo con Peláez.

—Ah, al final ha venido —dijo Tirso—. Pero mejor deje para mañana lo de la muestra de sangre. Hoy ya ha donado bastante.

—¿Qué necesitan exactamente de mi plasma?

El doctor Peláez carraspeó.

—Hay varios investigadores en el mundo que están interesados en cotejar las conclusiones de su trabajo durante años con los datos del análisis de su plasma.

—¿Eso implica que han hecho público lo de mi sangre?

—No, no —se sonrojó Tirso—. Solo dentro del pequeño círculo de hematólogos investigadores.

—No son más de diez en el mundo.

—¿Hasta dónde llega su secreto profesional?

—Hasta donde se les diga —apuntó Peláez.

—Pues que procuren mantener la boca cerrada o no tendrán ninguna muestra.

Da Costa se despidió de ellos hasta el día siguiente y se dirigió a la máquina de café.

Sacó un expreso, que bebió allí mismo mientras reflexionaba sobre las consecuencias de que circulase información sobre su sangre.

Los peor parados serían esos médicos. Las fuerzas mercenarias de la Coumenn los interrogarían sin piedad hasta que confesasen de dónde habían sacado las muestras.

Y eso tampoco sería bueno para Da Costa.

Arrojó el vaso de plástico a la papelera y regresó a la sala de observación. Luna parecía bastante más entera y sobre todo más contenta.

—Apenas me lo creo. Hace poco más de una hora que se realizó la transfusión y las variables están progresando a una velocidad inaudita.

Da Costa le sonrió y se dirigió al gran ventanal de la sala, desde el que podía contemplar el antiguo estadio de fútbol del Rayo Vallekano.

Ahora exhibía una cúpula que le permitía ser útil a Vallekas para cualquier evento.

También observó a un grupo de jóvenes recién incorporados a los entrenamientos.

Lo de los Ases de Picas se había extendido tan rápido entre los adolescentes que de un tiempo a esta parte no había problemas con los reclutamientos: cada vez contaban con más jóvenes entusiastas.

—Esos colegas suyos han contado lo de mi sangre a otros colegas.

—¿Le puede traer problemas? —preguntó ella, con semblante preocupado.

—Bueno, digamos que es posible que después de ver cómo evoluciona Hetty tenga que desaparecer de nuevo.

Luna se acercó a él.

—He estado pensando sobre lo que me dijo. Si es cierto que lo están buscando para apoderarse de su sangre, no entiendo cómo se ha arriesgado a una transfusión para mi madre. ¿Podrían localizarlo y detenerlo?

—Yo te lo explicaré —dijo una voz contundente a su espalda.

Da Costa y Luna se giraron y contemplaron a Hetty de pie, aferrándose al cabecero de la cama.

—¡Madre!

—Déjese de tonterías y regrese a la cama, Hetty.

La anciana respiró con cierta dificultad. Pareció coger fuerzas.

—Luna, ese hombre lo ha hecho porque es Ramalho da Costa. Es tu abuelo. O sea, mi padre.