Vallekas 2084 Capítulo 36 La llamada del padre Berger
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Capítulo 36 La llamada del padre Berger

La llamada del padre Berger

En menos de diez minutos llegó la autorización. McRae se la entregó de inmediato a Nadia. La capitana la recogió. Se ajustó el exoesqueleto, revisó las Doll Gun y salió con dos soldados de la Brigada en dirección a la Unidad de Análisis Inmunológico.

En ese momento, llegó una llamada de la base en Virginia de la Brigada Génesis. McRae encendió una de las cámaras e identificó el rostro anguloso y juvenil del segundo teniente asignado a la Unidad de Telecomunicaciones.

—Señor, tiene una videoconferencia con carácter de urgencia de un tal padre Berger. ¿Cómo hemos de proceder?

—Pásemelo. Es de confianza.

—Necesito sus coordenadas.

McRae se las facilitó y al cabo de diez segundos, el holograma del padre Berger ya se proyectaba en el Hologram 3D.

—Gracias a Dios que te han localizado, Robert.

—¿Se puede saber qué pasa, padre?

—Es que se ha muerto el gato…

—¿Está de broma? ¿Para eso me llama con clave prioritaria?

—No es para tomárselo a la ligera, Robert. Ya sabes el cariño que le tenía tu abuela a Daredevil. La mujer ha ordenado incinerar al animal y se ha llevado las cenizas. No sale ni abre la puerta a nadie desde hace dos días. Y eso si es que está en casa… Me temo lo peor.

—¿Qué quiere decir?

—Que vi el estado en el que se encontraba tu Tata cuando falleció el animal. Robert, recuerda que desde hace muchos años era su soporte afectivo. Tampoco me extrañaría que hubiera abandonado su domicilio sin dejar rastro. Tu abuela siempre ha sido imprevisible…

—¿No puede usted entrar en su casa?

—Nunca me facilitó las llaves. Tendría que derribar la puerta y entrar con policías.

—Buf, estamos en medio de una misión, padre. Es un momento horrible para mí.

—No habría forma de que pudieras venir para entrar en la casa y…

—Padre, me resulta casi imposible desplazarme hasta allí.

—Iré yo de nuevo, pero no soy demasiado optimista.

—Hágame ese favor, padre. Vaya otra vez hasta allí a ver si mi abuela le abre. Y con lo que sea me vuelve a llamar. Ahora tengo que dejarle.

McRae fue a la sala de descanso de las dependencias.

Sacó la cajetilla de Lucky Strike y comprobó con desazón que solo le quedaban tres cigarros.

Cogió uno y lo encendió. Dio una calada profunda y se sentó en uno de los sofás.

No creía que la Tata cumpliera la amenaza de que en cuanto muriera Daredevil abandonaría Utopía 32AZ.

Sin embargo, siempre había expresado su admiración por los indios navajos, que, según decía, al presentir que llegaba el momento de morir, se apartaban de la tribu para vivir sus últimos días solos, sin perturbar al resto.

Cuando el teniente coronel se disponía a dar la última calada, el sargento mayor Ronald asomó la cabeza.

—Señor, la capitana ha llegado con la mujer y los niños.

McRae apuró el pitillo, estampó la colilla en la tierra de un macetero de plantas artificiales y siguió al sargento mayor hasta la cámara Gesell.

Al entrar, a través del espejo unidireccional, vio a la capitana Nadia hablando con la mujer, a la que se veía muy demacrada en comparación con las imágenes que tenían de ella.

Estaba sentada entre sus hijos, que permanecían de pie.

Dos electrodos conectados a las muñecas de la mujer medían su ritmo cardiaco.

La capitana proyectaba en la pantalla imágenes de la familia dentro del avión y en el aeropuerto Coumenn Hispania.

—Mira, mamá —dijo el niño, señalando las imágenes del holograma—, me acuerdo de ese señor. El nombre era Peter… ¡Peter Marlow!

—Estuvo sentado junto a nosotros todo el vuelo —intervino la niña—. Era un señor amable, pero vestía de una forma muy triste.

—A los policías de Utopía ya les hemos contado una y otra vez todo eso —se apresuró a añadir la madre—. Y algunas cosas más…

La mujer hizo un ademán triste con su cabeza y mostró unas marcas de pinchazos en el brazo.

Detrás del espejo, Ronald se acercó a McRae.

—A falta de examen toxicológico, la capitana cree que le inyectaron alguna dosis de pentotal sódico o un fármaco similar.

McRae asintió y se llevó la mano a la barbilla, sin perder detalle de lo que sucedía en la sala Gesell.

—El señor Marlow me mostró que el buscador Coumenn no guarda toda la información —dijo el niño.

—¿Cómo era eso? —Quiso saber la capitana.

—Metí en el Coumenn el nombre del libro que él llevaba para averiguar más cosas y el buscador no supo darme una respuesta.

Ronald introdujo aquel título en el buscador Coumenn de su ordenador personal, que mostró, como única respuesta, «Información inexistente».

—¿Volvió a ver a ese hombre? —preguntó Nadia a la mujer, que negó con la cabeza.

—¿En algún momento les dijo a dónde se dirigía?

La mujer volvió a negar.

A continuación, Nadia le puso imágenes del día del robo en el Museo de la Moneda.

—Mamá, mira —dijo la niña, señalando las imágenes—. Somos nosotros.

Sorprendida, la madre contempló aquellas imágenes.

—¿Lo vio usted ahí?

Una vez más, ella negó.

—¿Y lo visteis vosotros?

—No —respondieron a coro los hermanos.

—Ese día había mucha gente y en el museo ocurrió algo raro, que nadie nos explicó —intervino la madre.

La capitana siguió formulando nuevas preguntas, pero por lo que vislumbraba McRae desde el otro lado del espejo, las pulsaciones del monitor no presentaban altibajos. La mujer decía la verdad.

Nadia salió de la sala, no sin antes prometerles que volvería. Entró en la otra habitación de la cámara Gesell.

—¿Cómo lo estáis viendo?

—Dice la verdad —aseguró Ronald—. Todo ha sido una casualidad para ellos.

—Que se vayan —intervino McRae—. Le das un salvoconducto de la Brigada que indique que se hallan bajo nuestra protección. Así los chicos de Torres les dejarán en paz.

—¿Los puedo acompañar a su casa? —preguntó Nadia.

McRae asintió y preguntó:

—¿Crees que experimentaron con ellos?

—No creo, hemos intervenido muy pronto. Solo les ha dado tiempo a ponerle a la mujer inyecciones de pentotal sódico, que no han servido de nada porque contaba la verdad.

—Dile que la llamaremos si la necesitamos.

—Antes de llegar al piso —dijo Ronald—, adviértele de que puede encontrarlo revuelto por algún registro de la Policía.

Nadia salió de la sala.

—Poco o nada hemos avanzado —se quejó Ronald.

—Mírelo desde el punto de vista positivo: hemos liberado a una inocente y sus dos hijos de la Unidad de Análisis.

—Ya, pero vamos muy justos de tiempo —se quejó de nuevo Ronald, señalando el reloj digital de la pared que marcaba el 10 de diciembre.

—¿Cómo lleva las declaraciones del aerotaxista y del vigilante del aeropuerto?

—Ya las recogí. En un momento se las llevo.

McRae intuía que habían llegado muy cerca de su presa, pero necesitaban algo más. En cuanto lo tuviera, saltaría sobre Da Costa sin dejarle reaccionar. Se dirigió al jardín interior, se sentó en uno de los sofás y encendió otro Lucky Strike.

Al dar la segunda calada, el sargento mayor entró con dos folios que entregó a McRae.

—He subrayado lo que nos interesa —le dijo.

El teniente coronel volvió a su despacho y ojeó una de las declaraciones.

Sus ojos se centraron en un párrafo subrayado en rojo: «…

Después de ver las imágenes me acuerdo perfectamente.

Me preguntó por el camino para ir hasta Vallekas.

Acaban de colocar un artefacto explosivo y lo había reivindicado Vallekas Resistente.

Yo tenía orden de informar y, si lo veía conveniente, parar a todo elemento sospechoso y pedir refuerzos, que es por supuesto lo que hice… ».

McRae pasó a lo mantenido por el aerotaxista, también en rojo: «Ahora lo recuerdo perfectamente. Me llamaron la atención sus ropas grises y esa tintura negra en las pestañas. Lo dejé exactamente donde me pidió: la frontera con Vallekas».

La búsqueda se estrechaba. Ya no había dudas: Ramalho da Costa se encontraba en Vallekas. Solo había que localizarlo.

Un pitido alertó de que pedían comunicación en el Hologram 3D desde la base en Virginia de la Brigada.

McRae apretó un icono de autorización y la imagen del segundo teniente apareció de nuevo.

—Señor —dijo—, el padre Berger quiere hablar de nuevo con usted.