Vallekas 2084 Capítulo 35 Sangre nueva
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Capítulo 35 Sangre nueva

Sangre nueva

D A COSTA ACUDIÓ al gimnasio, donde le esperaban los jóvenes que le habían asignado para su preparación física.

Eran casi cien, divididos en cinco secciones, cada una al mando de los que más se habían destacado a lo largo del medio año de entrenamientos.

Allí estaban el inimitable Gitano, el introvertido Héctor, la invencible Leticia, el fortachón Eladio y la hábil Hanna.

—Enseñar es una forma de aprender —concluyó Da Costa al final de la charla, en la que les exhortó a que recordasen sus comienzos y tratasen a los nuevos reemplazos como se les había tratado a ellos.

Distribuyeron a los novatos en diferentes grupos, les asignaron entrenador y marcaron los horarios de las clases.

Da Costa llamó a Héctor y a Hanna y se reunió con ellos en un rincón del gimnasio.

—Si queréis acompañar a vuestra abuela podéis ausentaros. Por el momento no es necesaria vuestra presencia.

—No, nuestra abuela sin duda querría que estuviéramos aquí —dijo Hanna—. Si sale del coma y nos ve lagrimeando, nos corre a zapatillazos por la avenida de la Albufera.

Da Costa rio, se despidió de ellos y fue al hospital.

Ascendió a la primera planta y se dirigió a la sala 8, donde se encontraba Hetty.

Durante la hora en que había estado ausente, el pasillo se había llenado de mucha más gente.

Además de los diputados del Partido Anaranjado, también se habían dado cita algunos vecinos.

Un par de celadores pasaron entre ellos, recordándoles que hablasen bajo y que tendrían que desalojar la planta de un momento a otro, pues no se permitía una estancia superior a unos minutos.

Da Costa reconoció a Luna en la sala de la pantalla que mostraba a Hetty en coma.

Se percató de que la doctora no había realizado ningún movimiento para preparar una transfusión de sangre.

—¿A qué hora tiene prevista la transfusión?

La mujer giró lentamente su cabeza hacia él, con los ojos húmedos y enrojecidos.

—Le agradezco mucho su ofrecimiento, pero no encuentro ninguna razón médica pertinente por la que debamos hacerla.

—Le pedí que confiase en mí.

—Pero esa no es una razón científica. Ni siquiera sé quién es usted, excepto que se llevaba muy bien con mi madre y que mis hijos lo consideran poco menos que un dios.

—Su madre se muere. Cualquier hijo se agarraría a un clavo ardiendo para tratar de evitarlo.

—Soy médica y solo creo en la ciencia. En esta situación resulta más útil que ser hija.

No creo ni en intuiciones ni rezos ni soluciones mágicas.

Así que en nombre de la familia le agradecemos su ofrecimiento, pero solo seguiremos las recomendaciones de mis colegas los especialistas en esta materia.

Luna sacó del bolsillo de la bata un pañuelo y se secó las lágrimas.

—La entiendo perfectamente, doctora, seguro que yo en su lugar haría lo mismo. Así que haremos ciencia y se lo demostraré. ¿Tendría a mano un bisturí?

La mujer se dirigió a la caja metálica que reposaba sobre una mesa, la abrió y rebuscó en su interior. Después de apartar gasas, esparadrapos y tijeras, encontró un bisturí, que le entregó a Da Costa preguntándole para qué lo quería.

—Para mostrarle una evidencia científica. Fíjese bien en lo que va a ocurrir. No se pierda ningún detalle, por insignificante que parezca.

Da Costa colocó la mano izquierda sobre la mesa, con el dorso hacia arriba. Con la derecha sostuvo el bisturí y lo clavó con un fuerte golpe en medio del dorso de la otra. El escalpelo atravesó la mano y llegó hasta la mesa.

La mujer, con gesto horrorizado, se abalanzó hacia él, pero Da Costa la contuvo con el brazo libre, al tiempo que extrajo el bisturí ensangrentado para dejarlo sobre la mesa. Levantó la mano izquierda ensangrentada y la acercó a la mujer.

—Hay que vendar esa herida de inmediato —dijo Luna, volviéndose hacia la caja metálica.

—No hay nada que vendar. Usted observe.

La sangre había dejado de manar por la herida, que cicatrizaba rápidamente ante los ojos atónitos de Luna. En menos de diez segundos, la cicatriz también había desaparecido.

La doctora cogió la mano izquierda de Da Costa y la volteó. La piel estaba perfecta.

—¿Qué clase de truco es este?

—No es ningún truco, se lo aseguro. Siéntese, por favor.

Luna obedeció y Da Costa le contó someramente el experimento al que había sido sometido hacía muchos años y sobre todo el resultado que aquello había producido en su organismo. Tras escuchar, la mujer se tomó unos segundos en silencio y preguntó:

—¿Cómo me demuestra usted que es cierto lo que me ha contado?

—Empirismo: lo acaba usted de ver en mi mano.

—Hay trucos muy sofisticados. Como cuando los prestidigitadores de antaño cortaban a alguien por la mitad o usaban un cuchillo para atravesarles el cráneo ante un teatro repleto.

Da Costa recogió el escalpelo de encima de la mesa y se lo entregó.

—Clávemelo donde quiera.

Tendió el brazo hacia la mujer. Esta, temblorosa, realizó un corte superficial cerca del hombro. La sangre apenas manchó un poco la piel. La herida cicatrizó de inmediato, como si nunca hubiese existido.

Luna no apartaba la mirada del brazo más que para dirigirla al bisturí, ida y vuelta. Se acercó a una banqueta y se sentó.

—Si lo que usted me ha dicho fuera cierto…

—Lo ha visto. Lo ha vivido. Lo es.

—Déjeme terminar, por favor. Si todo esto es real, sería un avance impresionante. Podríamos curar a media humanidad.

—O a solo unos pocos. Precisamente aquellos que dominan a la humanidad.

La mujer le miró sorprendida. Da Costa aprovechó para contarle que lo estaban persiguiendo para atraparlo y beneficiar con su sangre solo a la élite de Mundo Utópico.

—Comprenderá que se trata de una historia delirante —dijo ella—. No puedo permitir una transfusión a mi madre, basándome exclusivamente en lo que usted me está contando.

—¿La va a dejar morir?

—No es eso, no es eso…

—No hay nada que perder. Usted misma…

Luna, aún sentada, se tapó los oídos, agachó la cara hasta que tocó la superficie de la mesa y siguió llorando con más fuerza. De pronto, alzó la vista. Da Costa advirtió que algo había cambiado en su expresión.

—¡Cómo no se me habría ocurrido antes!

La mujer descolgó el auricular del teléfono y marcó tres números.

—Tirso, soy Luna. ¿Dispones de un minuto para recibirme, por favor?

Colgó el auricular, se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó de un salto.

—Sígame —ordenó a Da Costa.

La doctora atravesaba los pasillos deprisa y Da Costa la seguía a menos de un metro de distancia.

Se encaminaron hacia el ascensor y subieron a la cuarta planta.

Luego, sin mediar palabra, la mujer se dirigió a una sala en cuya puerta se leía «Hematología».

Traspasó la entrada y fue directamente hacia un despacho.

«Tirso Cular Méndez», se podía leer en el cristal biselado de la puerta.

Luna dio un pequeño toque con el nudillo del dedo índice en el vidrio y entró.

Sentado detrás de una mesa, un hombre de cara redonda, con gafas de montura negra y cristales gruesos, les sonrió.

Da Costa pasó detrás de Luna, que cerró la puerta con pestillo en cuanto los dos estuvieron dentro.

—¿Ha pasado algo, Luna?

—No lo sé, por eso vengo a verte.

Luna hizo un resumen rápido de lo ocurrido. El hematólogo se quitó las gafas y, mientras las limpiaba, agitó la cabeza con expresión escéptica.

—Aún quedan unos días para los Santos Inocentes…

—Quiero que lo compruebes, por favor.

—Lo haré por ti, pero esto me parece fuera de lugar…

El hematólogo cogió un pequeño cubo de PVC y lo abrió, mostrando el interior a Da Costa.

—Apoye el índice hacia abajo, por favor.

Da Costa obedeció y el otro cerró el cubo.

Se escuchó un leve clic y el hematólogo volvió a abrir de inmediato el recipiente.

En el interior había quedado una pequeña muestra de sangre, depositada en una cápsula trasparente que Tirso introdujo en una ventanilla de un aparato del tamaño de una cafetera, sobre la que se leía el modelo y la marca del fabricante: «ID-Now-Plus. Analizador Drager».

—Veamos lo que tenemos aquí —dijo el hematófago, pulsando un sensor del artefacto.

Un minuto después salió un ticket impreso. Tirso lo recogió, se ajustó las gafas y leyó el papel dos veces. Frunció el ceño, más por sorpresa que por disgusto.

—Acompáñeme, por favor —le indicó a Da Costa con gesto serio, mientras se levantaba y accedía a una sala contigua.

Allí le mostró un aparato de un blanco metalizado del tamaño de un aparador.

—Ahora ponga aquí la mano —dijo el hematólogo, señalando una repisa en forma de plato.

Da Costa colocó la mano derecha y notó que de la yema de cada dedo le extraían una gota de sangre. En una pantalla conectada al aparato comenzaron a aparecer números, que se estabilizaron en diez dígitos de más de siete cifras cada uno. El doctor sonrió.

—Esto es impresionante, Luna. No he visto nada igual en mi vida.

—Dime…

—No sé si es verdad o mentira lo que te ha contado este hombre…

—Lucas —corrigió Da Costa.

—Perdone, Lucas. Los parámetros que salen aquí indican una riqueza de oligoelementos y oxigenación que no había visto en mi vida.

Los glóbulos que observo son inusuales, tanto en número, como en tamaño o forma.

Es igual que aquella sangre enriquecida que hace muchos años inyectaban a los deportistas de élite en las grandes competiciones, pero en este caso todos los elementos se presentan de exponencial.

—¿Sería útil una transfusión para mi madre? —preguntó Luna, con impaciencia.

—Déjame que haga otra prueba.

El hematólogo pulsó unas teclas en la máquina.

Extrajo del interior de lo que parecía un frigorífico unas cápsulas con unas plaquetas que llevaban grabadas las palabras «Nivel 4», y dispuso una gota de la sangre de Da Costa sobre cada una de ellas.

A continuación las fue colocando bajo la lente de un microscopio.

Las observó con detenimiento. Al apartarse, su rostro denotaba estupefacción.

Se sentó, como si le fallaran las piernas y estuviera a punto de caerse. Su rostro evidenciaba desconcierto.

—¿Y entonces? —preguntó Luna.

—Entonces no puede ser cierto —balbuceó—.

El primer análisis de sangre ha concluido que estamos ante un plasma cuasi perfecto.

La siguiente prueba la he hecho para comprobar hasta dónde llegaban sus efectos.

Introduje virus de nivel 4, aquellos que aún no hemos sido capaces de vencer.

He añadido una gota de sangre y el Lassa, el Machupo y el Guanatu se han disuelto como un azucarillo.

Luego he metido el Marburg. Ha tardado dos segundos más, pero ha muerto igual que los otros. Es asombroso.

Se giró hacia Da Costa.

—¿Sabe qué producto activo añadieron a su sangre?

Da Costa negó con la cabeza. El doctor se situó de nuevo en la mesa de despacho y comenzó a anotar algo en su computadora.

—¿Qué síntomas tuvo después del experimento que dice realizaron con usted?

—Lo primero fue que no sentía cansancio. Tampoco percibía el frío o el calor. Y, por accidente, comprobé enseguida que las heridas en mi cuerpo sanaban de inmediato, sin dejar rastro.

—Es algo realmente increíble… ¿Sabe quién dirigió aquel experimento?

Da Costa dijo que no.

—Sospecho entonces que tampoco conocerá su objetivo.

—En un principio se nos dijo que se trataba de pruebas para encontrar un antídoto contra las pandemias.

—¿Cuántas personas participaron como voluntarias?

—No lo sé.

—¿Sabe si el experimento tuvo éxito en más personas?

—Lo ignoro. Hasta donde sé, a mi alrededor solo vi muertos.

—¿Cuánto tiempo hace que le realizaron esas pruebas?

—Varios años.

—¿Exactamente cuántos?

—Bastantes.

—No sea tan ambiguo, por favor.

—Prefiero no decirlo, si no le importa.

El hematólogo quiso seguir interrogando a Da Costa, pero Luna lo interrumpió.

—¿Qué pasa entonces con la transfusión de mi madre?

Tirso se quitó las gafas, que colocó sobre la mesa. Respiró hondo y asintió.

—Probemos. Puede tener éxito.