Capítulo 33 La sombra de la muerte
La sombra de la muerte
E N CUANTO EL SOL SURGIÓ entre el cielo grisáceo con brochazos morados, Da Costa entró a desayunar en El Rincón de Madrid.
Se sentía cansando de los entrenamientos, ya con más de cuatrocientos alumnos.
Además, la confirmación de lo que había intuido sobre Hetty tampoco ayudaba a mantener la calma.
El olor a café le llegó con mayor intensidad que de costumbre.
Lolo preparaba taza tras taza como en una cadena de montaje y Sara, a su lado, le acompañaba en la tarea.
Aquella mañana, por lo que veía, la chica había abandonado su asiento, el té matcha y su crítica al Mundo Utópico.
La cafetería estaba llena de jóvenes a quien Da Costa no conocía.
Las televisiones se hallaban encendidas, pero sin volumen.
Al fondo de la barra vio a Carla. Se sentó junto a ella y le preguntó por su estado de salud.
—Dentro de una hora me toca la quimio —dijo, encogiéndose de hombros y ajustándose la gorra de los Yankees—. Me han dicho que me aplicarán dos sesiones más y después a esperar la reacción de mi organismo. Es el mejor tratamiento disponible, así que…
—¿Cómo es que hoy hay tanta gente por aquí?
—Hoy se celebran los exámenes para el ingreso en la policía y en los bomberos. Es en la antigua biblioteca Miguel Hernández.
Desde la barra, Lolo le hizo un gesto a Da Costa con la mano, indicándole que pronto le acercaría el desayuno a la mesa.
—¿Quién te sustituye como centinela de los pasadizos mientras estás en el hospital?
—Sara, que, como puede observar, se divide entre la cafetería y el control del túnel.
Da Costa continuó indagando sobre la salud de Carla.
—El día de la quimio quedo molida, pero voy recuperándome poco a poco.
—¿Te está dando resultado?
—De momento, sí. Los análisis son positivos. Me han dicho que si todo evoluciona como hasta ahora, el próximo mes cesará esta tortura y haré vida normal. Además, también me he apuntado a un tratamiento natural con muérdago y otras sustancias.
—Parece mentira que sigamos con los mismos tratamientos de hace medio siglo.
—Sé que en Mundo Utópico han desarrollado un método por el que capturan el tumor en una pantalla y comienzan a bombardearlo con unas partículas raras hasta que lo desintegran. Me han dicho que el paciente apenas sufre.
—¿Y cuál es su nivel de éxito?
—Al parecer casi del cien por cien.
—Igual deberíamos pensar en robarlo.
El comentario hizo reír a Carla. Sara acercó el desayuno a Da Costa.
—Con este jaleo —dijo la improvisada camarera—, no he podido ni escuchar las noticias.
—Serán las mismas de todos los días —comentó Carla.
—Más bien —contestó Sara con retintín— noticias parecidas comunicadas por los mismos monigotes asexuados de todos los días.
Al rato, los jóvenes comenzaron a salir del local. Se aproximaban las 8:30 y se acercaba la hora de entrar al aula para la oposición. Lolo, utilizando un mando a distancia, subió el volumen de los televisores. El primero fue el que emitía las noticias de Canal Utopía.
¿Qué experiencias le gustaría disfrutar? ¿Quién le gustaría ser? ¿Un astronauta, un espía, un corsario…? Real Dream, lo que estabas esperando. Nosotros convertimos tu vida en un sueño y tus sueños en tu vida. Nuestras sofisticadas tecnologías son capaces de transportarle a…
—Qué bien estaba apagado ese cacharro —exclamó Sara, visiblemente contenta—.
Ahora nos fabrican los sueños y nos los meten entre ceja y ceja.
Si Sigmund Freud levantase la cabeza… En la pantalla aparecieron entonces las imágenes de varios vehículos, unos encima de otros, dispuestos para ser achatan-a-dos.
En primer plano, un locutor entrevistaba a un tipo chaparro y trajeado, con cara de perro de presa:
El portavoz de la Policía de Utopía 20AB, el comisario Torres, ha comunicado que se han encontrado los tres vehículos empleados en un intento de robo en el Museo de la Moneda hace unos días…
—Intento de robo —repitió Carla con énfasis—. Es curioso, siguen negando que se puedan cometer robos en su mundo de ensueño.
—Y asesinatos y blasfemias —contestó Sara—. Es un mundo tan perfecto, que nada ni nadie puede ensuciarlo.
—Comisario Torres, ¿tienen ya algún sospechoso de esa intentona fallida?
—A falta de confirmar algún extremo, las sospechas se centran en el grupo terrorista Vallekas Resistente…
—Qué hijos de puta —escupió Sara—. Ya tiene otra excusa para seguir bloqueándonos.
—La estrategia es sencilla —dijo Carla—.
Existe un enemigo que es el origen de todos los males que ocurren en nuestro mundo perfecto.
Da la impresión de que nos necesitan. Somos como su demonio personal: todo lo malo que les ocurre no es culpa de sus errores, pues tiene su origen en ese diablo fabricado.
Da Costa terminó el café con leche y se levantó.
—He quedado con la tropa a las diez. Así que voy hacia el gimnasio.
—Le acompaño. A esa hora tengo la cita con los médicos y no quiero llegar tarde.
Se disponían a salir, cuando una noticia en TV-Vallekas captó su atención:
Hace apenas unos minutos, el Partido Anaranjado ha emitido una nota de prensa, en la que comunica a los ciudadanos de Vallekas City que su parlamentaria y portavoz, la popular Hetty, ha sufrido una indisposición.
De momento se desconocen las causas y la gravedad, pero ha sido ingresada en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital de Vallekas…
Carla y Da Costa accedieron al Hospital de Vallekas por Urgencias y preguntaron por la Unidad de Cuidados Intensivos. Un celador les indicó que se hallaba en la primera planta.
Subieron los peldaños de tres en tres. Al llegar, un fuerte olor a yodo los golpeó. Las camillas con enfermos se movían a gran velocidad por el pasillo y los familiares gastaban los corredores con sus pisadas de ida y vuelta, una y otra vez, sin descanso.
Se acercaron al mostrador de recepción para preguntar por la doctora Luna. Una muchacha sonrosada y gordita les informó que deberían dirigirse por un pasillo lateral hasta la sala 8.
Según se acercaban, Da Costa distinguió, entre la gente amontonada en el pasillo, a diputados del Partido Anaranjado que había conocido cuando Hetty le invitó a asistir a una sesión del Parlamento de Vallekas.
Al fondo, en una pequeña sala con la puerta abierta, distinguieron a Luna con bata blanca, mascarilla y gorro aséptico.
Permanecía inmóvil, de pie, mirando una pantalla.
En cuanto los vio, se acercó a Carla y se abrazaron.
Ambas comenzaron a lagrimear. Da Costa se fijó en aquella pantalla, que mostraba a Hetty tumbada en una cama.
Le habían puesto un suero intravenoso y mascarilla de oxígeno.
Un monitor, a su lado, reflejaba un pulso débil.
—¿Qué le ha ocurrido? —preguntó Da Costa a Luna.
—Lo que temíamos: un fallo multiorgánico. La realidad es que, pese a que era un torbellino de vida, no gozaba de buena salud. Los riñones y el páncreas le fallaban. Oxigenaba mal…
—¿Cuál es el pronóstico?
—No hay posibilidad para trasplantes. Le hemos cambiado toda la sangre por un plasma enriquecido. Si esto nos falla, se nos irá irremediablemente.
—¿Cuándo sabremos algo?
—Hemos de dar un poco de tiempo, pero si esta noche no empieza a dar alguna señal de recuperación, me temo lo peor.
Tanto Carla como Da Costa, acompañaron en silencio un rato más a Luna, que, con lágrimas en los ojos, repetía en voz baja, como si estuviese hablando con su madre:
—Ya ves, Hetty. Toda una vida luchando sin tregua para sacar adelante a los tuyos y para despertar a una ciudad del letargo al que querían someterla, y cuando parece que todo está enderezado y puedes relajarte y pasear por tu pueblo orgullosa de lo conseguido, entonces llega la desgracia…
Y eso que sobreviviste a la Esfera, cuando manipularon y controlaron tu cuerpo…
—Perdone, Luna… —interrumpió Da Costa—. Ha dicho, si no he oído mal, que en la Esfera manipularon y controlaron su cuerpo.
—Experimentaron en ella, así es.
—Cuando yo hablaba con Hetty, siempre me decía que en la Esfera habían intentado mejorar su salud y sus condiciones físicas, pero que, al no lograrlo, la habían expulsado. No se ajustaba, decía, a los «patrones elitistas y racistas» de ese lugar.
—Por alguna razón no le contó a usted la verdad.
—¿Por qué lo dice?
—Está bien —suspiró—. Seguro que no le importaría que se lo cuente ahora.
Los genetistas y doctores de la Unidad de Investigación Inmunológica buscaban algo en su sangre.
Nunca lo revelaron, pero por alguna razón daban por sentado que su organismo contenía elementos muy valiosos que les interesaban.
Jamás le dijeron lo que estaban buscando en su plasma sanguíneo, con el que constantemente experimentaban.
La mujer sollozó de nuevo.
—Quiere decir que nunca intentaron ayudarla. Es decir, que estaban utilizándola para conseguir o arrebatarle algo…
—Probablemente solo saquearon su desarrollo y su salud.
Carla, poniéndose en pie, se despidió de los dos. Se acercaba la hora de su sesión de quimioterapia.
—¿Puede analizar mi sangre por si es compatible con la de Hetty? —pidió Da Costa a Luna, al quedarse a solas.
—¿Qué grupo…?
—Soy O, donante universal.
—Entonces sí. Pero… ¿Para qué, si…?
—Tengo que ir al gimnasio —le interrumpió él—. Serán apenas un par de horas. Aproveche este tiempo para preparar todo lo necesario para una trasfusión de emergencia de mi sangre a Hetty.
—Desde el punto de vista médico, no es una nueva trasfusión lo que necesita mi madre.
Da Costa le cogió la mano y apretó con fuerza.
—Usted confíe en mí.