Capítulo 32 Indicios #2
El general cortó la comunicación y McRae abandonó el Rolls. Se dirigió de nuevo hacia la zona perimetrada por la cinta, donde Ronald y el comisario Torres charlaban con el policía de la bata blanca.
—¿Ha pasado algo? —Quiso saber Ronald, acercándose al teniente coronel.
—Algo ha pasado, sí. Lo de Nadia ha puesto muy nervioso a algún mandamás y han dado parte de inmediato al hijo de puta de Roslaw.
—Empiezo a desear que esta misión termine de una vez.
—Cambiando de tema —dijo McRae—. ¿Hay algo nuevo en los vehículos?
—No. Fred, que así se llama nuestro amigo de la Policía Científica, asegura que no tendrán los resultados de las muestras antes de esta tarde.
Ha añadido que cambiaron la carga de estas tres viejas Fiat a algún vehículo aéreo, sin precisar marca ni modelo, porque no hay marcas de llantas en torno a estas.
—Ronald me dijo antes que su familia vivió muchos años en un desguace parecido…
El sargento mayor asintió.
—A lo mejor, este vertedero también tiene vigilante.
—¡Maldita sea, no se me había ocurrido!
Se despidieron del comisario y de Fred, subieron al Rolls Coumenn y ordenaron al cerebro de la máquina, el último modelo de Olga, el New-09, que planease alrededor de aquel inabarcable vertedero. Aparentemente no se veía nada de interés.
Ordenaron a Olga New-09 que realizase un reconocimiento térmico por la zona para localizar cualquier ser vivo. La máquina detectó cinco camadas de gatos, sesenta y ocho ratas, cuatro jabalís, tres perros vagabundos y un individuo junto a un perro, tumbado en el interior de una turbina.
El vehículo descendió, aterrizando al lado de la turbina, a la que habían transformado en una vivienda y sobre la que habían colocado una enorme cruz de la que colgaban tres ristras de ajos.
En la entrada, una BadBoy con alforjas de cuero negro reposaba sobre su pata de cabra.
A juzgar por la estética de la Harley Davison, McRae la identificó con un modelo de primeros de siglo.
El habitante de aquella singular vivienda salió por la puerta y avanzó hacia ellos.
Era un tipo delgado con enormes barbas y melena.
Llevaba puesta una antigua gorra mamón, chaleco y pantalón de caza.
En la parte izquierda del cinto de cuero portaba un cuchillo de monte.
Gastaba botas y gafas de sol espejadas. En sus manos sostenía una Franchi Affinity 3.
Le acompañaba un perro mamón, un braco alemán con orejas alzadas, que parecía atento a cualquier indicación de su amo.
McRae y Ronald saludaron al hombre y se acercaron. El perro enseñó los dientes, pero no se movió. Cuando se encontraban a cinco metros, el desconocido cargó el arma con un rápido movimiento de la corredera.
—Somos el teniente coronel Robert McRae y el sargento mayor Ronald Wer, de la Brigada Génesis. ¿Podemos hacerle unas preguntas?
—¿Sobre qué?
—Hay tres furgonetas frigorífico modelo Fiat aparcadas a menos de doscientos metros de aquí…
—A ciento noventa y ocho yardas —precisó.
—Queríamos saber si vio quiénes las dejaron allí.
—No los conocía. No eran de aquí.
—¿Cuántos eran?
—Tres. Uno en cada furgoneta. Gente joven, de no más de veinte años, vestidos con ropa deportiva.
—¿Cómo salieron de este verte… lugar?
—Los esperaba un Iveco frigorífico de diez metros cúbicos de capacidad.
Sacaron unos embalajes de las Fiat y los introdujeron en el camión.
El Iveco se largó y los tres muchachos borraron las rodadas.
Después echaron líquidos en el interior de sus vehículos.
Se alejaron al trote y ya no volví a verlos.
—¿Qué dirección tomaron?
—Suroeste.
Las miradas de McRae y Ronald se dirigieron hacia donde les indicaba aquel sujeto: una senda de tierra rodeada de hierba seca y arbustos asilvestrados, que se perdía en sinuosidades, alrededor de unas colinas.
—¿Hacia dónde conduce esa ruta?
—A doce millas está Vallekas City.
—¿A usted lo vieron?
—Soy un excelente cazador. No se me ve si yo no quiero.
—Muchas gracias por su ayuda —dijo McRae, haciendo ademán de alejarse.
—Una última pregunta, si me lo permite —intervino Ronald—. ¿Por qué ha colaborado con nosotros si somos unos desconocidos?
—Buscan las vacunas, ese puto veneno para el ser humano. Espero que las encuentren y las destruyan.
Los dos mandos militares se despidieron del desconocido y subieron en el Rolls Coumenn para regresar a la Esfera. No hablaron durante el trayecto. Aquel cabo Moore que les habían asignado, con barriga, colorado y patizambo, no les ofrecía confianza.
El vehículo llegó a la cúspide de la Esfera y aterrizó despacio. Se despidieron del cabo Moore sin explicaciones y bajaron en el ascensor a la planta donde se encontraba la Unidad de Investigación Inmunológica.
—No dije nada al comisario Torres, pero las precauciones que tomaron eliminando huellas en los vehículos son propias de alguien que conoce la forma de investigar de la Policía.
—Sé a lo que se refiere —dijo Ronald—. Da Costa era un buen policía. Casi hasta le estoy cogiendo cariño…
Al entrar en la unidad, se acercaron hasta la capitana, que estaba repasando su PDA .
—¿Ha ocurrido algo durante tu visita? —Quiso saber McRae.
—¿Qué tenía que ocurrir?
El teniente coronel le contó la llamada del general Roslaw. Nadia se quedó pensativa.
—No sé. Todo ha ido muy normal.
—Repasa cada paso que diste desde que nos despedimos esta mañana.
—Que Roslaw supiera que estabas en las instalaciones de esa unidad no es un secreto —intervino el sargento mayor—, el uso de la credencial de Máxima Seguridad se lo indicaría.
—Ya —interrumpió McRae—, pero eso no le hubiese preocupado. Entramos y salimos de muchos sitios todos los días. Tuvo que ser algo o alguien de ahí dentro al quien no le agradó que vinieras. Repasa cada momento, por favor.
—A ver —dijo Nadia—, llegué con el capitán Stone.
En cuanto apareció la supervisora, Stone me dejó con ella y se fue.
Me enseñaron las salas de experimentación con genes.
Después pasamos a las salas de modificación del ADN .
A continuación, vinieron las instalaciones en las que inoculaban a los voluntarios las vacunas experimentales contra la última mutación del covid.
Al fondo había unas infraestructuras cerradas herméticamente, donde la radiación era muy fuerte, según me dijeron y tal y como indicaba un cartel en la puerta blindada de acceso…
Espera, espera un segundo… Algo raro pasó en las dependencias donde me dijeron que se encontraban los voluntarios para los experimentos.
Ahí distinguí a una mujer con dos niños menores…
—Los menores no pueden someterse a ese tipo de experimentos… —comentó Ronald.
—Es que esa mujer era…
Nadia dejó la frase en el aire. Rebuscó en los archivos de su PDA .
—Esto es, sí. Lo voy a proyectar sobre la pared.
La imagen de la fachada del Museo de la Moneda el día del robo de las vacunas apareció con nitidez. Nadia aceleró las imágenes hasta que llegó a un frame y detuvo la grabación:
—Esa mujer con los dos niños nos la mostró el comisario Torres —dijo Ronald—. La puso de ejemplo de cómo se podía identificar a alguien si no llevaba la cara tapada.
—Así que la recordáis. A ver qué podemos saber de ella.
Cris Laudent. Nacida en Utopía 20AB en 2054. Vive en avenida Adelfas 123, piso 78b. Agente de viajes. Divorciada, dos hijos: Pedro y Adelina, de diez y nueve años respectivamente.
—Son los datos que nos enseñó Torres —dijo McRae—. No puede ser una casualidad. ¿Por qué estaban en las salas de experimentación?
—Igual —soltó Ronald— el comisario Torres cree que saben algo que no dicen y los haya obligado a…
Nadia hizo un gesto con ambas manos, indicando que parase. Estaba pálida.
—¿Te ocurre algo?
—Creo que he recordado algo.
—Fue al pasar por las instalaciones de las que me alertaron sobre su alta radiación…
—Fueron mis Doll Gun… Emitieron una luz de alarma.
—La radiación —afirmó Ronald.
—En ese momento fue lo que creí, pero ahora me doy cuenta de que la luz no era roja, sino morada.
—¿De aire con microorganismos peligrosos?
La capitana asintió.
—Joder, como a nosotros —exclamó Ronald—, cuando las Doll Gun nos alertaron de cambios en la composición del aire y, de repente, aquel tipo implosionó.
—Me parece que, sin querer —concluyó McRae—, acabamos de descubrir dónde se fabrica el covid-84.