Capítulo 32 Indicios
Indicios
D ESPUÉS DE LOS ENTRENAMIENTOS físicos de primera hora, McRae y su equipo repasaron los datos sobre el asalto al Museo de la Moneda y compararon las imágenes que les había pasado el comisario Torres. Les interesaban en particular las de los días anteriores al asalto.
—Observad —dijo McRae—, en las dos grabaciones ocurre lo mismo. Las cámaras detectan a Da Costa abriendo la audioguía y extrayendo el cable interno. Justo antes de que la grabación de la cámara se vaya a negro.
El teniente coronel bajó la velocidad de proyección, dejándola casi a cámara lenta. Los fotogramas pasaron muy despacio: uno por segundo. En las dos grabaciones se observaba cómo una bolita inapreciable, del tamaño de una lenteja, impactaba contra la cámara y la inutilizaba.
—A partir de ahí saltó la alarma, de modo que Da Costa y sus compinches podían controlar los tiempos y las reacciones de la seguridad interna y de la Policía de Utopía.
—En esas grabaciones anteriores, ¿hay algún rostro que coincida? —preguntó Ronald.
—Sí —dijo Nadia encendiendo dos pantallas y fijando la imagen en una mujer—. Traslado todo al Hologram 3D para que lo veamos mejor.
La capitana fue clicando iconos y las imágenes se fueron proyectando a tamaño natural en la sala. Era una joven de unos treinta años, con ropa de camuflaje y gorra de béisbol de los extintos Yankees de Nueva York.
—Esa chica acompaña a Da Costa. Aunque no se les haya visto juntos en las grabaciones, sus miradas y gestos los delatan.
—¿Estás segura? —preguntó McRae.
—Aparece en las dos grabaciones y en ambas, cuando Da Costa saca el hilo de la audioguía, se miran. Y entonces ella se coloca delante de él para ocultarlo.
—Ahora solo nos queda localizarla —dijo Ronald.
—Pásale esas imágenes al comisario Torres —ordenó McRae—. A él le resultará más fácil ubicarla, si es que se mueve por Utopía 20AB.
Desde la puerta, el capitán Stone pidió permiso para entrar. En cuanto oyó un «adelante» del teniente coronel, lo hizo dirigiéndose a Nadia:
—Ya tengo los permisos para visitar sin restricciones la planta de análisis y experimentación, donde se encuentra la Unidad de Investigación Inmunológica.
—Ahora mismo le acompaño, Stone.
—Perfecto. Ronald y yo nos vamos con el comisario Torres a recorrer la posible trayectoria de los vehículos frigoríficos con las vacunas, por si encontramos alguna pista.
En cuanto la capitana Nadia abandonó la sala con Stone, McRae y Ronald se enfundaron el exoesqueleto de combate, cogieron el casco integral y ascendieron hasta la cúspide de la Esfera.
Allí les esperaba el Rolls Coumenn, conducido en esta ocasión por un soldado con dos ángulos dorados en la manga del uniforme: un E-4, un cabo de la Unidad de Protocolo.
Se trataba de un tipo gordito, pelo lacio y olor a colonia cara.
Ronald se acercó a McRae y murmuró:
—Si alguna vez entró en combate, debió de ser para arrebatarle el biberón a su madre.
El teniente coronel apenas sonrió y permaneció en silencio. Una vez dentro del amplio habitáculo circular del vehículo, el muchacho se presentó:
—Mi teniente coronel, soy el cabo Moore. Me han asignado a su servicio en el día de hoy.
—Llévenos a la comisaría centro.
El vehículo se alzó cinco metros y comenzó a desplazarse despacio. McRae y Ronald dirigieron sus miradas al exterior, desde la altura a la que volaba aquella especie de platillo contemplaban las glandes avenidas y los edificios de Utopía 20AB, repletos de pantallas publicitarias.
Cyborg Security le ofrece la seguridad y la atención que usted necesita para su vivienda. No solo protegemos su morada, también atendemos sus necesidades diarias….
En esta ocasión, el anuncio mostraba a un robot limpiando el polvo de unas estanterías. De repente sonaba una alarma y el sirviente mecanizado arrojaba al suelo la mopa y se rasgaba la camisa para mostrar su pecho metalizado.
—Mucha felicidad en este Mundo Utópico —dijo Ronald—, pero siguen vendiendo miedo.
—Esa es la diferencia con los soldados King Ciborg de la Frontera. Que carecen de miedo.
—Quiero terminar pronto esta misión y, en cuanto me asciendan, pediré destino en Hawai.
Necesito alejarme de este mundo enlatado.
Quiero la tranquilidad de las playas de Big Island, aislarme en el Valle de Waipio, tomar un auténtico café de Kona al amanecer y dejar atrás estas ciudades amuralladas de habitantes superprotegidos, débiles e infantiles.
Estoy harto de «personajes altamente sensibles», necesitados de tanta terapia que han terminado por ser sujetos permanentemente descentrados.
Estoy asqueado de vendedores de necesidades, de profesionales del desarrollo personal y espiritual.
Necesito impregnarme del espíritu Aloha.
—Pronto estarás sobre las arenas de Big Island, lejos de este mundo disneyficado. Cada vez estamos más cerca de nuestro…
Las palabras del cerebro del vehículo le impidieron continuar:
Hemos llegado a la Comisaría Centro. Descendemos.
En cuanto el vehículo tomó tierra enfrente de la puerta principal de la comisaría, el cabo solicitó nuevas órdenes.
—Espérenos aquí fuera. Apenas tardaremos.
Al descender, lo primero que vieron fue la cara de bulldog del comisario Torres, que en esta ocasión se había enfundado el sombrero panameño sobre la cabeza.
—He de decirles que su envío nos ha sido muy útil —dijo, a modo de saludo.
—¿Ya la han localizado? —preguntó McRae.
—No, aún no, pero será cuestión de horas.
—¿De quién se trata?
—Era una sospechosa de pertenecer a la organización terrorista Vallekas Resistente. Nunca la habíamos detenido porque carecíamos de pruebas, pero su hallazgo cambia las cosas…
Un vehículo policial comenzó a descender muy cerca de ellos. Se situó a la puerta de la comisaría.
—Hemos hallado el lugar donde dejaron los vehículos frigoríficos —informó Torres—. Voy ahora para allá. ¿Quieren acompañarme?
McRae y Ronald se introdujeron en el Rolls Coumenn y siguieron al comisario a poca distancia. Veinte minutos después, descendieron hasta lo que parecía un gigantesco desguace.
—Otra contradicción —dijo Ronald, al descender del Rolls—. Defienden energías limpias, reciclaje de productos y aire no contaminante y aún siguen sin saber qué han de hacer con toda esta basura de la primera generación de turbinas.
—Nunca pesé que existiese esto —balbuceó un desconcertado McRae.
—Cada vez producen más y más energía —continuó Ronald, visiblemente enfadado—. Recuerdo haber leído que al comienzo del New World, solo se producía una centésima de los GW de hoy en día. ¡Cien veces más y siguen sin preocuparse por la contaminación de los primeros modelos!
—¿Cómo sabe usted tanto de esto?
—Mi padre trabajó de vigilante de un desguace como este.
Mis hermanos y yo nos criamos corriendo entre torres, góndolas y palas de las empresas eólicas que desechaban porque decían que había que renovarlos a los treinta años.
Algunos tenían salida como piezas de repuesto en el mercado de segunda mano, pero las palas se fueron almacenando sin posibilidad de reciclaje.
El caso es que a mi padre le diagnosticaron un cáncer, seguramente originado por estos compuestos tóxicos.
El comisario Torres se acercó con dos policías uniformados.
Al llegar a la altura de Ronald y McRae, pidió que le siguieran.
Atravesaron el predio entre las piezas almacenadas en torres a la espera de su achatarramiento.
Entre algunos turismos oxidados sobresalían tres Fiat frigoríficos, rodeados por cintas con el logo de la Policía.
En ese recinto cerrado, policías enfundados en trajes aislantes examinaban los vehículos y el terreno circundante.
—¡Por fin tenemos los Fiat utilizados! —anunció Torres, al tiempo que un policía, enfundando en una bata blanca, salió de la zona perimetrada y se acercó a ellos.
—No les prendieron fuego para que no los localizáramos pronto, lo que les dio varios días de ventaja. En cambio, rociaron el interior con ácido fluorhídrico y no quedaron restos orgánicos. Imposible encontrar una muestra de ADN . Sabían lo que se hacían.
—¿Ni una mísera huella? —preguntó el comisario.
El hombre negó con la cabeza.
—Quien lo hizo conocía a la perfección nuestra forma de actuar.
—¿Sabemos algo de los vehículos?
—Son coches frigoríficos de hace setenta años.
Fueron reparados con piezas nuevas para la ocasión, pero poco se ha podido sacar porque han borrado los números de serie del bastidor y casi todo lo que parece original es de repuesto.
Además, fueron pintados recientemente. Estamos raspando la pintura, por si debajo hay algún indicio que nos indique de dónde salieron.
—¿El tipo y marca de la pintura les ha dicho algo? —preguntó McRae.
—Es pronto. Necesitaremos unos días más para analizar todo en profundidad.
En ese momento el cabo Moore, respirando agitadamente, se acercó hasta el grupo.
—El general Roslaw quiere hablar con usted, teniente coronel. Puede comunicarse con él desde el Hologram 3D del Rolls.
McRae asintió y se introdujo en el vehículo. El cabo encendió el holograma y al instante apareció la figura del general. Sin perder tiempo, McRae le informó de las últimas novedades.
—No parece gran cosa —dijo el general—. Espero que avance un poco más dentro de poco y que tengan algo más que unas pistas más bien endebles.
—Eso esperamos todos, señor —respondió McRae, preguntándose si el verdadero motivo de la llamada por parte de Roslaw era enterarse de aquellas noticias.
No debió esperar mucho para salir de dudas.
—También quiero que me informe del porqué de ese interés de la capitana Nadia Comer en la Unidad de Investigación Inmunológica.
—No está conmigo. En cuanto la vea se lo preguntaré.
—¿No pertenece a sus comandos?
—Sí, señor.
—Pues es de su competencia saber lo que investiga una subordinada suya sin estar autorizada.
—De inmediato lo averiguaré y se lo trasladaré a usted sin demora.
—Eso espero.