Vallekas 2084 Capítulo 31 Las sospechas de Da Costa
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Capítulo 31 Las sospechas de Da Costa

Las sospechas de Da Costa

Tanto era así que el número de alumnos se había incrementado exponencialmente: de los cien iniciales de unos meses atrás a los ya más de trecientos actuales.

Eso obligaba a establecer graduaciones entre veteranos y recién llegados.

En total, tres rangos. De los reclutas se encargarían los monitores y alguno de los alumnos veteranos, mientras que él se centraría en los miembros más avanzados, a los que enseñaría técnicas de combate más sofisticadas.

Da Costa añadió al juego las ropas y las capuchas negras con el logo del As de Picas en el pecho, lo que disminuía la visibilidad de los jóvenes, al mimetizarse con las sombras.

Además, para incrementar la dificultad, los cazadores podían utilizar unos drones diminutos mientras sus presas se deslizaban por las azoteas.

Estos últimos solo podían portar says , estrellas metálicas y gomeros con bolas metálicas para derribar los drones.

Da Costa había adquirido varias docenas por un bajo precio en el mercado negro con ese único objetivo.

No habría ganadores o vencidos, pero los que alcanzasen la iglesia sin ser detectados serían los elegidos para misiones posteriores y oficiarían como la élite de los Ases de Picas.

De hecho, obtendrían así el rango de hatamoto , aunque los jóvenes preferían llamarlos «capitanes», por ser palabra más castiza.

Era, en suma, un juego del gato y el ratón por los cielos de Vallekas.

Y todos sabían que resultaba imposible recorrer la distancia que separaban ambos puntos de tejado en tejado, por lo que en determinados momentos tendrían que bajar y avanzar por la calzada.

Ese sería el instante más peligroso: cualquiera que fuera detectado en el suelo se convertiría en un blanco fácil para aquellas bolas de pintura que viajaban a una velocidad endiablada.

Da Costa no solo pretendía un entrenamiento especial de sus ninjas —como a menudo ya los llamaban en los billares de Vallekas—, sino que, al repetir sucesivamente el entrenamiento, los muchachos terminarían por volverse mucho más hábiles, corrigiendo sus fallos hasta llegar a convertir la carrera en una prueba de obstáculos, como si Vallekas entera fuera una pista de combate.

La primera vez que se realizó la prueba, los jóvenes, tensos a las doce menos cinco de una noche de luna nueva y cielo estrellado, sospecharon que una gran helada les esperaba al amanecer.

Los nervios se estaban apoderando de los jóvenes, algo malo para ellos.

Su senséi les había advertido que deberían controlarse y mantener la calma, pues solo así podrían acabar la carrera.

Y sobre todo evitar algún accidente por los tejados.

Dieron la doce en punto y el silbato de Da Costa sonó.

El juego extremo había comenzado.

Da Costa empezó a seguir el movimiento de los jóvenes a través de unos prismáticos de infrarrojos, subido a un antiquísimo jeep descapotable de la muy lejana II Guerra Mundial, como si fuera un general supervisando a sus tropas.

A su lado, Héctor vigilaba la trayectoria y los posibles fallos de los drones.

Les acompañaba a poca distancia una UCI móvil, por si alguno de los jóvenes se caía.

El primer entrenamiento terminó pronto. Al cabo de media hora toda la sección Alfa había sido alcanzada por alguna de las balas de pintura o había quedado estancada en algún tejado sin poder continuar. En el segundo entrenamiento, con la sección Omega, ocurrió lo mismo.

Fue a partir de ahí cuando, por iniciativa propia, los jóvenes colocaron amarres para escalar las paredes y tiraron cuerdas desde diferentes fachadas.

Hubo que realizar siete entrenamientos para que uno de los jóvenes llegase por fin hasta la iglesia de San Pedro ad Vincula sin ser detectado por la unidad contraria ni alcanzado por una bala de pintura.

Y fue Gitano el primero en romper con la idea de que la prueba era imposible.

Se convirtió así en el primer capitán de la Brigada As de Picas.

Y Leticia, un par de entrenamientos después, en la capitana.

Poco a poco más y más jóvenes lograron terminar la prueba con éxito.

Ahora Vallekas, desde sus tejados hasta sus calles, era completamente suya, podría decirse.

A QUEL DOMINGO , Da Costa había decidido tomarse el día libre.

Llevaban muchos días seguidos de entrenamientos y todo el equipo —tanto monitores como alumnos— necesitaba descansar.

Entró temprano en El Rincón de Madrid. Como siempre, las televisiones bombardeaban con noticias y publicidad, mientras Lolo se encontraba detrás de la barra y Sara tomaba su té matcha.

Los monigotes asexuados del Canal Utopía explicaban el avance de una guerra más allá de la Frontera. Esa mañana Carla acompañaba a Sara.

—¿Cómo tú por aquí?

—Tengo que recoger unos análisis en el hospital.

—Carla es una mujer fuerte —dijo Sara—. Todo va a ir bien.

—Los médicos son optimistas, así que no le tengo miedo.

—Entonces —intervino Da Costa—, no hay razón para el pesimismo.

—Ánimo, campeona —alentó Sara, dándole una palmada a Carla en el muslo—. Piensa que después tendremos un día tranquilo. Lolo se va a encargar de todo. Nosotras nos dedicaremos a jugar a las damas, a pasear o a ver las cadenas de televisión tumbadas en el sofá.

Da Costa volvió a concentrarse en las noticias sobre la guerra.

Lo que más le llamaba la atención de las imágenes de bombardeos y explosiones que resplandecían en la oscuridad, sin que se mencionara dónde se sucedían, era la ausencia de cadáveres y heridos.

Tal vez buscaban evitar herir la sensibilidad del espectador o la disminución del reclutamiento voluntario.

Se está produciendo un gran debate en las diferentes direcciones generales sobre qué se debe hacer con los prisioneros, dado el gasto social que suponen. Recordemos que la política de Mundo Utópico es eliminar todo gasto…

La eliminación de todo gasto social era la gran obsesión desde que Trump había inaugurado la Edad de Oro.

La Deuda Pública Cero, la ZPD en la jerga política, se había convertido en el horizonte de las direcciones generales.

El único gasto estatal que el cibercapitalismo mantenía, generando una deuda gigantesca, venía de su potente aparato militar, que abarcaba bases militares —convertidas en enormes ciudades autónomas—, potentes ejércitos y sofisticados armamentos, tanto en la Tierra como en el espacio.

Se pretendías así proteger Mundo Utópico y sostener el robo de recursos financieros y materias primas a los territorios de los Estados Fallidos.

Y ahora los dirigentes se preguntaban qué hacer con los prisioneros de guerra. No les quedaban más que tres opciones: matarlos, convertirlos en esclavos en las bases espaciales o liberarlos de nuevo en la Frontera o en los Estados independientes, reflexionó Da Costa.

Happy Space, lo que estabas esperando para tus vacaciones. Por un módico precio podrás pasar quince días conociendo y disfrutando de nuestra base lunar. Un mundo sin gravitación, lleno de atractivos y sorpresas que…

Lolo se acercó a Da Costa con una bandeja.

—Su desayuno —dijo, disponiendo sobre la mesa el café con leche, las tres porras y el vaso de zumo, esta vez de granada.

Da Costa se lo agradeció sin prestarle mucha atención, atento al noticiario y su publicidad. Siguiendo su mirada, Lolo echó un vistazo de refilón al anuncio.

—Qué ridículos son, joder. Suben hasta la Luna para sumergirse en un spa que tienen en cualquier calle de Utopía 20AB.

Smith Gurú te enseña la Filosofía Sintiente, la nueva forma de vida: no importa qué es el ser humano , lo importante es cómo te sientes .

—El Feeling Good, Looking Good de toda la puta vida —dijo Sara, soltando una gran carcajada.

Los pocos clientes de aquella mañana dirigieron su atención a la otra pantalla, a una noticia que emitían en TV-Vallekas. Una locutora, acompañada de varios vecinos junto a la boca del metro de Buenos Aires y bajo la sombra de uno de los nuevos rascacielos de Vallekas, mostraba unas fotos.

… imágenes captadas por algunos vecinos de Vallekas, quienes las han remitido a esta cadena de televisión y también a la Policía.

—Está con nosotros Milo. ¿Qué vio usted exactamente la pasada noche, antes de irse a dormir, tal y como nos ha contado?

—Pues a unos individuos enmascarados con ropas negras, que escalaban el edificio. Parecían gatos… Solo se les veían los ojos.

—¿No serían operarios arreglando algún desperfecto?

—Qué coño iban a ser operarios. Aquellos mendas trepaban y corrían por las azoteas, sin detenerse.

—¿Está usted seguro?

—¡Pues claro, hostias! Incluso los grabé…

Había preocupación en la mirada que Carla le dirigió a Da Costa, que terminó rápido el desayuno y se despidió de los tres jóvenes, aunque Sara no le prestó atención, ocupada como estaba en rezongar contra los anuncios de la Filosofía Sintiente.

Da Costa se alejó en dirección al Cerro del Tío Pío.

Era preciso que encontrase a Hetty y le explicase las razones de esa noticia.

Habría que tranquilizar a los vecinos y nadie mejor que ella para calmarlos.

Sospechaba que, al ser domingo, si no tenía compromisos con la agencia de viajes Cibertatis y los Medem Trash, la mujer se hallaría en alguno de los montículos del parque, tratando de plasmar sus recuerdos del interior de la Esfera.

Al cabo de media hora, Da Costa ascendió por uno de los cerros y la encontró con su caballete, dando pinceladas a uno de sus lienzos. Se saludaron y él le explicó brevemente el motivo de su visita.

—Algunos vecinos lo comentaron en la Junta, pero se les calmó. Yo ya sabía por mis nietos lo de las correrías por los tejados.

—Lo que me importa es que los ciudadanos no se alarmen.

—Ya se ha lanzado un aviso a través de la red Howdy-Vallekas.

—¿Qué es eso?

—Nuestra red social horizontal de comunicación. Es el canal que usamos desde el gobierno de Vallekas para informar a todos los ciudadanos de forma inmediata. Así evitamos intoxicaciones y fake news interesadas.

—Su nieto me explicó algo de la comunicación horizontal.

—La más adecuada para que no te detecten, pues la información no va a satélite alguno, por lo que no se registra.

—¿El ciudadano puede intervenir?

—No, es una comunicación solo de ida. Si pudieran intervenir dos millones de personas, sería una locura. Sería incontrolable. Y hablando de información. ¿Se puede saber por qué ha puesto a los jóvenes a saltar de edificio en edificio?

Da Costa no respondió. Se limitó a mirar la pintura.

—Parece que ya le queda poco para completar todo el interior de la Esfera.

—Aún me queda detallar un poco por aquí. —Y señaló con la punta del pincel una zona donde unas figuras vestían de blanco.

—¿La enfermería?

—No, ese es el centro en el que nos tenían como cobayas, experimentando con nosotros.

—¿Aún se acuerda? Tiene usted una buena memoria, no cabe duda…

—Cómo olvidarme de aquello. Te decían que te iban a curar una enfermedad que en realidad no tenías para que les entregases tu voluntad.

—Sospecho que a estas alturas usted ya sabe qué era lo que buscaban.

—Claro que lo sé —reveló la mujer, mientras se liaba con parsimonia un cigarrillo de picadura—.

Buscaban lo único que no ha sido capaz de subsumir en sus entrañas el cibercapitalismo: vencer a la muerte.

Han controlado la realidad y han convertido todo en mercancía.

La muerte es lo único que se les resiste.

Siguen sin vencerla. De ahí el objetivo de esos experimentos: alcanzar la vida eterna… Pero solo para unos pocos.

Los sótanos del portaaviones Kein Platz llegaron con toda intensidad a la memoria de Da Costa. Sin embargo, los alejó de inmediato. Tenía que hacer esa pregunta que llevaba ya unos días rondando por su cabeza.

—¿Por casualidad no conservará una foto suya de aquella época?

—¿De cuando me internaron en la Esfera?

—Sí, más o menos de esa época.

—Tengo una de cuando me adoptó la familia de Vallekas, unos años después.

—¿No la llevará consigo?

—¿Para qué la quiere?

—Para comprobar si ya entonces tenía usted esa mirada maliciosa…

La mujer rebuscó entre sus pertenencias y sacó una foto de su cartera.

—Aquí me tiene. Como verá, era más mona…

Da Costa miró el retrato.

Un escalofrío recorrió su cuerpo.

Era ella.

Ahora solo le quedaba lo más difícil: decirle la verdad.