Capítulo 30 La tensión de McRae #2
Después se sucedieron, con un minuto de diferencia entre cada una de ellas, las imágenes de las explosiones de otras estatuas similares. A continuación, se proyectó el plano de toda Utopía 20AB, donde, mediante estrellas de color rojo, se marcaba el sitio de cada atentado.
—Como pueden comprobar —continuó Torres—, si consideramos que la ciudad tiene forma de hexágono, las explosiones se han producido en los vértices. El objetivo estaba claro: llevar a las escasas patrullas policiales de aquel domingo por la mañana lo más lejos posible del museo.
—¿Ha reivindicado alguien esos atentados? —preguntó McRae.
—De momento, no.
El Hologram 3D volvió a la imagen de la avenida del museo. Se veía la puerta de entrada. Un par de jóvenes se inclinaban sobre el carril de deslizamiento de las verjas.
—Seguramente colocan algo ahí. Fíjense: apenas terminan las explosiones, bloquean las verjas del museo. Ahora es cuando hacen saltar la alarma.
—Según se nos ha informado —intervino Ronald—, al salir los soldados fueron rodeados por esos muchachos y los desarmaron sin violencia.
—Así es. Nadie sufrió daños, salvo el sargento al mando, que fue arrastrado hasta el Centro de Control y se le obligó a acercar el ojo al visor para abrir la cámara frigorífica. Es la única víctima.
En la proyección se veía cómo tres furgonetas frigoríficas de pequeñas dimensiones estacionaban delante del museo.
De los asientos de los copilotos se bajaban sus ocupantes, quienes abrían a toda velocidad el portón trasero.
Al minuto, salían del museo grupos de jóvenes, portando cajas que introducían en los vehículos.
McRae se fijó en que todos los chicos llevaban guantes ignífugos.
—Son vehículos muy antiguos continuó el comisario, —posiblemente de hace sesenta años. La marca es Fiat, que ya ni existe. Usaban de combustible el diésel, que no solo no se utiliza, sino que incluso, como saben, está prohibido en algunas Utopías.
—¿Han aparecido esos vehículos? —preguntó McRae.
—No, pensábamos que las íbamos a encontrar calcinados en algún lugar, pero no han cometido ese error.
—¿No hay imágenes del satélite que muestren su trayectoria?
—Solo hasta que salen de Utopía. En cuanto traspasan sus murallas, el rastro se pierde.
—Un millón de dosis ocupan poco más de un metro cúbico de espacio —reflexionaba Ronald—. ¿Por qué utilizar tres furgonetas?
—Es fácil de entender —respondió un condescendiente Torres—. Si lo meten todo en una y la detenemos, la operación se vuelve un total fracaso. Sin embargo, si lo meten en tres e intervenimos, a lo mejor consiguen escapar con algún cargamento.
—Me preocupan los antivirales —opinó Nadia—. ¿Se ha detectado algún punto en el que se haya incrementado la vacunación o donde se haya movido el cargamento en el mercado negro?
Torres negó con la cabeza.
—Eso confirma que la operación estaba calculada en todos los extremos.
Las explosiones de estatuas son un acto terrorista muy empleado por el grupo Vallekas Resistente, lo que nos ha llevado a inferir que todo pudiera venir de ese Estado.
Sin embargo, de momento no han reivindicado los atentados y tampoco hay movimiento alguno que indique que la carga robada se oculta en Vallekas.
—Comisario Torres —dijo McRae—, a usted le interesan las vacunas y a nosotros el individuo que se encuentre detrás de todo esto. Por eso le propongo que colaboremos, como ya le dije desde el principio.
Después de establecer las pautas de coordinación y despedirse, McRae sintió que necesitaba dar un paseo por Utopía 20AB para despejarse y sumergirse en el ambiente.
Nadia se encaminó de nuevo a la Esfera con el capitán Stone para consultar algo con los responsables del Departamento de Análisis y Experimentación, tratando de aprovechar la nueva acreditación de Seguridad Máxima para que esta vez le respondieran sin subterfugios.
Ronald acompañó a McRae en su recorrido por las avenidas de la ciudad.
—Sigo sin acostumbrarme a la vida en las Utopías —dijo mientras contemplaba los anuncios—.
Prefiero las bases militares, más sobrias y menos esperpénticas.
Allí todo es más real, aquí parece que triunfa el simulacro, como si la vida no fuera una vida real, como si fuera una vida que no se llega a vivir, sino que tan solo se existe. No sé si me explico, teniente coronel.
—Perfectamente. Pero tenga en cuenta que la mayoría de la gente no podría vivir como nosotros, sin descanso y siempre embarcados en alguna misión de un lado a otro del mundo, mientras ponemos nuestra vida en peligro y alijados de nuestros seres queridos.
—¿Aquí la gente es más feliz?
—No lo sé, Ronald, no lo sé —dijo McRae, deteniéndose a encender un Lucky Strike mientras contemplaba el anuncio proyectado en el panel luminoso que colgaba de la fachada frente a ellos.
En la imagen se veía a un robot de color blanco desplazándose por las habitaciones de una vivienda, mientras llevaba una mopa en la mano. Luego acunaba a un bebé y después daba de comer a un perro enano y a un periquito.
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—No conocía yo estos robots. Igual me tengo que comprar uno —comentó Ronald con algo de soma—. Así, cuando esté fuera, no necesitaría pagar a alguien para que cuidase de mi bulldog francés.
—Desde la Dirección General vendieron que lo más liberador para el ser humano es el ocio. Pero, si le soy sincero, cada día que pasa mis creencias se acercan más a las de mi Tata y creo que todo lo que llamaban liberador se ha convertido en opresor. Todo esto tiene algo de siniestro.
—¿Se ha fijado? La gente no nos quita ojo.
—¿Le parece extraño, Ronald? Somos los únicos que vamos uniformados, con estos exoesqueletos negros y la calavera blanca de la Brigada dibujada a la altura del corazón. Debemos ser para ellos como extraterrestres.
Una luz roja seguida de un pitido proveniente de las Doll Gun les alertó de un peligro inminente: un cambio repentino en la composición del aire en algún sitio cercano, aunque no identificado.
Bajaron los visores de los cascos integrales de combate y se colocaron espalda con espalda, esperando la agresión.
A poco más de seis metros, junto a una tienda de moda fosforescente, un individuo enormemente grueso comenzó a convulsionar y babear una espuma verdosa.
Una de las pequeñas naves de emergencias sanitarias que sobrevolaban el primer nivel se aproximó a él y desplegó desde la base una campana de cristal blindado que se apoyó en el suelo, alrededor del sujeto.
El hombre implosionó dentro de la campana, ante los gritos de terror y los rostros desencajados de los viandantes, que empezaron a apretar el paso para alejarse lo más rápido posible de allí.
—Es horrible… —dijo Ronald, pálido.
—Es mucho más que eso —comentó McRae mirando detenidamente las luces que habían brillado en las Doll Gun.
—¿A qué se refiere?
—En nuestras Doll Gun se han encendido las luces que indicaban cambios peligrosos en la composición del aire.
—¿Como si se hubiera usado un arma biológica?
—Eso parece.
—Entonces usted cree que…
—Tenemos que averiguarlo, pero me parece que esta nueva mutación del virus del covid es, en realidad, una creación de laboratorio.