Capítulo 30 La tensión de McRae
La tensión de McRae
—Bienvenido de nuevo, señor. Siempre es un honor poder contar con su visita. ¿Cuántos días estarán en esta ocasión con nosotros?
—No lo sabemos. Lo único que le puedo adelantar es que el plazo máximo será hasta fin de año.
—Yo me conformaría simplemente con poder tomarlas —dijo un cáustico McRae—. Aunque fuera en el infierno.
Desde aquel privilegiado observatorio que facilitaba la altura de la Esfera, el teniente coronel, inmóvil, observó la gigantesca ciudad denominada Utopía 20AB, donde se calculaba que vivían cerca de veinte millones de habitantes.
Registró los colores y las imágenes de los paneles publicitarios, el silencio de calles vacías al amanecer e imaginó el olor a jazmín y a perfumes exóticos que flotaban en el aire.
En la cúspide de la Esfera, frente a aquella macrociudad, McRae sonrió.
Había recordado la ingenuidad de la vida bucólica en las aldeas, de las cuales le había hablado la Tata cuando él era un niño.
La concentración en monstruosas urbes se había impuesto.
Nada pudo competir ante la concentración de servicios comerciales e industriales, a los que enseguida se sumaron los mercados de programación, ingeniería, innovación, financiero y la intensiva afluencia de mano de obra cualificada, a la que se le ofrecía una vida llena de felicidad y placer.
Todo le hacía pensar que efectivamente vivían en el mejor de los mundos posibles, como sostenían desde la Dirección General parafraseando al ilustre matemático y filósofo Leibniz.
Tal vez fuera verdad. No tenía elementos de juicio en contra, porque, aparte de las Utopías, lo que conocía eran las espartanas bases militares y los territorios de los Estados Fallidos habitados por las bandas de los King Ciborg y las tribus autóctonas.
Aquellos lugares donde no existía el orden se le antojaban mucho peores.
Las grandes empresas entraban en ellos con ejércitos de mercenarios perfectamente armados para esquilmar materias primas y minerales esenciales para el funcionamiento técnico de las Utopías, por lo general con la connivencia de jefes tribales que también se beneficiaban.
En las guerras en la Frontera, los King Ciborg eran los más peligrosos, pues habían desarrollado tecnología hasta el punto de trasplantarse extremidades mecánicas, convertidas en armas de todo tipo frente a los Ejércitos de las Utopías.
Se trataba, además, de fanáticos religiosos que se creían el pueblo elegido por su dios para conquistar la Tierra.
En cualquier caso, a él le había tocado la misión de defender esta parte del mundo.
—Mi teniente coronel… —susurró Stone, como si pretendiera sacarlo de un trance.
—¿Sí? —contestó, sin apartar la mirada del horizonte.
—Igual quieren descansar del viaje.
—Llévenos a nuestras habitaciones. Aunque más que descansar tenemos que ponemos a trabajar de inmediato.
Siguieron a Stone al interior de la Esfera. El capitán les mostró la habitación de cada uno y una sala de reuniones con todos los avances tecnológicos, desde el Hologram 3D a una variante de Olga-09 de Inteligencia Artificial Multimodal.
—Dentro de una hora nos vemos en esta sala —indicó McRae a Nadia y a Ronald—. Traed todo lo que hayamos averiguado.
—Si necesitan algo, no tienen nada más que pedirlo —se ofreció Stone.
—Precisaríamos un vehículo, un guía que nos lleve al Museo de la Moneda y una cita allí con al jefe policial responsable de la investigación sobre el robo del millón.
Stone, no sin cierto desconcierto ante la noticia de un robo que seguramente desconocía, se ofreció él mismo como guía.
De hecho, una hora después, los esperaba puntualmente en la sala de reuniones.
Le siguieron hasta al exterior, donde les esperaba el mismo vehículo que habían utilizado cuando fueron al lavadero de aerotaxis Tifus 09 a recuperar el chidint de Peter Marlow.
Se trataba del nuevo modelo de Rolls Coumenn.
La cúpula de cristal blindado se levantó y se acomodaron en su interior, en aquel único asiento circular alrededor de un Hologram 3D conectado a Olga-09.
En cuanto todos estuvieron instalados, el capitán ordenó a la máquina:
—Destino: Museo de la Moneda.
La cúpula descendió y, cuando estuvo ajustada, el vehículo comenzó a elevarse despacio.
—¿Ha podido conectar con el responsable de la investigación? —preguntó McRae.
—Sí, se trata del comisario Torres. En cuanto le he informado de que estaba usted aquí, me ha dicho que se pone a su disposición para lo que necesite. Ha quedado en esperarnos en el museo.
A través de la cúpula acristalada del vehículo se veían los anuncios y las imágenes de las enormes pantallas situadas en las fachadas y en mitad de la vía.
Se percataron de que había un anuncio que se repetía en tres pantallas diferentes a lo largo del trayecto.
Mostraba a una familia cuyos miembros, uno a uno, se levantaban somnolientos y se dirigían a la cocina, llenaban un vaso de agua, abrían un armario y sacaban un frasco con cápsulas de gelatina de color rosa.
Después de que cada uno tomara una, el padre, la madre, el hijo y la hija, todos gorditos y con las mejillas sonrosadas, sonreían con dentaduras blancas, brillantes, iluminados por un sol que aparecía en el horizonte, bajo un cielo claro, muy distinto del que realmente se veía desde la ciudad.
Happiness Pills, el chute de felicidad para comenzar un nuevo día. Una al día, nada más levantarte. No dejes que el destino regule tu felicidad. Tú eres quien debe convertirla adversidad en una oportunidad para crecer y triunfar.
—Vaya mundo. No sabemos movernos sin tomar algo —dijo Ronald, mientras miraba el anuncio.
—Más bien sin consumir algo —puntualizó Nadia.
McRae metió la mano en el bolsillo interior de su traje de kevlar ligero y palpó las pastillas que llevaba y que distinguía solo por el tacto, sin necesidad de verlas: la energética acumulativa, la calmante para relajarse y la de potencia muscular instantánea.
La de la felicidad no la necesitaba. De momento.
El Rolls Coumenn descendió y estacionó delante de la puerta del museo.
Se abrió la cúpula y los pasajeros descendieron.
Un hombre chaparro, con poco cuello, cara de perro bulldog y traje negro, camisa roja y corbata blanca, de mirada achinada, pelo a cepillo y nariz chata, se dirigió a ellos mientras apretaba un sombrero panamá en las manos.
—Soy el comisario Torres. He hablado hace una hora con alguien de ustedes.
—Sí, fue conmigo —dijo el capitán Stone, que le presentó a los integrantes de la Brigada Génesis que le acompañaban.
Cuando el comisario estrechó la mano enguantada de Robert McRae, dijo:
—¿Así que es usted a quien he de entregar todo lo averiguado hasta ahora?
—No sienta que le relevo en la investigación, comisario. Considere que venimos como refuerzo.
Torres les indicó que lo siguieran. Los llevó en ascensor al sótano segundo, al Centro de Control y a la cámara frigorífica asaltada, en aquellos momentos llenas de policías. Después los llevó a una sala con una mesa amplia y ovalada. Un Hologram 3D pendía del techo.
—Tomen asiento.
Los tres mandos de la Brigada Génesis y el capitán Stone se sentaron dejando un asiento libre entre cada uno. El comisario pulsó un botón de un cuadro de mandos sobre la mesa y el Hologram 3D proyectó una luz azulada en forma de cono.
—Las imágenes de que disponemos se irán proyectando mientras les doy una breve explicación de cada una.
El comisario pulsó otro botón y se desplegó la imagen del museo en un plano cenital y el foco comenzó a acercase hasta que el holograma mostró un grupo numeroso de personas entrando en el edificio.
—Como todas las grabaciones interiores fueron borradas, solo nos quedan las del satélite.
Esa multitud que ven fueron los jóvenes que aquella mañana accedieron al museo.
Todos llevan gorras de béisbol, obviamente para evitar ser identificados.
Si la imagen se acerca más mientras alguno mueve la cabeza, tampoco se les puede identificar por el iris.
Todos llevan algo que lo impide en las pestañas.
—Parece tintura de khol árabe o kajal —apuntó Nadia—.
No sabría distinguirlo. Solía emplearse como protección para los ojos contra el polvo y la luz solar intensa.
Su composición a base de minerales, como la galena o antimonio, repele las agresiones.
Entre ellas, por supuesto, las de los escáneres que leen el iris.
—Tenía usted razón, teniente coronel, van a ser de gran ayuda sus conocimientos.
—Una pregunta, comisario —intervino Ronald—. ¿Nadie sospechó al ver esa multitud de jóvenes accediendo al museo?
—Recuerde que no se les detectó en la entrada ningún objeto peligroso y que el museo suele ser visitado por contingentes de estudiantes.
En el Hologram 3D se distinguió a una mujer, de unos treinta y tantos años, con un niño y una niña de la mano.
No llevaban gorra de béisbol, tampoco tintura en los párpados.
La máquina comenzó a medir coordenadas y alrededor de una de las pupilas de la mujer aparecieron números y círculos concéntricos.
Sobreimpreso al rostro, se desplegaron sus datos, que una voz mecanizada fue leyendo:
Cris Laudent. Nacida en Utopía 20AB en 2054. Vive en la avenida Adelfas 123, piso 78b. Agente de viajes. Divorciada, con dos hijos: Pedro y Adelina, de diez y nueve años respectivamente.
El comisario pulsó otro botón del cuadro de mandos situado sobre la mesa y aceleró la velocidad de reproducción.
No se percibían movimientos en la avenida.
La hora aparecía sobreimpresa. De pronto, la imagen cambió, mostrando una calle con una estatua de mármol de Carrara que representaba a una mujer.
Instantes después, una explosión reventó la escultura.
—Fíjense en la hora: 9:30.