Capítulo 29 De nuevo en Utopía 20AB
«Siervas de María Auxiliadora», había leído sobre la puerta principal, en un letrero desdibujado de color azul, con manchas pardas de humedad.
En la fachada blanca, entre azulejos portugueses —los famosos pombalinos — se intuía, maltratada por el tiempo, la inmaculada imagen de la virgen con el niño Jesús en el regazo.
El edificio se encontraba cerrado. La mayoría de los cristales de las ventanas enrejadas estaban rotos y el cableado exterior había sido arrancado.
En el interior la naturaleza se había adueñado de todo.
Se veían ratas corriendo por lo que quedaba del suelo.
Algunas zonas del techo se habían hundido.
Da Costa había llegado a un callejón sin salida. Pensó, mientras se alejaba de aquella ruina, que podría arrojar algo de luz sobre el destino de su hija dirigiéndose a la parroquia del antiguo distrito donde se ubicaba el orfanato.
Subió la veintena de escalones que separaban la plaza de Juan Malasaña de las puertas de madera de la iglesia de San Pedro ad Vincula.
El interior apenas había sufrido cambios: aún conservaba los bancos de madera y el ajedrezado en el suelo de baldosas de color blanco y gris grafito.
Avanzó hacia el altar, donde habían situado a la Virgen de la Torre.
A los pies de la imagen distinguió a la única persona presente en el templo: una mujer mayor cambiando las velas.
Le preguntó dónde podría encontrar al párroco y la mujer le indicó que se dirigiera a la capilla de Nuestra Señora del Rosario, situada a la cabecera de la iglesia.
Da Costa conocía bien esa capilla: la había visitado en alguna ocasión, en otro tiempo, acaso en otro mundo.
Sabía que se trataba de una de las aportaciones más originales de la arquitectura barroca, que era utilizada en ocasiones como sacristía y capilla del Santísimo.
En ella, un hombre limpiaba un cáliz dorado con un pañuelo.
Se trataba de un anciano bajito, de pantalón gris y jersey negro, con gafas.
El hombre se identificó como el padre Pablo, responsable de la parroquia.
Da Costa se presentó como Lucas y le explicó qué estaba buscando.
—Verá, las Siervas de María Auxiliadora fue un colegio para huérfanos del antiguo barrio de Vallekas… —dijo el sacerdote, mientras se encaminaba por el pasillo hacia el exterior de la capilla, como si le molestase hablar en el interior.
Al llegar a la calle, continuó:
—Si no me falla la memoria, se debió cerrar sobre el año seis o siete de la New Reality, lo que correspondería al 2030.
Fue el momento en que el gobierno central de Mundo Utópico decretó el Gasto Social Cero, ¿recuerda?
A partir de entonces el orfanato debió subsistir solo con las donaciones de particulares.
La alimentación, la ropa de las niñas, la luz, el agua… El dinero no alcanzaba.
—¿Tuvo que cerrar?
—No exactamente. Creo recordar, por lo que he leído en nuestros archivos, que al terminar la construcción de Utopía 20AB, la Dirección General de la Infancia ordenó el traslado de las internas a otras dependencias.
—¿Con qué objeto?
—Nunca se supo con certeza. Dijeron que ellos se harían cargo de las criaturas porque las Madres Auxiliadoras no soportaban los gastos.
Sin embargo, siempre sospechamos que entregarían las criaturas a padres adoptivos elegidos por la Dirección General de la Infancia.
Probablemente miembros de las élites gobernantes que carecían de descendencia.
—¿Como en Argentina, durante la dictadura de Videla?
—¿Perdón? ¿Videla?
—Disculpe. Estaba pensando en otra cosa.
Horas más tarde, Da Costa se internaba en Utopía 20AB con Héctor y Hanna para indagar en los archivos de la Dirección General de la Infancia.
Ya habían llegado a una sala al final de los túneles, la que les conectaba con la superficie.
Allí encontrarían a Carla. Da Costa pensó de repente en el parecido con la mitología nórdica: Vallekas se identificaría con Midgard, la tierra de los seres humanos; el camino por los túneles olvidados del metro sería el Puente del Arcoíris, que les unía con otra tierra, Asgard, el hogar de los dioses.
Y en medio, Heimdal, el centinela: Carla.
Como siempre, Carla, el enlace de un mundo con otro, llevaba su gorra de los Yankees y sus ropas de camuflaje.
Mientras les entregaba ropa de colores chillones, gorros de un tono aún más extravagante y deportivas fluorescentes, además de gafas de sol espejadas, le contó a Da Costa las novedades en Utopía 20AB desde el robo del millón de vacunas.
—Cerraron el museo durante unos días. Se llenó de policías y burócratas. Por las pintas, provenían de la Esfera. Debieron de buscar huellas, ADN en las audioguías, testimonios de los visitantes, rastro de chidint e imágenes, proyecciones 3D de las cámaras…
—De eso no encontrarán nada, porque me encargué de borrarlas —intervino Héctor.
—Borraste las cámaras del interior y el exterior del edificio —aclaró Carla—, pero también rastrearon las cámaras de los alrededores, además de las imágenes que permanentemente graban los drones y el satélite. De momento, ignoro cómo llevan las investigaciones porque hay un mutismo absoluto.
—¿Qué hicisteis con el túnel? —Quiso saber Da Costa.
—El túnel, como sabes, se construyó para evitar ser localizados por los satélites. Ahora carece de sentido, pero no lo hemos tapado. Solo lo hemos cerrado momentáneamente, por si tuviéramos que reabrirlo.
Salieron a la vía pública en dirección al edificio franco de Vallekas Resistente y se mezclaron con la muchedumbre.
Lo que más seguía impresionando a los muchachos, además del aspecto estrafalario y grotesco de los viandantes, eran las fachadas con anuncios luminosos y los hologramas publicitarios en 3D situados en las farolas, que, al detectar algún cuerpo acercándose, humano o animal, desplegaban todo un mundo publicitario de colores.
También les fascinaban los contenedores de basura que solo se abrían con la identificación de un chidint , para controlar quién arrojaba tal o cual desperdicio.
Da Costa recordó que, antes de existir Utopía 20AB, las autoridades ya llamaban «Smart City» a aquel tipo de ciudad.
En las cercanías de la vivienda utilizada por la organización, se dispersaron para que los drones y satélites no detectasen grupos de personas.
Fueron entrando de uno en uno en el inmueble, pegados a las paredes de los edificios, mientras miraban al suelo para dificultar los controles desde el cielo.
En el interior, les entregaron los dos perros enanos, el caniche marrón y el pomerania blanco, para que les alertasen de posibles casos próximos de covid-84.
A continuación, sobre un plano, Carla les indicó el punto donde se encontraban y el de la sede central de la Dirección General de la Infancia.
Da Costa dibujó en un papel un croquis de las calles que deberían recorrer.
—¿No tienen un sistema GPS que nos indique cómo llegar? —preguntó Hanna.
—Lo hay, pero es mejor no utilizar ninguna herramienta electrónica que emita o reciba señales —contestó Carla—. Esa es la mejor forma de que te localicen.
—¿Podemos llevar un plane-wave ? —preguntó Héctor, mostrando un aparato del tamaño de las antiguas tablet.
—¿Tiene conexión vertical?
—No, solo en horizontal. He bloqueado las conexiones verticales justamente para que no nos rastreen.
—¿Para qué sirve? —preguntó Da Costa.
—Localiza redes y conexiones inalámbricas en un radio de medio kilómetro. Se trata de una modificación que mi hermana y yo hemos realizado de un videojuego infantil.
—Parece muy original.
—No tanto. Hace sesenta años, en la guerra Rusia-Ucrania, las tropas rusas ya utilizaban consolas de videojuegos para manejar drones.
Carla se dirigió a todo el grupo:
—Estad atentos y no lo encendáis cerca de aquí.
Cuando regreséis, apagadlo a bastante distancia.
De todas formas, vigilad el tiempo y nunca lo tengáis encendido más de treinta minutos.
Ese es el lapso que haría saltar las alarmas de «aplicación no autorizada», lo que significa que emprenderían vuestra búsqueda de inmediato.
Por supuesto, si veis movimientos extraños alrededor vuestro, abandonadlo enseguida en cualquier lugar.
Acompañados de los perritos, salieron a la calle.
Da Costa vestía una túnica roja con lunares verdes, deportivas amarillas y gafas de sol con montura azul, el último grito de la luxury fashion en Utopía 20AB.
Las de los jóvenes eran del mismo modelo, pero con montura roja las de Héctor y blanca las de Hanna.
Ambos gastaban camisetas blancas de estampados amarillos fluorescentes y pantalones de campana azulados, con unas Coumenn Nike negras y blancas que llevaban luz intermitente en la parte del talón.
Da Costa caminaba por delante, con el caniche, y los hermanos cinco metros por detrás, con el pomerania.
Debían recorrer aquella avenida hasta casi el final.
Por el croquis, pensó Da Costa, aquello tenía que corresponder a la antigua calle Doctor Esquerdo, aunque ahora se llamase Doctor James Sprenger y estuviese rodeada de rascacielos.
Lo que en su día había sido la torre de la televisión, el llamado Pirulí, se había transformado en un inmenso rascacielos con forma neofuturista, rematado por una antena.
Héctor se detuvo en una esquina, donde unos operarios manipulaban cables provenientes de una alcantarilla. Le dijo a Da Costa que aquel era el sitio ideal, pues, si localizaban las ondas del plane-wave pensarían que había salido de ahí. Encendió el aparato y se quedó mirando fijamente la pantalla.
—Es increíble el grado de interacción en red que tienen estos individuos.
—¿A qué te refieres? —preguntó Da Costa.
—Detecto en un radio de medio kilómetros una media de tres millones de interacciones por minuto: sujeto-sujeto; sujeto-grupo; sujeto-máquina; grupo-máquina… Y lo más curioso, la interacción máquina-máquina.
Hanna observó las ondas en la pantalla. Había cinco de diferente color fluctuando, una por cada tipo de interacción.
—Debe de ser un avance y cruce entre la inteligencia multimodal y la cuántica —dijo la joven.
—¿Podías explicármelo? —Rogó Da Costa.
—Toda esa gente está interactuando entre sí, pero el sistema está creando automáticamente algoritmos cuánticos, que incluye en subcampos, para mejorar el funcionamiento y el aprendizaje automático.
—¿Todo eso lo sabéis mirando esa pantalla y esas ondas de colores moviéndose?
—Es el lenguaje de las ondas y hay que saber interpretarlo —intervino Héctor—. En este caso solo tenemos las que se propagan de forma horizontal porque Carla nos ha prohibido utilizar las verticales.
—Eso me lo tenéis que explicar luego más detenidamente —dijo Da Costa, mientras les indicaba con un gesto del mentón que continuaran avanzando.
Al cabo de dos manzanas, encontraron el edificio de la Dirección General de la Infancia.
Se trataba de un inmueble que intentaba mostrar un mundo cercano a los niños, por lo que su diseño se asemejaba al Palacio de Neuschwanstein, que también había servido de modelo para recrear el Palacio de la Bella Durmiente en aquel Disneyland de ensueño en el Old World, como rememoró Da Costa.
—Vale, ya hemos llegado. Ahora quiero meterme en su base de datos. ¿Tenemos que entrar necesariamente en el edificio?
—No —respondió Hanna—. Con tal de situarnos en un lugar cercano, nos sirve.
—¿Cómo de cercano?
—Cien metros. Menos, si es posible —intervino Héctor.
Da Costa miró en derredor y en la otra parte de la calle distinguió una filial de Peggy Sue’s, con los habituales colores blanco y rosa y su cuidada estética —las viejas motocicletas, los carteles de la Ruta 66— de un tiempo que ya casi nadie podría recordar.
Se encaminaron hacia el local, cuya música se escuchaba desde la calle.
I love you Peggy Sue
With a love so rare and true
Oh, Peggy my Peggy Sue
Well I love you gal…
Se detuvieron ante la pantalla de bienvenida. Da Costa tecleó el icono «Mesa para tres». Entonces el pequeño monitor indicó «M-06» y las puertas se abrieron. Con los dos perritos en vanguardia, se dirigieron a la mesa señalada con una luz verde en la mampara.
En el hilo musical empezó a sonar Me and the Devil Blues de Robert Johnson:
Early this morning ooh
When you knocked upon my door
And I said, «Hello Satan».
«I believe it’s time to go».
Me and the Devil
Da Costa apretó el botón situado en el centro de la mesa; y se desplegó el menú.
—Yo ya conozco los huevos rancheros, así que los voy a pedir. Soy un hombre de costumbres.
Los jóvenes pulsaron los iconos de las pizzas . Para beber encargaron limonadas.
Da Costa introdujo un billete de cien coumenn por una ranura que se iluminaba con una luz verde. Nada de sistemas de pago que dejasen rastro.
—Quiero saber todo lo que tienen sobre una huérfana de nombre Sussy da Costa Llaneza, cuyo domicilio al nacer se encontraba en Puerto de Canfranc, en el viejo Puente de Vallekas.
—¡Eureka! —gritó de pronto Héctor—. Acabo de entrar en las tripas del sistema.
Se abrió una portezuela pegada a la pared y una bandeja se extendió con el pedido de los tres.
El joven continuó tecleando el plane-wave , ajeno a la pizza y a la limonada que tenía a su lado.
—Cuando mi hermano se obsesiona con algo —observó Hanna, mientras cogía un trozo de pizza —, el mundo que le rodea no le interesa. Le he visto hackear durante días, sin dormir y sin comer, sistemas de la Coumenn. —Me pide el año de nacimiento de la niña.
—2024 —contestó Da Costa.
Sin apartar la mirada del plane-wave , Héctor cogió la limonada y dio un trago. Sonrió.
—Aquí está…
Giró la pantalla del dispositivo hacia Da Costa, que leyó los datos:
Entregada al Departamento de Análisis e Investigación en el año 6.
La ficha de la niña se cerraba con una fotografía.
—Esos rasgos… —murmuró Da Costa—. Esos rasgos…