Capítulo 28 Visita a la Tata
Visita a la Tata
Una vez más se encontró con aquella pintada realizada a distancia en los muros con rayo láser: «Cualquier sistema que montéis sin nosotros será derribado».
Recordó que en cierta ocasión un guardia le había explicado que no merecía la pena borrarla porque la pintarían de nuevo.
La única solución era llenar las superficies de murales artísticos.
Por algún motivo, los que escribían esas consignas nunca los destrozaban.
Al entrar en la vivienda de su abuela, McRae aspiró el olor a marihuana. Daredevil, el gato gordo y perezoso, se acercó a él y se frotó el lomo contra sus botas. Lo cogió en brazos, le acarició la oreja y comprobó que el chip se mantenía en su sitio.
De fondo, ya en el salón, se escuchaba la melodía de My Way , en la versión de Frank Sinatra.
I planned each charted course
Each careful step along the byway
And more, much more than this
I did it my way
I did it my way.
Su abuela tarareaba la canción con los ojos cerrados, balanceándose suavemente en la mecedora. Sobre la mesita, una lámpara iluminaba tímidamente la sala. La cachimba rellena de hierba reposaba junto a una botella de ponche con ron maracuyá guayaba casi vacía.
McRae no habló. Prefirió esperar a que aquel antiquísimo disco dejase de sonar.
I did it my way
I did it my way.
—Hola, bobalicón —dijo la Tata, nada más abrir los ojos—. ¿A dónde te destinan esta vez?
McRae sonrió, le dio un beso en la frente y se limitó a sentarse a su lado en silencio, con Daredevil en su regazo.
Nunca le había sentado mal que su abuela le llamase «bobalicón»: era una de las formas en que le transmitía su afecto desde su infancia.
Lo había bautizado así cuando mostró sus aspiraciones para unirse a los comandos militares de élite y salvar el mundo de toda amenaza terrestre y extraterrestre, según afirmaba.
Entonces debía de tener ocho o diez años y sin duda el mundo era un lugar mucho más sencillo. Parecía que hubieran pasado siglos.
—¿Qué tal se encuentra, Tata?
—Yo me siento bien, pero Daredevil no. Ha cumplido veintiún años y en la clínica veterinaria no creen que llegue a Navidad. Le han detectado un quiste que no es ni tratable ni operable.
—Cuánto lo siento… —dijo McRae, mientras acariciaba el lomo del gato—. ¿La han vuelto a molestar?
—No, vivo más tranquila ahora, sin aquel vecino impertinente, sin ese cretino. Todos los días me llaman del supermercado por si necesito algo y poco más.
—¿Ha vuelto a tener problemas con los inspectores de basura?
—Desde que al último casi le vuelo la tapa de los sesos, no me han vuelto a molestar ni a comprobar nada dentro de mi basura. Se ve que voy por buen camino en el reciclaje. Una ciudadana ejemplar.
—¿Viene a verla el padre Berger?
—Ya le he dicho que es un coñazo y que no vuelva. Que si necesito algo de Dios ya le llamaré.
—Se preocupa por usted, Tata.
—Y yo no sé por qué se preocupa por mí, si yo no me preocupo por él.
La mujer se giró hacia el tocadiscos.
—Usted esté tranquila —dijo McRae, levantándose—, ya se lo cambio yo. ¿Cuál le pongo?
— Baby please don’t go .
Cuando encontró el viejo single de la versión de Joe Williams, McRae lo colocó en el tocadiscos y bajó con mucho cuidado la aguja hasta el vinilo.
Now, baby please don’t go
Now, baby please don’t go
Baby please don’t go, down to New Orleans…
Mientras la Tata disfrutaba con los ojos cerrados de la músicas, McRae recorrió la vivienda con Daredevil en sus brazos.
Palpó por debajo de la mesa de la cocina, miró las esquinas de las habitaciones y revisó las lámparas de la casa en busca de micrófonos o de cámaras minúsculas.
No había nada, pero cuando la canción terminó le preguntó a su abuela:
—¿Dónde le dejan la compra del supermercado?
—En la nevera —dijo la Tata, al tiempo que colocaba la aguja en el inicio del disco.
El teniente coronel volvió a revisar la cocina y el viejo frigorífico. Nada.
—¿Dónde guarda el ponche?
—En el minibar del salón. Y mira, ya que lo mencionas, ponme una copita.
McRae abrió la portezuela y encontró una botella de ponche con ron maracuyá guayaba, de la marca New Passion Goyave con un quince por ciento de alcohol.
La botella llevaba una fina cinta azul alrededor del cuello que contrastaba con el color beige del cristal.
Se detuvo a examinar una diminuta campanilla que colgaba de la cinta.
Comparó entonces la botella llena con la vacía del salón, que carecía tanto de la cinta como del adorno.
Cogió la campanilla entre dos dedos y la observó de cerca: contenía una grabadora muy bien disimulada.
McRae dejó el gato en el suelo, que se encaminó lentamente hacia los pies de la Tata.
Le indicó a la abuela con el índice en la boca que permaneciera en silencio y le señaló la campanilla en la nueva botella.
La Tata no pronunció palabra. Cogió la cachimba y encendió la marihuana.
McRae sacó la cinta con la campanilla de la botella, la apoyó sobre la mesa al lado del tocadiscos y la tapó con un vaso colocado boca abajo.
—Ahora ya no nos oyen.
—¿Quién se supone que nos está escuchando?
—Sospecho que agentes de la Coumenn.
—¿Con qué objeto queman escuchar a una vieja como yo?
—Me imagino que será doble: por un lado, recabar información sobre la misión que tengo encomendada, y, por otro, buscar puntos vulnerables con los que chantajearme, llegado el caso.
—Pues yo quiero que me oigan y que sepan que estoy harta de la mierda utópica que han creado. Un mundo muy feliz, pero aburrido hasta vomitar.
—No exagere, abuela.
—¿Qué no exagere? Pregunta qué es la felicidad.
Pregunta en la calle a toda esa gente gorda vestida con ropas de colores chillones que camina con una sonrisa.
Nadie sabe la respuesta, solo te contestarán con su opuesto: lo que no quieren en su vida, que se traduce en cualquier esfuerzo, el mínimo dolor, el incumplimiento de sus caprichos, el…
Apretó un botón del mando a distancia y la vieja televisión se encendió.
En la pantalla se veía algo que al principio le pareció a McRae una película, pero resultó ser una serie de hacía más de un siglo: Bonanza .
La proyectaban en el canal pirata de TV-Land.
La Tata fue cambiando de canal hasta que llegó a uno llamado TV-Happycracia.
En él, un individuo ataviado con camiseta de deporte en la que se podía leer «Mindfulness coaching» y mallas de licra de color azul, exhibía una enorme sonrisa.
A su lado no tardó en aparecer, tras un leve movimiento de la cámara, una mujer joven de cuerpo atlético, vestida con la misma ropa.
—Escucha las majaderías que sueltan estos mamarrachos…
Si sabemos qué nos hace infelices, tenemos la solución al alcance de la mano…
—Hemos tenido suerte, bobalicón. Aquí tenemos a la pareja de coaches más prestigiosos de Mundo Utópico. Escúchalos. Quieren que todos seamos felices, pero desconocen qué es la felicidad. Así que nos explican qué es la infelicidad.
Identifiquemos las metas, nombremos todo lo que interfiera en el camino hacia…
La anciana se balanceó despacio en la mecedora, dio una calada profunda a la cachimba, escuchó otro par de frases motivadoras de los coaches televisivos y exclamó:
—¡El mejor de los mundos posibles! La felicidad se ha convertido en una obsesión. Sin embargo, el conocimiento, la igualdad y la justicia, los valores más necesarios en cualquier sociedad, se han olvidado…
No magnifiquemos los eventos negativos…
Sepamos perdonar nuestros propios errores…
Las heridas del pasado han de ser cerradas…
Evitemos situaciones desagradables que nos conduzcan a estados de infelicidad y entraremos en un estado de plena satisfacción material y espiritual…
—Siguen sin enterarse. El ser humano ha nacido para sobrevivir en este mundo hostil, no para la felicidad.
—«Nacer para sobrevivir» —repitió McRae—. Tal vez esa sea la clave de todo esto.
—¿Qué has dicho? —preguntó la abuela, rellenando una pequeña copa de ponche.
—Nada importante, reflexionaba en voz alta.
La abuela bebió de la copa y ordenó:
—Vete a la estantería de la derecha. Busca el libro La transmigración de Timothy Archer , de Philip K. Dick.
McRae obedeció. El volumen estaba lleno de páginas con las esquinas dobladas.
—Esta novela es de hace más de un siglo —señaló la Tata, mientras pasaba las páginas—. Aquí está. Escucha atentamente: «Si se pudiera poner en circulación suficiente desinformación, se podría abolir el contacto con la realidad de todo el mundo, y probablemente también el propio».
La anciana se inclinó hacia atrás en la mecedora con gesto de satisfacción, dio una calada profunda a la cachimba y pegó un traguito —lo justo para mojar los labios, se decía a sí misma— de la copa de ponche.
—¿Te das cuenta? Eso es lo que está ocurriendo: inundan todo de desinformación y los pobres ciudadanos no saben a qué atenerse. Después les reconstruyen su presente y su futuro; es decir, su vida. Y les dicen que lo importante es su felicidad.
—Ya me conozco su discurso, Tata. Y además ya es la hora, así que me tengo que ir. Cuídese y sobre todo no haga locuras… O no más de las habituales.
—Las locuras las hacen esos fantoches en mallas. Todos los días repiten lo mismo una y otra vez.
—Lo dicho: cuídese mucho. Volveré a verla a mi regreso de Utopía 20AB.
—¿A ese pobre diablo al que has de dar caza, se lo tienes que traer vivo o muerto a los dirigentes de este puto Mundo Utópico?
—Vivo.
—Qué hijos de la gran puta…
—¿Por qué dice eso, Tata?
—Lo quieren vivo para que durante toda su existencia se convierta en una bomba permanente de suministro de sangre.