Vallekas 2084 Capítulo 27 Los Ases de Picas
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Capítulo 27 Los Ases de Picas

Los Ases de Picas

A QUELLA MAÑANA , antes de desayunar en El Rincón de Madrid y escuchar las noticias, Da Costa quiso contemplar el amanecer desde el Cerro del Tío Pío.

Necesitaba unos instantes a solas para reflexionar sobre lo ocurrido los días anteriores y empezar a planear la verdadera misión que le había sacado del templo Shaolin para llevarle a transitar de nuevo por Vallekas.

El color gris, ahora entrelazado con reflejos violáceos y rojizos, seguía dominando el cielo, a lo que se sumaba algún rayo en la lejanía que iluminaba repentinamente la gigantesca Esfera y recortaba su silueta en el horizonte.

La mayor alegría la había recibido Da Costa al comprobar el entusiasmo de los Ases de Picas.

Los jóvenes parecían fluir por el mundo, como si nada les estuviera negado, como si desconocieran la palabra fracaso.

De momento era mejor no quitarles esa confianza, pues la necesitarían en el futuro, que se preveía complicado.

Ahora, además, les había enseñado lo que era la ley del silencio. Y estaban cumpliendo.

—Buenos días, señor Lucas —saludó una voz a su espalda.

Da Costa respondió. No necesitó girarse para saber que la voz era la de Hetty.

—Enhorabuena —exclamó la mujer, mientras ajustaba en el suelo los tres pies del caballete—. Ya me enteré de que usted y los chavales han entregado un millón de antivirales en el hospital.

—¿De dónde viene ahora la fuga de información?

—Tranquilo. Esta vez mis nietos no han abierto la boca. Ha sido mi hija: al acudir a mi revisión médica semanal, me ha vacunado como persona vulnerable. Sin duda un maravilloso triple éxito.

—No la entiendo.

—Primero, después de casi un año buscando la forma de apoderarnos de esas vacunas, lo hemos conseguido. Segundo, los jóvenes sueñan todos los días con que se alce una estatua en la avenida de la Albufera con el logo del As de Picas en el pecho, y ha quedado claro que morirán por ello.

—Solo me ha contado dos razones. ¿Cuál es la tercera?

La mujer le miró y empezó a liarse un pitillo con picadura de tabaco rubio de la marca New Golden Virginia.

—Tercera. Me he coronado como la líder indiscutible de Vallekas, pues acerté de pleno con usted.

El sol desplegó sus rayos alrededor de la Esfera, confiriéndole un resplandor que pareció hacer duplicar su brillo.

Los edificios del interior de Utopía 20AB comenzaron a iluminar sus coloridas fachadas y las diferentes pantallas situadas en el exterior se encendieron, proyectando los inevitables anuncios.

La luz llegaba con fuerza. El rocío que cubría la hierba de los siete montículos del parque del Cerro del Tío Pío parecía resplandecer.

—Un penique por sus pensamientos —dijo Hetty, mirando a un Da Costa que había quedado mudo al contemplar el alba.

—No valen ni medio céntimo —respondió él, mientras se levantaba y se acercaba a ver los croquis que la mujer ya había colocado sobre el caballete.

El dibujo del interior de la Esfera parecía un conjunto de casitas de muñecas, con sus colorines infantiles y sus infinitas plantas. Solo dos de las paredes eran blancas. Los individuos que deambulaban por esa zona llevaban batas de ese color, o verdes. Da Costa quiso saber el motivo:

—Son las instalaciones de experimentación con humanos —respondió Hetty—.

Me tuvieron encerrada allí mientras me hacían miles de pruebas.

«Para estudiar y curar su raquitismo», me decían.

Cuando no fueron capaces de lograr éxito alguno, me dejaron salir de esas salas y vivir en Utopía 20AB.

Pero, en cuanto pude, me largué de ese mundo liofilizado, de ese eterno carnaval para niños. Y así llegué a Vallekas.

—¿Qué es lo que no le gustó?

—Muchas cosas. En esa planta de la Esfera, me acompañaban otras chicas con las que también realizaban pruebas médicas.

Al anochecer, cuando nadie nos vigilaba, nos reuníamos y cada una compartía con el resto lo que conocía de la vida en Mundo Utópico.

Así aprendimos a odiar la vida. Era una sociedad llena de colorido, pero no apta para seres humanos, sino para sucedáneos de seres humanos.

En vez de una avenida con la estatua de sus vecinos más destacados, ellos tienen salas con muñecos o estatuas, como la de un conejo de un tal Jeff Koons.

Es un ejemplo de estética no ofensiva. El mundo del simulacro.

Diseñado para niños débiles, malcriados y caprichosos.

—¿Solo eso? Hay quien se siente conforme…

—A fin de cuentas, esos son los peores engaños: los que tenemos con nosotros mismos.

También odiábamos que todo estaba permitido si le venía bien al mercado.

Abrieron los manicomios aduciendo que eran cárceles para personas diferentes, pero solo pretendían que se incorporaran a la sociedad como consumidores.

Lo mismo ocurrió con toda la literatura sobre las personas que se sentían atrapados en cuerpos con los que no se identificaban.

Antes eran clientela de psiquiatras, pero se dieron cuenta de que también podían ser grandes consumidores.

Fueron creciendo quienes vivían de aquellos que buscaban resolver sus problemas, pero solo los aliviaban, haciéndolos casi adictos, porque, si de verdad solucionaban esos problemas, se quedaban sin trabajo.

Esa es la verdadera cara del cibercapitalismo: cuando un problema genera dinero, los encargados de resolverlo hacen lo imposible por mantenerlo.

Nada más rentable, por paradójico que suene, que la creación de empleos inútiles.

Ah, y la guinda del pastel: los que viven estupendamente atacando al sistema.

Las élites de Mundo Utópico han conseguido que la oposición política sea un suculento negocio.

—¿Qué era lo que más odiaban?

—Yo creo que todas estábamos de acuerdo en que lo más insufrible eran los cambios de opinión de los dirigentes en las direcciones generales. Se habían derogado los principios, todo eran opiniones. Los hechos no importaban…

—Recuerda bastante a lo de Orwell, ¿no?

—¡Claro! —exclamó ella—. Lo peor fue que la creencia terminó sustituyendo a la evidencia y la opinión al pensamiento científico.

Las declaraciones de las élites cambiaban en cuestión de horas, porque había que mantenerse en el poder a toda costa.

Es, en el fondo, el doblepiensa de 1984.

En vez de dos opiniones, una multitud: de una opinión A se puede pasar a B o a C o a D o volver a A, según la necesidad que impongan las circunstancias.

Ni criterio ni principios. Solo opiniones que mutan…

—Para mantener el negocio…

—Sí, al cibercapitalismo no le interesan los pueblos, las naciones o los seres humanos.

Eso son solo retóricas para engañar a los más tontos, a los que necesitan creer que son libres.

Esos, de hecho, son los esclavos perfectos.

La realidad es que el sistema tan solo erige negocios en espacios que presentan como ciudades utópicas.

Los sujetos que viven en ellas entregan voluntariamente sus datos a través de las redes sociales a sus dirigentes, que ya no necesitan controlar a la población mediante la represión.

No hay manicomios, tampoco cárceles, porque a los que molestan se les expulsa.

En todo el Mundo Utópico han desterrado a tantos que ahora se han organizado y forman ejércitos, como los King Ciborg.

—¿Escaparon todas de allí?

—Hasta dónde yo sé, sí.

—¿Y a usted la están buscando?

—No —afirmó la mujer, mientras daba una calada al pitillo—.

No tenía padres vivos o conocidos y mi condición física no se adaptaba a sus cánones, así que nunca más volvieron a interesarse por mí.

Para ellos era un producto perfectamente desechable.

Solo se preocupan por aquello que les puede dar beneficio. No era mi caso.

—Por cierto, quería preguntarle a quién o a dónde he de dirigirme si quiero localizar a una persona que nació aquí hace sesenta años.

—Hum, sesenta años…

Hetty colocó el cigarro en la comisura de los labios, dejando que el humo ascendiese lentamente hasta sus ojos. Frunció el ceño, como si le costase recordar.

—En esa época, todo lo referente a Vallekas estaba centralizado en lo que fuera la antigua ciudad de Madrid.

Sin embargo, creo que existía un departamento descentralizador en el barrio para facilitar las inscripciones y empadronamientos.

Lo mejor es que vaya a ver de mi parte a don Ramón del Valle, que es el archivero mayor de Vallekas. Estoy segura de que él le podrá ayudar.

—¿Dónde lo puedo encontrar?

—Vaya hasta la iglesia de San Pedro ad Vincula, que ya conoce. Desde allí diríjase al paseo de Federico García Lorca. No hay pérdida. Nada más comenzar la calle, en el número 12, verá el edificio del Archivo Central.

—¿A qué hora lo abren?

—A las nueve.

Da Costa agradeció a la mujer la información y se alejó descendiendo por la ladera del cerro, mientras pensaba en su hija. Al rato entró corriendo en la estación de metro de Numancia, sin percatarse de que no llevaba mascarilla y guantes de protección. Enseguida un vigilante le impidió el paso.

Maldijo el descuido y salió en busca de una farmacia, pero ya en la boca del metro vio a un muchacho de no más de quince años que vendía mascarillas y guantes.

Da Costa le entregó un billete de diez kas por una mascarilla y un par de guantes y se internó de nuevo en la estación.

Aunque a esa hora de la mañana los vagones del metro iban repletos logró encontrar un hueco y viajó achuchado en una esquina.

Pensó que ni guantes ni mascarillas podían ayudar.

Aquellos vagones eran un cultivo ideal de virus y de cualquier enfermedad.

Llegó a la estación de Villa de Vallekas y salió a la superficie, buscando aire fresco.

Se encaminó al paseo de García Lorca mirando los números de los portales.

Comprobó con sorpresa que el edificio situado en el número 12 era el que había albergado sesenta años atrás la sede de la Junta Municipal del Distrito de Villa de Vallekas.

La única diferencia es que la fachada del que ahora oficiaba como Archivo General había sido recubierta de planchas de piedra.

Las hojas de cristal que daban acceso desde la calle se abrieron cuando Da Costa se acercó.

En el pasillo se vio obligado a pasar por un arco de detección de metales.

Entró a una sala de recepción con un mostrador, desde el que una chica con el pelo a lo afro respondía llamadas con auricular y micrófono inalámbricos.

Da Costa esperó a que la muchacha le atendiera y entonces le preguntó por don Ramón del Valle, puntualizando que venía de parte de la señorita Hetty, la parlamentaria.

Le hicieron pasar a una sala pequeña, con revistas sobre una mesa y una pantalla de televisión sintonizada con TV-Vallekas. Se sentó a ver las noticias.

La Policía de Vallekas ha intensificado la vigilancia en la verja de la zona sur. Se han detectado movimientos irregulares de personas que podían estar relacionadas con el homicidio de los tres…

—¿Señor Lucas?

Da Costa giró la cabeza hacia la puerta de la sala y se levantó. La mujer que preguntaba por él era bajita, con el pelo corto y los ojos muy grandes. Le pidió que la acompañara.

Da Costa la siguió por un largo pasillo hasta un despacho con una puerta de cristal biselado, sobre el que habían escrito «Jefe del Servicio de Archivos».

La muchacha llamó a la puerta, la abrió y anunció su presencia a un hombre grueso, con traje de color azul oscuro y corbata gris, que lucía unas gafas graduadas de montura gruesa.

—Pase, pase —invitó el hombre a Da Costa, mientras le tendía amigablemente la mano—. Soy Ramón del Valle. Hetty me ha llamado. Y un amigo suyo es siempre bienvenido. Siéntese, por favor.

Da Costa tomó asiento, mientras Del Valle le preguntaba en qué podía ayudarle.

—Busco a mi hi… A mi madre, quería decir. Se llamaba Sussy Da Costa.

—Curioso nombre.

—Es que mis abuelos eran admiradores de una actriz argentina del cine mudo, una tal Sussy Derqui.

—No soy muy aficionado al cine mudo, la verdad… Dígame dónde vivía, por favor.

—En Puerto de Canfranc…

—Ah, en el antiguo Puente de Vallekas. ¿Sabe en qué fecha?

—En los años 2024 y 2025.

—Interesante. En el último año del Viejo Mundo y el primero del Nuevo.

El hombre tecleó algo en el ordenador.

—Efectivamente, estuvo empadronada en esa calle durante esos dos años junto a su madre, Lucía, y la que debía ser su hermana, una tal Paula. Y…

Del Valle interrumpió la frase. Su gesto era circunspecto.

—Está empadronado también el que debía de ser su padre, Ramalho Da Costa, toda una leyenda de Vallekas. ¿Usted es nieto de él?

—Así es. ¿Hasta cuándo vivieron ahí?

—Se dio de baja a finales del 2025. Mejor dicho, la dieron de baja, porque aquí dice que tenía un año y cuatro meses cuando…

Del Valle se interrumpió, entrecerrando los ojos. Volvió a teclear. Se quitó las gafas, limpió los cristales con un pañuelo y se las volvió a colocar antes de mirar de nuevo la pantalla.

—Por alguna razón que no consta en los archivos, a su madre la dieron de baja de ese domicilio.

—¿Podemos saber quién la dio de baja?

—Fueron los Servicios Sociales de la Junta Municipal de Vallekas.

—Me cuadra, la verdad.

—Ah, me alegro, pues eso es precisamente lo que yo no entendía.

—Mis abuelos murieron por esas fechas y los Servicios Sociales se debieron hacer cargo de mi madre. ¿Sabemos a quién la entregaron?

—No, eso no lo puedo saber…

El hombre dejó la frase en el aire y continuó tecleando. Después anotó algo en un papel que entregó a Da Costa.

—La dieron de alta en estas señas. Pero luego se pierde su rastro.