Vallekas 2084 Capítulo 26 El cerco se estrecha
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Capítulo 26 El cerco se estrecha

El cerco se estrecha

H ABÍAN PASADO dos semanas desde la cita de McRae con el nuevo general-jefe de la Brigada Génesis, pero aún conservaba en la boca el sabor amargo del encuentro.

Recordó que, a la hora convenida, se había encontrado de pie, perfectamente uniformado, frente a la puerta del despacho de Clint M.

Roslaw, el Carnicero de Sin City. No le hicieron esperar, pues el general, a través de su ayudante, le ordenó que pasase al despacho de inmediato.

Después de los saludos de rigor, Roslaw solicitó al teniente coronel que le informase sobre la situación actual de las pesquisas para localizar al reo fugado de Kein Platz. Y añadió, con cierto malestar:

—Acabo de llegar y ya me están presionado desde la Dirección General de la Coumenn con este asunto. Así que hágame un breve resumen.

McRae permaneció de pie en posición de descanso y apretó las mandíbulas antes de pronunciar una palabra.

La cicatriz que atravesaba su rostro se marcó aún más.

En una especie de duelo silencioso, el general se levantó y le dio la espalda, mirando por la ventana hacia algún punto incierto.

Su cuello exhibía una parte del tatuaje que debía empezar en la espalda y terminaba en su cabeza rasurada: una serpiente pitón, de la especie Python Molurus, extinguida décadas atrás.

Sin duda se trataba de un recuerdo de su paso por los correccionales militares antes de ser indultado por la CEO que acababa de morir. También era un aviso.

Cuando McRae le hubo relatado a grandes rasgos el desarrollo de la investigación y el plan para los siguientes pasos, el general habló, sin darse la vuelta:

—Va todo demasiado lento.

McRae tragó saliva.

—Como usted sabe —prosiguió el general—, el cambio climático nos ha traído virus desconocidos y los viajes espaciales para el turismo de masas han incrementado las enfermedades, así como otras amenazas nunca vistas para la especie humana.

Estamos viviendo la misma situación que debieron conocer los nativos americanos cuando llegaron los conquistadores europeos.

El general se giró y miró fijamente a McRae:

—Me consta que las Unidades de Investigación Clínica de la New Reality están trabajando sin descanso.

Su objetivo es encontrar antídotos, vacunas y nuevos antibióticos que nos auxilien frente a las salvajes mutaciones de los virus que arrasan el planeta.

No es momento de dudar. Todas las unidades operativas de la Brigada Génesis bajo mi mando han de ponerse a las órdenes de la nueva Dirección General.

Los conocimientos del doctor Sprenger nos guiarán para localizar cualquier forma de vida terrestre o espacial que ayude al ser humano a prevenir y curar enfermedades y potencie su sistema inmunitario.

Somos, como usted sabe, la última esperanza del New World frente al caos y la muerte. Somos la primera y la última línea.

El general se acercó con calma a su mesa, abrió un cajón y extrajo un cigarro puro.

McRae dejo de mirar hacia una esquina y se percató por la anilla de que se trataba de un habano, posiblemente conseguido en el mercado negro de algún Estado Fallido o en las zonas de conflicto del exterior de Mundo Utópico.

—Usted, creo, ya conoce al nuevo CEO , al doctor Sprenger…

—Sí, señor —respondió McRae, desviando velozmente su mirada a una esquina—. Solicité en su día una entrevista con él.

—¿Y cuál fue exactamente el motivo?

—Habiendo sido él el responsable de la investigación científica en el Kein Platz, era indispensable saber qué había averiguado sobre Da Costa.

—¿Solo eso?

—No, mi general. También quería conocer el destino de las muestras de sangre que recogieron en la cubierta del portaaviones.

—Entonces usted ya es consciente de que esas escasas muestras sirvieron para producir copias de plasma que curaron enfermedades y potenciaron el sistema inmunológico de nuestros dirigentes. Eso permitió asentar en el tiempo nuestro Mundo Utópico.

—Sí, mi general.

—Sin embargo, han sido insuficientes tras la última mutación. El triste fallecimiento de la CEO hace unos días nos lo demuestra.

Roslaw regresó al ventanal, miró al horizonte, encendió el habano y dio una calada profunda.

—La humanidad está indefensa ante el nuevo virus.

Nadie sabe de dónde ha llegado o si ha sido fabricado en algún laboratorio para una futura guerra química contra el submundo de los King Ciborg, como sostienen nuestros detractores.

El caso es que, sin síntomas aparentes ni aviso previo, el cuerpo implosiona y no hay vacuna o antídoto.

¿Comprende usted la importancia de su misión?

—Sí, mi general.

—Que el doctor Sprenger haya sido elegido nuevo CEO , ha convertido en prioridad la localización del reo fugado. No descarte que se unan más unidades en su búsqueda.

McRae asintió.

—Mi antecesor, el general Mendoza, dejó por escrito la recomendación para su ascenso, pero me temo que no va a ser posible si la misión no se completa antes de fin de año.

—Con el debido respeto, mi general, buscamos a alguien que no utiliza chidint ni la tecnología punta actual. Eso hace casi imposible seguirlo. Con tan poco tiempo, resulta aún más complicado, puesto que…

—Tiene hasta fin de año, teniente coronel —interrumpió Roslaw—. Si al comienzo del 1 de enero del año que viene no lo ha encontrado, le relevaré de la misión a usted y a su equipo. El nuevo CEO , el doctor Sprenger, ha sido tajante. Considera que están tardando demasiado.

—Nunca se me explicó si querían a Da Costa vivo o muerto.

—El doctor lo quiere vivo. Y cuanto antes.

—Lo tendrá, mi general. Nunca he fallado en una misión.

—Usted localice y entregue a Da Costa. En ese momento su misión habrá terminado. Y ese día recogen ustedes los ascensos y el reo fugado queda bajo la custodia de la Dirección General de Sanidad. O sea, todos contentos y felices.

—La entrega ha de ser…

—En la Esfera más cercana al lugar donde lo detenga, para que el traslado a las Unidades de Investigación sobre Inmunología sea lo más rápido posible.

—¿Algo más, mi general?

—Nada más. Puede retirarse —dijo Roslaw, sin girarse—. Recuerde: el futuro de la humanidad depende del éxito de esta misión. Y el de su equipo y el suyo, ya me entiende.

A UNQUE NI LOS INFORMATIVOS de Mundo Utópico ni las redes sociales contaron al público el robo de un millón de antivirales en los depósitos de Utopía 20AB, la noticia había circulado pollos conductos oficiales y preocupaba a las diferentes direcciones generales.

Las primeras pesquisas las realizó la Unidad de Robos Violentos de la Policía de Utopía 20AB, bajo la dirección del comisario Torres, apodado el Perro, porque difícilmente soltaba a sus presas una vez que las capturaba.

Aunque le gustaba estar enterado de todo y no abandonaba ninguna investigación, aquello le había sobrepasado.

Después de dos semanas, carecían de pistas sobre la autoría y la posible ubicación del material robado.

Cuando recuperaron el conocimiento, los soldados encargados de custodiar las dosis poco pudieron aportar al esclarecimiento del caso.

Solo repetían que unos jóvenes —ni siquiera precisaban el número, aunque aventuraban que posiblemente fueran estudiantes de Bachillerato— se les habían venido encima como una avalancha y sin darles opción a defenderse.

Los investigadores de la Policía de Utopía 20AB también interrogaron a quienes habían visitado aquel día el museo.

Sus versiones coincidían con las de los milicianos:

—Había muchos jóvenes recomendó las salas: tantos que impedían moverse con soltura por el museo. Es increíble que dejen pasar a tanta gente…

Algunos también fueron testigos del comienzo del ataque:

—Cada vez que aparecía un soldado, lo rodeaban y le impedían moverse. Luego, cuando los tenían tendidos en el suelo, los desarmaban y sacaban las armas del edificio. Fue terrible. Me asusté muchísimo.

Otros resultaban más precisos en su descripción:

—Una chica con una visera de los New York Yankees parecía capitanear el robo de las armas. Se notaba que era lista.

En cualquier caso, todos coincidían al describir cómo habían reducido a los soldados en las salas de visitas.

Las discrepancias llegaban cuando los milicianos del Centro de Control situado en el subsuelo tenían que explicar cómo habían sido noqueados por dos chicas.

Ese punto sacaba de quicio al comisario Torres, que prefería orillar de momento el asunto.

Los cinco naipes con ases de picas situados en el lugar añadían aún más desconcierto a los investigadores, pues ninguna organización había reivindicado el ataque. A lo que se sumaba que todas las imágenes de grabación del interior habían sido borradas.

Pero lo más desconcertante para la Policía de Utopía 20AB era que, si daban por ciertos los informes sobre la multitud de jóvenes en el interior, los dispositivos rastreadores de chidint no habían detectado la presencia de ninguno de ellos.

Parecía como si nadie hubiese entrado al museo y el robo del millón de antivirales nunca se hubiese producido.

Había que esperar, se repetían entre sí los investigadores.

Esa cantidad de dosis se pondría a la venta en algún lugar del mundo, en los mercados no regulados. Solo debían estar atentos.

Sin embargo, uno de los policías que inspeccionó en primer lugar la escena del robo, detectó tres pequeñas bolitas de cobre.

También se localizaron otras tantas audioguías a las que se les había extraído el cable.

Los responsables de la seguridad del museo recordaban otra bolita aparecida semanas atrás y una más hacía poco más de un mes.

Por mera intuición, alguien relacionó ese descubrimiento con ocasiones anteriores en que había saltado la alarma.

Y además, en uno de esos casos, el más reciente, coincidía con los atentados, con explosiones contra las estatuas de la CEO recién fallecida.

—Quizás efectuaron un ensayo general —aventuró el comisario Torres.