Capítulo 25 El asalto
El asalto
A QUELLA MAÑANA de domingo nada podía fallar.
Habían sido diecinueve días, a lo largo de tres turnos, ensayando el robo de las cajas con los antídotos.
Todos los miembros del grupo As de Picas conocían su papel en el asalto, pero, si algo se torcía, Da Costa les había enseñado a improvisar.
Era la habilidad que, les aseguró, siempre les ayudaría a sobrevivir.
Los envases con antídotos debían encontrarse en lugar muy frío, habían informado las autoridades médicas del Estado de Vallekas.
Si el segundo sótano del museo disponía de una cámara frigorífica, vigilada por personal armado, era casi seguro que aquel sería el lugar ideal para guardar los recipientes antivirales.
Cada envase, según les habían explicado, apenas alcanzaría un centímetro cuadrado.
De esta forma, mil virales equivaldrían al tamaño de una tostadora pequeña.
Un millón, que era lo que necesitaban, ocuparían el volumen de cuatro o cinco lavadoras.
Ese cálculo obligó a tener preparados tres vehículos congeladores de algo más de un metro cúbico cada uno.
Cada grupo, liderado por alguno de los cinco capitanes, fue ocupando el lugar asignado en los entrenamientos.
Leticia y Hanna se encargaron del equipo de las chicas y se concentraron en el primer nivel del museo, aguardando la señal para descender al segundo sótano.
Esperaban encontrarse de nuevo con el paternalismo masculino y que las acogieran en la Sala de Control. A partir de ahí comenzaría su misión.
Eladio debía encargarse de las verjas de acceso.
Cuando la alarma sonase en todo el edificio, impediría que se cerrasen, por lo que lo primero era bloquear a conciencia su mecanismo.
Estaba seguro de que las cuñas de madera que había preparado y que llevaban algunos de los jóvenes, serían suficientes para conseguirlo.
La hora convenida se acercaba. Da Costa distinguió entre los asistentes al museo a una persona que no le agradó nada.
Se trataba de Cris Laudent, la mujer que había conocido en el avión desde Nueva York hasta Madrid.
Iba acompañada de sus hijos: Pedrito y Adelina.
Da Costa le quitó una gorra de béisbol a uno de los chicos del grupo As de Picas con el logo Chicago Cubs y se la bajó casi hasta las cejas.
Aquella familia no debería reconocerle bajo ningún concepto.
El reloj interno del museo marcó las 9:30. En aquel momento se inició la secuencia de explosiones.
Carla entró en el museo a las 9:36. Su mirada se encontró con la de Da Costa y se tocó la punta de la visera de los Yankees con el índice derecho: todo marchaba según lo previsto y era el momento de actuar.
Con su gesto, no solo se refería a las explosiones, sino también a que la vivienda utilizada por los comandos de Vallekas Resistente ya había sido abandonada y desalojada de cualquier objeto que los pudiera identificar.
Además, habían rellenado con explosivos el túnel que habían cavado durante meses.
Por lo tanto, la operación diseñada para el robo de los antivirales podía iniciarse. La suerte estaba echada.
Da Costa sostuvo la bolita de cobre entre el pulgar y el corazón y la lanzó contra la cámara central de la primera planta. Sonaron las alarmas. Gitano y Eladio habían lanzado al mismo tiempo las suyas y ambos también habían acertado también. Tres cámaras de vigilancia quedaron anuladas.
Sin pérdida de tiempo, Eladio, ayudado por dos muchachos, colocó las cuñas de madera en los carriles sobre los que se deslizaban las verjas de la entrada, impidiendo que se cerrasen.
Los soldados armados ascendieron a la planta principal. Antes de que pudieran reaccionar, cada uno de ellos fue rodeado por un grupo de jóvenes. Intentaron forcejear, para librarse, pero los jóvenes los tenían inmovilizados.
Da Costa se acercó por detrás a uno de los soldados y le presionó la carótida.
En segundos, antes de que se percatara de lo que ocurría, el militar se derrumbó.
Lo mismo hicieron Gitano y Eladio, demostrando que habían aprendido la técnica de su maestro, de modo que otros dos miembros de la unidad también perdieron el conocimiento.
Carla, acompañada de varios compañeros, procedió a desarmarlos.
Uno delgado, de gafas gruesas y aire de empollón, extendió su brazo entre la multitud de jóvenes que rodeaba a un cuarto soldado y presionó su carótida.
Segundos después, el militar se desmayó junto a los otros.
Fue el propio Héctor quien le quitó las armas rápidamente para entregárselas a Carla y su equipo.
Tres furgonetas frigoríficas llegaron entonces a las puertas del museo. Sus tripulantes descendieron para abrir las compuertas traseras. Ya solo quedaba que los packs repletos de antídoto fueran sacados de la cámara del sótano e introducidos en los vehículos.
Da Costa y los suyos bajaron hasta el segundo sótano.
Al llegar, comprobaron que las chicas habían realizado un excelente trabajo: tenían inconscientes y desarmados a los tres soldados de la Sala de Control.
Para ganar tiempo, Héctor, el experto hacker del grupo, se puso a los mandos y desde los ordenadores de la Sala a la Central emitió la señal de que se había producido una falsa alarma.
Da Costa comprobó las divisas de cada uno de los soldados inconscientes. Se giró hacia Eladio y le señaló a uno de ellos, un sargento de primera clase, presuntamente el máximo responsable de la seguridad interior del edificio en aquel momento.
El muchacho agarró la guerrera del sargento por la parte de atrás del cuello y arrastró el cuerpo hasta la puerta de la cámara frigorífica. Lo alzó y acercó la cara del hombre al visor de lectura de iris. Le separó los párpados y apoyó la frente en el visor. Tenía que funcionar.
Un angustioso instante después, la puerta se abrió.
Todos se calzaron los guantes ignífugos y fueron sacando los packs de mil unidades en bloques de diez y cargándolos en el montacargas.
Algo más de un metro cúbico completaría el millón de dosis, que distribuirían en tres furgones para ir más rápidos y lograr que, si capturaban a uno, los otros pudieran llegar a destino.
En la planta principal, una cadena humana formada por el comando As de Picas movió los envases con agilidad y los trasladó hasta los vehículos frigoríficos. En total, tardaron diez minutos. Las furgonetas arrancaron y el grupo se dispersó rápidamente por las calles.
Un millón de antivirales volaron hacia su destino en Vallekas, con una parada intermedia.
Se detuvieron en un lugar apartado, que en el pasado debió ser un desguace, para traspasar la carga a otros furgones.
De esa forma, ninguna de las fuerzas mercenarias de Utopía 20AB los identificaría.
La persecución, calculaban, comenzaría muy pronto.
Mientras los nuevos vehículos ponían rápidamente rumbo hacia las salas frigoríficas del hospital de Vallekas, a los anteriores les quitaron las placas y, sin perder tiempo, los rociaron de ácido sulfúrico para borrar cualquier huella.
No les prendieron fuego, pues hubiese alertado a la Policía de Utopía 20AB: se limitaron a ocultarlos entre la chatarra, mezclados con esqueletos de avionetas, alguna embarcación con el fuselaje oxidado y motores quemados de viejas turbinas eólicas.
En el interior del museo los soldados seguirían amordazados durante un buen rato en la Sala de Control. En menos de media hora, la Central solicitaría un nuevo parte a aquellos soldados y, al no recibirlo, enviarían fuerzas a revisar las instalaciones. Y se iniciaría el minuto cero de la cacería.
Da Costa, ya en la calle, tratando de perderse entre las sombras, sonrió al recordar lo que acababan de llevar a cabo.
Antes de salir, Gitano había colocado sobre una estantería en la que se exponían monedas antiguas una carta con el As de Picas.
Y Leticia y Hanna habían lanzado al aire sus dos naipes.
Eladio había puesto su As de Picas sobre una de las cámaras de seguridad.
Y Héctor había situado el suyo sobre el teclado de uno de los ordenadores.
El robo estaba firmado.