Capítulo 24 El documento tibetano
El documento tibetano
L AS CARRERAS SE SUCEDÍAN en las instalaciones de la base militar de la Brigada Génesis.
Se acababa de anunciar que el jefe de Estado Mayor, el general del Ejército William L.
Murdock Smith, acudiría para realizar los honores del relevo del general Warren Mendoza por el general Clint M.
Roslaw. Habría una compañía de honores en el Patio de Armas para el relevo y luego Roslaw se dirigiría a toda la Brigada por circuito cerrado.
Nada nuevo: el ritual de todo cambio de mando.
Lo que en verdad inquietaba a McRae era que el nuevo general lo había convocado en su despacho al finalizar todos los actos y con su alocución.
El nuevo mando de la Brigada seguramente querría saber cómo iba la búsqueda de Da Costa, pero McRae también sospechaba que tal vez se le relevase de la misión.
—Igual ya trae los ascensos debajo del brazo y solo tenemos que pensar en cómo vamos a celebrarlo —bromeó el sargento mayor Ronald.
—¿Alguno sabe por qué lo llaman el Carnicero de Sin City? —preguntó Nadia.
—Aquello fue hace muchos años, en Nevada —intervino McRae—.
Se había producido un motín con rehenes en el antiguo Centro Correccional Lovelock.
Roslaw tenía que entrar con su batallón y sofocar el levantamiento, liberar a los cautivos y capturar vivos o muertos a los sediciosos.
Les dio un ultimátum a los sublevados: tenían media hora para rendirse y entregar vivos a los rehenes o prendería fuego a las instalaciones.
—Como si lo viera —dijo Nadia—. Se lo tomaron como un farol y no hicieron caso.
—Así fue —confirmó McRae, asintiendo.
—¿Y entonces…? —preguntó Ronald.
—Entonces cumplió su amenaza y prendió fuego a las instalaciones del Centro Correccional.
—¿Con los presos dentro?
—Con los presos y también con los rehenes. Ciento doce muertos abrasados y doscientos heridos con quemaduras de tercer grado por todo el cuerpo.
—¿Qué le sucedió a él?
—Un año en prisión, hasta que le concedieron la libertad condicional.
—¿Solo un año? —preguntó Nadia, desconcertada.
—Le aplicaron el atenuante de evitar un mal mayor. Todos sus subordinados testificaron que la situación era insostenible y que peligraba la vida de los integrantes del batallón.
—Había olvidado aquello. Ahora empiezo a recordarlo. Esa masacre supuso el punto de inflexión en el trato con los delincuentes, ¿verdad? Se cerraron las cárceles y se eliminó ese gasto. A partir de ahí fue cuando se los expulsó a los Estados Fallidos…
—Y ahí nacieron los King Ciborg —agregó McRae.
La noticia que emitían los televisores de la base captó su atención.
Reunida la cúpula de la Dirección General de la Coumenn, ha decidido por unanimidad nombrar con carácter provisional a James Sprenger como nuevo CEO …
—Qué sorpresa —exclamó Ronald—, nuestro querido doctorcito.
El cerebro artificial de la sala se encendió y comenzó a emitir espirales de color azul desde el Hologram 3D.
—Olga-09 —intervino McRae—, ¿hay algo nuevo?
— Sí, señor; el documento de origen desconocido que se me entregó ha podido ser traducido .
—Buena noticia. ¿En qué idioma estaba escrito?
— Era una variante arcaizante del tibetano, pero con mucha influencia del dzongkha, del extinto Bután. ¿Desea que lo descargue?
—No, guárdalo con el nombre de Dzongkhao /, pero hazme una copia en papel.
— Señor, yo puedo leer y recrear con imágenes en el Hologram 3D .
—Lo sé, Olga, pero hoy prefiero tumbarme a leer esas páginas, como si las estuviera masticando.
La máquina imprimió las páginas, que recogió McRae. Sumaban veintinueve.
—¿Las vas a leer ahora? —preguntó Nadia.
—Aún tengo tiempo hasta que me llame el general Roslaw a su despacho. Así que voy a aprovecharlo.
El teniente coronel se tumbó en el sofá de la sala con los folios impresos, mientras Nadia y Ronald partieron en dirección al patio de armas para presenciar la toma de posesión del nuevo general y la despedida de Warren Mendoza.
Antes de su asesinato, había coincidido con el senador Matt Coumenn en dos ocasiones.
La primera fue en una cumbre de la OTAN a la que invitaron al rey de España y acudí con el grupo de escoltas […
]. Se trataba de una compra de misiles intercontinentales a la empresa Coumenn por parte de los Estados miembro de la organización…
Las tres páginas siguientes describían cómo habían ido las negociaciones para la compra de aquel material. En algunos momentos el autor se detenía en los detalles sobre cómo se comportaba el senador. Pero poco más que rascar.
McRae se sentía desconcertado. No terminaba de entender las razones por las que esos folios habían sido escritos en ese dialecto tibetano tan extraño.
Pasó a la cuarta página, donde se contaba el segundo encuentro con el senador.
Al parecer había tenido lugar en Fátima, Portugal.
Los motivos, desglosados en la página siguiente, no parecían importantes.
Aparentemente, eran visitas protocolarias.
Sin embargo, llegó a la página seis y dio un brinco en el sofá.
Tuvo que leer el párrafo dos veces, muy despacio:
En Fátima, los fieles se acercaban a la tienda y compraban velas para ofrecérselas a la virgen, arrojándolas al fuego.
Las velas se licuaban y la cera se deslizaba por unos canales hacia otras dependencias, donde se depositaban en recipientes.
Al alcanzar el estado semisólido, se les añadía una nueva mecha.
Esa vela reciclada se volvía a vender y el proceso se repetía.
Tras esa visita, el senador Matt Coumenn tuvo una especie de epifanía y comenzó a proponer nuevas ideas.
—Claro —reflexionó en voz alta McRae—, esto explicaría muchas cosas de lo que luego sucedería con en el sistema económico mundial.
El reciclaje de las velas abrió el camino. No solo implicaba que los costes en materias primas habían quedado reducidos a la nada, sino también que se veía una luz al final del túnel para solucionar el problema de la basura a nivel mundial, convirtiéndola en energía…
—La experiencia de la Iglesia Católica durante dos mil años abrió el camino al futuro —murmuró para sí McRae—.
A partir de aquello algunos gobiernos comenzaron a defender que había que subsumir todas las variantes del ecologismo en el sistema.
Si se utilizaba el método de las velas de Fátima, el coste de las materias primas sería ridículo, por lo que todo el mundo saldría ganando. Aunque unos más que otros.
El teniente coronel se incorporó en el sofá, sin desprenderse de los folios.
—Olga-09, ¿cuándo se comenzó a utilizar la basura orgánica como combustible?
— Señor, fue a partir del año segundo del New World, cuando la Coumenn Corporation ideó los procedimientos de …
Estaba claro: el senador Matt Coumenn había sido un visionario.
El sistema tendría que reciclar cualquier pensamiento crítico para incorporarlo a sus intereses.
Recordé las reflexiones del escritor Manuel Vázquez Montalbán cuando llamaba «escritura subnormal» a aquella que había nacido para subvertir el sistema y terminaba en la mesa de las grandes superficies.
Era lo que les había ocurrido a muchos hackers : comenzaron entrando en el Pentágono, siguieron trabajando para ellos y terminaron a sueldo de las multinacionales que atacaban…
—El futuro y la New Reality se instauraron sobre esos pilares —se dijo McRae, mirando al techo—.
No había que prohibir nada. Al contrario, había que permitirlo todo para integrarlo, comercializándolo una y otra vez, desde la demencia a los cambios de sexo.
Si nada está prohibido, si todo vale, solo hay que encontrar una manera de aprovecharse de ello, un precio.
El sistema había demostrado a lo largo de siglos de existencia que era capaz de digerir cualquier posición alternativa.
Matt Coumenn propuso la creación de una especie de Observatorio que vigilase cada propuesta rebelde a partir de los diferentes ámbitos, ya fueran culturales, sociales o políticos y se buscase de inmediato la forma de integrarla.
Creía que, si el sistema es tan perfecto que va a digerir todo en sus entrañas, lo que se debería hacer es acelerar el proceso.
No prohibir o censurar: masticarlo e integrarlo.
Ese fue el inicio del actual cibercapitalismo, que las fuerzas conservadoras intentaron tumbar. Sin embargo, el sistema generaba demasiados beneficios económicos a las empresas transnacionales, así que los opositores fueron cada vez menos…
—Bajos o nulos costes de producción, apoyo social de los salvaplanetas y enormes beneficios a los poderosos. Te apuntaste un gran tanto, senador Matt Coumenn —musitó McRae.
Se construyeron niveles, «reservas», como lo llamaron los teóricos sociales. La cuestión era que, con cambio climático o sin él, el capitalismo de la globalización y de las nuevas tecnologías se fue convirtiendo en cibercapitalismo.
La población mundial se dividió entre los habitantes de las Utopías, controladas y dirigidas desde las Esferas, y los que quedaron desterrados a los territorios de los Estados Fallidos.
Finalmente, los poblados libres, a los que la Coumenn Corporation dejaba existir, siempre y cuando no causasen gasto, por lo que les exigía que se autofinanciaran y que colaboraran con las guerras en la Frontera, ya fuera enviando voluntarios o pagando tributos.
Aquello, reflexionó McRae, parecía el inicio del diseño de un nuevo mundo, fruto de una mente perversa cuyo objetivo no era otro que una forma de organización social para preservar y fortalecer el sistema económico.