Vallekas 2084 Capítulo 23 Ensayo final #2
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Capítulo 23 Ensayo final #2

—Es impresionante —apuntó Leticia, agarrando del brazo a Gitano y señalando las fachadas, todas revestidas de monitores gigantescos—. Hemos caído en medio del rodaje de una película de ciencia ficción.

—O de terror —comentó Hanna.

—No, os equivocáis —les respondió Gitano—. Esto más bien parece una película infantil.

—Si me dicen que nos han metido en una nueva versión de El show de Truman , me lo creo —dijo Héctor.

—Todos detrás de Carla —ordenó Da Costa—. Sin formar grupos y caminando a una distancia de seguridad.

No hubo más preguntas o comentarios. Los chicos habían entendido a la primera las palabras de su senséi . Carla iba sola en vanguardia y detrás caminaban Gitano y Leticia, seguidos de los mellizos. Cerraban el grupo Da Costa y el fortachón Eladio.

—En el canal de TV-Utopía dicen que esta es la tierra de la felicidad —dijo Eladio—. Sin embargo, tengo la impresión de que nos encontramos en medio de un delirante desfile de carnaval.

—No hemos venido a juzgar —replicó Da Costa—. Centrémonos en la misión.

Los jóvenes caminaron en silencio, contemplando lo que les rodeaba sin perder detalle.

Al cabo de media hora a ritmo de paso-marcha —lo que suponía un recorrido de aproximadamente algo más de dos kilómetros desde donde habían salido—, llegaron al edificio que guardaba las vacunas.

Da Costa, con un gesto de mentón, les señaló el Museo de la Moneda.

Nadie detuvo el paso: continuaron detrás de Carla, que se introdujo en el edificio de enfrente.

Da Costa comprobó que las labores de desescombro del túnel continuaban.

Carla reunió al grupo en un salón con una mesa central enorme, sobre la que reposaba una maqueta bastante exacta de Utopía 20AB.

—A las 12:01 explotará un artefacto aquí —dijo, señalando un punto de la maqueta con un haz verde del puntero láser—. Luego, con una diferencia de un minuto entre una y otra, se sucederán las explosiones. En total, cinco.

Señaló en la reproducción los lugares de las explosiones, que parecían los vértices de un pentágono que conectara los puntos más remotos de la ciudad.

—Sospecho que con estas explosiones se trata de que las fuerzas policiales se alejen lo más posible del museo —alegó Da Costa.

—A lo que se une que todas estarán colocadas debajo de algunas de las estatuas de la Botero, como homenaje a su gestión en Mundo Utópico. ¿Será suficiente?

—Te lo diré cuando termine este ensayo general, Carla.

—Toma, las entradas —dijo, entregándole seis pegatinas con códigos de barras diferentes.

Da Costa se quedó con una y repartió las otras cinco entre los jóvenes.

—Ahora salimos de uno en uno y entramos en el museo —ordenó—. La operación ahí dentro ya la hemos ensayado muchas veces, así que todos la conocéis. Que nadie se ponga nervioso.

—No quiero ser pesada —intervino Carla—, pero recuerden: nada de elementos electrónicos ni metales.

Los jóvenes revisaron los bolsillos y Gitano se quitó una cadena de oro con la imagen del Cristo de la Buena Muerte, que le dio a Carla.

—¿Listos? —Quiso saber Da Costa.

Todos asintieron.

El reloj de la sala del museo acababa de marcar las 12:01, hora en que estallaría el primer artefacto.

A partir de ahí, habría una explosión cada minuto en cada uno de los extremos de la ciudad.

Da Costa aprovechó cada uno de esos intervalos para extraer el cobre de los auriculares de la audioguía y fabricar con él una pelotilla del tamaño de una lenteja.

Las 12:06. Era el momento. Da Costa sostuvo la bolita de cobre entre los dedos pulgar y corazón de la mano derecha y la disparó hacia el mismo sensor de la otra vez.

Volvió a acertar de pleno. La luz verde de las cámaras se tornó roja.

Las alarmas sonoras se dispararon y las puertas que daban al exterior se cerraron de golpe.

Cuatro segundos, en total. Los seis guardias armados con Dull Gun en las muñequeras y fusiles de guerra hicieron acto de presencia.

Da Costa se había situado en una esquina de la barandilla, para apreciar con exactitud sus movimientos.

Al igual que la otra vez, tres habían ascendido desde el segundo sótano y habían vuelto a dejar la puerta blindada abierta.

Los chicos estaban en el lugar que se le les había ordenado: Eladio, junto a la puerta que comunicaba con el exterior, tenía que estudiar cómo bloquearla llegado el momento; Gitano y Héctor se habían quedado con Da Costa en la primera planta, analizando el movimiento de los guardias armados, pues entre Da Costa y ellos debían noquearlos; las dos chicas, Leticia y Hanna, simularían un ataque de pánico ante un posible ataque terrorista para que los soldados se apiadaran de ellas y las dejasen acceder al sótano.

Habían transcurrido treinta y siete segundos y la policía no se había presentado. Un minuto después seguían sin aparecer. Pasaron cinco minutos y todo continuó igual. Los guardias inspeccionaban el interior sin apoyo externo. Diez minutos.

—Tengan paciencia, por favor —dijo una voz desde la megafonía—. Creemos que ha sido una falsa alarma. En cuanto la policía lo compruebe abriremos las puertas.

El esquema se había repetido: alarma, cierre de puertas del edificio en cuatro segundos, aparición de seis guardias armados. En el interior debería de quedar alguno más, pero comprobar ese extremo era misión de las chicas.

Veinte minutos.

Media hora.

La policía por fin se presentó. Habían transcurrido cuarenta y dos minutos.

Revisaron el interior con perros, al igual que la otra vez, y siete minutos después se abrieron las puertas exteriores.

Los visitantes salieron despacio y en orden, atravesando los detectores de metales y los de Rayos X. Los tres chicos y Da Costa, ya en la calle, esperaron a las dos muchachas durante un rato.

El protocolo indicaba que, en cuanto les fuera posible, todos debían reunirse en la sala de la maqueta de la vivienda clandestina, así que regresaron hasta ella. Al cabo de media hora, Leticia y Hanna aparecieron con una sonrisa de oreja a oreja.

—En el sótano se habían quedado dos guardias —dijo Leticia—. Al vernos presas del pánico nos invitaron a entrar.

—Fueron muy amables y nos ofrecieron refrescos y café —añadió Hanna.

—El paternalismo masculino —deslizó Leticia.

—Al grano, coño, que me tenéis en ascuas —exigió Gitano.

—Uy, qué impaciente —exclamó Leticia.

—Dentro había pantallas en las que se os veía a todos vosotros y el resto del museo. También tienen al fondo una especie de cámara frigorífica cerrada.

—¿Estás segura de eso? —preguntó Da Costa.

—Sí. Se distinguía una pegatina en la puerta de «Prohibido el acceso sin chaqueta térmica».

—¿Qué sistema de apertura tenía?

Las chicas se miraron entre ellas:

—Había un pequeño panel en la parte derecha, posiblemente para la identificación del iris —dijo Hanna.

—Eladio —llamó Da Costa—, ¿cómo viste el cierre de las puertas exteriores?

—No hay problema, senséi . Es fácil bloquearlas.

Carla, que había permanecido callada todo el rato, se quitó la gorra de los Yankees.

—¿Las explosiones fueron las adecuadas?

—Perfectas —contestó Da Costa—, retrasaron la llegada de la Policía, que era lo que nos interesaba.

—¿Crees que se puede asaltar desde dentro, sin el túnel?

Da Costa asintió, confirmando que el plan ya era aceptado.

—¿Cuál es el próximo paso?

—Prepara más explosivos para el primer domingo del mes que viene.

—¿El domingo?

—Sí, lo haremos en cuanto abra el museo. Domingo y a primera hora. Así habrá menos policías que de costumbre.

—¿Algo más?

—Consigue sesenta entradas.

—¿Sesenta?

—Vamos a traer a los chicos de excursión.