Vallekas 2084 Capítulo 23 Ensayo final
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Capítulo 23 Ensayo final

Ensayo final

D A COSTA había emprendido desde hacía varias semanas un giro en los entrenamientos, aplicando más intensidad.

Llevaba a sus pupilos hasta el límite de su resistencia.

Las palabras de Hetty en el Parlamento parecían haberle influido.

Incluso había dividido el contingente de alumnos en cinco grupos, cada uno liderado por uno de los chicos que le habían presentado como los más canallas de toda la unidad.

Eso le permitía introducir el elemento competitivo entre los jóvenes, lo que provocaba un progreso más rápido, tanto en equipos como en individuos.

Iban por el buen camino. Da Costa, además, ya había ideado el plan para hacerse con las vacunas. Y ese día iban a ensayarlo.

Para Da Costa aquella mañana había comenzado como tantas otras, con un desayuno en El Rincón de Madrid viendo las noticias en las pantallas de TV-Vallekas y en los canales de Utopía, amenizadas con los comentarios de Lolo y Sara.

Our Hour, tu agencia amiga cuando abandonas la búsqueda de otra persona con la que vivir una historia de amor y, en su lugar, optas por parejas digitales personalizadas, a las que puedes conocer de forma más rápida y que te ahorran todo conflicto amoroso.

Prueba de su eficacia son los millones de descargas de apps basadas en IA que nuestra agencia tramita…

—Un día voy a buscarme una de esas —dijo Lolo con una sonrisa, mientras le servía el desayuno a Da Costa—. Seguro que se enfada menos que Sara.

—Serás mamarracho —exclamó Sara, dando un sorbo al té—. Mañana vas a tener que llamar a esa pareja digital para que venga a abrir y limpiar la cafetería, mientras yo me quedo en casa.

—No sabes digerir una broma, cariño.

—Ya te daré yo a ti bromita.

Our hour ha conseguido introducir la IA en todos los ámbitos sociales. Nuestros clientes las han utilizado para recordar a sus seres queridos cuando estos pasan a mejor vida, estableciendo relaciones profundas con esos asistentes…

—Lolo —dijo Sara, con una amplia sonrisa—, cuando te mueras no pienso pedir una imagen tuya para que me acompañe el resto de mi vida. Te tengo ya muy visto.

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—Qué barbaridad —exclamó el camarero—. Cada vez más facilidades para estas operaciones. Seguro que en algún momento aparecerá alguien que se injerte un pene de burro en la cabeza.

—Si decides ponerte eso, cariño —intervino Sara, que apenas podía seguir dialogando del ataque de risa que le había dado—, no te olvides de contármelo antes, para hacerle un condón de ganchillo a tu nueva criatura.

Lolo rio la gracia y Da Costa los mandó callar con el índice en los labios.

Eran las ocho y los anuncios en el Canal Utopía dejaron paso a la imagen de los dos muñecos asexuados de cada mañana —en esta ocasión, uno era de tez oscura y otro lampiño— que, después de saludar a los televidentes, comenzaron con las noticias más destacadas de las últimas veinticuatro horas.

Hoy abrimos el noticiario con una necrológica que ha conmocionado a la opinión pública, la Chief Executive Officer , la CEO que ha dirigido los mundos de Utopía desde hace varias décadas, ha fallecido a la edad de ciento tres años…

—Joder —soltó Sara—. Ha muerto la Botera. No me lo puedo creer. Por fin una buena noticia. Cuando yo nací, ella ya gobernaba este puto mundo.

En el marco de los cinco días de luto decretados a primera hora en Mundo Utópico, esta noche proyectaremos un documental sobre la vida de la CEO y sus logros…

—Eso no me lo pierdo —apuntó Lolo—. Estoy intrigado por saber cuáles fueron sus logros.

Próximamente, la Dirección General de Mundo Utópico se reunirá para nombrar al nuevo CEO …

Hanna y Héctor, los mellizos, entraron en el local y se colocaron en un extremo de la barra, como si no conocieran a Da Costa. En cuanto Lolo se les acercó, pidieron un par de cafés solos.

La Policía de Vallekas ha emitido una nota de prensa en la que informa sobre la identidad de los cadáveres encontrados ayer cerca del río. Se trata de tres individuos que ya habían sido detenidos por tráfico de personas…

—Se confirma la primera hipótesis —soltó Sara al aire, como si hablara con todos los presentes—. Un ajuste de cuentas.

La puerta volvió a abrirse. Esta vez era Gitano. Se situó en un hueco de la barra, como a la espera del camarero.

En otro orden, ayer en el Parlamento se debatió la modificación de varios artículos de la Ley de Educación ante una propuesta del Grupo Unionista, pero fue denotada por 98 votos en contra, uno a favor y una abstención…

Entraron entonces Leticia y Eladio, que ocuparon una mesa junto a Sara.

Las noticias se sucedían en los canales de Vallekas y en los de Utopía.

En este último se habían centrado en el fallecimiento de la CEO y mostraban imágenes suyas en diferentes actos públicos en los que abogaba por la creación de diferentes Ciudades Estado que aplicaran una línea de defensa y adoración de la madre Tierra.

Proponía que se rechazase cualquier sentimiento de odio, que se potenciara la gran hermandad de las sensibilidades y que los habitantes se sirviesen de las nuevas tecnologías en su búsqueda incesante de la felicidad.

En la última imagen se la veía junto al senador Matt Coumenn y a grandes empresarios, todos directivos de multinacionales, en un congreso mundial cuyo lema aparecía en la pantalla: «Podemos comprarlo todo».

En el zócalo, en letras más pequeñas se aclaraba el concepto de ese «todo»: la locura, el aire, el agua, las identidades nacionales o sexuales, las mascotas, los trasplantes, las modas en el vestir y en el hablar, los alimentos modificados…

—«Todo es bueno para el convento», parecen decir —sentenció Sara.

—El cibercapitalismo es omnívoro —dijo Lolo—. Se traga todo lo que aparece. Lo que más gracia me hace son todas esas ideologías que levantaron la bandera contra él y han terminado cobrando suculentos dividendos. Es más, viven muy bien del sistema luchando contra ese mismo sistema.

—Mi Lolo ya sacó a relucir los conocimientos que obtuvo en el cuarto de hora que pasó en la Facultad de Historia.

—Ahí comenzó todo, cariño. Dicen ahora que la CEO quiso potenciarlas Ciudades Estado. ¡Qué gran mentira! Fueron las grandes empresas las que potenciaron su creación. Ciudades Estado, naciones pequeñas con un PIB inferior a las multinacionales. Trocearon lo existente para poderlo controlar mejor.

—Me he quedado impresionada —dijo ella—. Veo que te aprendiste el ascenso y la caída de los imperios.

—Lo he hablado mil veces contigo —continuó Lolo, pero esta vez mirando para Sara—.

La forma de doblegar y controlar que tuvieron las grandes empresas a los Estados en la New Reality fue la misma que hizo desaparecer el Imperio Romano, el Español, el Portugués, el Inglés o el construido por la Unión Soviética.

Se troceaban en Estados más endebles basados en la etnicidad y la lengua, cuya identidad nacional se definía en la vanidad, puramente azarosa, de haber nacido en una tierra determinada…

—Y el ganador fue la Coumenn Corporation —remató Sara.

A las 8:30 en punto, Da Costa se despidió de ambos y salió de la cafetería en dirección a la boca del metro de Miguel Hernández.

A los dos minutos, salieron Hanna y Héctor hacia el mismo sitio.

El siguiente fue Gitano, que demoró la salida tres minutos más.

A las 8:39 salieron Leticia y Eladio. Y a todos, poco a poco, se los fue tragando el suburbano.

El primero en llegar a la estación de la antigua Nueva Numancia fue Da Costa, al que ya esperaba Carla, siempre con su gorra de los Yankees.

—¿Cuántos son?

—Cinco —afirmó Da Costa—. Según lleguen les voy informando a dónde han de dirigirse.

Carla asintió y emprendió rumbo al inmueble situado en la esquina entre la avenida de la Albufera y Puerto de Canfranc. Entró y dejó la puerta entreabierta. Los demás fueron llegando por orden y entrando al edificio.

Cuando Da Costa se incorporó al grupo, Carla ya les estaba entregando ropa multicolor, gafas de sol y gorras de béisbol con el viejo logo de los legendarios Yankees.

—Prefiero la del Béisbol Vallekas Club —se quejó Gitano.

—Claro, guapo —ironizó Leticia—, así llevas la firma sobre la cabeza y nadie se dará cuenta de nuestra procedencia.

El grupo siguió a Carla por los estrechos pasadizos abandonados de las antiguas obras del metro.

Los muchachos miraban con asombro las angostas grutas con charcos en el suelo, provenientes de goteras interminables de la superficie.

Se limitaban a seguir en silencio a Carla y al foco de luz de su linterna por aquellos laberínticos pasajes.

Al cabo de tres cuartos de hora, Carla les indicó que se calzasen las gafas de sol porque saldrían a la superficie.

Llegaron hasta una avenida desde la cual contemplaron Utopía 20AB y las cabinas del teleférico que surcaban el cielo con parsimonia.

Se distinguían algunos vehículos volando en diferentes niveles: los que pasaban más bajo parecían de fuerzas policiales, sanitarias y militares.

A los treinta y cinco o cuarenta metros de altura volaban los aerotaxis y vehículos sin conductor.

Y más lejos, a una altura que se hacía difícil diferenciarlos, parecía sobrevolar algún vehículo particular.

Daba la impresión de que todas la calles que se veían desde aquella posición eran peatonales.

El grupo se detuvo a leer una de las pantallas que refulgían encima de los edificios.

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—¿Esto es real? —preguntó Gitano a Da Costa.

—Bienvenido a la hiperrealidad —intervino Carla, con una sonrisa, mientras se calaba la gorra de los Yankees.