Capítulo 22 La Valeta fue clave
La Valeta fue clave
M C R AE ABANDONÓ APRESURADAMENTE sus entrenamientos físicos. Había sido informado de que la Unidad Chianti por fin había remitido a la base de datos de la Brigada Génesis el informe sobre el chidint de Peter Marlow. Entró veloz en su despacho y preguntó al ordenador central de los Comandos Alfa:
— Marlow —contestó una mecánica voz femenina—, ¿Quiere que haga algo con él, señor?
—Búscala.
Antes de que la IA abriese el documento, McRae llamó a la capitana Nadia y al sargento mayor Ronald para que estuviesen presentes.
—Vamos a las duchas —le informó Nadia por el comunicador interno—. Acabamos de terminar los entrenamientos.
El teniente coronel prefirió esperar a que llegaran para abrir el archivo Marlow, por lo que se preparó un café bien cargado.
Se dirigió hacia la ventana. Le relajaba contemplar las glandes planicies de tierra cubierta de hierba.
Su mente volvió a la visita que había hecho con Stone para saludar a los antiguos integrantes de la One Compran.
Y mientras la taza de café aún humeaba, recordó que el capitán, tras acceder mediante el ascensor a una zona reservada en la Esfera, le había llevado, acompañado de Nadia y Ronald, hasta una enorme sala repleta de mesas de pimpón, billares y televisores enormes que emitían partidos de fútbol, béisbol, baloncesto y boxeo.
También distinguió allí una pequeña barra en la que servían productos energéticos y proteínicos.
McRae calculó que habría unos sesenta efectivos, entre hombres y mujeres, todos desarmados.
El capitán Stone apagó y encendió las luces para llamar la atención de los presentes.
—¡Atención, PSU ! —gritó—. ¡Robert McRae en sala!
Los soldados que estaban sentados se pusieron de pie. Los demás se giraron hacia el lugar de donde provenía la voz. Algunos, los que no habían combatido en la One Company, no sabían qué estaba ocurriendo. Sin embargo, todos comenzaron a aplaudir.
El teniente coronel apretó la mandíbula y la cicatriz que recoma su cara se reveló poderosa. Alguien, en ese instante, golpeó el suelo con la suela de la bota y, de inmediato, toda la sala comenzó a taconear rítmicamente.
—Impresionante, Robert —le susurró Nadia, casi al oído.
—¡No se olvide de llevarme con usted en la próxima batalla! —Añadió Ronald, sumándose a los aplausos.
—Me piden saludarle personalmente y grabarlo —solicitó el capitán Stone.
McRae asintió. Un nudo en la garganta le impedía hablar.
Los soldados comenzaron a ubicarse en fila, por orden de antigüedad y de rango.
Cuando toda la unidad PSU estuvo formada, Stone dio la orden de avanzar.
Fueron pasando de uno en uno para cuadrarse ante el teniente coronel, mientras las cámaras del Hologram 3D de la sala los filmaban para inmortalizar el momento.
Después vinieron las grabaciones individuales con «el héroe de La Valeta».
Cuando todo terminó, el capitán John Stone le agradeció a McRae la disposición a confraternizar con la tropa y él mismo se fotografió junto al teniente coronel.
Al terminar la sesión, la capitana Nadia se acercó a Stone.
—Nosotros hemos cumplido, ahora es su tumo.
El capitán asintió y les invitó a seguirle hasta el ascensor.
Doce plantas más abajo, se detuvieron en el piso que albergaba las dependencias del Departamento de Análisis e Investigación sobre la Inmunidad Orgánica, el AROI .
Recorrieron un ancho pasillo hasta una vasta estancia que, dadas las láminas que alertaban sobre las pandemias y cubrían las paredes, parecía una sala de espera de un hospital.
—Aunque estaban avisados de nuestra visita, deben aguardar un momento hasta que me entreguen las credenciales.
Ronald y Nadia se sentaron, pero McRae quedó de pie contemplando las láminas y un panel con una relación de marcas comerciales sobre vacunas y antídotos que colgaba en un lugar destacado.
—Por ahora —dijo Nadia—, esta sala parece indicar que, si realizan experimentos, serán más legales que los del portaaviones Kein Platz.
—Basta con nombrarlo para que me llegue el olor a carne quemada —intervino el sargento mayor Ronald.
Stone llegó sonriendo y algo sofocado, con su rostro más colorado de lo habitual.
—Hecho —exclamó, entregándoles tres pegatinas—. El coronel médico ha dado el visto bueno a sus credenciales. Péguenselas del lado derecho del uniforme, para que se distinga bien el código de barras. En cuanto entremos, la doctora Karla Smith nos hará de guía.
Siguieron al capitán por un nuevo pasillo. La puerta por la que entraron tenía un ojo de buey de metal plateado. Un celador les entregó unas mascarillas filtrantes de color azul con seis capas de protección personal.
Se les acercó una doctora con bata blanca, guantes y una mascarilla azul idéntica a las que les habían entregado. Sus ojos eran grandes y verdes, y su piel, negra.
—Soy la doctora Karla Smith. Me han encargado enseñarles nuestras instalaciones AROI .
McRae se presentó el primero, luego la capitana Nadia y en último lugar el sargento mayor Ronald.
—¿Exactamente qué les gustaría conocer?
—Estábamos interesados en los avances sobre las nuevas vacunas y los nuevos antídotos en los que están trabajando —contestó Nadia—. Nos lo consultan a diario nuestros soldados.
La doctora asintió y los condujo hasta una sala con unas cincuenta butacas, que al fondo contaba con una pantalla sobre una tarima. Subió unos peldaños y se situó en la tarima, desde la que les pidió que ocupasen las butacas más cercanas. Los cuatro obedecieron.
—Me siento como un niño en un Centro de Interpretación —comentó el capitán Stone, con una media sonrisa.
La doctora apagó las luces y dio paso a una filmación.
En ella se explicaba cómo cada Esfera en el mundo tenía una planta dedicada al Análisis e Investigación sobre la Inmunidad Orgánica, si bien los avances en las investigaciones se compartían entre todas.
Habían nacido con la misión de enfrentar las diferentes enfermedades que iban surgiendo y para las que no se tenía antídoto.
Se mostraron los avances en el combate contra las diferentes variantes del covid a lo largo de los años, así como las epidemias generadas por viruelas desconocidas provenientes de animales.
Para finalizar, la película desgranó la gran cantidad de recursos destinados a vencer la nueva variante de covid-84 mutada con el cáncer, que provocaba que los organismos afectados, totalmente asintomáticos, implosionaran de repente.
—¿Alguna pregunta?
—Doctora —intervino Nadia—, ¿las investigaciones y experimentos se hacen con seres humanos o solo con animales?
—Ni con unos ni con otros. Ahora todos los estudios se basan en hiperrealidad y se efectúan con inteligencia artificial.
—Pero… —Siguió Nadia—, tarde o temprano han de aplicarlo sobre seres humanos para comprobar el resultado.
—Para ese momento ya conoceremos los efectos de antemano. Nuestras aplicaciones de investigación virtuales manejan todas las variables.
—¿Entonces los rumores de experimentos con humanos son infundados?
—Usted sabe que eso terminó hace muchos años.
Ahora, con los avances y perfeccionamiento en el ARN m, la tecnología ha desarrollado técnicas superadoras que permiten sacar al mercado los antídotos apenas superadas las pruebas de laboratorio.
Sabemos que, en cuanto ese antídoto ingrese al organismo, el sistema inmune reconocerá los elementos extraños y producirá anticuerpos y células T activadas para defenderse.
—¿Qué ha impedido encontrar una vacuna para la última mutación?
—Hemos descubierto que los avances en ARN m no son suficientes. La mutación se revela inmune.
—Si tuvieran una persona con anticuerpos contra esa mutación o contra cualquiera —intervino McRae—, ¿a qué le someterían?
—Eso es ciencia ficción, teniente coronel. No existe nadie en el mundo con esos anticuerpos.
—Entonces suponga que existiera.
—Entonces, siguiendo con la ciencia ficción, lo encerraríamos aquí hasta que fuéramos capaces de clonar su sangre por millones de litros.
—Luego sí experimentarían con humanos —medió Nadia.
—En tal caso las circunstancias lo exigirían, sí —alegó la doctora con incomodidad.
Los recuerdos se interrumpieron en la mente de McRae en cuanto Nadia y Ronald llegaron a sus dependencias.
El teniente coronel les explicó las razones por las que les había llamado y les propuso sentarse alrededor del Hologram 3D.
Se fijó en lo proyectado por el ordenador: aparecía el nombre de Marlowoi y debajo dos teclas: encendido y apagado.
—Olga-09, abre Marlowoi.
La proyección del holograma trazó espirales de color azul que se movían sin parar. De pronto se estabilizaron.
— Indique desde cuándo quiere la información .
—Desde la muerte de Peter Marlow —contestó McRae.
Las espirales azuladas se repitieron y al cabo de unos segundos se detuvieron de nuevo.
— ¿Qué información desea?
—Deseo conocer la geolocalización del chidint desde ese instante.
En la proyección apareció la imagen vía satélite de la ciudad de Providence, en Rhode Island.
Se veían con claridad las cien hogueras a lo largo de los tres ríos que cruzaban el Downtown de la capital, el WaterFire.
La imagen se enfocó en un punto que se fue agrandando. Era el cementerio de Swan Point.
—Ahí está enterrado Lovecraft —dijo la capitana.
—¿Quién es ese? —preguntó Ronald.
—Ya te lo explicaré luego.
—Y ahí también fue donde encontraron el cuerpo de Marlow —informó McRae—, oculto entre unos matorrales y cubierto con un montón de hojarasca.
Una luz roja se fue desplazando desde Providence hasta Boston. Al llegar a esta ciudad, emprendió camino hacia Hartford, en el estado de Connecticut. Se detuvo un momento y después realizó un breve desplazamiento. McRae amplió la imagen. Se trataba de la casa de Mark Twain.
—Curioso —exclamó Nadia—. De la tumba de Lovecraft a la casa de Mark Twain. A este chidint le gusta la literatura.
Ni McRae ni Ronald le rieron la gracia. Sus miradas estaban centradas en la luz roja sobre el plano del estado de Connecticut, que comenzó a desplazarse hasta New Haven.
—Está muy claro que Da Costa, después de matar a Marlow, se desplazó en tren —reflexionó en voz alta el teniente coronel—. Esas son las estaciones desde Boston a Nueva York.
La luz roja comenzó a moverse de nuevo y salió de la ciudad de New Haven para dirigirse a Nueva York.
McRae amplió la imagen del satélite y apareció Penn Station.
Mantuvo la imagen ampliada y no regresó al mapa anterior.
La luz roja continuó avanzando por las vías del tren en dirección a New Jersey para entrar en el Aeropuerto Internacional de Newark Liberty.
Luego la luz atravesó el océano Atlántico y se detuvo en el Aeropuerto Internacional de Utopía 20A B.
—Olga-09, a partir de aquí mantén la imagen ampliada y disminuye la velocidad.
— Como usted ordene, señor .
La luz roja salió del aeropuerto y se dirigió a la parada de los aerotaxis.
Desde ahí se fue desplazando por diferentes calles de la ciudad, como si dibujase un enorme garabato.
Así se comportó durante un rato largo, que debía corresponder a los viajes del vehículo en uno o dos días completos.
De repente, la luz se detuvo. McRae amplió la imagen. Era el lavadero de aerotaxis.
El teniente coronel se levantó y comenzó a pasear por la sala, sin dejar de pensar en voz alta:
—Está muy claro que Da Costa se desprendió del chidint en el interior del vehículo y se bajó en algún punto de la trayectoria dibujada por el aerotaxi en Utopía 20AB.
El chip de Marlow se quedó en el interior mientras seguía cogiendo clientes y circulando para llevarlos a sus destinos, hasta que en un momento o un día determinado el responsable del vehículo lo llevó al lavadero.
—Así que, si Da Costa cambió el chidint por otro —apuntó Nadia—, y no sabemos cuál es, será casi imposible saber dónde está ahora. Hasta pudo dirigirse a la Luna.
—Desconocemos qué identidad usa ahora. Lo único válido será realizar un barrido de reconocimiento facial por el aeropuerto desde ese día que llegó a Utopía 20AB hasta hoy, para saber si salió o no.
Nadia se acercó a la máquina de café y marcó «Expreso». Cuando obtuvo su café, se acercó con la taza a los ventanales desde los que se contemplaban las grandes praderas de entrenamiento de las unidades de la base militar.
—La verdad es que bien poco hemos sacado en claro de ese viaje transoceánico.
McRae sonrió.
—Creo que ahí te equivocas —dijo—. Hemos aprendido más de lo que piensas.
—No te entiendo.
—Con mis respetos, señor —intervino Ronald—, yo tengo la impresión de que estamos como al principio.
—No me refiero a la ubicación actual de Da Costa.
—¿Entonces a qué? —preguntó Nadia.
—A la Esfera.
—Sigo sin entender.
—Después de ver lo que ocurría con las capas exteriores amarillas, los paneles solares que abastecen de energía el interior y que paralizan su funcionamiento si se desgastan, me percaté de una cuestión vital.
—Yo solo vi y sentí —intervino Nadia— que nos trataron como colegiales en las dependencias de experimentación y análisis.
—¿Podría explicarse, señor? —preguntó Ronald.
—Las Esferas no son tan indestructibles como parecen.
—Pueden resistir el impacto de bombas nucleares. Incluso se construyen con el fin de servir de refugios.
—Lo sé, Ronald, lo sé —dijo McRae.
La capitana y el sargento mayor permanecieron expectantes. McRae se levantó.
—He descubierto su punto débil, el que permitiría destruir todas las Esferas del mundo.