Vallekas 2084 Capítulo 20 El chidint #2
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Capítulo 20 El chidint #2

—Hace unos meses la visité con la familia.

Sentí una alegría enorme al comprobar que nuestro sacrificio sirvió para algo.

La isla es hoy Utopía 31AB y sus habitantes respiran felicidad por los cuatro costados.

Fue la primera Utopía que instaló las máquinas para cargar los cuerpos con dosis de endorfinas para todo el día.

Resultó una maravilla poder contemplar la sonrisa en el rostro de la gente por sus calles.

—¿Sigue usted en las unidades de combate?

—No, aquello me dejó secuelas psíquicas y pedí un destino más tranquilo. Desde entonces he estado asignado aquí. Aunque no ascienda más en mi carrera profesional, lo prefiero. Mi familia y yo vivimos más tranquilos sin sobresaltos ni peligros.

—Capitán, me alegra mucho conversar con usted, pero tenemos una misión que cumplir.

—Discúlpeme el entusiasmo, mi teniente coronel. Verle en persona después de tantos años y tener ante mí al héroe que me salvó la vida…. Bueno, todos los que estábamos allí se la debemos… Acompáñenme, por favor. Seré su guía.

El capitán les llevó hasta un extraño vehículo. Se trataba de una réplica del planeta Saturno, cuyo diámetro rondaría los ocho metros. Stone pulsó un botón y dos hojas de la superficie del vehículo se abrieron para permitir el acceso al interior.

El primero en entrar fue el sargento Ronald.

—Es la primera vez que encuentro un vehículo fabricado para los de mi talla.

—Es el último modelo de Rolls Coumenn —informó el capitán—. Lo utilizamos para las visitas de otras Utopías.

Se acomodaron en el interior, con un único asiento en forma de circunferencia. En el centro se proyectaban imágenes en 3D del exterior. El capitán ordenó a la máquina:

—Destino: Lavadero Tifus 09.

Una voz pidió que se abrocharan los cinturones y el vehículo se elevó poco a poco unos dos metros del suelo y emprendió la marcha. Según se alejaban de la Esfera, los pasajeros distinguieron en el exterior cómo estaban cambiando una de las planchas doradas de la Esfera.

—¿Es la que se les averió?

—Sí, es la que nos estaba dando problemas por su desgaste —respondió el capitán Stone—. El viento del sur lleva en suspensión arenisca que ha debido de golpear esa plancha durante años.

—Pensé que la Esfera se encontraba preparada para resistir hasta el impacto de bombas nucleares tácticas.

—Lo está, pero en realidad es la cúpula de adamantium del segundo nivel la que ofrece la mayor protección. El exterior está formado por planchas solares que se desgastan con el tiempo. Hoy van a sustituir tres que se encuentran ya demasiado deterioradas.

—Si no me equivoco, las planchas solares del exterior tienen la misión de recoger la energía solar y almacenarla para trasladarla a las diferentes plantas de la Esfera.

—Así es, señor. En concreto, las que se han averiado proporcionaban energía a las plantas de conservación de alimentos, las destinadas a formación y entrenamiento y la de los conejillos de indias.

—¿Conejillos de indias? ¿A qué se refiere exactamente, capitán?

Stone se sonrojó.

—Tiene que perdonarme, mi teniente coronel. Me he dejado llevar y he utilizado el nombre entre la tropa. Se trata, como ha debido de sospechar, de las dependencias del Departamento de Análisis e Investigación sobre la Inmunidad Orgánica.

McRae lanzó una mirada a Nadia y Ronald para que permanecieran callados. Ninguno de los tres conocía de la existencia de esos departamentos.

—¿Y en qué están trabajando ahora, capitán?

—Siguen buscando antídotos para las nuevas mutaciones de los virus. Ahora, además del covid-84, les preocupa la nueva viruela del mono.

—Vacas, pollos, perros, murciélagos, monos… Parece que los animales son el origen de todas las enfermedades —intervino Ronald.

—Los humanos también las provocamos —informó Stone—.

Tal vez ha leído usted que los conquistadores, cuando llegaron a América, hace seiscientos años, contagiaron a los nativos enfermedades que no habían sufrido hasta entonces.

Ahora ocurre lo mismo con los movimientos de la gente por todo el mundo, también con los viajes turísticos a la luna y a Marte.

A eso se unen los virus creados en laboratorios para las guerras químicas, que a veces se descontrolan.

—Hace años se experimentaba con humanos voluntarios de los corredores de la muerte o prisioneros de guerra.

La capitana, por ejemplo, al graduarse en Criminología, centró su tesis sobre varios asesinos en serie que se sometieron voluntariamente a esos experimentos —dijo McRae, buscando con la mirada la complicidad de Nadia.

—La verdad es que gracias a esos experimentos se han logrado los avances en los antídotos que tenemos hoy —aventuró ella, con expresión experta.

—¿Aún hoy se utilizan humanos?

—No conozco mucho de esos pormenores, pero sí he oído que no se hacen prisioneros en los campos de batalla, que son muy elevados sus costes sociales, por lo que puedo adelantar que…

»Descendiendo a destino. En trece segundos y siete décimas aterrizaremos en el aeródromo del Lavadero Tifus 09.

La voz de la máquina había cortado la conversación. Todos miraron hacia el exterior. Volaban a la altura de los décimos pisos de los edificios, entre pantallas publicitarias.

«Siente el calor y la ternura de nuestros abrazadores…».

La pantalla mostraba unos brazos mecánicos enfundados en lo que parecía terciopelo. Abrazaban a personas y mascotas. Y todos sonreían, con una expresión de profunda idiotez.

«Nuestros aparatos afectivos generan oxitocinas, para disfrutar el “subidón” emocional de lo nuevo…».

El aterrizaje se completó. El primero en salir fue el capitán Stone, que se dirigió hacia una puerta metálica, donde pasó sus credenciales por un visor.

—Por favor, vayan pasando los códigos de barras de las credenciales por esa luz azulada.

La puerta metálica se abrió y Stone, seguido del resto, recorrió un pasillo hasta llegar a un ascensor acristalado que, según descendía, mostraba las instalaciones. Decenas de aerotaxis en fila esperaban su tumo para ser rociados por diferentes líquidos desinfectantes.

Se adentraron en una planta que les llevó a una especie de ventanilla que enmarcaba el rostro de una oficial de policía.

—Buenos días —saludó el capitán al tiempo que mostraba sus credenciales—, hemos venido a recoger el chidint que se indica en este documento.

La mujer, sin pronunciar palabra, recogió el documento y se perdió por el interior.

—Aquí se depositan y clasifican todos los objetos que se encuentran abandonados dentro de los aerotaxis.

—¿Son muchos los aerotaxis que utilizan cada día este lavadero? —preguntó Ronald.

—Sí, es el central —contestó Stone—. Aunque hay dos más, aquí se limpia una media de cinco mil diarios.

—Parecen demasiados —reflexionó el sargento mayor.

—No lo crea, con eso de desinfectarlos cada 48 horas, más la necesidad de limpiarlos cada vez que se vean sucios…

—¿Qué sabemos de ese chidint de Peter Marlow? —preguntó McRae.

—Solo que se encontró en la revisión ordinaria de mantenimiento de la máquina, como tantos objetos que se abandonan en el interior de los aerotaxis. Se depositó en estas dependencias, como obliga la norma.

—¿Sabemos el vehículo y el día?

—Eso es casi imposible. Ese chidint se encontró en el interior de la máquina de limpieza.

No se sabe desde qué vehículo salió y tampoco cuándo lo hizo.

La única forma de averiguar algo más es a través de la lectura de los datos almacenados en su memoria, pero esa es tarea exclusiva de las unidades especializadas en el control de esos dispositivos.

La oficial de policía había regresado a la ventanilla.

—¿Quién se va a hacer cargo de este objeto? —dijo, alzando una caja de color hueso del tamaño de una alubia.

—Yo —dijo McRae, acercándose a la ventanilla y mostrándole las acreditaciones de Seguridad Máxima, el MSC —. Teniente coronel Robert McRae, de la Brigada Génesis.

La mujer tecleó y pasó un lector de códigos por la acreditación.

—Todo conecto. Puede llevársela.

McRae recogió la cajita y la abrió para comprobar que contenía el chidint . La cerró de nuevo y la guardó en uno de los bolsillos de su chaleco de kevral.

De nuevo en la nave, Stone ordenó al cerebro artificial de la máquina que regresase a la Esfera. Cuando apenas se habían elevado cincuenta metros, preguntó a McRae:

—¿Le importaría pasar un momento por los salones de recreo de la Esfera?

—¿Con qué objeto, capitán?

—Verá, es la hora de asueto de mi unidad y muchos de sus componentes estaban integrados en la One Company, por lo que sufrieron el asedio a La Valeta. Será un honor para ellos, como lo ha sido para mí, saludar y conocer en persona a quien nos rescató de aquella matanza.

—El honor será mío.

—Si no le importa, capitán, le pediría a usted otro favor —terció la capitana.

—Si está dentro de mis competencias, cuente con ello.

—Me gustaría visitar las dependencias del Departamento de Análisis e Investigación sobre la Inmunidad Orgánica para conocer cómo van los avances sobre los antídotos.

—Sin problema. Estoy autorizado.