Capítulo 20 El chidint
El chidint
E L TIGRE AZUL I-A aterrizó sobre la cúpula de la Esfera que controlaba las Utopías AB en el sur de Europa.
Se hallaba situada al norte del antiguo Madrid, más allá de las antiguas Torres Business Área.
El aterrizaje se efectuó sin retraso y sin anomalías.
Mientras el piloto ajustaba la aeronave en la zona que le indicaban, por la mente de McRae pasó lo averiguado sobre el doctor Sprenger, su esposa, el accidente provocado por el mercenario Murphy Hueven y el vertiginoso ascenso de Michel Smith Foley en la Coumenn Corporation.
McRae estaba seguro de que mantenerse en esas investigaciones le traería problemas, pero él se crecía en las dificultades.
Resultaba preocupante pensar que todo aquello representaba solo la punta de un iceberg de conspiraciones, asesinatos y luchas por el poder, cuyo objetivo era el enriquecimiento personal y el logro de una vida más longeva para la élite.
McRae se estremeció: estaba reflexionando y analizando la información de la misma manera en que lo hacía su abuela, no como el soldado que había sido hasta ahora, el que cumplía sus misiones y no hacía preguntas.
Cuando bajaron de la aeronave, un soldado delgado con distintivo de Specialist corrió al encuentro del teniente coronel Robert McRae. Se cuadró ante él, manteniendo la yema de los dedos en el borde de la gorra:
—Señor, soy el soldado especialista McLuham. El general Warren Mendoza de la Brigada Génesis quiere hablar con usted de inmediato.
—Qué extraño —exclamó McRae—. No se ha comunicado durante el vuelo.
—No podía, señor —respondió el soldado—. Nos está fallando el repetidor y no hemos podido replicar ciertas comunicaciones.
—¿Saben qué está pasando?
—Al parecer, una plancha exterior de la Esfera está deteriorada. Tienen algún problema para repararla.
—Vaya, no somos tan invencibles. ¿Dónde puedo hablar con el general?
—Sígame, señor.
McRae le hizo una seña a la capitana Nadia para que fueran trasladando todo el equipo a uno de los Black Power más ligeros.
Le dijo que, en cuanto regresara de hablar con el general, saldrían a recoger sus credenciales para moverse sin restricciones y averiguar todo lo que pudieran sobre el chidint de Peter Marlow.
El teniente coronel siguió al soldado, que alzó una claraboya, y se introdujo en la Esfera. Bajaron por unas escaleras metálicas de caracol y se encaminaron hacia una compuerta. El soldado tecleó un código en la cerradura y presentó el iris en una pantallita lateral.
Entraron a una antesala con varios ascensores. Cogieron el que acababa de llegar. Al pulsar el piso «-25», las puertas se fueron cerrando y un gas azulado inundó el interior del habitáculo.
—Sospecho, señor, que ya sabe que se trata del protocolo de desinfección TDS , con cloro AsT.
McRae asintió.
—Señor —dijo el soldado, al llegar a la planta y cuando las puertas se abrieron, indicándole que saliese delante de él.
Recorrieron un largo pasillo, que se iluminaba con una luz blanca a cada paso. Sin embargo, no todo iba bien, pues las luces parpadeaban.
—La avería está influyendo también en la iluminación interna —informó el soldado.
Al llegar al final del corredor, el soldado repitió el ritual de seguridad. La puerta se abrió despacio. Ante ellos se presentó una sala con varias pantallas en las paredes y un Hologram 3D en el techo.
—Señor, el general Warren Mendoza se pondrá en contacto de inmediato con usted —dijo el soldado, retirándose a una esquina.
McRae permaneció de pie en medio de la sala, con las manos delante y las piernas abiertas. La pantalla frontal se encendió y dio paso a la imagen del general. McRae se percató de que Mendoza ahora lucía dos estrellas en las hombreras. Había sido ascendido.
—¿Me oye, teniente coronel?
—Alto y claro, señor.
—Ya le habrán informado de una pequeña avería que nos está afectado a las comunicaciones —dijo el general—.
Quería trasladarle varias cuestiones antes de que regrese a la base.
La primera es que, como ha podido comprobar, he sido ascendido a mayor general, por lo que he de abandonar la Brigada Génesis para incorporarme a mi nuevo destino en las Divisiones Aéreas del Mediterráneo.
Así que, cuando usted regrese, lo más probable que es no nos veamos.
—Enhorabuena, señor.
—Durante mi mandato, los comandos que usted dirige se han caracterizado por dar una respuesta ágil y asegurar el éxito en cada misión.
Eso sin duda ha sido vital para este ascenso, por lo que he dejado a mi sucesor mis recomendaciones para que usted sea ascendido a coronel en cuanto acabe esta misión y presente ante la Dirección General el cuerpo de Ramalho da Costa.
Y lo mismo respecto a sus colaboradores más cercanos: la capitana Nadia será promovida a comandante y el sargento mayor Ronald Wer a suboficial superior.
Al mismo tiempo los he recomendado para la concesión de la Medalla por Acciones Distinguidas.
—Muchas gracias, señor.
—Y una última cosa antes de cortar la conexión.
Conozco el cariño que profesa a su abuela, por lo que quiero informarle de que esta mañana ha efectuado un disparo desde el porche de su vivienda a uno de los Inspectores de Medio Ambiente.
No ha habido que lamentar desgracias personales porque los cartuchos de su escopeta eran de fogueo.
El inspector se llevó un buen susto y a lo mejor denuncia a su abuela, pero, dada su edad y el hecho de que eran cartuchos inofensivos, no creo que la multa resulte muy elevada.
—Gracias de nuevo, señor. Una pregunta, si me lo permite.
El general asintió.
—¿Se sabe ya quién va a sustituirle al mando de la Brigada Génesis?
—No, aún no. Pero se rumorea que podría ser el recién ascendido a general de brigada Clint M. Roslaw.
—¿Roslaw? ¿El de la matanza de Sin City Group?
—El mismo.
La conexión se cortó y el soldado McLuham se acercó al teniente coronel para guiarle hacia la superficie.
Le indicó que fuera delante de él, pero McRae le hizo un gesto con la barbilla para que avanzase.
Mientras seguía al soldado, iba observando con detenimiento el interior de la Esfera.
Las luces del interior de los pasillos aún parpadeaban.
—¿No han dado con la avería?
—Está localizada en una de las chapas exteriores. Al parecer se halla desgastada y la están sustituyendo por una nueva.
McRae escuchó la respuesta, pero no podía dejar de pensar en qué habría ocurrido en la Dirección General en Washington para que decidieran ascenderle.
¿Tal vez se le notaba decepcionado y querían motivarlo?
¿O era una forma vulgar de tener comprados a él y a su equipo?
¿Tendría eso algo que ver con el interrogatorio al doctor Sprenger?
Cuando se divisaron los componentes de los comandos Alfa, el soldado McLuham se despidió, asegurando, antes de irse, que un oficial les entregaría los salvoconductos.
Al llegar a la cúspide de la Esfera, el teniente coronel comprobó que los helicópteros Black Power se encontraban listos para sobrevolar y contó su conversación con el general Mendoza a Nadia y a Ronald.
—Qué raro es todo —murmuró ella—. Suena a la típica patada hacia arriba para quitarte de en medio.
—Eso pensé yo.
—A mí eso me importa muy poco —dijo el sargento Ronald—. Solo sé que, en cuanto me asciendan, pediré destino en los Comandos Indo-Pacífico y me iré a vivir a Honolulú.
Un militar con uniforme de gala interrumpió la conversación. Se cuadró ante McRae, sin apartar la mirada de la cicatriz que le cruzaba la cara.
—Soy el capitán John Stone, de la compañía de protocolo. Les traigo sus credenciales para moverse libremente por Utopía 20AB.
Se trataba de unas pequeñas pegatinas con un código de barras que adhirieron al uniforme a la altura del pecho.
McRae contempló atentamente al capitán: había algo familiar en aquel individuo de unos cuarenta años, con una incipiente barriga, cara redonda, pelo ralo, mofletes rojizos y unos ojos pequeños de color pardo, que miraban con timidez.
McRae no fue capaz de ubicarlo en su memoria.
—¿No se acuerda de mí, verdad?
—Sé que nos hemos visto antes, pero no lo sitúo.
—¿Se acuerda del asedio a La Valeta, en Malta?
—¿Hace cinco años?
—Sí, señor —afirmó Stone, sonriendo con satisfacción.
—¿Se encontraba usted entre la tropa asediada?
—Así es. Yo era un joven teniente recién incorporado a las unidades de defensa de la isla, concretamente a la One Company.
No habíamos tenido problemas hasta que los King Ciborg nos invadieron.
Llevábamos dos días de asedio y más de trescientos muertos en nuestras filas hasta que llegó usted y abrió una brecha.
La imagen de la entrada de la Brigada Génesis en la isla por tierra, mar y aire es algo que jamás podremos olvidar.
—Hicimos retroceder a aquellos Ciborg —dijo McRae, apoyando la mano derecha sobre su hombro—.
Eran de lo más preparado y peligroso, aquellos bastardos.
Habían cambiado las piernas y brazos orgánicos por miembros cibernéticos que les dotaban de mayor rapidez y fuerza.
Su fanatismo religioso les impulsaba a amputarse las extremidades para sustituirlas por esos artilugios, todo en aras a expandirse y expulsar al infiel de la Tierra, decían.
—Lo recuerdo como si fuera hoy, señor. A usted le sangraba la cara por culpa de la metralla y creímos que había perdido un ojo, pero siguió avanzando hasta que llegó a nuestras posiciones y nos liberó.
La ocupación por sus soldados con usted al frente de la calle de la República desde la Puerta de la Ciudad hasta Fuentes de San Telmo es una imagen inolvidable.
—¿Ha vuelto por La Valeta, capitán?