Capítulo 19 Los estercoleros de Vallekas #2
—¿Entonces la ropa vendida como NikeCoumen se fabrica en estas instalaciones?
—Sí, senséi . Y también las otras variantes de la Coumenn Fashion, como Lacoste, Gucci, Levi’s, Zara… Todas se fabrican aquí, se almacena al lado y se graba la marca comercial que pide el cliente. Luego entran clandestinamente en Utopía 20AB y se distribuyen al resto de Mundo Utópico.
—La ganancia de estas falsificaciones será enorme —insinuó Héctor.
—Alimentan a cientos de familias en Vallekas.
—Una pregunta, guapa —intervino Gitano—. ¿Cómo sabes tanto de este mundillo de las prendas?
—A ti te basta con saber que lo sé y punto —le cortó ella, pero, por el brillo de sus ojos, Da Costa intuyó que entre los dos existía algo más que una simple enemistad.
Leticia se dirigió hacia otra parte de la nave y les hizo un gesto para que la siguieran.
La nueva sala parecía algo más pequeña y también contenía camisetas.
La muchacha cogió varias de diferentes montones y las desplegó sobre una mesa.
En el pecho de las prendas se leían leyendas como: «La felicidad es un camino», «La felicidad es una manera de viajar», «La felicidad es interior», «La felicidad es un perfume que no puedes derramar», «La felicidad es tener la mente tranquila»… .
—No hace falta que nos digas donde las venden —dijo Héctor—. La omnipresencia de la felicidad en sus vidas está en todas partes: per diem y ad nauseam .
Leticia cogió tres camisetas más de otro montón y las extendió sobre las anteriores. Se podía leer: «La felicidad es la clave del éxito», «Tus sueños son la brújula que te guía hacia el futuro», «El optimismo es la fe que nos conduce al éxito».
—Lemas de coaches para motivar al personal —dijo Eladio, con cara de asco—. La mierda de la psicología positiva. No nos libraremos de ella ni en el infierno.
La muchacha volvió a coger otras camisetas de un nuevo montón y las desplegó sobre las anteriores. Ahora los lemas eran: «Donde mis fuerzas terminan comienzan las de Dios», «La vida es un viaje y Dios planea el itinerario», «Dios tiene planes hermosos contigo».
—Bueno, bueno —intervino Hanna—, eslóganes sobre felicidad, motivadores y los que nos recuerden constantemente que somos el pueblo elegido por el Señor. Está muy claro cuál es el destino de este material.
—¡Perfecto, Leticia! —intervino Da Costa—. ¿Quién tiene ahora algo más que enseñamos?
Héctor y Eladio lideraron el grupo y se encaminaron hacia una nave pintada de amarillo. Al llegar, se apartaron hacia los laterales del portón, pues salía un camión cargado con baterías eléctricas, cada una del tamaño de un melón.
—¿Qué hemos venido a ver aquí? —Quiso saber Hanna.
Héctor carraspeó y dijo:
—De aquí salen las baterías eléctricas que luego se transportan y comercializan en Utopía 20AB.
—Esa es la fachada —intervino Eladio—. La realidad es que esas baterías han sido compradas a algún fabricante pero, antes de adentrarse en Utopía, los transportistas hacen un pequeño alto aquí, donde se extrae un cinco por ciento de la energía de cada batería.
—De esa forma —siguió Héctor—, cada veinte baterías consiguen una extra, que se queda en Vallekas.
—¿Qué volumen de baterías lleva un camión como el que acaba de salir? —preguntó Leticia.
—Unas mil —contestó Eladio.
—Por lo tanto son cincuenta las que se quedan aquí —aventuró ella.
—No exactamente —explicó Héctor—. Cada veinte camiones, se consigue un camión extra, que también se le vende a Utopía.
—Una estafa en toda regla —dijo Hanna, con una sonrisa.
—Y que de nuevo da de comer a muchas familias en Vallekas —sentenció Eladio.
—Solo falta que a cada batería le coloquéis la pegatina de «Bio» —bromeó Gitano.
El microbús, conducido en esa ocasión por Gitano como guía de la nueva expedición, se alejó de las zonas pobladas de Vallekas.
Al cabo de media hora, llegaron a la ribera de un río que, pese a los efectos del calentamiento global, aún llevaba agua en abundancia.
En la otra orilla, aunque la luz del crepúsculo ya era escasa, se adivinaba una valla metálica coronada por concertinas.
Unos paneles señalaban que se encontraba electrificada.
—¿Qué hacemos aquí? —Quiso saber Leticia.
—¿No nos ha pedido el senséi que le enseñemos el submundo de Vallekas? —contestó Gitano—. Pues aquí comienza.
—¿El comienzo? Yo no veo nada más que un río y una valla —insistió Leticia.
—¿Es por aquí por donde entran los ilegales? —preguntó Héctor.
—Supongo que también los desertores de la guerra en la Frontera —apuntó Eladio.
—A los que hay que sumar los delincuentes desterrados que quieren eludir la condena —informó Gitano.
—Y los que convierten Vallekas en una estación de paso hacia Utopía 20AB —remarcó Hanna.
Mientras los chicos hablaban, Da Costa notó la presencia de un grupo más allá de la valla. A lo lejos, se veían las luces de un vehículo acercándose. Avisó al grupo.
—A lo mejor, esa gente quiere entrar y vienen a buscarlos —conjeturó Hanna.
—Me temo que lo que viene en ese vehículo es la mafia de fronteras —murmuró Gitano—.
Los traficantes de mano de obra barata o gratuita, de blancas y de niños.
Son delincuentes muy peligrosos, que incluso trafican con los órganos de estos pobres desesperados.
Se rumorea que los capturan y los venden a los gerifaltes de la Esfera para experimentos…
Al oírlo, un escalofrío recorrió el cuerpo de Da Costa.
—¡Vámonos! —pidió Leticia.
—Demasiado tarde —dijo Da Costa—. Es mejor no movernos y seguir con las luces apagadas y sin hacer ruido. A lo mejor no nos ven.
Instantes después un potente foco se encendió sobre un vehículo, iluminando la zona donde se encontraban ellos. Era una pickup antiguo, con luces instaladas en el techo, de las que se empleaban para la caza mayor. Al acercarse, distinguieron que se trataba de un Mitsubishi L200.
—¿Quién está ahí? —preguntó una voz desde la caja del vehículo.
Solo se vislumbraba la silueta de un tipo grueso, con una especie de antigualla de subfusil en bandolera, posiblemente un viejo H&K MP 7, susurró Da Costa. Gitano sacó del bolsillo del pantalón una estrella metálica. Da Costa le sujetó la mano.
—Espera un segundo. Necesitamos saber cuántos son. Cuando te lo indique, lánzala sobre el foco.
—Somos turistas —respondió Hanna, con voz angelical.
El foco de luz se dirigió hacia ella, momento que Da Costa aprovechó para escabullirse entre las sombras.
—¿Turistas? ¡Aquí no está La Cibeles! —contestó el de la caja, ante las risotadas de otros dos que salían de la cabina del vehículo también armados.
Desde las sombras, se oyó un silbido breve.
Gitano alzó el mentón, como si olisqueara el aire, y lanzó con fuerza la estrella sobre el foco, que se apagó en un estallido.
Hubo un instante de caos, que los jóvenes aprovecharon para ocultarse detrás del microbús, mientras Da Costa saltaba sobre la caja del vehículo y agarraba por detrás, en una presa durmiente, el cuello del individuo grueso.
Le apretó la carótida con un movimiento seco y el sujeto perdió el conocimiento.
Da Costa le arrebató el arma de las manos y colocó el cuerpo inerte delante de él, como un escudo humano.
—¡Dejen las armas en el suelo! —gritó.
Una ráfaga de balas impactó de lleno en el cuerpo del grandote, rozando apenas el costado de Da Costa, que respondió con disparos.
Cuando el sonido de las balas se calló, quedó un silencio hondo, que rompieron las pisadas de los muchachos acercándose.
Los otros dos yacían en el suelo, sobre sendos charcos de sangre, con el cráneo reventado.
—¡Coged las armas y larguémonos! —ordenó Da Costa.