Capítulo 19 Los estercoleros de Vallekas
Los estercoleros de Vallekas
Los días siguientes impulsaron a Da Costa a introducirse más en la vida diaria de los ciudadanos. Hetty le había aconsejado que acudiera con ella, como espectador, a una asamblea de representantes vecinales, con la idea de que fuera cogiéndole el pulso a Vallekas.
—La semana que entra hay un pleno en el Parlamento de Vallekas —le había dicho Hetty antes de una de las sesiones de entrenamiento—. Allí estarán representados todos los distritos.
A Da Costa le había parecido buena idea y quedó citado con ella para acceder a las instalaciones del Parlamento de Vallekas, situadas en la antigua sede de la Asamblea de Madrid.
Ese día, tras hablar con él, la mujer se dirigió a un par de chicos, un varón y una mujer, para charlar con ellos un rato, antes de despedirse de ambos con sendos besos.
Durante el entrenamiento, Da Costa se fijó detenidamente en aquellos dos jóvenes.
El chico tenía la cara angulosa, con mandíbulas potentes.
Su pelo era muy corto, casi al cero, lo que parecía resaltar un físico atlético de piel oscura, como de labriego castellano.
La muchacha tenía la barbilla fina y cara con forma de corazón.
Llevaba el pelo atado en una coleta y la piel era tan oscura como la del muchacho.
La línea de los ojos, la nariz y la boca era idéntica en ambos.
—¿De qué conocéis a la señorita Hetty? —les preguntó Da Costa en un receso.
—Es nuestra abuela —respondió la chica.
Da Costa acababa de identificar a los informantes de la mujer.
—¿Cómo os llamáis?
—Él es Héctor y yo, Hanna.
—¿Cuantos años tenéis?
—Diecisiete. Somos mellizos.
Antes de comenzar la segunda sesión de entrenamientos, Da Costa llamó a los tres entrenadores físicos.
El más bajito era Gelo, que había sido campeón universitario de gimnasia deportiva y ejercía como el especialista en acrobacias.
Luego estaba Loli, la especialista en resistencia, que no solo era capaz de sumergirse más de cinco minutos bajo el agua, sino que también corría supermaratones de 100 kilómetros.
El tercero, Tato, era el fortachón, capaz de matar un toro de un puñetazo.
Los reunió en una esquina del gimnasio, lejos de los oídos de los jóvenes.
—Al terminar los entrenamientos de hoy, quiero que me presentéis a los más canallas de todos los nuestros.
—¿A qué se refiere? —preguntó Loli.
—Aquellos que conozcan todos los rincones de Vallekas, hasta el submundo más degradado.
—En Vallekas no tenemos submundo —dijo Tato.
—Tato, en esta vida, todo tiene su lado oscuro —contestó Da Costa.
—No se preocupe, lo hemos entendido —apuntó Gelo.
Los cuatro fueron hacia el lugar donde se encontraban los jóvenes en formación y Da Costa se dirigió al colectivo:
—Hoy haremos las primeras prácticas con el sai .
Se les ha facilitado uno, que colocarán a su espalda, atados con las correas que se les darán, de esa forma no les estorbará para correr ni saltar.
El modelo que vamos a utilizar es el antiguo, con filo y punta, originario del kobudo de Okinawa.
Como ven, es un tridente de acero que sirve para…
Tras las explicaciones teóricas llegaron las prácticas sobre el manejo de tan singular arma. Era la segunda que les enseñaba a utilizarla y esperaba que alcanzasen un grado de eficacia parecido al que ya tenían con las estrellas metálicas, con las que eran casi expertos.
Da Costa cerró aquella larga sesión de entrenamiento mostrándoles cómo se saltaba desde las alturas, cómo flexionar las piernas para evitar el impacto en las caderas y cómo rodar al caer para avanzar más deprisa. Aquel día saltaron desde tres metros y sobre colchonetas, pero Da Costa les advirtió:
—Iremos aumentando la altura y quitaremos las colchonetas. No hay comodidades en las calles. Nuestra meta es aprender a saltar desde y entre edificios…
Después de la ducha, los entrenadores acudieron a verle con cinco jóvenes.
Dos de ellos eran los nietos de Hetty, a los que los monitores recomendaron por ser los mejores hackers que conocían.
Eran capaces de introducirse, y de hecho lo habían hecho varias veces, en los sistemas de control informáticos de la Esfera.
El resto, dos chicos y una chica. Esta última le fue presentada como Leticia: morena, atlética, de mirada desafiante.
Sus labios eran finos, capaces de curvarse en una mueca de desprecio: una combatiente nata.
Da Costa la había visto utilizando las armas ninjas y parecía haber nacido con ellas.
Uno de los muchachos era fuerte, trabado, algo más bajo de lo normal para su edad, con manos robustas.
Había sido quien, por tener familiares herreros y soldadores, había construido los sais y las estrellas ninja o shurikens .
Respondía al nombre de Eladio y, al sostenerle la mirada, le brillaban los ojos: el brillo de los inquebrantables.
El tercer joven que le presentaron se revelaba fibroso, de rostro afilado, muy moreno.
Lo llamaban Gitano: el típico chaval de barrio que jamás se rendía.
Héctor y Hanna, los oscuros hackers ; Leticia, la guerrera por antonomasia, una actual kunoichi ; Eladio, el fortachón, y Gitano, el buscavidas.
Aquel era el grupo de elegidos por los entrenadores.
Da Costa tenía ante él a un quinteto que posiblemente le abriera las puertas de los rincones más oscuros de Vallekas y del submundo de la New Reality.
—Los monitores me los han recomendado como los alumnos que mejor sabrían sobrevivir entre la escoria humana. Quiero que sean mis guías por los extramuros de Vallekas.
E N LOS DÍAS SIGUIENTES , antes o después de los entrenamientos diarios con el conjunto de los Ases de Picas, los cinco muchachos llevaron a Da Costa por los rincones más recónditos de Vallekas.
Se trasladaban en un microbús eléctrico que les había facilitado la Dirección General Deportiva de Vallekas y que cualquiera de los jóvenes sabía conducir.
Uno de los lugares que más le impactó a Da Costa fue un callejón sin salida, situado antes de llegar a la antigua M-45 y perdido entre las avenidas de Cerro Milano y el Ensanche de Vallekas.
Allí se daban cita decenas de mendigos y, cada día a las seis de la tarde, un camión de diez toneladas de carga depositaba cajas llenas de bebidas, generalmente vino y cerveza.
Aquella dádiva había sido un método inventado siglo y medio atrás por la socialdemocracia sueca para alejar a los mendigos de sus calles y que no delinquieran.
—¿No hay albergues para estas personas? —Quiso saber Da Costa.
—Sí, pero no quieren ir —respondió Héctor.
—¿Ni siquiera a dormir?
—No —dijo Hanna—, las autoridades lo han intentado, pero no les gusta la vida en común…
—Más que la vida en común —acotó Leticia—, lo que no quieren es someterse a la disciplina. Acuden a comer y a curarse si tienen alguna herida, pero nada más.
—Entre ellos hay alcohólicos, exdrogadictos y marginados de todos los tipos y lugares —retomó Hanna—.
La Autoridad Vallekana y los vecinos han intentado ayudarlos, pero no se dejan.
Prefieren vivir así. Por eso se pensó que lo mejor para ellos y para el resto de la población sería que todos los días les llevaran este cargamento de alcohol.
Lo beben y se quedan dormidos por los alrededores, sin molestar a la gente…
—Pero a menudo es la gente la que les incordia a ellos —le interrumpió Leticia—. Más de una vez la Policía de Vallekas ha tenido que intervenir para poner freno a los gamberros que vienen a robarles las bebidas y a reírse de ellos, los muy cabrones.
—Aunque siempre se cita a la socialdemocracia sueca como la impulsora de este método —intervino Hanna, que parecía competir con Leti en el conocimiento de la intrahistoria de aquel inframundo—, en California, los hermanos Gallo, Ernest y Julio, fundaron la empresa E&J Gallo Wine y fueron unos de los mayores productores de vino de los Estados Unidos en el Old World.
Comercializaron el vino Thunderbird, del que se decía que era la mejor elección de los indigentes estadounidenses para olvidar.
Da Costa notó que Gitano permanecía demasiado callado.
—¿Qué te ocurre?
—Que no me gusta este lugar.
—¿Por?
Todas las miradas se dirigieron hacia el muchacho.
—Un día encontraron aquí a mi padre… Muerto.
Abandonaron el lugar. Con Leticia al frente del grupo, se dirigieron a los extrarradios de Vallekas, a una zona llena de naves industriales y de almacenes. El tránsito de vehículos que transportaban mercancías era incesante.
Leticia les introdujo en una nave del tamaño de un antiguo estadio de fútbol. A la entrada varios operarios cargaban palés en un par de camiones. La muchacha, con familiaridad, fue saludando a todos.
Al entrar en la nave, comprobaron que se trataba de un almacén de ropa de todos los estilos y colores, que se apilaba hasta casi el techo, a más de doce metros.
—En las naves más cercanas se fabrica esta ropa —explicó Leticia a Da Costa, mientras sacaba una bolsa que parecía contener un vestido floreado—. Y aquí se almacena toda la producción…
—¿Cuántas prendas puede haber? —preguntó Hanna.
—Es fácil de calcular —dijo Leti, sonriendo—. Esta nave tiene seis mil metros cuadrados. En cada metro cuadrado, desde el suelo hasta el techo, la columna almacena quinientas prendas. Luego…
—Unos tres millones —calculó Hanna.
—Eso es. Tres millones de prendas diarias. ¡Seguidme!
Atravesaron la nave por un estrecho pasillo de apenas metro y medio, rodeado de columnas de ropa hasta el cielo raso.
Después de atravesar una puerta metálica, accedieron a otra nave más pequeña, donde había una cinta transportadora que terminaba en una impresora.
Varios operarios cogían prendas y las introducían en una de esas máquinas para grabarles una marca.
Leticia se apresuró a coger un pantalón ya grabado y mostrarlo al resto:
—Y así se hacen las marcas —dijo, mientras exhibía la prenda con el logo grabado de NikeCoumen.