Vallekas 2084 Capítulo 18 Demasiados interrogantes
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Capítulo 18 Demasiados interrogantes

Demasiados interrogantes

Tocó el timbre de la vivienda de la abuela y acercó la cara a una cámara minúscula en una esquina del marco de la puerta. Una luz verde le indicó que la cámara estaba conectada. La puerta se abrió.

A través del pasillo, como una coz de percherón, le alcanzó el olor a marihuana y la melodía de Blues don’t lie en la voz de Buddy Guy.

Blues don’t care if you’re young or old

a real big deal or some poor soul.

Makes no different if you’re wrong or right,

blues will track you down

it’s gonna pick a fight.

Con la excusa de pasar al baño y antes de saludar a la Tata, McRae hizo un recorrido rápido por la casa. Allí no había nadie más ni habían colocado micrófonos o cámaras en las habitaciones.

—¿Qué traes en esa bolsa, bobalicón? —le soltó la Tata, desde su mecedora, cuando McRae apareció por la puerta de la sala.

—Es un regalo.

—¿Para mí?

—No, para Catalina.

Abrió la bolsa y sacó una caja con cartuchos de postas del número 12 marca Remington Coumenn, de la que extrajo un par.

Cogió la escopeta de cañones recortados, que reposaba al lado del gramófono, y la vació: dos antiguos cartuchos, con el culote oxidado, cayeron al suelo. A continuación la cargó con dos nuevos.

—¿Por qué cambias los cartuchos?

—Son muy viejos y la pólvora no es segura. Con estos tendrá la certeza de que Catalina no fallará cuando llegue el momento de apretar el gatillo.

—¿Tiene esto algo que ver con mi vecino?

—¿Por qué lo pregunta?

—Porque ayer hizo la mudanza y se marchó a toda velocidad, como si alguien le hubiera invitado a marcharse.

McRae no hizo ningún comentario. Sabía que sería sustituido por otro soplón que fuera más sigiloso y no levantarse sospechas.

—Al próximo que le voy a meter los cartuchos por el culo va a ser a ese inspector de basuras, que se queja a la Dirección de Medio Ambiente de que estoy destruyendo el planeta porque echo las mondas de los plátanos los lunes, en vez de los miércoles.

Todos los días arrojan bombas atómicas tácticas en la Frontera, pero los culpables del cambio climático somos los demás. Hay que joderse.

—No sea tan gruñona, Tata.

—¿Adónde vas esta vez, bobalicón?

—Salimos esta tarde hacia Utopía 20AB.

— AB, AB … Esas Utopías son de la vieja Europa…

—Es el antiguo Madrid.

—Estuve allí una vez de niña. Debió ser allá por el…

2019 o sería 2021… No me acuerdo, pero no me importaría volver.

Recuerdo que, con una prima mía, Nina McRae, que tú no conociste, recorríamos las calles de aquel Madrid.

Los Austrias, la Puerta de Alcalá… ¿Cómo se llamaba aquel bar al que íbamos a desayunar?

¡Ay, esta memoria! Mi prima tenía un apartamento al lado.

—A mí no me pregunte —respondió McRae con una sonrisa.

—Ya me acuerdo: El Rincón de Madrid. Allí desayunábamos un café con leche con unas porras recién hechas…

Daredevil, el gato, con un maullido débil, que parecía más un bostezo, dio media vuelta y siguió durmiendo sobre el sofá.

McRae se quitó el guante anticorte de kevral ligero y le pasó la yema de los dedos por el lomo, acariciándolo, hasta que llegó a una oreja y la palpó: el chip continuaba en su sitio.

—¿Cómo lleváis la búsqueda de aquel hombre?

—Estamos en ello, por eso voy a Utopía 20AB. Hay una pista sólida que lo sitúa por allí cerca.

—No me gusta, —dijo ella, y dio una calada profunda a la marihuana de la cachimba—. Perseguir por todo el planeta a un ser humano para sintetizar su sangre, con la sospecha de que la comercializarán para beneficio de los poderosos…

—¿En estos días ha venido alguien a su casa? —la cortó McRae.

—El chico del supermercado que me trae la comida. Ni siquiera han venido los de la Dirección de Bienestar Animal.

McRae siguió charlando con su abuela quince minutos más.

Luego se levantó y volvió a recorrer rápidamente la pequeña estancia y buscó la bolsa que le habían traído del supermercado, pero, en efecto, todo parecía estar en orden.

Sin embargo, seguía sospechando que los chips en las mascotas funcionaban como elementos de espionaje en el interior de los domicilios.

Se acercó a la Tata y se despidió de ella con un beso en la frente.

—Téngame informado si vuelven los de Bienestar Animal. Y no utilice a Catalina si no está segura de que se encuentra ante alguien que pretende atentar contra usted.

—¡Hala, bobalicón! —dijo la Tata, dando otra calada a la cachimba y cimbreando la mecedora—. ¡Vete a esa misión de mierda!

El teniente coronel se dirigió a la puerta. El olor a marihuana seguía impregnándolo todo y el disco de Blues don’t lie sonaba sin fin:

… no different if you’re wrong or right,

blues will track you down

Algo no iba bien. Lo intuía.

A QUELLA MISMA TARDE , después del almuerzo, los tres jefes de los comandos Alfa de la Brigada Génesis se hallaban a bordo del reactor Tigre Azul 1º, con destino a Utopía 20AB.

Tenían permiso para aterrizar en el aeropuerto situado en la parte superior de la Esfera.

Después tuvieron que informar a la Dirección General de la Esfera de las razones por las que los comandos de la Brigada Génesis se adentraban en una de las Utopías bajo su gestión.

Les habían ordenado que, a su llegada, se dirigieran con la credencial a la planta «—34» de la Esfera para validar las autorizaciones.

Los motores del Tigre Azul se encendieron y, casi sin percibirlo, se encontraron en pleno vuelo. Atravesar el Atlántico les iba a llevar un par de horas, por lo que decidieron relajarse y dar un repaso a lo investigado hasta ese momento.

—Según la información obrante en los archivos de las Patrullas de Carretera del Estado de California… —informó Nadia, mirando la pantalla de su PDA .

—Pasa los informes de las patrullas al Hologram 3D y así los vemos los tres —requirió McRae.

La capitana conectó la PDA , de forma inalámbrica, a la pantalla de un ordenador, que a su vez se enlazó con el Hologram 3D. En el centro de la sala comenzaron a proyectarse las imágenes de una autopista interestatal.

—Como os decía —continuó Nadia—, Claudia Sprenger falleció en un accidente de tráfico en la Interestatal 5, en el cruce con la I-8, a la altura de San Diego.

Un conductor tomó de forma equivocada la entrada a la I-5 y circuló unos cuantos kilómetros en sentido contrario, colisionando de frente con el vehículo conducido por la señora Sprenger.

—¿Y el individuo fue detenido? —apuntó el teniente coronel.

—Sí, aquí está su filiación… John Mur…

La capitana no terminó de pronunciar el nombre y se dejó caer en el acolchado sofá de la sala de reuniones del Tigre Azul 1º.

—¿Qué ocurre, Nadia? —le preguntó McRae.

Al no contestar, el sargento Ronald Wer se abalanzó sobre la PDA , para reiniciarla y trasladar al Hologram 3D los datos e imágenes bloqueados que había visto la capitana.

Apareció entonces el rostro de un individuo de pelo corto a cepillo, pelirrojo, con la mandíbula cuadrada y los ojos saltones. Ronald leyó su nombre en voz alta:

—John Murphy Hueven.

—¿Ese no es el sospechoso de haber asesinado al senador Matt Coumenn? —preguntó McRae.

—El mismo —respondió la capitana, ya recuperada.

—Necesitamos más datos —ordenó el teniente coronel.

—Aquí está la ficha policial de este sujeto —dijo Ronald, sin apartar la vista de la PDA .

—¿Cuándo ocurrió ese supuesto accidente? —Quiso saber McRae.

—En el año segundo de la New Reality —respondió Ronald leyendo los datos que aparecían en la pantalla.

—Ordenemos las fechas…

—No hay nada que ordenar, Robert —anunció la capitana, irguiéndose y tomando el mando de los datos de la PDA —. La cuestión está muy clara.

Las imágenes del cruce de la intersección de la Interestatal 5 con la I-8 aparecieron en el proyector: dos vehículos estampados, uno frente al otro.

Uno era un Chevrolet pequeño de color negro, convertido en un amasijo de hierros, y el otro era una pickup azul de enorme tamaño, un Mammoth 1000 TRX de tracción 6x6, que se mantenía intacto.

—Un Mammoth de varias toneladas a casi 150 millas por hora contra un pequeño Chevrolet Spart a 60 millas por hora —expuso Nadia—.

El resultado es el que vemos en la imagen.

La conductora del coche, la doctora Sprenger, murió en el acto, mientras que el conductor de la pickup solo quedó atontado por el impacto del airbag.

—Posiblemente —intervino McRae—, John Murphy, mercenario y guardaespaldas de Michel Smith Foley, fuera la mano que asesinó al senador Matt Coumenn. Dos años y medio después resulta ser, casualmente, el que ocasionó la muerte de la doctora Sprenger. ¿Qué fue de John Murphy Hueven después de esto?

—Las Patrullas de Carretera de la Interestatal 5 comprobaron lo que Murphy alegaba: que no había señalización que indicase la prohibición de acceso a la Interestatal desde ese carril por la I-5. Al parecer era cierto. Las señales habían desaparecido.

—Eso eliminaría el dolo —alegó McRae, al tiempo que pulsaba un botón de la fotocopiadora 3D, que generó en unos pocos segundos un pequeño vaso de vidrio sodocálcico, tallado con diseño de racimo de espigas.

—Así es. Murphy pasó unos días en la prisión del condado y la fiscalía le impuso una fianza de 500.000 dólares, que fueron pagados en el acto.

El teniente coronel echó en el vaso un chorrito de whisky etiqueta negra, marca Johnny Coumenn Black, de 20 años. Lo bebió de un trago.

—Ah, necesitaba este shot . ¿Qué más sabemos de Murphy?

—Apareció muerto, unos meses después, despeñado en una gruta de las Montañas Rocosas, en Colorado, cerca de Cherokee Trail.

—Sabía demasiado —intervino el sargento Ronald.

—En el momento del asesinato del senador Murphy trabajaba para el que fuera adjunto a la dirección de la Coumenn Corporation, Michel Smith Foley. ¿Qué sabemos de este sujeto?

La capitana Nadia tecleó el nombre completo y en pantalla aparecieron las siglas MSC .

—Joder, otro protegido por la Coumenn —exclamó el sargento mayor.

—Nadia, busca en el material no protegido —ordenó McRae—. El existente antes de que Foley tuviera la credencial de Máxima Seguridad.

La capitana volvió a teclear el nombre en diferentes archivos y esperó.

Al cabo de unos minutos, la pantalla indicó: «Búsqueda finalizada».

De inmediato, apareció en el Hologram 3D el pasaporte de Foley, expedido en 2022.

Era calvo y muy moreno, con rasgos latinos.

En la pantalla aparecieron un par de revistas de negocios en las que se le veía rodeado de otros empresarios en un evento social.

Algo llamó la atención de McRae, que se acercó a las imágenes.

—Tiene orejas de coliflor —exclamó.

—Es verdad —dijo Ronald—. Un aficionado al boxeo o a la lucha libre, que de eso yo sé mucho.

—Orejas de coliflor y calvo —repitió el teniente coronel—. Acabo de tener una corazonada.

La capitana Nadia y el sargento mayor Ronald observaron los movimientos de McRae, que había cogido la cámara de grabación del pecho y la había conectado al Hologram 3D.

En medio de la sala aparecieron las imágenes del día que compareció junto al general Mendoza ante la cúpula de la Coumenn.

Cuando la cámara del casco enfocaba a los individuos en el cónclave de la dirección, McRae pausó la velocidad para poder contemplar con detenimiento el rostro de los dirigentes.

—¡Ahí está! —dijo, señalando a uno de los sujetos—. Calvo y con orejas de coliflor, el señor Michel Smith Foley, sesenta años después.

—Sorpresas te da la vida —dijo pensativa Nadia—. Ya hemos identificado al doctor Sprenger y ahora a Smith Foley. A este paso identificaremos a todos los mandamases de este mundo.

El cuerpo de McRae se estremeció, pues recordó lo que el general Warren Mendoza le había dicho cuando le preguntó por la identidad de las personas de la Dirección de la Coumenn presentes en la reunión: «Si usted llegara a averiguarlo, me vería obligado a encargar a otro comando que lo liquidase».

En esos momentos, se imaginó a sí mismo y su grupo cavando una tumba en Arlington National Cemetery, junto al sepulcro de Dashiell Hammett. La lápida llevaba grabado el nombre de Robert McRae.