Vallekas 2084 Capítulo 17 La falsa Utopía #2
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Capítulo 17 La falsa Utopía #2

—Precisamente estaba reflexionando sobre cómo habían afectado el deshielo de los polos y los estragos naturales a la vida de la gente. Lo que más me desconcierta es la creación de esa religión que adoraba al Dios-Planeta.

Carla sonrió y añadió:

—No solo es eso. La mitad de mi tiempo lo paso en Utopía 20AB y he visto cómo a esa nueva religión han añadido la obsesión por la felicidad.

Hasta han creado la ciencia de la felicidad, a partir de unos índices con los que miden su nivel en cada ser humano.

Cada cierto tiempo, informan a la población de la Felicidad Nacional Bruta o del Indice de Felicidad Neta.

—Sí, algo he visto —intervino Da Costa—, pero me parece todo un gran mercado, con la felicidad como mercancía.

—Hay incluso un Museo de la Felicidad, que se anuncia en TV-Utopía. Está patrocinado por la firma Smart Happiness, fabricante de máquinas para subidones emocionales, con abrazadores que generan oxitocinas, salas con robots para la risoterapia, mascotas que sonríen siempre…

—¡Menos mal que te alcanzo! —Una voz femenina interrumpió la exposición de Carla.

Una joven se les acercaba corriendo. Se trataba de Sara, la muchacha pelirroja que desayunaba té matcha y llevaba el tatuaje de Vallekas Resistente.

—Quería preguntarte a qué hora tienes el tratamiento, para acompañarte.

—Tengo que estar a las 12:00 —respondió Carla—. Pero no es necesario que…

—Quiero acompañarte —insistió—. No quiero que te pase lo de la última vez.

—¿Ocurre algo? —Quiso saber Da Costa.

Sara hizo un gesto con el mentón, dirigido a Carla.

—No te preocupes, es de confianza.

—Le he visto desayunando cada mañana en la cafetería, pero como es tan reservado…

—Es Lucas, el nuevo entrenador de los jóvenes.

Tras las presentaciones, Da Costa insistió en su pregunta. Carla se quitó la gorra de los Yankees y le mostró su cabeza completamente rasurada.

—Me han diagnosticado un cáncer de mama.

Da Costa la miró sorprendido. Apenas pudo balbucear:

—¿Qué tal lo llevas?

—Sigo el tratamiento, pero todo va muy lento. La última vez, después de salir del hospital, me desmayé en plena calle. A eso se refería Sara antes.

—¡Una mierda! —intervino Sara—. El cibercapitalismo inunda nuestras vidas, hasta lo más insospechado. Sin embargo, el mundo sigue sin una cura para el cáncer de mama.

Siguieron caminando en silencio. Da Costa se sumergió en sus reflexiones sobre la New Reality creada por el cibercapitalismo.

Ya no se trataba solo de la nueva religión del Dios-Planeta, sino de la obsesión por la eliminación del gasto social que les había llevado a eliminar las cárceles, los manicomios, las órdenes religiosas de clausura, las ayudas a disminuidos físicos y psíquicos, a los ancianos, a los pobres…

Todo aquello había provocado su expulsión de Mundo Utópico a tierras más allá de la Frontera, a los Estados Fallidos, donde se habían organizado tribus armadas contra la nueva distribución mundial.

—Vamos a un ritmo de seis kilómetros a la hora —dijo Sara, consultando su reloj de pulsera—. ¿Cómo vas, Carla?

—Bien, no estoy cansada. Es un buen ritmo de marcha para mí.

—No hay prisa, podemos disminuirlo —sugirió Da Costa.

Carla negó con la cabeza. Da Costa la miraba de reojo extrañado, porque en sus gestos no se veía un ápice de malestar ni de rendición, al contrario: era pura energía.

Tal vez las quejas de Sara no estuvieran muy alejadas de la realidad, pues Mundo Utópico solo se había preocupado de la felicidad de sus habitantes, potenciando el consumo y la industria del entretenimiento, pero la salud y la lucha contra las enfermedades había quedado en un segundo plano y, por supuesto, no ayudaban ni con vacunas ni antídotos a los territorios llamados libres, como Vallekas o las tierras del Shaolin.

—Nosotras regresamos —dijo Carla—. No quiero llegar cansada ni sudorosa a la clínica.

Se despidieron de Da Costa, que siguió caminando hacia el interior de Villa de Vallekas. Recorrió unos metros y se giró para contemplar a las dos muchachas alejarse.

¡Qué diferencia con los seres desubicados que ha creado Mundo Utópico!

Eran dos mujeres fuertes, capaces de incendiar el mundo si fuera necesario.

Le recordaron a Lucía, su esposa, siempre llena de alegría y fortaleza, Pertenecían a otra realidad.

No tenían nada que ver con la «generación de cristal» ni con el «culto a la ignorancia» ni con la debilidad orgánica o psíquica de los nuevos habitantes de la New Reality, que solo buscaba evitar lo desagradable.

Da Costa meneaba la cabeza, sumido en esas reflexiones, cuando entró en la plaza de Juan de Malasaña. Allí se encontraba la iglesia de San Pedro ad Vincula, llamada así por «San Pedro encadenado», cuando, según La Biblia, es apresado por Herodes Agripa y liberado por un ángel enviado por el Señor.

Observó su fachada: aún conservaba la placa en honor a Juan Malasaña Pérez, uno de los héroes de la Guerra de la Independencia, bautizado en este templo.

Siguió caminando por el paseo de Federico García Lorca, que mantenía su nombre, y llegó al monumento que le habían levantado hacía décadas.

Simulaba una especie de laberinto de piedra con apariencia cubista, cuyo centro acogía la efigie del poeta en piedra de Calatorao negra pulida, bajo la cual algún vecino colocaba flores.

El sitio se veía limpio y cuidado. Da Costa salió del laberinto y leyó la placa que anunciaba su construcción el 24 de mayo de 1986, hacía ya casi cien años.

Las paredes del antiguo colegio Honduras aún mostraban los rostros de las «Imborrables Vallekanas»: Geli, Marcela, Marga, Lola, Pepa y Áurea. También se notaban las manos afectuosas que las preservaban y que habían añadido nuevas caras femeninas.

Las campanas de la iglesia comenzaron a sonar y la quietud de la mañana se alteró.

Da Costa retrocedió sobre sus pasos y se acercó a la plaza de Juan de Malasaña.

Las puertas de San Pedro ad Vincula se abrieron para dejar salir a una multitud.

Entre aquel gentío, le pareció distinguir a la señorita Hetty.

Llevaba un banderín atado a un bastón y un grupo de personas vestidas con ropas de colores chillones que salían también de la iglesia empezaron a rodearla.

—Buenos días —dijo Da Costa tras acercarse a ella—, no sabía que también ejerciese de guía turística para guiris.

Hetty se giró hacia él, sorprendida, y rompió a reír con una gran carcajada.

—Es 12 de septiembre. Estamos en plenas fiesta de la Virgen de la Torre, ¿recuerda? Aunque ha variado con los tiempos, todavía celebramos la romería.

«12 de septiembre», repitió Da Costa para sí. Hacía cuatro meses que había salido de territorio Shaolin.

—No me ha respondido —insistió—. ¿Es también guía turística?

—Estamos en fiestas y aquí todo el mundo ayuda a que salga bien este folclore. Yo me encargo de los Medem Trash.

Da Costa la miró con expresión interrogante.

—Son turistas de Mundo Utópico —replicó ella—, que pagan por ver cómo vivimos los habitantes de los mundos subdesarrollados. Nos visitan como si vinieran a conocer las favelas del New World y viajan gracias a la agencia de turismo Cibertatis.

—¿Por qué ese nombre… Medem Trash?

—Hace muchos años había un escritor cubano al que le daban coraje los individuos que escribían recomendaciones de cómo se debían conducir los cubanos en aquella época.

Es decir, se dedicaban a dalles consejos, pero siempre desde su cómodo sofá en el Primer Mundo.

Eso lo expuso en su obra Medem Trash . Eso hacen todos los que nos visitan: nos aconsejan… , pero después regresan a su comodidad.

—¿Y a dónde se los lleva ahora? —preguntó Da Costa con una sonrisa.

—Vamos a la romería de la Virgen de la Torre. ¿Quiere venir?

—No —dijo, ensanchando la sonrisa—. No estamos para romerías, señorita Hetty. Tengo que entrenar a los jóvenes.

—Ah, es verdad, se me olvidaba, que ha de convertirlos en «cinturones negros del combate callejero».

—Vaya —repuso Da Costa, sin ocultar cierta sorpresa—, veo que lamentablemente tengo unos cuantos bocachanclas en mis filas.

—«Si a los samuráis se les rompía una espada, no la volvían a utilizar, porque creían que la habían abandonado los espíritus de la victoria.

Sin embargo, los ninjas no creían en esas supersticiones.

En espacios abiertos los samuráis eran mejores guerreros que los ninjas, pero estos los superaban en habilidad en otros terrenos.

Nosotros somos los Ases de Picas, la fusión y síntesis de lo mejor de ambos» —repitió de carrerilla la señorita Hetty.

—¿He de preocuparme por esas filtraciones?

—¡No, por Dios!

—¿Entonces?

—Usted limítese a llevar a esos chicos a la gloria. Sueñan con pasar a la historia todos los días. Por primera vez, alguien les ha dado en lo que creer de verdad, algo por lo que trascender…