Capítulo 17 La falsa Utopía
La falsa Utopía
El Califa, como habían apodado a Da Costa, insistía en que las llevasen consigo y practicasen sobre muñecos o en los troncos de árboles.
—Hay que entrenar todos los días y a todas horas.
Los jóvenes le obedecían con confianza ciega. Observaban extasiados cuando Da Costa cortaba el cuello de un maniquí con una shuriken lanzada a cincuenta metros de distancia.
—Solo la constante práctica conseguirá hacer de vosotros verdaderos Ases de Picas. Porque estas no son las clases de artes marciales en las que ustedes progresan del cinturón blanco al negro. Aquí aprendemos a sobrevivir.
Aquella mañana, cuando Da Costa se dirigió a desayunar a El Rincón de Madrid, miró el cielo con detenimiento.
El sol se resistía a salir, el constante color ceniza de las nubes se mantenía más cenado de lo habitual.
Ocupó un hueco en la barra y contempló unos segundos las pantallas de las televisiones.
Uno de los monigotes asexuados de TV-Utopía hablaba con gesto adusto.
… Los bombardeos en la Frontera de los últimos drones XW han impedido el asalto de los King Ciborg a las trincheras de nuestros soldados…
—La estrategia eterna de mantener contiendas con enemigos reales o imaginarios, para que el populacho dirija sus odios hacia ese objetivo…
Las palabras provenían de una muchacha joven, pelirroja, sentada en una mesa, frente a un té matcha y con la mirada dirigida a TV-Utopía.
Llevaba una camiseta negra de manga corta y se le distinguían varios tatuajes en el brazo derecho.
Uno llamó la atención de Da Costa: era la «V» superpuesta a la «R», el emblema de Vallekas Resistente.
—No sé de qué te extrañas, Sara —le contestó el camarero mientras preparaba cafés—. Llevan años informándonos de una guerra que tal vez ni siquiera existe.
—Lolo, te lo he dicho miles de veces. El engaño de la puta información con el chantaje implícito al pánico: rostros mustios, entregados a la prostitución de la imagen, imágenes de una tristeza infinita.
Ninguna imagen del campo de batalla. Máscaras, rostros deshechos o cegados.
Imágenes de transmutación. No es la guerra lo que está teniendo lugar allá, sino la deformación del mundo.
—En Utopía 20AB no les interesan los seres de carne y hueso, solo el bombardeo de datos —añadió el camarero.
—La gente se muere porque no hay vacunas contra el puto virus y a esos solo les preocupa que nada altere su felicidad y tranquilidad. ¡Qué asco!
Las noticias dieron paso a un anuncio:
La Dirección General de Turismo y Bienestar ha hecho públicas las estadísticas sobre los destinos y gustos de los habitantes de Utopía 20AB en sus viajes vacacionales y ha facilitado los índices de felicidad de nuestros ciudadanos.
El número uno de esos destinos, por primera vez en varios años, lo ocupan las Excursiones Ecosexuales a la montaña.
Cientos de nuestros convecinos han disfrutado de esas experiencias sexuales con la Naturaleza, el amor con ramas, huecos en los árboles, hormigueros…
El camarero, sin preguntárselo, le sirvió a Da Costa un café con leche, un zumo de naranja y tres porras, su desayuno habitual desde que había regresado a Vallekas.
Abrazar a los árboles, como parte de nuestra familia. Los eucaliptos son los que presentan más preferencia por parte de nuestros clientes, han manifestado desde Turist Nature.
—Cada día están más chiflados en Utopía —dijo Lolo, señalando para la pantalla—. «Ecosexualidad», me meo de la risa. Ya no es hacer el amor en la Naturaleza, sino hacerlo con ella.
—Sí, parece un poco extraño —contestó Da Costa, sin muchas ganas de entablar conversación.
—Han convertido todo en un mercado —intervino de nuevo la muchacha—. Cualquier cosa tiene posibilidades de ser comprada y vendida.
—Eso parece —dijo Da Costa, mojando una porra en el café con leche.
—Mucha gente ha pasado a Utopía 20AB seducida por sus anuncios de vivir intensamente el placer, la felicidad, pero vuelven decepcionados —reflexionó el camarero.
—¿Conoce a muchos?
El muchacho se arrimó a la barra y, mientras secaba una taza con una servilleta, le dijo:
—Uno de mis colegas creyó que todo era diversión y placer, que todo era felicidad en ese mundo.
Sin embargo, comprendió rápidamente que no te dan nada gratis.
Primero había que el ganar dinero para poder pagar el entretenimiento y por fin disfrutarlo.
Fracasaron desde el principio y lo más gracioso es que les echaban las culpas a ellos.
«No habéis conseguido la felicidad porque no estabais preparados», les decían, los muy cabrones.
—¿Por qué cree que fracasaron?
—Por el trabajo. Allí solo contratan mano de obra muy especializada porque la poco o nada cualificada ha sido sustituida por robots. ¿Sabe que los restaurantes son atendidos por robots, que son los que también limpian las mesas?
—¿Cómo es eso?
—Cuando un cliente ha terminado y se levanta de la mesa, unos sensores dan el aviso.
Entonces se abre una compuerta de la que sale una manga que absorbe todo lo que hay sobre la mesa y luego cae a un contenedor.
Después, de forma automática, se esparcen productos desinfectantes sobre todas las superficies, que son frotadas con un rodillo.
Ya ve, todo mi trabajo está mecanizado. Yo no tendría empleo en Utopía, pero a uno que supiera de robótica se lo rifarían las empresas.
—¿Y los sueldos?
—El triple o cuádruple que aquí, con la mitad de horas trabajadas.
Así seducen a los trabajadores cualificados: les venden que disfrutarán de más tiempo para la diversión y la felicidad.
Ahora ya ni hay jornada de trabajo. Uno realiza un «gig», le pagan y se va en busca de otro «gig». Es la nueva forma del trabajo.
El gesto extrañado de Da Costa le invitó a explicarse:
—A un bolo. Un encargo.
—¿Cuáles son los empleos más solicitadas?
—Los de robótica, aeronáutica, cirugía estética, la química… Siempre en busca de sustancias u otras soluciones que nos permitan la evasión de la realidad con facilidad, sin efectos secundarios.
Entraron dos clientes y el muchacho acudió a atenderlos.
Da Costa se levantó y paseó despacio por el local, contemplando con detenimiento las fotos de las paredes.
Casi todas eran de un Madrid de hacía décadas, tal y como él lo recordaba: la Cibeles, Neptuno, el Arco de Moncloa, la Puerta del Sol, Correos…
También había algunas de la antigua ubicación de El Rincón de Madrid: a juzgar por las imágenes debió de estar en el barrio de Aluche.
Da Costa se despidió del camarero y de la muchacha del té matcha que seguía mirando las noticias de Utopía 20AB y rezongando.
Aquel día había quedado en entrenar a los jóvenes durante toda la tarde e, incluso, llevar a cabo algún ejercicio nocturno.
La mañana se le presentaba libre, por lo que, en vez de ir hacia Puente de Vallekas, retomó el camino a la inversa, hacia la antigua Villa de Vallekas.
Le interesaba recorrer de nuevo el casco histórico de la Villa, ya que hasta ahora no había tenido ocasión.
Le quedaban, en total, cerca de cuatro kilómetros.
Lo sabía con exactitud porque, cuando se preparaba para participar en los Juegos Olímpicos, siempre efectuaba al trote ese trayecto, tanto de ida como de vuelta, desde el Estadio del Rayo Vallekano o actual Rayo Arena hasta la iglesia de San Pedro ad Vincula.
Además, caminar le relajaba y le permitía ordenar sus pensamientos.
Llevaba muchos años alejado de esta tierra y de sus vecinos: necesitaba empaparse de nuevo de las diferentes culturas que la poblaban y comprobar si persistía aquella solidaridad nacida de la necesidad de sus habitantes.
La primera diferencia que notaba eran los nuevos edificios de más de veinte plantas pegados unos a otros.
Incluso habían añadido varios pisos a los edificios ya existentes.
Reconocía perfectamente a Vallekas; de otro modo hubiese pensado que lo habían trasladado al Chicago del Old World.
El barrio se había adaptado para albergar a miles de habitantes emigrados de las zonas costeras.
«La diáspora por las aguas», lo habían bautizado.
El fin de los polos obligó a los negacionistas del cambio climático a callarse ante la evidencia, pero el sistema se adaptó muy bien a la nueva situación.
Con la crisis de las antiguas religiones, lo primero que hicieron fue construir una nueva, cuyo dios era el planeta Tierra, y varias sectas, para que cada uno eligiera la que más convenía a su identidad.
No faltaron los sumos sacerdotes que pregonaban la buena nueva, razón por la que quedaron exentos del trabajo físico.
Se organizaron los rituales de adoración del nuevo dios, los templos y los sacrificios.
Nada que no llevase la etiqueta «Bio» se podía producir, vender o consumir.
«Amarás a la Tierra y sus productos sobre todas las cosas», decía el primer mandamiento del nuevo culto.
—Muy pensativo va usted —dijo suavemente una voz a su derecha.
Da Costa se giró y distinguió a Carla, la guardiana de los pasadizos que comunicaban Vallekas con Utopía 20AB, que caminaba a paso marcha en ropa de deporte y con su inconfundible gorra de béisbol de los Yankees de Nueva York.
—Veo que no soy el único que disfruta caminado a estas horas.
Carla aminoró la marcha para caminar a la misma altura que Da Costa, que le preguntó hacia dónde se dirigía.
—A Villa de Vallekas —contestó ella—. Allí descanso media hora y regreso. ¿Y usted?
—También iba hacia allí, pero sin forzar el paso. Voy contemplando todo, asombrado del cambio que han experimentado estas calles desde la última vez que estuve por aquí.
—Todo se ha cuadriplicado en poco tiempo —dijo la muchacha, señalando los bloques de edificios—. Tenemos más de tres millones de habitantes. El trabajo y la vivienda son las principales preocupaciones de las autoridades y de todos nosotros.