Vallekas 2084 Capítulo 16 Buscando respuestas
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Capítulo 16 Buscando respuestas

Buscando respuestas

D ESPUÉS DE HORA Y MEDIA de entrenamiento físico, el teniente coronel Robert McRae remató su rutina diaria en el gimnasio de la base militar.

Aquella mañana había incluido en la programación unos asaltos en el cuadrilátero, intercambiando golpes con el gigantesco Ronald Wer.

En la ducha, reflexionó sobre la conversación que el día anterior había tenido con el brigadier general Warren Mendoza sobre la localización del doctor James Sprenger, cuando le había comunicado a su superior que Sprenger aún vivía, pero se encontraba en la lista de Personal de Máxima Seguridad.

A McRae le sería imposible ubicarle. Solo Mendoza podría hacerlo.

—¿Por qué es tan importante localizarle?

—Fue una de las últimas personas que vio a Da Costa con vida. Según el cuaderno de bitácora de la capitana del Kein Platz, fue él quien, además, recogió muestras de la sangre de Da Costa en la cubierta del portaaviones.

—Sigo sin ver el interés por localizarlo.

McRae creyó percibir una excusa en aquellas palabras.

—Mi general, con mis respetos, el señor Sprenger aún vive.

Ha superado con creces los cien años y todo indica que se encuentra en perfecto estado de salud.

Sabemos que se trata de una personalidad muy importante para el gobierno.

Creo que… Mejor dicho: estoy seguro de que experimentó con los restos de sangre que encontró en la cubierta y se los aplicó a sí mismo, alcanzando cierta inmunidad física ante la vejez y las pandemias.

Todo ello con los impuestos de los contribuyentes y sin trasladar sus descubrimientos al resto de los ciudadanos.

—No tiene pruebas. Esa es una acusación muy grave contra alguien con ese nivel de protección.

—Señor, localicémoslo y se lo preguntamos.

—Mejor hagamos otra cosa. Páseme las preguntas que quiere hacerle. Lo localizo y se las entrego para que las conteste si lo considera oportuno.

McRae asintió y elaboró una lista de preguntas.

El general le había prometido una respuesta al día siguiente, por lo que el teniente coronel terminó de ducharse con impaciencia, se secó y se vistió con el uniforme negro de la Brigada Génesis, para dirigirse rápidamente a su despacho.

El general Mendoza no había enviado ningún mensaje.

Las horas transcurrían despacio y el general no daba señales de vida.

McRae se paseaba por el despacho como un perro de caza esperando a lanzarse sobre la presa.

La impaciencia le había hecho abrir un paquete de Lucky Strike y fumar varios cigarros.

Deseaba llamar a Mendoza para preguntarle, pero no podía presionar al general, solo le quedaba seguir esperando.

Alguien llamó a la puerta. Era la capitana Nadia.

—¿Tienes un minuto?

—Sí, pasa. Así me acompañas en esta espera.

—He seguido con las investigaciones del asesinato del senador Matt Coumenn y he averiguado algo muy importante.

—Cuéntame…

—¿Podemos encender el Hologram 3D?

McRae pulsó un botón de la mesa y un foco de luz blanca desde el techo iluminó la parte central del despacho.

Nadia enlazó un cable desde su PDA hasta uno de los conectores del Hologram y fue pulsando iconos en la pantalla.

Apareció la imagen en 3D del pasillo del Hotel Jefferson, donde habían asesinado al senador Matt Coumenn.

—Cuando se comprobó el número de serie de la pistola Heckler así los adultos conservan su privacidad, sin alejarse demasiado de los niños. Ahora fíjate en la caja fuerte.

La imagen desveló otro cuadro, que la misma mano de antes giró. La caja fuerte era idéntica a la de la otra habitación. Ahora se veía al sargento mayor con un taladro cuya broca traspasó enseguida aquella pared. Por el orificio se podía ver el interior de la caja fuerte de la habitación 2009.

—¿Lo entiendes ahora, Robert?

—Vaya, vaya… —McRae se levantó para acercarse a las imágenes 3D emitidas desde el proyector del techo. Apretó un icono y la proyección retrocedió para repetir las imágenes de la broca atravesando la pared.

—¿Quién tenía alquiladas estas habitaciones?

—La de Da Costa estaba a nombre de la Embajada de España. Lo interesante de toda esta recreación es que las tres contingas fueron reservadas por la Coumenn Corporation.

—¿Quién se alojó en ellas?

—Todo el equipo del asesor ejecutivo Michel Smith Foley.

—Así que el escolta y mercenario John Murphy Hoeven…

—Ocupó la 2008 —afirmó ella con una sonrisa.

—Esto cada vez está más claro.

—Así es, Robert. El séquito real español con su equipo de protección se alojó en la segunda planta del Hotel Jefferson.

En un momento determinado, Murphy Hoeven cambió, a través de la fina pared que separaba las cajas de seguridad, la H&K de Da Costa por la suya.

Murphy asesinó a Matt Coumenn y volvió a depositar el arma en el sitio original, recuperando la otra.

Días después, los de balística del FBI detienen a Da Costa porque las marcas en las balas coinciden con las que produce el cañón de su pistola.

—Pocas dudas hay al respecto, Nadia. Ahora solo nos falta averiguar las razones por las que Da Costa no ofreció apenas defensa en el juicio y se dejó llevar…

—Creo tener la respuesta.

—Te escucho.

—Mi hipótesis es que debieron presionarle con atentar contra su mujer y sus hijas. Aquel era el talón de Aquiles de Da Costa… Pero ya te digo que es solo una impresión, carezco de pruebas.

McRae cogió la cajetilla de Lucky Strike. Encendió un pitillo y se sentó sobre la mesa.

—Dos hijas… —dijo pensativo—. Creyó que también las buscarían para sintetizar su sangre.

—Lo pensé, pero en ese caso solo sería a la pequeña.

—¿Por…?

—La mujer era viuda cuando se conocieron y tenía una hija de su anterior matrimonio. Se llamaba Paula y tenía nueve años. La que les podría interesar sería la pequeña, que tenía unos meses y era hija biológica de Da Costa.

—Ahora tendría sesenta y tantos, si es que todavía vive… —dijo McRae.

—Dime qué piensas.

—Es otra hipótesis. ¿No sería esa la razón por la que Da Costa salía las noches de luna llena del santuario Shaolin?

—Para saber de su mujer y de sus hijas…

—Sí, Nadia, creo que ese era el motivo de que abandonase el templo.

—Y después de seis décadas encerrado en el santuario… ¿Qué le hizo irse de allí y hacerse visible?

—No lo sé, Nadia. No lo sé —dijo, dando una calada despacio—. Tal vez ahí se encuentre la explicación a todo esto.

Alguien llamó a la puerta del despacho. La cara del sargento mayor Ronald Wer apareció en su plenitud.

—Señor, el brigadier general Warren Mendoza ha solicitado doble línea para comunicarse con usted.

—¿Doble línea? —preguntó extrañado el teniente coronel.

—Sí, señor. Ignoro quién puede ser la otra persona y desde dónde quiere conectarse.

—Páselos a la sala del Group Hologram —ordenó McRae, aplastando la colilla en el cenicero—. Voy hacia allá.

En dos minutos, el teniente coronel se encontraba sentado en la primera fila de la sala.

En la última, de forma discreta se situaron sus colaboradores con la misión de fijarse en los gestos, ya que el desconcierto, la incredulidad, la seguridad, la duda, el titubeo…

resultaban a menudo más importantes que las palabras.